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John Grisham - El testamento.doc
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Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,

pero a él le daba igual. Procuraba distraerse estudiando los rostros de los abogados que había al otro lado de la

estancia. La inquietud que éstos estaban poniendo de manifiesto no obedecía a la preocupación o el nerviosismo,

sino a su ardiente deseo de averiguar cuánto iban a cobrar. Sus perspicaces ojos eran muy rápidos y sus manos

se movían con gestos bruscos e impulsivos.

Qué divertido resultaría levantarse de repente, anunciar que Rachel no ofrecía ni un solo centavo para

llegar a un acuerdo y abandonar precipitadamente la estancia. El sobresalto los mantendría unos segundos

clavados en sus asientos, pero de inmediato correrían tras él como perros hambrientos.

Cuando Josh terminó, Hark habló en nombre del grupo. Había tomado notas y había dedicado tiempo a

escribir observaciones. Consiguió despertar el interés de la otra parte, confesando que el desarrollo del caso no

había seguido el curso que ellos querían. Con admirable sinceridad reconoció que sus clientes no eran unos

buenos testigos, los psiquiatras actuales no eran tan sólidos como los tres anteriores y Snead no era de fiar.

En lugar de discutir acerca de teorías legales, se centró en las personas. Habló de sus clientes, los

hermanos Phelan, y admitió que, a primera vista, no resultaban muy simpáticos; pero, una vez superada la

impresión inicial, cuando uno llegaba a conocerlos como ahora los conocían sus abogados, se daba cuenta de

que a los pobrecillos jamás se les había ofrecido ninguna oportunidad. Habían sido unos niños ricos muy

mimados, educados con toda suerte de privilegios por una serie de niñeras que iban y venían, mortalmente

ignorados por un padre que igual estaba en Asia comprando fábricas que viviendo en el despacho con su más

reciente secretaria. Hark no quería criticar a un difunto, pero el señor Phelan era lo que era. En cuanto a sus

madres, eran unos personajes muy raros, si bien habían sufrido lo suyo a causa de Troy.

Los hermanos Phelan no habían crecido en unas familias normales ni habían recibido las lecciones que

casi todos los hijos reciben de sus padres. Troy Phelan era un importante hombre de negocios cuya aprobación

ellos buscaban desesperadamente, sin éxito. Sus madres se dedicaban a sus clubes, a sus causas y al arte de ir de

compras. La idea que tenía el padre de la obligación de proporcionar a sus hijos los medios adecuados para

iniciar su andadura por la vida consistía, sencillamente, en entregar a cada uno de ellos cinco millones de dólares

al cumplir los veintiún años, lo cual era, por una parte, demasiado tarde, y, por otra, demasiado pronto. El dinero

no podía proporcionar la prudencia, la guía y el amor que ellos necesitaban como hijos. De ahí su evidente

incapacidad para afrontar las responsabilidades de su recientemente adquirida riqueza.

El dinero había sido desastroso para ellos, pero los había hecho madurar. Ahora, con la experiencia de los

años, los hermanos Phelan comprendían sus errores. Se avergonzaban de lo insensatos que habían sido con el

dinero. Imaginen lo que debió de ser despertarse un día como el hijo pródigo, tal como le había ocurrido a Rex a

la edad de treinta y dos años, divorciado y sin un centavo, en presencia de un juez que estaba a punto de enviarlo

a la cárcel por impago de la pensión por alimentos de los hijos.

Imaginen lo que debió de ser permanecer once días en la cárcel mientras tu hermano, divorciado y

también sin un centavo, trataba de convencer a su madre de que pagara la fianza. Rex decía que el tiempo que

había permanecido entre rejas lo había dedicado a tratar de averiguar adónde había ido a parar el dinero.

La vida había sido muy dura para los hijos de Troy Phelan. Muchas de las heridas se las habían hecho

ellos mismos, pero otras habían sido la inevitable consecuencia de la conducta de su padre. El acto final de

abandono por parte de éste había sido el testamento ológrafo. Jamás llegarían a comprender la maldad del

hombre que los había menospreciado de niños, los había castigado de mayores y los había borrado de su

herencia.

Hark terminó diciendo:

—Son —concluyó— Phelan, llevan la sangre de Troy en sus venas, para bien o para mal, y sin duda se

merecen una justa porción de la herencia de su padre.

John Grisham El testamento

190

Cuando terminó, Hark se sentó y todos los presentes permanecieron en silencio. Había sido un alegato

profundamente sincero que conmovió no sólo a Nate y Josh sino también al juez Wycliff; pero no serviría de

nada ante un jurado, pues él no podía reconocer ante un tribunal que los argumentos de sus clientes no eran

convincentes. Sin embargo, en aquel momento y en aquel ambiente, el pequeño discurso de Hark resultó

perfecto.

Nate era, aparentemente, el que tenía el dinero, o al menos tal era el papel que desempeñaba en el juego.

Podía pasarse una hora regateando y exprimiendo, echando faroles y discutiendo, y recortar unos cuantos

millones de la fortuna, pero la verdad era que no estaba de humor para hacerlo. Si Hark podía disparar

directamente, él también. En cualquier caso, todo eran artimañas.

—¿Cuál es su punto esencial? —le preguntó a Hark mientras los ojos de ambos se buscaban como el

radar.

—No sé muy bien si tenemos un punto esencial. Creo que la suma de cincuenta millones de dólares por

heredero es razonable. Sé que parece mucho, y lo es, pero compárelo con el monto de la herencia. Una vez

deducidos los impuestos de sucesión, estamos hablando de apenas un cinco por ciento del dinero.

—El cinco por ciento no es mucho —admitió Nate.

Hark estaba mirándolo, pero los demás no. Se encontraban inclinados sobre sus cuadernos de notas con

las plumas a punto para la siguiente tanda de cálculos.

—La verdad es que no —convino Hark.

—Mi cliente estará de acuerdo con la cesión de cincuenta millones —dijo Nate.

Lo más probable era que en aquellos momentos su cliente estuviese enseñando salmos de la Biblia a unos

niños a la sombra de un árbol junto a la orilla del río.

Wally Bright acababa de ganar unos honorarios de veinticinco millones de dólares, por lo que su primer

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