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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían

dejado la ropa puesta, al igual que los demás acompañantes norteamericanos, y habían tomado el sol sentados

alrededor de la piscina.

Una azafata les sirvió el desayuno y después se retiró a la cocina de la parte de atrás mientras ellos

extendían sus papeles sobre la mesa redonda. El vuelo duraría cuatro horas.

Las declaraciones juradas firmadas por los doctores Flowe, Zadel y Theishen eran extensas y minuciosas,

llenas de opiniones y redundancias que ocupaban varios párrafos y no dejaban la menor sombra de duda: Troy

estaba en pleno uso de sus facultades mentales, era un hombre de inteligencia brillante y sabía muy bien lo que

hacía momentos antes de morir.

Stafford y Durban leyeron las declaraciones juradas y les hizo gracia lo irónico de la situación. Cuando se

leyera el nuevo testamento, aquellos tres expertos serían despedidos, naturalmente, y se contrataría a otra media

docena para que hicieran toda suerte de oscuras y terribles conjeturas acerca de la salud mental del pobre Troy.

En cuanto a la cuestión de Rachel Lane, apenas se había averiguado nada acerca de la misionera más rica

del mundo. Los investigadores contratados por el bufete seguían buscando frenéticamente.

Según las primeras investigaciones llevadas a cabo a través de Internet, la sede de las Misiones de las

Tribus del Mundo estaba en Houston, Texas. La organización, fundada en Tyzo, contaba con cuatro mil

misioneros repartidos por todo el globo que trabajaban exclusivamente con nativos. Su único propósito era

divulgar el Evangelio cristiano a las más remotas tribus de la Tierra. Estaba claro que Rachel no había heredado

las creencias religiosas de su padre.

Nada menos que veintiocho tribus indias del Brasil y por lo menos diez de Bolivia estaban siendo

atendidas en aquellos momentos por los misioneros de la organización. Más otras trescientas en el resto del

mundo. Puesto que las tribus en las que centraban sus esfuerzos vivían apartadas de la civilización moderna, los

misioneros recibían un exhaustivo entrenamiento en métodos de supervivencia en la selva, lenguas y

conocimientos médicos.

Josh leyó con gran interés un relato escrito por un misionero que se había pasado siete años en la jungla,

tratando de adquirir los suficientes conocimientos de la lengua de una tribu primitiva como para poder

comunicarse con sus miembros. Vivía en un cobertizo y los indios apenas mantenían tratos con él. A fin de

cuentas, se trataba de un blanco de Misouri que había sido enviado a su poblado y que todo lo que sabía decir

era «hola» y «gracias». Si necesitaba una mesa, se la fabricaba. Si necesitaba comida, cazaba algún animal.

Tuvieron que transcurrir cuatro años para que los indios empezaran a confiar en él. Ya llevaba casi seis años allí

cuando les contó su primer relato de la Biblia. Le habían enseñado a tener paciencia, a cultivar las relaciones, a

aprender la lengua y la cultura de los indígenas y a empezar a contar las historias de la Biblia muy despacio.

La tribu casi no mantenía contactos con el mundo exterior. Su vida apenas había cambiado en mil años.

¿Qué clase de persona podía tener la fe y el compromiso suficientes para abandonar la sociedad moderna

y marchar a semejante mundo prehistórico? El misionero escribía que los indios sólo lo aceptaron cuando se

dieron cuenta de que no se iría de allí. Había decidido vivir allí para siempre. Los amaba y quería ser uno de

ellos.

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0 sea, que Rachel vivía en un cobertizo y dormía en una cama que ella misma se había fabricado y se

preparaba la comida sobre el fuego, comiendo lo que cultivaba o cazaba, contando relatos de la Biblia a los

niños y el Evangelio a los mayores, ajena por completo a los acontecimientos, las inquietudes y las presiones del

mundo. Era muy feliz. Su fe la sostenía.

El hecho de ir a molestarla parecía casi una crueldad. Durban leyó el mismo material.

—Puede que jamás la encontremos —dijo—. No hay teléfonos ni electricidad; qué demonios, hay que

trepar por las montañas para llegar hasta aquella gente.

—No tendremos más remedio que hacerlo —repuso Josh. —¿Nos hemos puesto en contacto con Tribus

del Mundo? —Lo haremos hoy mismo, un poco más tarde.

—¿Y qué les dirás?

—No lo sé; pero no puedes decirles que estás buscando a una de sus misioneras porque acaba de heredar

once mil millones de dólares.

—Once mil antes de impuestos.

—De todos modos quedará una bonita suma.

—Pues entonces, ¿qué les dirás?

—Les diremos que ha surgido un asunto legal muy urgente y tenemos que hablar directamente con

Rachel.

Sonó uno de los faxes que había a bordo del aparato y de inmediato se empezaron a recibir memorandos.

El primero era de la secretaria de Josh, con una lista de las llamadas de la mañana, casi todas ellas de los

abogados de los herederos Phelan. Dos eran de reporteros.

Los asociados estaban empezando a presentar los informes de sus investigaciones preliminares sobre

distintos aspectos de la legislación de Virginia aplicable en el caso que los ocupaba. A cada página que Josh y

Durban leían, el testamento precipitadamente garabateado por el viejo Troy iba adquiriendo más fuerza.

El almuerzo consistió en unos bocadillos y fruta, servidos también por la azafata, que permanecía en la

parte de atrás del aparato y se las ingeniaba para presentarse sólo cuando sus tazas de café ya estaban vacías.

Tomaron tierra en Jackson Hole con buen tiempo. Las máquinas habían empujado la nieve a los lados de

la pista de aterrizaje. Descendieron del aparato, recorrieron una distancia de veinticinco metros y subieron a

bordo de un Sikorski S76 C, el helicóptero preferido de Troy. Diez minutos más tarde ya estaban sobrevolando

su amado rancho. Un fuerte viento comenzó a zarandear el aparato, y Durban palideció. Josh abrió muy despacio

una portezuela y una ráfaga le azotó el rostro.

El piloto empezó a volar en círculo a seiscientos metros de altura mientras Josh arrojaba las cenizas

contenidas en una pequeña urna. El viento las dispersó de inmediato en todas direcciones de tal forma que los

restos de Troy se desvanecieron mucho antes de alcanzar la nieve que cubría el suelo. Cuando la urna estuvo

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