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John Grisham - El testamento.doc
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Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?

Un asociado le entregó un informe de dos páginas sobre el dengue, obtenido a través de Internet. El

asociado le dijo que debía ir a los juzgados y preguntó si el señor Stafford necesitaba encargarle algún otro

trabajo de carácter médico. El señor Stafford no captó la ironía.

Mientras se comía el bollo, Josh leyó el informe. Estaba escrito en letras mayúsculas a doble espacio con

márgenes de dos centímetros y medio y tenía aproximadamente una página y media de extensión. Un típico

memorándum Stafford. La fiebre del dengue era una infección viral común en todas las regiones tropicales del

mundo. Lo transmitía un mosquito del género Aedes, que prefería picar de día. El primer síntoma era una

sensación de profundo cansancio seguida de fuertes cefaleas y una fiebre ligera que subía rápidamente y estaba

acompañada de sudor, náuseas y vómitos. A medida que aumentaba la fiebre, aparecían dolores difusos en los

músculos de las pantorrillas y de la espalda. La enfermedad se conocía también con el nombre de «fiebre

rompehuesos» debido a los terribles dolores musculares y articulares que provocaba. Cuando todos los demás

síntomas ya estaban presentes, aparecía una erupción. La fiebre podía remitir por uno o dos días, pero por regla

general regresaba con mayor intensidad. Al cabo de aproximadamente una semana, la infección disminuía y el

peligro desaparecía. No existía tratamiento ni vacuna. Para recuperarse por completo se necesita un mes de

descanso y mucho líquido.

Esta descripción correspondía a los casos leves. El dengue podía dar paso a una fiebre hemorrágica cuya

evolución a menudo era fatal, sobre todo en los niños.

Josh estaba dispuesto a enviar el jet del señor Phelan a Corumbá para recoger a Nate. A bordo irían un

médico, una enfermera y cuanto fuese necesario.

—Es el señor Valdir —anunció una secretaria a través del interfono.

No debía atenderse ninguna otra llamada.

John Grisham El testamento

129

La bolsa del suero intravenoso se vació hacia el mediodía, pero nadie se molestó en echarle un vistazo.

Varias horas después, Nate despertó. Sentía la mente despejada y no tenía fiebre. Estaba entumecido, pero no

sudaba. Se tocó la gruesa gasa que le cubría los ojos y el esparadrapo que la sujetaba y, tras pensarlo un poco,

decidió investigar. En el brazo izquierdo tenía clavada la aguja intravenosa, por lo que empezó a tirar del

esparadrapo con los dedos de la mano derecha. Oyó pisadas y unas voces procedentes de otra habitación. Había

gente ocupada en algo en el pasillo. Más cerca, alguien no paraba de gemir con voz lastimera.

Poco a poco consiguió arrancar el esparadrapo, que se había adherido con fuerza a la piel y el cabello, y

maldijo a la persona que se lo había colocado. Hizo a un lado el vendaje, que quedó colgando por encima de la

oreja izquierda. La primera imagen fue la de una desconchada pared pintada de amarillo pálido, justo por encima

de él. La pintura del techo también estaba cuarteada y mostraba unas grandes grietas negras cubiertas de polvo y

telarañas. Del centro colgaba un ventilador que se bamboleaba al girar.

De pronto le llamaron la atención dos viejos pies cubiertos de cicatrices, heridas y callos desde los dedos

hasta las plantas, proyectándose hacia arriba. Levantó ligeramente la cabeza y comprobó que pertenecían a un

arrugado hombrecillo cuya cama casi rozaba la suya. Al parecer estaba muerto.

Los gemidos procedían de la pared que había junto a la ventana, y los emitía un pobre hombre tan

menudo y arrugado como el otro. Estaba sentado en el centro de la cama con las piernas y los brazos doblados,

padeciendo en estado hipnótico.

El hedor a orina rancia, excrementos humanos y poderosos antisépticos se combinaba, formando un único

y penetrante olor. Se oían las risas de las enfermeras en el pasillo. La pintura de todas las paredes se estaba

descascarillando. Había cinco camas aparte de la suya, todas con ruedas y colocadas sin orden ni concierto.

Su tercer compañero de habitación se encontraba junto a la puerta. Iba desnudo a excepción de unos

mojados pañales y tenía el cuerpo cubierto de rojas llagas abiertas. También daba la impresión de estar muerto, y

Nate confiaba en que, por su propio bien, lo estuviese.

No había timbre que pulsar ni interfono por el que llamar, ninguna manera de pedir ayuda como no fuera

gritando, lo cual tal vez despertase a los muertos. Si aquellas criaturas se levantaban era probable que quisieran

charlar con él.

Por un instante Nate deseó echar a correr, sacar los pies de la cama, apoyarlos en el suelo, arrancarse la

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