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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los

músculos y las articulaciones recuperaban la flexibilidad. Cerró los ojos sin soltarle la mano. De pronto,

desapareció el martilleo en sus ojos. El ardor abandonó su frente y su rostro. La fiebre lo había dejado sin

fuerzas, por lo que volvió a sumirse en un sueño profundo, que esta vez no estaba inducido por las sustancias

químicas sino por el puro agotamiento.

Soñó con los ángeles, unas jóvenes doncellas vestidas de blanco que flotaban sobre las nubes por encima

de su cabeza como si lo protegieran, entonando unos himnos que él jamás había oído, pero que en cierto modo le

sonaban conocidos.

Acompañado por Jevy y Valdir, abandonó el hospital al mediodía del día siguiente, pertrechado con las

Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un

poco los músculos y las articulaciones. Había insistido en irse y el médico había dado gustosamente su

aprobación, pues estaba deseando librarse de él. La primera parada fue un restaurante, donde dio cuenta de un

gran cuenco de arroz y un plato de patatas hervidas, evitando los bistecs y las chuletas. Jevy, en cambio, se lo

comió todo. Ambos todavía estaban hambrientos después de su aventura. Valdir los observó comer, mientras

tomaba café y fumaba.

Nadie había visto entrar y salir a Rachel del hospital. Nate le había hablado a Jevy en secreto de la visita

que ella le había hecho la noche anterior, y éste había hecho averiguaciones entre las enfermeras y las mujeres

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de la limpieza. Después del almuerzo, Jevy los dejó y se fue a dar una vuelta a pie por el centro de la ciudad, en

un intento de localizarla. Se dirigió hacia el río y habló con los marineros del último barco de transporte de

ganado que había llegado. Rachel no había viajado con ellos. Los pescadores tampoco la habían visto. Nadie

parecía saber nada acerca de una mujer blanca procedente del Pantanal.

Una vez solo en el despacho de Valdir, Nate telefoneó al bufete Stafford, aunque le costó recordar el

número.

—¿Cómo estás, Nate? —preguntó Josh, que había tenido que ausentarse de una reunión—. ¿Cómo estás?

—Ya no tengo fiebre —respondió Nate, balanceándose en el sillón de Valdir—. Estoy bien. Un poco

dolorido y cansado, pero bien.

—Por tu manera de hablar, parece que estás estupendamente. Quiero que vuelvas a casa.

—Dame un par de días.

—Te envío un jet, Nate. Saldrá esta noche.

—No, Josh, no lo hagas. No es una buena idea. Iré cuando yo quiera.

—De acuerdo. Háblame de la mujer, Nate.

—La hemos encontrado. Es la hija ilegítima de Troy Phelan y el dinero no le interesa.

—Entonces, ¿cómo la convenciste de que lo aceptara?

Josh, a esta mujer no se la puede convencer. Lo intenté, no conseguí nada y me di por vencido.

—Vamos, Nate; nadie rechaza semejante suma de dinero. Estoy seguro de que la habrás hecho

recapacitar.

—Ni soñarlo, Josh. Es la persona más feliz que jamás he conocido y está absolutamente empeñada en

pasar el resto de su vida trabajando entre su gente. Es el lugar donde Dios quiere que esté.

—Pero ¿ha firmado los papeles?

—No. Se produjo una larguísima pausa mientras Josh asimilaba la respuesta.

—Debes de estar bromeando dijo al fin en voz muy baja.

—No. Lo siento, jefe. Hice todo lo que pude para convencerla de que, por lo menos, firmara los papeles,

pero no hubo manera. Jamás los firmará.

—¿Leyó el testamento?

—Sí.

—¿Y le dijiste que eran once mil millones de dólares?

—Sí. Vive sola en una choza, sin agua corriente ni electricidad, viste y come de forma sencilla, no

dispone de teléfonos ni de fax y no le interesa aquello que no tiene. Vive en la Edad de Piedra, Josh, justo donde

ella quiere estar, y eso no hay dinero que lo cambie.

—Es incomprensible.

—Yo también lo pensé y eso que vi cómo vivía.

—¿Es inteligente?

—Es médico, Josh, tiene un doctorado, y habla cinco idiomas.

—¿Es médico?

—Sí, pero no hablamos de pleitos sobre negligencias médicas.

—Dijiste que era encantadora.

—¿Eso dije?

—Sí, hace dos días, por teléfono. Creo que entonces estabas un poco atontado.

—Puede que lo estuviese, pero ella es encantadora.

—0 sea, que te gustó.

—Nos hicimos amigos.

De nada serviría decirle a Josh que Rachel se hallaba en Corumbá. Nate abrigaba la esperanza de dar

rápidamente con ella y, aprovechando que estaban en la civilización, intentar hablarle de la herencia de Troy.

—Fue toda una aventura —añadió Nate—. El resto, imagínatelo.

—No he podido dormir pensando en ti.

—Tranquilízate. Estoy entero.

—He enviado cinco mil dólares. Los tiene Valdir.

—Gracias, jefe.

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—Llámame mañana.

Valdir lo invitó a cenar, pero él declinó la invitación. Recogió el dinero y se fue a pie, libre una vez más,

por las calles de Corumbá. Lo primero que hizo fue entrar en una tienda, comprar ropa interior, pantalones

cortos color caqui, unas sencillas camisetas blancas y unas botas de excursionista. Cuando llegó al hotel Palace,

cuatro manzanas más abajo, estaba muerto de cansancio. Se pasó dos horas durmiendo.

Jevy no encontró ni rastro de Rachel. La buscó entre la muchedumbre que abarrotaba las calles. Habló

con la gente del río, a la que tan bien conocía, pero nadie había oído hablar de su llegada. Entró en los vestíbulos

de los hoteles del centro de la ciudad y cortejó a las recepcionistas. Nadie había visto a una norteamericana de

cuarenta y dos años que viajaba sola.

Conforme pasaba la tarde, Jevy empezó a tener sus dudas acerca del relato de su amigo. El dengue hacía

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