Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
John Grisham - El testamento.doc
Скачиваний:
8
Добавлен:
12.11.2019
Размер:
2 Мб
Скачать
☆

Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con

toallas mojadas. Nate lo soportaba todo en silencio y se limitaba a apretar los dientes valerosamente para no

gritar. Estaba decidido a resistir las fiebres en medio del relativo lujo de aquella pequeña habitación de hotel.

Cada vez que sentía el impulso de gritar, recordaba las grietas del techo y los malos olores del anticuado

hospital.

A las cuatro de la madrugada la fiebre subió a cuarenta y uno y Nate empezó a perder el conocimiento. Se

sujetaba fuertemente las pantorrillas con los brazos, hecho un ovillo. De pronto, experimentaba un escalofrío

que lo obligaba a estirarse mientras unos fuertes temblores le sacudían el cuerpo.

Cuando la temperatura alcanzó los cuarenta y un grados y medio, Jevy comprendió que, en determinado

momento, su amigo entraría en estado de shock. Al final, tuvo miedo, no por la fiebre, sino al observar el sudor

que goteaba desde las sábanas al suelo. Su amigo ya había sufrido suficiente. En el hospital tenían medicamentos

más eficaces. Encontró a un portero dormido en el tercer piso y juntos arrastraron a Nate hacia el ascensor,

cruzaron el desierto vestíbulo y lo llevaron hasta la camioneta. A las seis de la mañana Jevy llamó a Valdir y lo

despertó.

En cuanto terminó de soltarle maldiciones, Valdir accedió a llamar al médico.

Se comunicó a Estados Unidos más tarde desde el pasillo del hospital a través de su teléfono móvil—. El

señor O'Riley se repondrá.

—No deje que se muera, Valdir —suplicó Josh con voz ronca a causa de la emoción.

Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.

Sin levantarse de la cama, el médico indicó el tratamiento. Debían llenar la bolsa del gota a gota con

muchos medicamentos, insertar la aguja en el brazo del paciente y procurar encontrar una habitación mejor.

Como todas las habitaciones estaban llenas, se limitaron a dejarlo en el pasillo de la sala de los hombres, cerca

de un desordenado escritorio que hacía las veces de despacho de las enfermeras. Allí por lo menos no se

olvidarían de él. Jevy fue invitado a marcharse. Todo cuanto podía hacer era esperar.

En determinado momento de la mañana, durante una pausa en sus actividades, apareció un enfermero con

unas tijeras. Cortó los pantalones cortos y la camiseta roja del paciente y los sustituyó por otra bata amarilla de

hospital. En el transcurso de dicha operación, Nate se pasó cinco minutos desnudo en la cama a la vista de todas

las personas que pasaban. Nadie le prestó atención y a Nate le dio enteramente igual. Le cambiaron las sábanas

John Grisham El testamento

137

empapadas de sudor. Los restos de los pantalones y la camiseta fueron arrojados al cubo de la basura y Nate

O'Riley se quedó una vez más sin ropa que ponerse.

Cuando se estremecía o gemía demasiado, el médico o la enfermera más próximo abría ligeramente la

válvula del gota a gota, y cuando roncaba demasiado, la cerraba un poco.

Una defunción por cáncer dejó un espacio vacante, y condujeron a Nate a la habitación más cercana,

donde lo dejaron instalado entre un obrero que acababa de sufrir la amputación de un pie y un hombre que se

estaba muriendo por fallo renal. El médico lo visitó un par de veces a lo largo del día. La fiebre osciló entre los

cuarenta y un grado y los cuarenta y dos. Valdir pasó por allí a última hora de la tarde para charlar un rato, pero

Nate no estaba despierto. A continuación informó acerca de los acontecimientos del día al señor Stafford, que no

se mostró muy contento.

—El médico dice que es normal —le explicó Valdir.

La bolsa del gota a gota se vació una vez más y nadie se apercibió de ello. Transcurrieron varias horas

mientras el efecto de los medicamentos desaparecía gradualmente. En mitad de la noche, cuando la oscuridad era

total y no había el menor movimiento en ninguna de las tres camas restantes, Nate se sacudió finalmente las

telarañas del coma y empezó a dar señales de vida. Apenas podía ver a sus compañeros de habitación. La puerta

estaba abierta y se distinguía un poco de luz procedente del fondo del pasillo. Ni voces ni pisadas.

Se tocó la bata, empapada de sudor, y advirtió que debajo de ésta volvía a estar desnudo. Se frotó los ojos

hinchados y trató de estirar las anquilosadas piernas. Le ardía la frente. Estaba sediento y no lograba recordar

cuándo había comido por última vez. Procuró no moverse para no despertar a las personas que lo rodeaban.

Tenía la certeza de que no tardaría en pasar alguna enfermera.

Las sábanas estaban mojadas, por lo que, cuando volvieron los escalofríos, no hubo manera de entrar

nuevamente en calor. Se estremeció y se frotó los brazos y las piernas mientras le castañeteaban los dientes.

Cuando cesaron los temblores, trató de dormir y consiguió dar algunas cabezadas a lo largo de la noche, pero, en

medio de la más profunda negrura, volvió a subirle la fiebre. Las sienes le palpitaban con tal fuerza que rompió a

llorar. Se envolvió la cabeza con la almohada y apretó con las pocas fuerzas que le quedaban.

En la oscuridad de la habitación, entró una silueta que se fue desplazando de cama en cama hasta llegar a

la de Nate. Lo vio estremecerse y luchar bajo las sábanas, oyó sus gemidos amortiguados por la almohada. Le

tocó suavemente el brazo y susurró:

—Nate.

En circunstancias normales, Nate habría experimentado un sobresalto, pero las alucinaciones se habían

convertido en un síntoma habitual. Se cubrió el pecho con la almohada y trató de enfocarla figura.

—Soy Rachel —murmuró ésta.

—¿Rachel? —dijo él. Trató de incorporarse y de abrirse los párpados con los dedos—. ¿Rachel?

—Estoy aquí, Nate. Dios me envía para protegerlo.

Él tendió la mano para tocarle el rostro, y ella la tomó en la suya y le besó la palma.

—No va a morir, Nate —le aseguró—. Dios tiene muchos planes para usted.

Nate no pudo articular palabra. Poco a poco sus ojos se adaptaron a la semipenumbra y consiguió verla.

—Es usted —dijo.

¿0 acaso era otro sueño?

Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]