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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y

contempló el inmenso Pantanal que se extendía ante sus ojos. Un astroso adolescente apareció como por arte de

ensalmo y le ofreció marihuana. Guardaba las bolsitas en una cajita de madera. Nate lo rehuyó con un gesto de

la mano. Quizás en otra vida.

Un músico empezó a rasguear la guitarra y la gente se congregó poco a poco alrededor de él mientras el

sol se ponía por detrás de las no muy lejanas montañas de Bolivia.

El dinero dio resultado. El piloto accedió a regañadientes a volar, pero insistió en salir temprano para

poder estar de regreso en Corumbá al mediodía. Tenía hijos pequeños, su mujer estaba enfadada y, además, era

la víspera de Navidad. Valdir se lo prometió y lo tranquilizó, entregándole un buen anticipo en efectivo.

También se le había pagado un anticipo a Jevy, el guía con quien Valdir se había pasado una semana

negociando. Jevy tenía veinticuatro años, estaba soltero, era un levantador de pesos de fuertes y musculosos

brazos y, cuando entró en el vestíbulo del hotel Palace, llevaba un sombrero de ganadero, pantalones cortos de

tela de tejanos, botas negras del ejército, camiseta sin mangas y un reluciente cuchillo de caza remetido en el

cinto como si se dispusiera a despellejar algo. El joven le estrechó la mano y Nate pensó por un instante que se

la trituraría.

—Bom dia —dijo con una ancha sonrisa en los labios.

—Bom dia —contestó Nate, rechinando los dientes al oír el crujido de sus dedos.

El cuchillo no podía pasar inadvertido; su hoja medía más de veinte centímetros de largo.

—¿Habla portugués? —preguntó Jevy.

—No. Sólo inglés.

—No hay problema —dijo Jevy, aflojando finalmente su presa mortal—. Yo hablo inglés.

—Su acento era muy marcado, pero por el momento Nate le entendía todo—. Lo aprendí en el ejército —

añadió con orgullo.

Jevy era un tipo que caía inmediatamente simpático. Tomó la cartera de documentos de Nate y le hizo un

comentario ingenioso a la chica del mostrador de recepción. Ésta se ruborizó y experimentó el deseo de que le

hiciera otro.

Su vehículo era una camioneta Ford modelo de 1978 de tres cuartos de tonelada, la más grande que Nate

hubiera visto en Corumbá. Estaba pintada de negro y parecía preparada para enfrentarse con la selva, con

grandes neumáticos, un torno en el parachoques delantero, unas sólidas rejillas sobre los faros delanteros. No

tenía guardabarros ni aire acondicionado.

Recorrieron a toda velocidad las calles de Corumbá, sin apenas detenerse ante los semáforos en rojo,

haciendo caso omiso de las señales de stop y avasallando a todos los automóviles y motocicletas, que

Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el

silenciador funcionaba muy mal. El motor era extraordinariamente ruidoso y Jevy se sentía obligado a hablar

mientras asía el volante como si fuera un piloto de carreras. Nate no oyó ni una sola palabra. Sonrió y asintió

con la cabeza como un idiota, tenso y con los pies firmemente plantados en el suelo mientras se agarraba con

una mano al marco de la ventanilla y sujetaba la cartera de documentos con la otra. Cada vez que llegaban a un

cruce, el corazón se le paralizaba en el pecho.

Estaba claro que los conductores se regían por un sistema de tráfico en el que no se tenían en cuenta las

normas del código de circulación, en caso de que hubiera alguna. Sin embargo, no se producían accidentes.

Todo el mundo, incluido Jevy, se las ingeniaba para detenerse o ceder el paso o virar bruscamente en el último

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