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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.

Wally era un picapleitos que garantizaba divorcios rápidos en anuncios que pegaba en los respaldos de los

asientos de los autobuses del área de Bethesda. Había tramitado uno de los divorcios de Libbigail y tuvo que

esperar un año para cobrar los honorarios. Aun así se había mostrado paciente con ella, pues, a fin de cuentas, se

trataba de una Phelan. Libbigail sería la entrada que le permitiría alcanzar los elevados honorarios que jamás

había conseguido ganar.

En presencia de ella Wally llamó a Hark Gettys y ambos se enzarzaron en una agria disputa telefónica

que duró un cuarto de hora mientras él paseaba enfurecido detrás de su escritorio y agitaba los brazos, soltando

palabrotas.

—¡Estoy dispuesto a matar por mi cliente! —rugió en determinado momento, y aquello impresionó a

Libbigail.

Al terminar, la acompañó amablemente a la puerta y le dio un beso en la mejilla. La acarició, le dio unas

palmaditas y le hizo carantoñas, prestándole la atención que ella había ansiado recibir toda su vida. No era fea;

puede que estuviese un poco gruesa y que se le notaran las huellas de la dura vida que había llevado en otros

tiempos, pero Wally había visto cosas mucho peores, e incluso se había acostado con algunas de ellas. En caso

de que se presentara una ocasión propicia, era probable que la aprovechara.

La montañita de Nate estaba cubierta con una capa de quince centímetros de nieve reciente cuando lo

despertaron los acordes de la música de Chopin que atravesaba las paredes. La semana anterior había sido

Mozart. Y la otra no se acordaba. Vivaldi pertenecía a su pasado reciente, pero todo era muy confuso.

Tal como venía haciendo cada mañana desde hacía casi cuatro meses, Nate se acercó a la ventana y

contempló el valle de Shenandoah que se extendía ante sus ojos, unos mil metros más abajo. El valle también

estaba cubierto de nieve, y él recordó que ya era casi la Navidad.

Ellos —los médicos y Josh— le habían prometido que saldría por esas fechas. Al pensar en la Navidad se

entristeció. Había pasado algunas muy agradables en tiempos no muy lejanos, cuando los niños eran pequeños y

él llevaba una vida estable. Pero ahora los niños se habían ido porque eran mayores o sus madres se los habían

llevado, y lo que menos deseaba era pasarse otras Navidades en un bar cantando villancicos con otros

desventurados borrachos, fingiendo ser feliz.

El blanco valle estaba sumido en el silencio y sólo algunos automóviles se movían como hormigas a lo

lejos.

Debería haber dedicado diez minutos a la oración o el yoga que habían tratado de enseñarle en Walnut

Hill, pero en su lugar hizo unas flexiones y se fue a nadar.

John Grisham El testamento

27

El desayuno consistió en un café solo y un bollo en compañía de Sergio, su asesor, terapeuta y guru.

Durante los pasados cuatro meses Sergio había sido también su mejor amigo. Lo sabía todo acerca de la

desgraciada vida de Nate O'Riley.

—Hoy tienes visita —le anunció Sergio.

—¿Quién?

—El señor Stafford.

—Maravilloso.

Cualquier contacto con el exterior le resultaba agradable, pues allí se respiraba una atmósfera muy

cerrada. Josh lo visitaba una vez al mes. Otros dos amigos de la firma habían efectuado el viaje de tres horas por

carretera desde el distrito de Columbia, pero estaban muy ocupados y Nate lo comprendía.

En Walnut Hill la televisión estaba prohibida a causa de los anuncios de cerveza y de los muchos

programas y películas en que se glorificaba el alcohol e incluso las drogas. Las revistas más populares no

estaban autorizadas por los mismos motivos. Pero a Nate le daba igual. Después de cuatro meses, le importaba

un bledo lo que ocurriera en el Capitolio o en Wall Street o en el Medio Oeste.

—¿Cuándo? —preguntó.

—A última hora de la mañana.

—¿Después de mi ejercicio?

—Pues claro.

Nada podía interferir el ejercicio, una orgía de sudor, gruñidos y gritos de dos horas de duración con una

sádica y malhumorada entrenadora personal a la que Nate adoraba en secreto.

Estaba descansando en su suite, comiéndose una naranja mientras contemplaba nuevamente el valle,

cuando llegó Josh.

—Te veo estupendo —le dijo Josh—. ¿Cuánto has adelgazado?

—Seis kilos —contestó Nate, dándose unas palmadas en el liso vientre.

—De verdad que estás muy delgado. A lo mejor, me convendría pasar una temporada aquí.

—Te lo recomiendo. La comida no tiene nada de grasa, es totalmente insípida y la prepara un chef que

habla con acento. Las raciones llenan medio plato; un par de bocados y listo. El almuerzo y la cena duran unos

siete minutos... si masticas despacio.

—Por mil dólares al día cabría esperar una comida exquisita.

—¿Me has traído galletitas o algo así? ¿Patatas fritas tal vez? Seguro que escondes algo en la cartera.

—Lo siento, Nate. No llevo nada.

—¿Ni siquiera unos Doritos?

—Lo siento.

Nate volvió a hincar el diente en la naranja. Estaban sentados muy cerca el uno del otro, contemplando el

paisaje. Los minutos iban pasando.

—¿Qué tal estás? —preguntó Josh.

—Tengo que salir de aquí, Josh. Estoy convirtiéndome en un robot.

—Tu médico dice que dentro de una semana más o menos.

—Estupendo. ¿Y después qué?

—Ya veremos.

—¿Y qué significa eso?

—Significa que ya veremos.

—Vamos, Josh.

—Nos lo tomaremos con calma y veremos qué ocurre.

—¿Podré regresar al despacho? Por favor, Josh, dime algo.

—No tan deprisa, Nate. Tienes enemigos.

—¿Y quién no los tiene? Pero, qué demonios, el bufete es Los tipos harán lo que tú digas.

—Tienes un par de problemas.

—Tengo mil problemas; pero tú no puedes echarme de un puntapié.

—El hecho de que estés sin un centavo puede arreglarse. Lo del fraude fiscal no es tan fácil.

John Grisham El testamento

28

En efecto, no lo era, y Nate no podía despacharlo sin más. Entre los años 1992 y 1995, había olvidado

declarar aproximadamente sesenta mil dólares en ingresos por otros conceptos.

Nate arrojó la piel de la naranja a la papelera y dijo:

—¿Y qué tengo que hacer? ¿Quedarme sentado en casa todo el día?

—Con un poco de suerte.

—¿Y eso qué significa?

Josh tenía que andarse con mucho tiento. Su amigo acababa de salir de un agujero muy negro. Era

imprescindible evitar los sobresaltos y las sorpresas.

—¿Crees que me enviarán a prisión? —preguntó Nate.

—Troy Phelan ha muerto —dijo Josh.

Nate tardó un segundo en asimilar la noticia.

—Ah, el señor Phelan —dijo.

Nate tenía su pequeña ala en la firma. Estaba situada al final de un largo pasillo de la sexta planta. Allí, él

y otro abogado, junto con tres auxiliares y media docena de secretarias, se dedicaban a presentar querellas contra

médicos y no se preocupaban por lo que ocurría en el resto de la empresa. Por supuesto que sabía quién era Troy

Phelan, pero jamás había intervenido en sus asuntos legales.

—Lo lamento —dijo.

—¿0 sea, que no te habías enterado?

—Aquí no me entero de nada. ¿Cuándo murió?

—Hace cuatro días. Se arrojó al vacío desde una ventana.

—¿Sin paracaídas?

—Has dado en el clavo.

—No sabía volar.

—No. Ni siquiera lo intentó. Yo fui testigo. Acababa de firmar dos testamentos; el primero lo había

preparado yo; el segundo y último lo escribió él mismo de su puño y letra. Después se arrojó al vacío.

—¿Dices que lo viste hacerlo?

—Sí.

—Vaya. El hijo de puta debía de estar medio chiflado.

La voz de Nate tenía una punta de ironía. Casi cuatro atrás una criada lo había encontrado en una

habitación motel con la tripa llena de pastillas y de ron.

—Se lo ha dejado todo a una hija ilegítima de la que nunca había oído hablar.

—¿Está casada? ¿Qué pinta tiene?

—Quiero que la busques.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Se ha perdido?

—No sabemos dónde está.

—¿Cuánto dinero le...?

—Algo así como once mil millones de dólares

—¿Y ella lo sabe?

—No. Ni siquiera está enterada de que ha muerto.

—¿Sabe que Troy es su padre?

—No tengo ni idea de qué sabe.

—¿Dónde está?

—En Brasil, creemos. Es misionera y trabaja con una remota tribu india.

Nate se levantó y empezó a caminar arriba y abajo por la estancia.

—Una vez estuve una semana allí —dijo—. Sé que estudiaba, pero ya no me acuerdo qué; quizás

estuviese en la Facultad de Derecho. Era carnaval, había chicas desnudas bailando por las calles de Río, escuelas

de samba y un millón de personas de juerga toda la noche.

Se calló de repente, como si aquel bonito recuerdo hubiera aflorado a la superficie y hubiera vuelto a

desaparecer rápidamente.

John Grisham El testamento

29

—Ahora no se trata de un carnaval.

—Me lo imaginaba. ¿Te apetece un café?

—Sí. Solo.

Nate pulsó un timbre de la pared y pidió café a través del interfono. Los mil dólares diarios cubrían

también el servicio de habitación. Se sentó de nuevo junto a la ventana y preguntó:

—¿Cuánto tiempo permaneceré fuera?

—Es un poco difícil saberlo, pero yo diría que unos diez días. No hay prisa y puede que te cueste un poco

encontrarla.

—¿En qué parte del país?

—En la zona occidental, cerca de Bolivia. La organización para la que trabaja envía gente a la selva,

donde ayudan a unos indios que viven como en la Edad de Piedra. Hemos llevado a cabo algunas

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