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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.

—¿Hace falta mi presencia allí? —gritó Josh Stafford por tercera o cuarta vez.

—No es necesario. Tenga paciencia, por favor.

—Estoy harto de que me diga que tenga paciencia.

—Lo comprendo.

—Haga que se reponga, Valdir.

—Está bien.

—No lo está. Llámeme más tarde.

Tip Durban encontró a Josh de pie junto a la ventana de su despacho, contemplando el grupo de edificios

que estaban enfrente de él. Cerró la puerta, se sentó y preguntó;

—¿Qué ha dicho?

—Ha dicho que la ha encontrado, que es encantadora y que le ha pedido que se case con él —contestó

Josh sin apartar los ojos de la ventana. En su voz no se advertía el menor atisbo de humor.

A Tip, sin embargo, le hizo gracia. En cuestión de mujeres, Nate no era muy selectivo, sobre todo entre

divorcio y divorcio.

—¿Cómo está?

—No le duele nada, lo atiborran de analgésicos y está semi-inconsciente. Valdir dice que le ha bajado la

fiebre y que su aspecto ha mejorado mucho.

—0 sea, que no va a morir.

—Parece ser que no.

Durban se echó a reír.

—Hay que ver cómo es que no le gustaran.

Josh volvió la cabeza.

—Es genial dijo con expresión risueña—. Nate está arruinado. Ella sólo tiene cuarenta y dos años y debe

de llevar siglos sin ver a un blanco.

—A Nate no le importaría que fuera la mujer más fea del mundo, siendo, como es, la más rica.

—Ahora que lo pienso, no me sorprende. Creí que le hacía un favor enviándolo a una aventura. Jamás se

me ocurrió pensar en la posibilidad de que intentara seducir a una misionera.

John Grisham El testamento

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—¿Crees que lo consiguió?

—Quién sabe lo que hicieron en la selva.

—Yo lo dudo mucho —añadió Tip, pensándolo mejor—. Conocemos a Nate, pero no a ella. Para eso

hacen falta dos.

Josh se sentó en el borde de su escritorio, mirando al suelo, todavía con una risueña sonrisa en los labios.

—Tienes razón. No estoy seguro de que a ella le gustara Nate. Hay muchos desaprensivos por ahí.

—¿Firmó ella los papeles?

—No hemos entrado en tantos detalles, pero estoy seguro de que sí, pues de otro modo él no la habría

dejado.

—¿Cuándo vuelve a casa?

—En cuanto pueda viajar.

—No estés tan seguro. Por once mil millones de dólares, hasta yo me quedaría algún tiempo por allí.

Nate. Jamás ha encontrado unas faldas.

El médico encontró a su paciente roncando a la sombra en el patio, todavía incorporado en la cama y con

la boca abierta, sin el apósito de gasa sobre los ojos y con la cabeza inclinada hacia un lado. Su amigo el del río

estaba haciendo la siesta en el suelo, muy cerca de él. El médico echó un vistazo a la bolsa del gota a gota e

Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.

—Senhor O'Riley —dijo, levantando la voz mientras daba unas palmadas al hombro del paciente.

Jevy se levantó de un salto. El médico no hablaba inglés. Quería que Nate regresara a la habitación, pero

cuando Jevy lo tradujo Nate no lo aceptó de buen grado y le suplicó a Jevy que no lo llevaran dentro, deseo que

éste transmitió de inmediato al médico. El joven había visto a los demás pacientes, las llagas, los ataques y a los

moribundos que había en el pasillo, por lo que le prometió al médico que se quedaría allí, en el patio, con el

norteamericano, hasta que oscureciera. El médico cedió porque, en realidad, le daba igual. Al otro lado del patio

había una pequeña sala con unos gruesos barrotes negros que se hundían en el cemento. De vez en cuando, los

pacientes se acercaban a los barrotes para contemplar el patio. No podían escapar de allí. A última hora de la

mañana uno de ellos se puso a gritar, protestando por la presencia de Nate y Jevy en el patio. Su piel morena

estaba cubierta de manchas, tenía el cabello rojo y ralo y aparentaba estar tan loco como efectivamente lo estaba.

Se agarró a los barrotes, introdujo el rostro entre ellos y se puso a gritar. Su estridente voz resonó por el patio y

los pasillos.

—¿Qué dice? —preguntó Nate.

El comportamiento de aquel chalado lo había sobresaltado y había contribuido a despejarle la mente.

—No entiendo ni una palabra —respondió Jevy—. Está loco.

—¿Y me tienen en el mismo hospital que a los locos?

—Sí. Lo lamento. Es una ciudad pequeña.

Los gritos se intensificaron. Apareció una enfermera en el patio y le ordenó al hombre que se callara. Él

contestó empleando un lenguaje que indujo a la mujer a huir despavorida. Después, el loco volvió a centrar su

atención en Nate y en Jevy. Se agarró con tal fuerza a los barrotes que los nudillos se le quedaron blancos, y

empezó a brincar sin dejar de dar voces.

—Pobre hombre —dijo Nate.

Los aullidos se transformaron en lamentos y, tras varios minutos de incesante alboroto, un enfermero se

acercó al loco por la espalda y trató de apartarlo de allí. El hombre no quería irse y empezó a forcejear. En

presencia de testigos, el enfermero se mostraba firme, pero prudente. Sin embargo, no había manera de que el

loco soltase los barrotes. Los lamentos se transformaron en chillidos mientras el enfermero tiraba de él por

detrás.

Al final, el enfermero se dio por vencido y se marchó. El loco se bajó los pantalones y empezó a orinar

entre los barrotes, soltando sonoras carcajadas mientras apuntaba más o menos hacia Nate y Jevy; por suerte,

éstos estaban fuera de su alcance. Aprovechando que el hombre había apartado momentáneamente las manos de

los barrotes, el enfermero lo atacó por detrás con una llave y consiguió apartarlo. En cuanto el hombre

desapareció de la vista de los testigos, sus gritos cesaron como por arte de ensalmo.

Cuando terminó aquel drama volvió nuevamente la calma, Nate dijo:

—Jevy, sácame de aquí.

—¿Qué es lo que pretende?

—Que me saques de aquí. Me encuentro bien. La fiebre ha desaparecido y estoy recuperando las fuerzas.

Vámonos.

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—No podemos irnos hasta que el médico le dé el alta. Y, además, lleva eso puesto. Jevy señaló el gota a

gota.

—Eso no es nada —repuso Nate, sacándose rápidamente la aguja del brazo—. Búscame ropa, Jevy. Me

voy.

—Usted no sabe lo que es el dengue. Mi padre lo tuvo.

—Ya estoy curado. Lo noto.

—No, no lo está. La fiebre volverá y será peor. Mucho peor.

—No lo creo. Llévame a un hotel, Jevy, por favor. Allí estaré bien. Te pagaré para que te quedes

conmigo. Si me vuelve la fiebre, podrás darme las pastillas. Por favor.

Jevy se encontraba a los pies de la cama. Miró alrededor, temiendo que alguien comprendiese el inglés.

—No lo sé —dijo, titubeando. No era mala idea.

—Te pagaré doscientos dólares para que me compres ropa y me lleves a un hotel, y otros cincuenta

dólares al día para que me cuides hasta que me recupere.

—No es por el dinero, Nate. Soy su amigo.

—Yo también soy tu amigo, Jevy, y los amigos se ayudan mutuamente. No puedo regresar a aquella

habitación. Ya has visto a esos pobres enfermos. Se están pudriendo, muriendo y meándose encima. Huele a

excrementos humanos. A las enfermeras les importa un rábano, y los médicos no te examinan. El manicomio

está justo al lado. Por favor, Jevy, sácame de aquí. Te pagaré una buena cantidad de dinero.

—Su dinero se hundió con el Santa Loura.

Nate se quedó de piedra al oír aquellas palabras. Ni siquiera se le había ocurrido pensar en el Santa Loura

y en sus efectos personales: su ropa, el dinero, el pasaporte y la cartera con todos los artilugios y documentos

que Josh había metido en ella. Desde que se separara de Rachel, Nate había tenido algunos momentos de

lucidez, sólo unos pequeños intervalos de claridad, en cuyo transcurso había pensado en la vida y la muerte, pero

jamás en cosas tangibles o propiedades.

—Puedo conseguir todo el dinero que haga falta, Jevy. Lo pediré por telegrama a Estados Unidos.

Ayúdame, por favor.

Jevy sabía que el dengue raras veces era mortal. El acceso que Nate había sufrido daba la impresión de

estar bajo control, aunque la fiebre volvería a subirle con toda seguridad. Nadie podía reprocharle que quisiera

huir del hospital.

—De acuerdo —dijo, mirando nuevamente alrededor. No había nadie en las inmediaciones—. Vuelvo en

unos minutos.

Nate cerró los ojos y recordó que no tenía pasaporte, ni dinero en efectivo. Ni ropa, ni cepillo de dientes.

Ni teléfono, tanto satélite como móvil, ni tarjetas telefónicas. Y en su hogar la situación no era mucho mejor. De

las ruinas de su bancarrota personal, podía abrigar la esperanza de conservar el automóvil de alquiler, su ropa, su

modesto mobiliario y el dinero de su plan de pensiones. Nada más. El contrato de alquiler de su pequeña

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