- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Vender.
Nate no levantó los ojos del agua.
—Pero creo que no tendríamos que dijo alejándose.
«Me parece muy bien», pensó Nate. Apuró el contenido de la taza, succionando el poso y el azúcar no
disuelto.
Una botella fría de color marrón, quizás Antartica o Brahma, las dos marcas que él ya había probado en
Brasil. Una cerveza estupenda. En sus tiempos de estudiante, uno de sus lugares preferidos era un bar
universitario cerca de Georgetown que ofrecía ciento veinte marcas de cerveza extranjeras. Las había probado
todas. Servían toneladas de cacahuetes tostados y se daba por descontado que la gente echaría los hollejos al
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suelo. Cuando sus compañeros de la Facultad de Derecho estaban en la ciudad, siempre se reunían en aquel bar
para recordar los viejos tiempos. La cerveza estaba muy fría y los cacahuetes muy calientes y salados y, cuando
caminabas, oías el crujido de los hollejos, y las chicas eran jóvenes y muy lanzadas. El local llevaba mucho
tiempo en aquel lugar y, durante cada uno de sus viajes al centro de desintoxicación y a través de éste a la
abstinencia, lo que Nate más echaba de menos era aquel bar.
Empezó a sudar a pesar de que las nubes ocultaban el sol y soplaba una brisa fresca. Se hundió en la
hamaca y rezó para que pudiera conciliar el sueño y sumirse en una especie de profundo coma que lo llevara
más allá de aquella pequeña parada hacia la oscuridad de la noche. El sudor se hizo más copioso, hasta dejarle la
camisa completamente empapada. Abrió un libro que trataba sobre la desaparición de los indios brasileños y
trató de volver a dormirse.
Estaba completamente despierto cuando se apagó el motor y el barco se acercó a la orilla. Oyó unas voces
y percibió una ligera sacudida cuando amarraron el barco en el puesto de venta. Nate se levantó muy despacio de
la hamaca, regresó al banco y se sentó.
Era una especie de tienda rural construida sobre unos pilotes, un pequeño edificio de tablas de madera sin
pintar, con un techo de hojalata y un estrecho porche, donde, como era de esperar, un par de lugareños estaban
sentados, fumando y tomando té. Un río más pequeño rodeaba el edificio por detrás y se perdía en el Pantanal.
Un gran barril de combustible estaba asegurado a la parte lateral del edificio.
Un endeble muelle se proyectaba sobre el río para amarrar las embarcaciones. Jevy y Welly avanzaron
con mucho cuidado por él pues las corrientes eran muy fuertes. Intercambiaron unas palabras con los
pantaneiros del porche y entraron en la tienda.
Nate había jurado que no bajaría a tierra. Se dirigió al otro lado de la cubierta, se sentó en el banco, pasó
los brazos y las piernas a través de los barrotes de la barandilla y contempló el paso de las aguas del crecido río.
Se quedaría en la cubierta con los brazos y las piernas cruzados alrededor de los barrotes de la barandilla. La
cerveza más fría del mundo no podría arrancarlo de allí.
Tal como ya había tenido ocasión de comprobar, en Brasil las visitas cortas no existían. Sobre todo en el
río, donde las visitas no eran muy frecuentes. Jevy compró ciento veinticinco litros de gasóleo para sustituir el
que se había perdido durante la tormenta. El motor se puso en marcha.
—Fernando dice que hay una misionera. Trabaja con los indios —dijo Jevy, ofreciéndole una botella de
agua fría. El barco ya estaba en movimiento.
—¿Dónde?
—No está muy seguro. Hay unos cuantos poblados hacia el norte, cerca de Bolivia, pero los indios no se
desplazan por el río, y él no sabe gran cosa sobre ellos.
—¿A qué distancia está el más próximo?
—Mañana por la mañana deberíamos estar muy cerca. Pero no podremos utilizar este barco. Tendremos
que usar la barca.
—Podría ser divertido.
—¿Recuerda a Marco, el dueño de la vaca que mató nuestro avión?
—Pues claro. Tenía tres hijos pequeños.
—Sí. Ayer estuvo allí —dijo Jevy, señalando la tienda que ya estaba desapareciendo detrás de un
meandro—. Viene una vez al mes.
—¿Vino con los niños?
—No. Es demasiado peligroso.
Qué pequeño era el mundo. Nate confiaba en que los chicos se hubieran gastado el dinero que él les había
regalado por Navidad. Siguió contemplando la tienda hasta que la perdió de vista.
Puede que a la vuelta ya estuviera lo bastante recuperado para tomarse una cerveza fría. Un par de
cervecitas para celebrar el éxito del viaje. Regresó a la seguridad de su hamaca y maldijo su debilidad. En la
soledad de un inmenso pantano había estado casi a punto de rozar el alcohol, y durante horas no había podido
concentrarse en ninguna otra cosa. La expectación, el temor, el sudor y la taimada búsqueda de medios para
conseguir tomarse un trago. Después, la tentación de la caída, la salvación sin esfuerzo por su parte y ahora la
secuela de una fantasía de renovación de su idilio con el alcohol. Unos cuantos tragos le irían bien, porque de
ese modo podría parar cuando quisiese. Aquélla era su mentira preferida.
No era más que un borracho. Tras haber pasado por una exclusiva clínica de desintoxicación a mil
dólares diarios, seguía siendo un adicto. Aun cuando pasara los martes por la noche por el local de Alcohólicos
Anónimos situado en el sótano de una iglesia, seguiría siendo un borracho.
Nate comprendió que sus adicciones lo tenían atrapado y la desesperación se apoderó de él. Él pagaba
aquel maldito barco; Jevy trabajaba para él. Si les ordenaba que diesen media vuelta y regresaran directamente a
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la tienda, ellos lo harían. Podía comprarle a Fernando toda la cerveza que tuviera, conservarla en hielo bajo la
cubierta y pasarse el rato tomando tragos de Brahma hasta llegar a Bolivia. Y nadie habría podido hacer
absolutamente nada por impedirlo.
Como si de un espejismo se tratara, Welly apareció con una taza de café recién hecho y una sonrisa en los
labios.
—bou cozinhar —dijo.
Nate pensó que la comida le vendría bien. Aunque fuera otro plato de alubias con arroz y pollo hervido.
La comida satisfaría sus gustos o, por lo menos, apartaría su atención de otros anhelos.
Comió muy despacio en la cubierta superior, solo en la oscuridad, ahuyentando a manotazos a los
grandes mosquitos que se acercaban a su rostro. Cuando hubo terminado, se roció con repelente desde el cuello
hasta los pies descalzos. El ataque había terminado y ahora sólo experimentaba unos ligeros efectos residuales.
Ya no notaba el sabor de la cerveza ni aspiraba el aroma de los cacahuetes de su bar preferido. Se retiró a su
refugio. Se había puesto otra vez a llover, sin viento ni truenos.
Josh había incluido en su equipaje cuatro libros para que pudiera cultivar el placer de la lectura. Ya había
leído y releído todos los informes y memorandos. Todavía le quedaban los libros. Ya iba por la mitad del más
delgado.
Se hundió en las profundidades de la hamaca y reanudó la lectura de la triste historia de las poblaciones
nativas de Brasil.
Cuando el explorador portugués Pedro Álvares Cabral pisó por primera vez suelo brasileño en la costa de
Bahía en abril del año 1500, había en el país cinco millones de indios, repartidos entre novecientas tribus.
Hablaban mil ciento setenta y cinco idiomas y, exceptuando las habituales escaramuzas tribales, eran gente
pacífica.
Cinco siglos después de haber sido «civilizada» por los europeos, la población indígena había sido
diezmada. Sólo quedaban doscientos setenta mil individuos repartidos en doscientas seis tribus que hablaban
ciento setenta idiomas. La guerra, los asesinatos, la esclavitud, las pérdidas territoriales, las enfermedades...,
aquellas culturas civilizadas no habían olvidado ningún método de exterminio de los indios.
Era una historia repugnante y violenta. Cuando los indios eran pacíficos y trataban de colaborar con los
colonizadores, contraían extrañas enfermedades —viruela, sarampión, fiebre amarilla, gripe, tuberculosis—,
contra las cuales carecían de defensas naturales. Si no colaboraban, eran asesinados por unos hombres que
utilizaban armas mucho más sofisticadas que las flechas y los dardos envenenados. Si oponían resistencia y
mataban a sus atacantes, se les calificaba de salvajes.
Los mineros, los agricultores y los magnates del caucho los esclavizaban. Cualquier grupo que dispusiera
de armas suficientes los arrancaba de sus hogares ancestrales. Eran quemados en la hoguera por los curas,
perseguidos por ejércitos y bandas de malhechores, violados a voluntad por cualquier hombre que así lo quisiera
y asesinados con total impunidad. En todos los momentos de la historia, tanto los más trascendentales como los
más insignificantes, en que los intereses de los nativos brasileños hubieron entrado en conflicto con los de los
blancos, los indios habían perdido.
Cuando uno lleva quinientos años perdiendo, apenas espera nada de la vida. El mayor problema con que
se enfrentaban las tribus de la actualidad era el suicidio de sus jóvenes.
Tras varios siglos de genocidio, el Gobierno brasileño había llegado finalmente a la conclusión de que ya
era hora de proteger a sus «nobles salvajes». Las matanzas habían sido condenadas por la comunidad
internacional, por cuyo motivo se creó una burocracia especial y se aprobó una serie de leyes. A bombo y
platillos, se devolvieron a los nativos algunas tierras tribales y en los mapas gubernamentales se trazaron unas
líneas que las declaraban zonas de seguridad.
Pero el Gobierno también formaba parte del enemigo. En 1967, una investigación acerca de las
actividades del organismo oficial encargado de los asuntos indios escandalizó a la mayoría de los brasileños. El
informe reveló que los representantes de la administración, los especuladores de tierras y los propietarios de
fincas agrarias unos malhechores que o bien trabajaban para el organismo o bien lo tenían a su servicio— habían
estado utilizando sistemáticamente armas químicas y bacteriológicas para eliminar a los indígenas. Entregaban a
éstos prendas de vestir infectadas con los bacilos de la viruela y la tuberculosis. Por medio de aviones y
helicópteros, bombardeaban sus poblados y tierras con bacterias letales.
En la cuenca del Amazonas y otras fronteras, los propietarios de las fincas agrícolas y de las minas se
pasaban literalmente por el forro las líneas de los mapas.
En 1986, un propietario agrícola de Rondóma utilizó pulverizadores de insecticidas destinados a fumigar
las cosechas para esparcer sustancias químicas letales en las cercanas tierras de los indios. Murieron treinta
indígenas, pero el agricultor jamás fue procesado. En 1989, el propietario de una finca del Mato Grosso ofreció
elevadas sumas a los cazadores de recompensas a cambio de las orejas de indios asesinados. En 1993, los
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representantes de unas minas de oro de Manaos atacaron a una pacífica tribu por el simple hecho de negarse a
abandonar sus tierras. Trece indios fueron asesinados y jamás se practicó una detención.
En la década de los noventa, el Gobierno había intentado con medios agresivos abrir la cuenca del
Amazonas, una zona de inmensos recursos naturales situada al norte del Pantanal. Pero los indios seguían
interponiéndose en su camino. Casi todos los supervivientes habitaban en la cuenca; de hecho, se calculaba que
nada menos que cincuenta tribus de la selva habían tenido la suerte de librarse del contacto con la civilización.
Ahora la civilización había vuelto al ataque. Los abusos contra los aborígenes eran cada vez más
numerosos, coincidiendo con la penetración en la cuenca del Amazonas de las explotaciones mineras y
madereras y de los propietarios de tierras, respaldados por el Gobierno.
La historia era fascinante, aunque deprimente. Nate se pasó varias horas leyendo, hasta que terminó el
libro.
Se dirigió a la timonera y se tomó un café con Jevy. Había dejado de llover.
—¿Estaremos allí mañana por la mañana? —preguntó.
—Creo que sí.
Las luces del barco ascendían y descendían suavemente, siguiendo el ritmo de una corriente tan mansa
que casi parecía que no se movieran.
—¿Tú tienes sangre india? —preguntó Nate, tras dudar un poco. Era una cuestión personal que en
Estados Unidos nadie se habría atrevido a preguntar.
Jevy sonrió sin apartar los ojos del río.
—Todos nosotros tenemos sangre india. ¿Por qué lo pregunta?
—He estado leyendo la historia de los indios de Brasil.
—¿Y qué le parece?
—Muy trágica.
—Lo es. ¿Cree que los indios han sido maltratados aquí?
—Por supuesto que lo han sido.
—¿Y en su país?
Por una extraña razón, lo primero que acudió a la mente de Nate fue el general Custer. Por lo menos, los
