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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Vender.

Nate no levantó los ojos del agua.

—Pero creo que no tendríamos que dijo alejándose.

«Me parece muy bien», pensó Nate. Apuró el contenido de la taza, succionando el poso y el azúcar no

disuelto.

Una botella fría de color marrón, quizás Antartica o Brahma, las dos marcas que él ya había probado en

Brasil. Una cerveza estupenda. En sus tiempos de estudiante, uno de sus lugares preferidos era un bar

universitario cerca de Georgetown que ofrecía ciento veinte marcas de cerveza extranjeras. Las había probado

todas. Servían toneladas de cacahuetes tostados y se daba por descontado que la gente echaría los hollejos al

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suelo. Cuando sus compañeros de la Facultad de Derecho estaban en la ciudad, siempre se reunían en aquel bar

para recordar los viejos tiempos. La cerveza estaba muy fría y los cacahuetes muy calientes y salados y, cuando

caminabas, oías el crujido de los hollejos, y las chicas eran jóvenes y muy lanzadas. El local llevaba mucho

tiempo en aquel lugar y, durante cada uno de sus viajes al centro de desintoxicación y a través de éste a la

abstinencia, lo que Nate más echaba de menos era aquel bar.

Empezó a sudar a pesar de que las nubes ocultaban el sol y soplaba una brisa fresca. Se hundió en la

hamaca y rezó para que pudiera conciliar el sueño y sumirse en una especie de profundo coma que lo llevara

más allá de aquella pequeña parada hacia la oscuridad de la noche. El sudor se hizo más copioso, hasta dejarle la

camisa completamente empapada. Abrió un libro que trataba sobre la desaparición de los indios brasileños y

trató de volver a dormirse.

Estaba completamente despierto cuando se apagó el motor y el barco se acercó a la orilla. Oyó unas voces

y percibió una ligera sacudida cuando amarraron el barco en el puesto de venta. Nate se levantó muy despacio de

la hamaca, regresó al banco y se sentó.

Era una especie de tienda rural construida sobre unos pilotes, un pequeño edificio de tablas de madera sin

pintar, con un techo de hojalata y un estrecho porche, donde, como era de esperar, un par de lugareños estaban

sentados, fumando y tomando té. Un río más pequeño rodeaba el edificio por detrás y se perdía en el Pantanal.

Un gran barril de combustible estaba asegurado a la parte lateral del edificio.

Un endeble muelle se proyectaba sobre el río para amarrar las embarcaciones. Jevy y Welly avanzaron

con mucho cuidado por él pues las corrientes eran muy fuertes. Intercambiaron unas palabras con los

pantaneiros del porche y entraron en la tienda.

Nate había jurado que no bajaría a tierra. Se dirigió al otro lado de la cubierta, se sentó en el banco, pasó

los brazos y las piernas a través de los barrotes de la barandilla y contempló el paso de las aguas del crecido río.

Se quedaría en la cubierta con los brazos y las piernas cruzados alrededor de los barrotes de la barandilla. La

cerveza más fría del mundo no podría arrancarlo de allí.

Tal como ya había tenido ocasión de comprobar, en Brasil las visitas cortas no existían. Sobre todo en el

río, donde las visitas no eran muy frecuentes. Jevy compró ciento veinticinco litros de gasóleo para sustituir el

que se había perdido durante la tormenta. El motor se puso en marcha.

—Fernando dice que hay una misionera. Trabaja con los indios —dijo Jevy, ofreciéndole una botella de

agua fría. El barco ya estaba en movimiento.

—¿Dónde?

—No está muy seguro. Hay unos cuantos poblados hacia el norte, cerca de Bolivia, pero los indios no se

desplazan por el río, y él no sabe gran cosa sobre ellos.

—¿A qué distancia está el más próximo?

—Mañana por la mañana deberíamos estar muy cerca. Pero no podremos utilizar este barco. Tendremos

que usar la barca.

—Podría ser divertido.

—¿Recuerda a Marco, el dueño de la vaca que mató nuestro avión?

—Pues claro. Tenía tres hijos pequeños.

—Sí. Ayer estuvo allí —dijo Jevy, señalando la tienda que ya estaba desapareciendo detrás de un

meandro—. Viene una vez al mes.

—¿Vino con los niños?

—No. Es demasiado peligroso.

Qué pequeño era el mundo. Nate confiaba en que los chicos se hubieran gastado el dinero que él les había

regalado por Navidad. Siguió contemplando la tienda hasta que la perdió de vista.

Puede que a la vuelta ya estuviera lo bastante recuperado para tomarse una cerveza fría. Un par de

cervecitas para celebrar el éxito del viaje. Regresó a la seguridad de su hamaca y maldijo su debilidad. En la

soledad de un inmenso pantano había estado casi a punto de rozar el alcohol, y durante horas no había podido

concentrarse en ninguna otra cosa. La expectación, el temor, el sudor y la taimada búsqueda de medios para

conseguir tomarse un trago. Después, la tentación de la caída, la salvación sin esfuerzo por su parte y ahora la

secuela de una fantasía de renovación de su idilio con el alcohol. Unos cuantos tragos le irían bien, porque de

ese modo podría parar cuando quisiese. Aquélla era su mentira preferida.

No era más que un borracho. Tras haber pasado por una exclusiva clínica de desintoxicación a mil

dólares diarios, seguía siendo un adicto. Aun cuando pasara los martes por la noche por el local de Alcohólicos

Anónimos situado en el sótano de una iglesia, seguiría siendo un borracho.

Nate comprendió que sus adicciones lo tenían atrapado y la desesperación se apoderó de él. Él pagaba

aquel maldito barco; Jevy trabajaba para él. Si les ordenaba que diesen media vuelta y regresaran directamente a

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la tienda, ellos lo harían. Podía comprarle a Fernando toda la cerveza que tuviera, conservarla en hielo bajo la

cubierta y pasarse el rato tomando tragos de Brahma hasta llegar a Bolivia. Y nadie habría podido hacer

absolutamente nada por impedirlo.

Como si de un espejismo se tratara, Welly apareció con una taza de café recién hecho y una sonrisa en los

labios.

—bou cozinhar —dijo.

Nate pensó que la comida le vendría bien. Aunque fuera otro plato de alubias con arroz y pollo hervido.

La comida satisfaría sus gustos o, por lo menos, apartaría su atención de otros anhelos.

Comió muy despacio en la cubierta superior, solo en la oscuridad, ahuyentando a manotazos a los

grandes mosquitos que se acercaban a su rostro. Cuando hubo terminado, se roció con repelente desde el cuello

hasta los pies descalzos. El ataque había terminado y ahora sólo experimentaba unos ligeros efectos residuales.

Ya no notaba el sabor de la cerveza ni aspiraba el aroma de los cacahuetes de su bar preferido. Se retiró a su

refugio. Se había puesto otra vez a llover, sin viento ni truenos.

Josh había incluido en su equipaje cuatro libros para que pudiera cultivar el placer de la lectura. Ya había

leído y releído todos los informes y memorandos. Todavía le quedaban los libros. Ya iba por la mitad del más

delgado.

Se hundió en las profundidades de la hamaca y reanudó la lectura de la triste historia de las poblaciones

nativas de Brasil.

Cuando el explorador portugués Pedro Álvares Cabral pisó por primera vez suelo brasileño en la costa de

Bahía en abril del año 1500, había en el país cinco millones de indios, repartidos entre novecientas tribus.

Hablaban mil ciento setenta y cinco idiomas y, exceptuando las habituales escaramuzas tribales, eran gente

pacífica.

Cinco siglos después de haber sido «civilizada» por los europeos, la población indígena había sido

diezmada. Sólo quedaban doscientos setenta mil individuos repartidos en doscientas seis tribus que hablaban

ciento setenta idiomas. La guerra, los asesinatos, la esclavitud, las pérdidas territoriales, las enfermedades...,

aquellas culturas civilizadas no habían olvidado ningún método de exterminio de los indios.

Era una historia repugnante y violenta. Cuando los indios eran pacíficos y trataban de colaborar con los

colonizadores, contraían extrañas enfermedades —viruela, sarampión, fiebre amarilla, gripe, tuberculosis—,

contra las cuales carecían de defensas naturales. Si no colaboraban, eran asesinados por unos hombres que

utilizaban armas mucho más sofisticadas que las flechas y los dardos envenenados. Si oponían resistencia y

mataban a sus atacantes, se les calificaba de salvajes.

Los mineros, los agricultores y los magnates del caucho los esclavizaban. Cualquier grupo que dispusiera

de armas suficientes los arrancaba de sus hogares ancestrales. Eran quemados en la hoguera por los curas,

perseguidos por ejércitos y bandas de malhechores, violados a voluntad por cualquier hombre que así lo quisiera

y asesinados con total impunidad. En todos los momentos de la historia, tanto los más trascendentales como los

más insignificantes, en que los intereses de los nativos brasileños hubieron entrado en conflicto con los de los

blancos, los indios habían perdido.

Cuando uno lleva quinientos años perdiendo, apenas espera nada de la vida. El mayor problema con que

se enfrentaban las tribus de la actualidad era el suicidio de sus jóvenes.

Tras varios siglos de genocidio, el Gobierno brasileño había llegado finalmente a la conclusión de que ya

era hora de proteger a sus «nobles salvajes». Las matanzas habían sido condenadas por la comunidad

internacional, por cuyo motivo se creó una burocracia especial y se aprobó una serie de leyes. A bombo y

platillos, se devolvieron a los nativos algunas tierras tribales y en los mapas gubernamentales se trazaron unas

líneas que las declaraban zonas de seguridad.

Pero el Gobierno también formaba parte del enemigo. En 1967, una investigación acerca de las

actividades del organismo oficial encargado de los asuntos indios escandalizó a la mayoría de los brasileños. El

informe reveló que los representantes de la administración, los especuladores de tierras y los propietarios de

fincas agrarias unos malhechores que o bien trabajaban para el organismo o bien lo tenían a su servicio— habían

estado utilizando sistemáticamente armas químicas y bacteriológicas para eliminar a los indígenas. Entregaban a

éstos prendas de vestir infectadas con los bacilos de la viruela y la tuberculosis. Por medio de aviones y

helicópteros, bombardeaban sus poblados y tierras con bacterias letales.

En la cuenca del Amazonas y otras fronteras, los propietarios de las fincas agrícolas y de las minas se

pasaban literalmente por el forro las líneas de los mapas.

En 1986, un propietario agrícola de Rondóma utilizó pulverizadores de insecticidas destinados a fumigar

las cosechas para esparcer sustancias químicas letales en las cercanas tierras de los indios. Murieron treinta

indígenas, pero el agricultor jamás fue procesado. En 1989, el propietario de una finca del Mato Grosso ofreció

elevadas sumas a los cazadores de recompensas a cambio de las orejas de indios asesinados. En 1993, los

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representantes de unas minas de oro de Manaos atacaron a una pacífica tribu por el simple hecho de negarse a

abandonar sus tierras. Trece indios fueron asesinados y jamás se practicó una detención.

En la década de los noventa, el Gobierno había intentado con medios agresivos abrir la cuenca del

Amazonas, una zona de inmensos recursos naturales situada al norte del Pantanal. Pero los indios seguían

interponiéndose en su camino. Casi todos los supervivientes habitaban en la cuenca; de hecho, se calculaba que

nada menos que cincuenta tribus de la selva habían tenido la suerte de librarse del contacto con la civilización.

Ahora la civilización había vuelto al ataque. Los abusos contra los aborígenes eran cada vez más

numerosos, coincidiendo con la penetración en la cuenca del Amazonas de las explotaciones mineras y

madereras y de los propietarios de tierras, respaldados por el Gobierno.

La historia era fascinante, aunque deprimente. Nate se pasó varias horas leyendo, hasta que terminó el

libro.

Se dirigió a la timonera y se tomó un café con Jevy. Había dejado de llover.

—¿Estaremos allí mañana por la mañana? —preguntó.

—Creo que sí.

Las luces del barco ascendían y descendían suavemente, siguiendo el ritmo de una corriente tan mansa

que casi parecía que no se movieran.

—¿Tú tienes sangre india? —preguntó Nate, tras dudar un poco. Era una cuestión personal que en

Estados Unidos nadie se habría atrevido a preguntar.

Jevy sonrió sin apartar los ojos del río.

—Todos nosotros tenemos sangre india. ¿Por qué lo pregunta?

—He estado leyendo la historia de los indios de Brasil.

—¿Y qué le parece?

—Muy trágica.

—Lo es. ¿Cree que los indios han sido maltratados aquí?

—Por supuesto que lo han sido.

—¿Y en su país?

Por una extraña razón, lo primero que acudió a la mente de Nate fue el general Custer. Por lo menos, los

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