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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos

de su papá? A cambio de once mil millones de dólares, era lo menos que podía hacer. En caso de que tuviera

ocasión de verla, se lo sugeriría. Se produjo una violenta sacudida y Nate fue arrojado al suelo. Habían chocado

contra la maleza de la orilla.

El Santa Loura era un barco de fondo plano, construido, como todas las embarcaciones del Pantanal, de

forma tal que pudiera superar los bancos de arena y resistir los golpes de los detritos arrastrados por la corriente.

Cuando cesó la tormenta, Jevy puso en marcha el motor y se pasó media hora empujando la embarcación hacia

delante y hacia atrás para sacarla poco a poco de la arena y el lodo. Cuando al fin lo consiguieron, Welly y Nate

limpiaron la cubierta de las ramas y los restos de maleza que le habían caído encima. Registraron el barco por si

hubiera nuevos «pasajeros», pero no encontraron ni serpientes ni yacarés. Durante una rápida pausa para tomar

un café, Jevy contó la historia de una anaconda que años atrás había conseguido introducirse a bordo de un

barco y había atacado a un marinero mientras éste dormía.

Nate dijo que prefería que no le contaran historias de serpientes. Había hecho un registro muy lento y

exhaustivo.

Las nubes se disiparon y una preciosa media luna brilló sobre el río. Welly preparó café. Después de la

violencia de la tormenta, el Pantanal parecía firmemente dispuesto a quedarse absolutamente quieto. El río

John Grisham El testamento

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estaba tan inmóvil como un espejo. La luna los guiaba, se ocultaba cuando ellos seguían los meandros del río,

pero aparecía de nuevo cuando ellos volvían a navegar rumbo al norte.

Como ahora ya era casi medio brasileño, Nate se había quitado el reloj de pulsera. El tiempo apenas tenía

importancia. Era tarde, probablemente medianoche. La lluvia los había golpeado durante cuatro horas seguidas.

Nate se pasó unas cuantas horas durmiendo en la hamaca y despertó poco antes del amanecer. Encontró a

Jevy roncando en su litera del pequeño camarote que había detrás de la timonera. Welly estaba al timón, también

medio dormido. Nate lo envió por un café y se puso al timón del Santa Loura.

Las nubes cubrían nuevamente el cielo, pero no parecía que fuera a llover. El río estaba cubierto de hojas

y ramas, los restos de la última tormenta nocturna. Era muy ancho y no había tráfico, por lo que Nate, el capitán,

envió a Welly a echar una siesta en la hamaca mientras gobernaba el barco.

Aquello no podía compararse con una sala de justicia. Iba descalzo y sin camisa y estaba tomándose un

exquisito café azucarado mientras encabezaba una expedición al corazón de las marismas más grandes del

mundo. En sus días de mayor gloria, habría estado corriendo a un juicio y haciendo diez cosas a la vez, con

teléfonos asomando por todos los bolsillos. No echaba en absoluto de menos nada de todo aquello; ningún

abogado que estuviera en sus cabales lo habría hecho, pero ni uno solo de ellos lo hubiera reconocido.

El barco navegaba prácticamente solo. Con los prismáticos de Jevy, Nate observaba la orilla, buscando la

presencia de yacarés, serpientes y capivaras. Y contaba los tuiuius, los grandes pájaros blancos de largo cuello y

cabeza roja que se habían convertido en el símbolo del Pantanal. En un banco de arena vio una bandada de doce

ejemplares. Los pájaros permanecieron inmóviles, contemplando el paso del barco. El capitán y su adormilada

tripulación seguían navegando rumbo al norte cuando el cielo se tiñó de anaranjado y empezó el nuevo día. Se

adentraban cada vez más en el Pantanal, sin saber adónde los conduciría su travesía.

La coordinadora de las Misiones de América del Sur se llamaba Neva Collier. Había nacido en un iglú,

en Terranova, donde sus padres habían trabajado veinte años entre los inuit. Se había pasado once años en las

montañas de Nueva Guinea y, a causa de ello, conocía por experiencia directa las dificultades y los retos con que

se enfrentaban las aproximadamente novecientas personas cuyas actividades coordinaba.

Y ella era la única que sabía que Rachel Porter se había llamado en otros tiempos Rachel Lane y era hija

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