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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en

un rincón de la estancia.

Josh empezó por resumirles el contenido del testamento manuscrito de Troy y los problemas legales a los

que probablemente daría lugar. Al primer equipo encomendó la peliaguda cuestión de la capacidad de testar del

finado. Le preocupaba el tiempo que había transcurrido entre la lucidez y la locura. Quería un análisis de todos

los casos que tuvieran alguna relación, aunque fuera remota, con la firma de un testamento por parte de una

persona considerada loca.

Al segundo equipo le encargó una investigación sobre testamentos ológrafos, y, concretamente, sobre la

mejor manera de atacarlos y defenderlos.

Cuando se quedó solo con el tercer equipo, se relajó y se sentó. Sus componentes eran los más

afortunados, pues no tendrían que pasarse los tres días siguientes en la biblioteca.

—Tenéis que localizar a una persona que, según sospecho, no desea que se la localice.

Les dijo lo que sabía acerca de Rachel Lane. No era mucho. El legajo encontrado en el despacho de Troy

contenía muy poca información.

—Primero —añadió—, investigad las Misiones de las Tribus del Mundo. ¿Quiénes son? ¿Cómo actúan?

¿Cómo eligen a sus colaboradores? ¿Adónde los envían? Todo. Segundo, hay unos excelentes investigadores

privados en el distrito de Columbia. Suelen ser ex agentes del FBI y tipos del Gobierno especializados en la

búsqueda de personas desaparecidas. Elegid a los dos mejores y mañana tomaremos una decisión. Tercero, la

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madre de Rachel se llamaba Evelyn Cunningham, ya ha muerto. Elaboremos su biografía. Suponemos que ella y

el señor Phelan tuvieron una aventura cuya consecuencia fue una hija.

—¿Suponemos? —preguntó uno de los asociados.

—Sí. No damos nada por sentado.

Les indicó que se retirasen y se dirigió a una sala en la que Tip Durban había preparado una pequeña

rueda de prensa. Nada de cámaras, sólo reporteros. Una docena de ellos permanecían ávidamente sentados

alrededor de una mesa, con los magnetófonos y micrófonos. Pertenecían a grandes periódicos y a famosas

publicaciones sobre economía.

Se iniciaron las preguntas. Sí, existía un testamento redactado en el último minuto, pero él no podía

revelar su contenido. Sí, se había realizado una autopsia, pero no podía comentarla. La empresa seguiría

funcionando sin que se introdujese, por el momento, cambio alguno. No podía revelar quiénes serían los nuevos

propietarios.

Estaba claro, y nadie se sorprendió de que así fuera, que las familias se habían pasado el día conversando

en privado con los reporteros.

—Corren insistentes rumores de que en el último testamento el señor Phelan reparte su fortuna entre sus

seis hijos. ¿Puede usted negar o confirmar este extremo?

—No. Son simples conjeturas.

—¿Acaso no se estaba muriendo de cáncer?

—Eso corresponde a los resultados de la autopsia y no puedo hacer ningún comentario al respecto.

—Hemos oído que un equipo de psiquiatras lo examinó poco de sus facultades antes de su muerte y lo

declaró en pleno uso mentales. ¿Puede usted confirmarlo?

—Sí —contestó Stafford—, es cierto.

Se pasaron los veinte minutos siguientes hurgando y husmeando en el tema del examen mental. Josh se

mantuvo firme y se limitó a afirmar que, «al parecer», el señor Phelan estaba perfectamente cuerdo.

Los reporteros especializados en temas económicos querían cifras. Puesto que el Grupo Phelan era una

empresa privada herméticamente dirigida, nunca había sido fácil obtener información. Se presentaba ahora la

ocasión de abrir un resquicio, o eso pensaban ellos. Pero Josh apenas les dijo nada.

Al cabo de una hora se disculpó y regresó a su despacho, donde una secretaria le comunicó que habían

llamado del crematorio. Ya estaban preparados para recibir los restos mortales del señor Phelan.

A TJ la resaca le duró hasta el mediodía. Después se bebió una cerveza y pensó que ya era hora de

empezar a ejercer presión. Telefoneó a su principal abogado para que le informara acerca de la situación y el

abogado le aconsejó que tuviera paciencia.

—Eso llevará un poco de tiempo, TJ —le dijo.

—Pero es que quizá yo no esté de humor para esperar —replicó TJ, quien sentía que la cabeza estaba a

punto de estallarle.

—Démosles unos cuantos días.

TJ colgó el auricular y se dirigió a la parte de atrás de su sucia vivienda, donde, por suerte, no encontró a

su mujer. Hacía pocas horas que estaban levantados, pero ya habían reñido tres veces. A lo mejor había salido de

compras para gastarse una fracción de su nueva fortuna. Que lo hiciera, a TJ ya no le preocupaban las compras.

—El viejo cabrón ha muerto —dijo en voz alta. No había nadie más en la casa.

Sus dos hijos estaban en el colegio mayor; las matrículas las pagaba Lillian, que todavía conservaba parte

del dinero que le había sacado a Troy en el divorcio, varias décadas atrás. De modo que TJ vivía solo con Biff,

una divorciada de treinta años cuyos dos hijos vivían con el padre. Biff era agente de la propiedad inmobiliaria y

vendía preciosos pisitos para recién casados.

TJ abrió otra cerveza y se miró en el espejo de cuerpo entero del vestíbulo.

—Troy Phelan, junior —proclamó—. Hijo de Troy Phelan, el décimo hombre más rico de Estados

Unidos, valor neto once mil millones de dólares, ahora difunto, al que sobreviven sus amantes esposas y sus

amantes hijos, todos los cuales lo amarán todavía más después de la legalización oficial del testamento. ¡Pues sí!

Decidió en aquel lugar y momento que, a partir de ese día, abandonaría el apelativo de TJ e iría por la

vida como Troy Phelan, Jr. El nombre tenía magia.

La vivienda olía un poco mal, pues Biff se negaba a hacer las tareas domésticas. Estaba demasiado

ocupada con sus teléfonos móviles. El suelo estaba cubierto de porquería; las paredes, desnudas. Los muebles

eran de alquiler y pertenecían a una empresa que contrataba abogados para recuperar toda suerte de cosas.

Propinó un puntapié a un sofá y gritó:

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—¡Ya podéis venir a recoger esta mierda! No tardaré mucho en contratar los servicios de unos

diseñadores.

Estaba deseando prender fuego a la casa. Como se tomara un par de cervezas más, quizás empezara a

juguetear con las cerillas. Se vistió con su mejor traje, el de color gris que se había puesto la víspera, cuando su

querido y anciano padre se había enfrentado con los psiquiatras y había interpretado tan maravillosamente bien

su papel. Puesto que no se celebraría ningún funeral, no se vería obligado a salir corriendo a comprarse uno

nuevo de color negro.

—Ya voy, Armani —canturreó alegremente mientras se subía la cremallera de los pantalones.

Por lo menos tenía un BMW. Aunque viviera en una pocilga, el mundo no lo sabía. En cambio, el mundo

sí veía su coche, y por eso él se esforzaba en reunir cada mes los seiscientos ochenta dólares que le costaba el

alquiler. Maldijo su miserable vivienda de propiedad horizontal mientras hacía marcha atrás en el aparcamiento.

Era una de las ochenta que se habían construido últimamente alrededor de un somero estanque, en una

superpoblada zona de Manassas.

Había crecido en un entorno mucho mejor que aquél. Durante sus primeros veinte años había llevado una

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