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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona

residencial y debía de ser peligrosa incluso cuando hacía buen tiempo. Daba igual. No tenían otra opción. En

caso de que se estrellaran, por lo menos habría gente cerca.

Habían descubierto la pista demasiado tarde para aterrizar con el viento de cola, por lo que Milton

efectuó la maniobra para aterrizar de cara a la tormenta. El viento azotaba el Cessna hasta casi paralizarlo. La

lluvia reducía prácticamente toda la visibilidad. Nate se inclinó hacia delante para echar un vistazo a la pista y

no vio más que el agua que cubría el parabrisas.

A quince metros de altura, el viento ladeó el Cessna. Milton consiguió nivelarlo.

—¡Vaca! ¡Vaca! —gritó Jevy.

Nate también la vio. Fallaron a la primera.

En la rápida sucesión de imágenes que se produjo antes de que el aparato tomara tierra, Nate vio a un

asustado muchacho calado hasta los huesos correr entre la alta hierba con un bastón en la mano. Y vio una vaca

apartarse de la pista de aterrizaje, y a Jevy prepararse para lo que estaba a punto de ocurrir, mirando aterrorizado

a través del parabrisas, con la boca abierta, pero sin emitir sonido.

El aparato tocó tierra y siguió avanzando sobre la hierba. Había sido un aterrizaje, no un accidente y, en

aquella décima de segundo, Nate abrigó la esperanza de que ninguno de ellos muriera. Otra ráfaga de viento los

levantó tres metros en el aire, pero volvieron a tocar tierra.

—¡Vaca!¡Vaca!

La hélice rajó una enorme vaca que curiosamente se había quedado inmóvil. El avión experimentó una

fuerte sacudida, todas las ventanillas estallaron hacia fuera y los tres hombres gritaron sus últimas palabras.

John Grisham El testamento

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Nate despertó tendido de costado, cubierto de sangre y muerto de miedo, pero vivo. De repente advirtió

que seguía lloviendo. El viento aullaba en el interior del aparato. Milton y Jevy estaban el uno encima del otro,

pero también se movían e intentaban desabrocharse los cinturones de seguridad. Nate se arrastró hacia una

ventanilla y asomó la cabeza por ella. El Cessna estaba inclinado hacia un lado con un ala rota y doblada bajo el

fuselaje. Había sangre por todas partes, pero no pertenecía a los pasajeros, sino a la vaca. La fuerte lluvia la

estaba limpiando.

El muchacho del bastón los acompañó a un pequeño establo que había cerca de la pista de aterrizaje. Una

vez a salvo de la tormenta, Milton cayó de rodillas y musitó una pequeña y ferviente plegaria a la Virgen María.

Nate lo vio y se unió en cierto modo a él.

No habían sufrido heridas graves. Milton tenía un corte superficial en la frente y Jevy la muñeca derecha

hinchada. Si habían sufrido alguna otra lesión, lo notarían más tarde.

Permanecieron un buen rato sentados sobre la tierra, contemplando la lluvia, oyendo los aullidos del

viento y pensando en silencio en lo que hubiera podido ocurrir.

El propietario de la vaca se presentó aproximadamente una hora más tarde, cuando la tormenta empezó a

amainar y dejó momentáneamente de llover. Iba descalzo y vestía unos desteñidos pantalones cortos de tela de

tejanos y una gastada camiseta de los Chicago Bulls. Se llamaba Marco y ciertamente no estaba muy contento.

Mandó retirarse al chico y se enzarzó en una acalorada discusión con Jevy y Milton a propósito del valor

de la vaca. Milton estaba más preocupado por su avión y Jevy por su muñeca hinchada. De pie junto a la

ventana, Nate se preguntó exactamente cómo era posible que estuviera en el desolado interior del Brasil la

víspera de Navidad en un maloliente establo, dolorido y magullado, cubierto con la sangre de una vaca mientras

tres hombres discutían entre sí en un idioma extranjero y él se alegraba de estar vivo. No había respuestas claras.

A juzgar por las otras vacas que pastaban en las inmediaciones del establo, el valor no podía ser muy alto.

—Yo pagaré lo que valga —le dijo a Jevy.

Jevy le preguntó al hombre cuánto y después le indicó a Nate:

—Cien reais.

—¿Acepta American Express? —preguntó Nate sin que el otro entendiera la broma—. Yo lo pago.

Cien dólares. Los hubiera pagado con gusto sencillamente para que Marco dejara de protestar.

Una vez que el trato hubo sido cerrado, el hombre se convirtió en su anfitrión. Los acompañó a la casa,

donde una mujer descalza y bajita que estaba preparando el almuerzo los recibió con una sonrisa y les dio

efusivamente la bienvenida. Por obvias razones, los invitados eran algo inaudito en el Pantanal. Al enterarse de

que Nate procedía de Estados Unidos, los anfitriones mandaron llamar a sus hijos. El muchacho del bastón tenía

dos hermanos y su madre les dijo a todos que se fijaran bien en Nate, porque era norteamericano.

Después la mujer tomó las camisas de los hombres y las introdujo en un barreño de agua de lluvia con

jabón. Comieron arroz con alubias negras, sentados alrededor de una mesita y desnudos de cintura para arriba

sin que ello les preocupara en absoluto. Nate estaba orgulloso de sus tonificados bíceps y su liso estómago. Jevy

tenía toda la pinta de un auténtico levantador de pesos, y el pobre Milton presentaba las señales típicas de estar

acercándose rápidamente a la mediana edad, lo cual parecía claro que no le importaba.

Los tres apenas hablaron durante el almuerzo. Aún se encontraban bajo los efectos del accidente. Los

niños permanecían sentados en el suelo, cerca de la mesa, comiendo pan sin levadura y arroz mientras

contemplaban extasiados todos y cada uno de los movimientos de Nate.

Había un pequeño río a unos quinientos metros camino abajo y Marco tenía una lancha motora. El río

Paraguay se encontraba a cinco horas de distancia. Tal vez tuviera suficiente gasolina, o tal vez no, pero en

cualquier caso sería imposible llevar en ella a los tres hombres.

Cuando el cielo se despejó, Nate y los niños se acercaron al avión y sacaron la cartera de documentos.

Por el camino, Nate les enseñó a contar hasta diez en inglés. Y ellos le enseñaron a él a hacerlo en portugués.

Eran unos muchachos muy simpáticos que a pesar de su terrible timidez inicial no tardaron en familiarizarse con

Nate. Éste recordó que era la víspera de Navidad. ¿Visitaría Papá Noel el Pantanal? Al parecer, nadie le

esperaba.

Nate sacó el teléfono satélite y lo colocó sobre un suave y liso tocón del patio delantero. El disco receptor

tenía veinticinco centímetros cuadrados de tamaño y el teléfono propiamente dicho no era más grande que un

ordenador portátil. Un hilo conectaba el disco con el teléfono. Nate lo encendió, marcó los números de su carnet

de identidad y de su identificación personal e hizo girar lentamente el disco hasta que éste captó la señal del

satélite Astar-Este que se encontraba a ciento cincuenta kilómetros de altura sobre el Atlántico, sobrevolando

una zona próxima al ecuador. La señal era fuerte; un agudo pitido ininterrumpido la confirmó, y entonces Marco

y el resto de su familia se acercaron un poco más a Nate, que no pudo por menos de preguntarse si alguna vez en

su vida habrían visto un teléfono.

John Grisham El testamento

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Jevy le fue diciendo el número del teléfono de la casa de Milton en Corumbá. Nate lo marcó muy

despacio y esperó, conteniendo la respiración. Si no podía hacer la llamada, los tres tendrían que pasar las

Navidades con Marco y su familia. La casa era pequeña y Nate pensó que seguramente lo harían dormir en el

establo. Perfecto.

El plan alternativo consistía en enviar a Jevy y Marco con la embarcación. Era casi la una del mediodía.

Si el viaje hasta el Paraguay duraba cinco horas, llegarían allí justo antes de que oscureciese, suponiendo que

hubiera combustible suficiente. Una vez en el gran río, tendrían que enfrentarse con la tarea de buscar ayuda, lo

cual podría llevarles varias horas. En caso de que se quedaran sin gasolina, estarían perdidos en el Pantanal. Jevy

no se había opuesto directamente a aquel plan, pero nadie se mostraba demasiado partidario de seguirlo.

Había otros factores. Marco no quería salir tan tarde. Normalmente, cuando iba al Paraguay para sus

negocios, partía al amanecer. Aunque cabía la posibilidad de que un vecino que vivía a una hora de camino de

allí le prestase gasolina, tampoco era muy seguro que lo hiciese.

—0i —dijo una voz femenina a través del micrófono y todo el mundo sonrió.

Nate le pasó el teléfono a Milton, quien saludó a su mujer y le contó la triste historia de su apurada

situación. Jevy le tradujo a Nate la conversación mientras los niños lo miraban con asombro.

El diálogo adquirió un tono más tenso y, de repente, quedó interrumpido.

—La mujer está buscando un número de teléfono —explicó Jevy. Era el de un piloto conocido de Milton,

quien, tras prometer a su esposa que regresaría para la cena, colgó.

El piloto no estaba en casa. Su mujer dijo que se encontraba en Campo Grande por un asunto de trabajo y

que regresaría al anochecer. Milton le informó acerca de dónde estaba en aquellos momentos y ella le facilitó

otros números telefónicos en los que quizá pudiese localizar a su marido.

—Dile que hable rápido —dijo Nate, marcando otro número—. La duración de estas pilas no es eterna.

No hubo respuesta en el siguiente número. En el otro el piloto contestó y, mientras explicaba que estaban

reparándole el avión, se cortó la comunicación.

Las nubes cubrían de nuevo el cielo. Nate levantó la vista hacia éste con incredulidad. Milton estaba a

punto de echarse a llorar. Fue un rápido aguacero en cuyo transcurso los niños jugaron bajo la fría lluvia

mientras los mayores los contemplaban en silencio, sentados en el porche.

Jevy tenía otro plan. En las afueras de Corumbá había una base militar. Él no estaba apostado en ella,

pero levantaba pesos con varios oficiales de allí. Cuando el cielo volvió a despejarse, regresaron al tocón y se

congregaron alrededor del teléfono. Jevy llamó a un amigo que le buscó los números telefónicos.

El Ejército tenía helicópteros, y ellos, al fin y al cabo, habían sufrido un accidente aéreo. Cuando el

segundo oficial contestó, Jevy le explicó rápidamente lo ocurrido y le pidió ayuda.

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