Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
John Grisham - El testamento.doc
Скачиваний:
8
Добавлен:
12.11.2019
Размер:
2 Мб
Скачать
☆

Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No

estaba acostumbrado a soportar semejante menosprecio, ni siquiera viniendo de un abogado tan famoso como

Josh Stafford, pero, a cambio del dinero, parecía dispuesto a aguantar lo que fuera. Un mes atrás, en febrero, su

pequeño bufete generaba veintiséis mil dólares en honorarios y consumía los habituales cuatro mil dólares en

gastos generales. Wally no se llevaba nada a casa. Lógicamente, había dedicado casi todo su tiempo al caso

Phelan. Josh resumió con inocultable satisfacción las declaraciones de los clientes de sus colegas.

—He estudiado los vídeos con sus declaraciones —dijo en tono entristecido—, y, si he de serles sincero,

con la excepción de Mary Ross creo que serán unos testigos desastrosos durante el juicio.

Sus colegas salvaron el obstáculo sin dificultad. Aquello no era un juicio sino una reunión sobre un

acuerdo.

Josh no se entretuvo demasiado en el tema de los herederos. Cuanto menos dijera, mejor. Sus abogados

sabían que los destrozarían en presencia del jurado.

—Y eso nos lleva a Snead —añadió—. También he repasado sus declaraciones y creo sinceramente que,

si ustedes lo llaman a declarar en el juicio, cometerán un terrible error. Es más, creo que tal cosa podría rozar el

límite de la ilegalidad.

Bright, Hark, Langhorne y Yancy se inclinaron todavía más sobre sus cuadernos de notas. Snead se había

convertido para ellos en algo así como una palabra malsonante. Habían discutido entre sí acerca de quién era el

responsable de semejante metedura de pata. Habían perdido el sueño por culpa de aquel hombre. Habían perdido

medio millón en un testigo inservible.

—Conozco a Snead desde hace casi veinte años —prosiguió Josh, dedicando a continuación quince

minutos a describirlo con gran precisión como un mayordomo de cualidades mágicas, un criado no siempre de

fiar a quien el señor Phelan más de una vez había querido despedir. Sus colegas le creyeron.

Pero ya estaba bien de Snead. Josh había conseguido destripar a su testigo estelar sin necesidad de

mencionar que ellos lo habían sobornado con quinientos mil dólares para que contara aquella historia.

Y ya estaba bien de Nicolette. Era tan embustera como su compinche Snead.

No habían conseguido localizar a otros testigos. Había algunos empleados descontentos, pero no querían

intervenir en el juicio, y de todos modos, su declaración estaría viciada. Les constaba que dos rivales del mundo

John Grisham El testamento

186

empresarial habían sido aniquilados por haber intentado competir con Troy, pero ellos no sabían nada acerca de

sus facultades mentales.

Sus argumentos no eran muy sólidos, concluyó Josh, y siempre se corría peligro con un jurado de por

medio.

Se refirió a Rachel Lane como si la conociera desde hacía muchos años. No entró en demasiados detalles,

pero aportó las suficientes generalizaciones para dar la impresión de que, en efecto, no guardaba secretos para

él. Era una persona encantadora que llevaba una existencia muy sencilla en otro país y no entendía muy bien los

litigios. Huía de la controversia y despreciaba los enfrentamientos, y estaba más unida al viejo Troy de lo que la

mayoría de la gente sabía.

Hark deseó preguntar si Josh la había conocido personalmente —¿la había visto alguna vez?, ¿había oído

mencionar su nombre antes de la lectura del testamento?—, pero no era el lugar ni el momento para crear

conflictos. La otra parte estaba a punto de poner dinero sobre la mesa y su porcentaje era el diecisiete y medio.

La señora Langhorne había hecho investigaciones sobre la ciudad de Corumbá y se preguntaba una vez

más qué podía estar haciendo una norteamericana de cuarenta y dos años en semejante lugar. A espaldas de

Bright y Yancy, ella y Hark se habían convertido en confidentes, y habían estado sopesando la conveniencia de

filtrar el paradero de Rachel Lane a ciertos periodistas. No cabía la menor duda de que la prensa daría con ella,

la obligarían a salir de su escondrijo y, de paso, el mundo averiguaría qué pensaba hacer con el dinero. Si, tal

como ellos esperaban y soñaban, no lo quería, sus clientes podrían reclamarlo.

Por supuesto, suponía un riesgo que aún no habían descartado.

—¿Qué se propone hacer Rachel Lane con todo este dinero? —preguntó Yancy.

—No estoy muy seguro —contestó Josh, como si él y Rachel hablaran de ello a diario—. Es probable que

se quede con una pequeña parte y dedique el resto a obras benéficas. En mi opinión, ésta es la razón de que Troy

hiciera lo que hizo. Pensó que si sus descendientes recibían el dinero, éste no duraría ni noventa días. En

cambio, legándoselo a Rachel sabía que iría a parar a personas necesitadas.

Se produjo un prolongado silencio cuando Josh terminó. Los sueños se desmoronaban lentamente. Rachel

Lane existía, en efecto, y no pensaba renunciar a su herencia.

—¿Por qué no se ha presentado? —inquirió finalmente Hark.

—Bien, hay que conocer a esta mujer para responder a la pregunta —dijo Josh—. El dinero no significa

nada para ella. No esperaba que su padre le dejase nada, y, de pronto, descubre que ha heredado miles de

millones. Se encuentra todavía algo alterada.

Otra prolongada pausa mientras los abogados de los Phelan hacían anotaciones en sus cuadernos.

—Estamos dispuestos a llevar el caso al Tribunal Supremo, de ser necesario —dijo Langhorne—. ¿Se da

cuenta ella de que esto podría durar muchos años?

—Sí —contestó Josh—, y ésa es una de las razones por las que quiere tantear las posibilidades de llegar a

un acuerdo.

Ya estaban haciendo progresos.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Wally Bright.

Era difícil responder a eso. A un lado de la mesa había once mil millones de dólares. Los impuestos de

sucesión se llevarían más de la mitad, de modo que quedarían unos cinco mil. Al otro estaban los herederos

Phelan, todos ellos sin blanca, a excepción de Ramble. ¿Quién lanzaría la primera cifra? ¿Diez millones por

heredero? ¿Cien?

Josh lo tenía todo planeado.

—Vamos a empezar por el testamento —dijo—. Suponiendo que se considere válido, en él se estipula

con toda claridad que cualquier heredero que lo impugne se verá privado de la cantidad que se le haya legado.

Lo cual se aplica a sus clientes. Por consiguiente, empiezan ustedes desde cero. A continuación, el testamento

deja a cada uno de sus clientes una suma de dinero equivalente a la de las deudas que éstos tuvieran contraídas al

día de la muerte del señor Phelan. —Tomó otra hoja de papel y la estudió un momento—. Según lo que hemos

averiguado hasta ahora, Ramble Phelan aún no tiene deudas. Geena Phelan Strong tenía, el 9 de diciembre, unas

deudas por valor de cuatrocientos veinte mil dólares. Libbigail y Spike debían unos ochenta mil dólares. Mary

Ross y su esposo adeudaban novecientos mil. Troy junior había cancelado casi todas sus deudas en sucesivas

bancarrotas, pero aún debía ciento treinta mil dólares. Rex, como sabemos, se lleva la palma. Él y su

encantadora esposa Amber debían, el 9 de diciembre, un total de siete millones seiscientos mil dólares. ¿Tienen

ustedes algo que objetar a estas cifras?

Nadie tenía nada que objetar. Las cantidades eran correctas, pero la suma que a ellos les interesaba era la

otra.

—Nate O'Riley ha estado en contacto con su cliente. Para resolver este asunto, ella ofrecerá a cada uno de

los seis herederos diez millones de dólares.

John Grisham El testamento

187

Los abogados jamás habían calculado y garabateado tan rápido. Hark tenía tres clientes; el diecisiete y

medio por ciento significaba unos honorarios de cinco millones doscientos cincuenta mil dólares. Geena y Cody

habían acordado con Langhorne un veinte por ciento, lo que suponía que su pequeño bufete cobraría dos

millones de dólares. Y lo mismo cobraría Yancy con la aprobación del juez, pues Ramble aún era menor de

edad. Y Wally Bright, un picapleitos que se ganaba miserablemente la vida anunciando divorcios rápidos en las

paradas de los autobuses, cobraría la mitad de los diez millones de dólares en virtud del exorbitante contrato que

había suscrito con Libbigail y Spike.

Wally, precisamente, fue el primero en reaccionar. A pesar de que se le había paralizado el corazón y

apenas podía respirar, consiguió decir con cierto descaro:

—No es posible que mi cliente se conforme con menos de cincuenta millones.

Los demás sacudieron la cabeza y fruncieron el entrecejo, fingiendo hacerle ascos a la miserable suma

que se les ofrecía, a pesar de que ya estaban gastándose mentalmente el dinero.

Wally Bright ni siquiera sabía con cuántos ceros se escribía cincuenta millones, pero soltó la cifra tal

como hubiera podido hacer un ricacho de Las Vegas.

Habían acordado que, en caso de que se hablara de dinero, no bajarían de los cincuenta millones por

heredero. Todo les había sonado muy bien antes de la reunión, pero ahora los diez millones que se habían puesto

sobre la mesa les parecían estupendamente bien.

—Eso equivale, más o menos, a un uno por ciento de la herencia —observó Hark.

—Puede usted considerarlo así —convino Josh—. De hecho, puede considerarse de muchas maneras,

pero yo prefiero empezar desde cero, que es donde están ustedes ahora, e ir subiendo en lugar de empezar desde

la herencia e ir bajando.

Josh, sin embargo, también quería ganarse su confianza. Dejó que se pasaran un rato barajando cifras, y

después añadió:

—Miren, yo, si representara a uno de los herederos, no me conformaría con los diez millones.

Dieron un respingo y prestaron atención.

—Rachel Lane no es ambiciosa. Creo que Nate O'Riley podría convencerla de que acordara ceder veinte

millones por heredero. Los honorarios se duplicarían; eso significaba más de diez millones para Hark y cuatro

millones para Yancy y Langhorne. En cuanto al pobre Wally, que ahora cobraría diez, experimentó un repentino

ataque de diarrea y pidió permiso para abandonar la reunión.

Nate estaba ocupado pintando alegremente los adornos de una puerta cuando sonó su teléfono móvil.

Josh lo obligaba a tener a mano el maldito trasto.

—Si es para mí, anota el número —dijo Phil, que estaba midiendo un complicado rincón para el siguiente

trozo de fibra prensada. Era Josh.

—No ha podido ir mejor —anunció—. Me he plantado en veinte millones, ellos quieren cincuenta.

—¿Cincuenta? —preguntó Nate sin poder creerlo.

—Sí, pero ya se están gastando el dinero. Apuesto a que ahora mismo por lo menos dos de ellos están en

el concesionario de la Mercedes.

—¿Quién se lo gastará más rápido, los abogados o los clientes? —Supongo que los abogados. Oye, acabo

de hablar con Wycliff. La reunión será el miércoles a las tres de la tarde, en su despacho. Creo que para entonces

ya lo tendremos todo arreglado.

—Lo estoy deseando —dijo Nate, y cortó la comunicación. Había llegado el momento de la pausa para el

café. Él y Phil se sentaron en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, tomando café caliente con leche.

—¿Querían cincuenta? —preguntó Phil, que ya estaba al corriente de todos los detalles.

Solos en el sótano, ambos apenas tenían secretos el uno para el otro. La conversación era más importante

que los progresos en el trabajo. Phil era clérigo; Nate, abogado. Todo lo que ambos decían estaba protegido por

una especie de privilegio confidencial.

—Es una bonita suma para empezar —dijo Nate—; pero se conformarán con mucho menos.

—¿Espera usted llegar a un acuerdo?

—Pues claro. El miércoles nos reuniremos con el juez, que ejercerá más presión. Para entonces, los

abogados y sus clientes ya estarán contando el dinero.

—Entonces, ¿cuándo se marcha?

—Supongo que el viernes. ¿Quiere venir?

—No me lo puedo permitir.

—Pues claro que puede. Mi cliente pagará la factura. Será mi director espiritual durante el viaje. El

dinero no constituye un problema.

John Grisham El testamento

188

—No estaría bien.

—Vamos, Phil. Le enseñaré el Pantanal. Conocerá a mis amigos Jevy y Welly. Daremos un paseo en

barca.

—Por lo que me ha contado, no se trata de un paseo muy agradable.

—No es peligroso. Hay mucho turismo en el Pantanal. Es una gran reserva ecológica. Hablo en serio,

Phil, si le interesa, puedo arreglarlo.

—Me falta el pasaporte —dijo Phil, tomando un sorbo de café—, y, además, tengo muchas cosas que

hacer aquí. —Nate estaría ausente una semana y a él le gustaba la idea de que el sótano tuviera el mismo aspecto

cuando Nate regresara—. La señora Sinclair morirá cualquier día de éstos —añadió serenamente Phil—. No

puedo irme.

La iglesia llevaba por lo menos un mes aguardando el fallecimiento de la señora Sinclair. Phil temía el

Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]