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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Imprecisión.

Wycliff elevó la vista al techo, sumido en sus pensamientos. —¿Qué motivos pudo tener para legar once

mil millones de dólares a una hija ilegítima que trabaja como misionera?

—No puedo responderle a eso, señor juez. El señor Phelan había sorprendido tantas veces que ya estaba

acostumbrado.

—Parece una locura, ¿no cree?

—Es extraño.

—¿Conocía usted la existencia de esta hija?

—No.

—¿Podría haber otros herederos?

—Todo es posible.

—¿Cree que era un desequilibrado?

—No. Era raro, excéntrico, caprichoso y terriblemente mezquino pero sabía muy bien lo que hacía.

—Encuentre a la chica, Josh.

—Estamos intentándolo.

En la reunión sólo participaron Rachel y el jefe. Desde el lugar donde estaba sentado en la galería, Nate

distinguía sus rostros y oía sus voces. El jefe estaba preocupado por algo que veía en las nubes. Hablaba,

escuchaba lo que le decía Rachel y después volvía a levantar lentamente los ojos como si temiese que lloviera la

muerte desde los cielos. Nate comprendió que el jefe no sólo escuchaba a Rachel sino que, además, le pedía

consejo.

En torno a ellos, la primera comida de la mañana ya tocaba a su fin y los ípicas se preparaban para otra

jornada. Los cazadores se reunieron en pequeños grupos en la casa de los hombres para afilar sus flechas y

tensar sus arcos. Los pescadores prepararon sus nasas y sedales. Las chicas iniciaron una tarea que les llevaría

todo el día y que consistía en barrer debidamente la tierra que rodeaba sus chozas. Sus madres ya se dirigían

hacia los huertos y campos de labranza junto a la linde del bosque.

—Cree que va a desatarse una tormenta —explicó Rachel una vez que hubo finalizado la reunión—. Dice

que pueden irse ustedes, pero que él no les prestará un guía. Es demasiado peligroso.

—¿Y podremos arreglárnoslas sin un guía?

—Sí —contestó Jevy mientras Nate le dirigía una mirada que transmitía muchos pensamientos.

John Grisham El testamento

110

—No sería prudente —dijo Rachel—. Los ríos bajan juntos. Es fácil extraviarse. Hasta los ípicas han

perdido pescadores durante la estación de las lluvias.

—¿Y cuándo podría terminar la tormenta? —preguntó Nate.

—Habrá que esperar a ver qué ocurre.

Nate respiró hondo y se inclinó hacia delante. Estaba dolorido y cansado, cubierto de picaduras de

mosquito, hambriento, harto de aquella pequeña aventura y preocupado por la posibilidad de que Josh padeciese

por él. Hasta el momento su misión había sido un fracaso. No sentía añoranza, porque nada ni nadie lo esperaba

en casa, pero deseaba volver a ver Corumbá, con sus acogedores y pequeños cafés, sus bonitos hoteles y sus

calles perezosas. Necesitaba otra oportunidad para estar solo, limpio y abstemio, sin temer la posibilidad de

matarse de una borrachera.

—Lo siento —dijo Rachel.

—Tengo que regresar como sea. Hay gente en el despacho aguardando mis noticias. Todo esto ya ha

durado más de lo que se esperaba.

Ella le escuchó, pero sin demasiado interés. La existencia de unas cuantas personas preocupadas en un

bufete del distrito de Columbia la traía sin cuidado.

—¿Podemos hablar? —le preguntó Nate.

—Debo ir al poblado vecino para el entierro de la niña. ¿Por qué no me acompaña? Tendremos tiempo de

sobra para hablar. Lako encabezó la marcha; al caminar torcía el pie izquierdo hacia dentro, de modo que a cada

paso que daba se inclinaba hacia la izquierda y después se enderezaba con una brusca sacudida hacia la derecha.

Era un espectáculo muy penoso. Detrás de él iba Rachel, y a continuación Nate, cargado con la bolsa de tela de

ésta. Jevy se quedó muy rezagado, pues temía oír involuntariamente la conversación entre ambos.

Más allá del semicírculo de las chozas pasaron por delante de unas pequeñas parcelas en otro tiempo

destinadas al cultivo y ahora abandonadas y cubiertas de maleza.

—Los ipicas cultivan sus alimentos en pequeñas parcelas que le arrancan a la jungla —explicó Rachel,

avanzando a grandes zancadas. Nate la seguía, tratando de seguir el ritmo de sus pasos. Para ella una caminata

de más de tres kilómetros por la selva era un juego de niños—. El laboreo intensivo agota la tierra en pocos

años. Entonces la abandonan, la naturaleza la recupera y ellos se van un poco más allá. A la larga, el terreno

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