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John Grisham - El testamento.doc
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Verdad y nada más que la verdad.

—¿Fue usted el representante de Troy Phelan? —preguntó Wycliff.

—En efecto. Durante varios años.

—¿Le preparó usted un testamento?

—Le preparé varios.

—¿Preparó su último testamento?

Se produjo una pausa en cuyo transcurso los Phelan se inclinaron un poco más hacia delante.

—No, no lo preparé yo —contestó muy despacio Josh, mirando a los buitres.

A pesar del suave tono de su voz, las palabras cortaron el aire como un trueno. Los abogados de los

Phelan reaccionaron más rápidamente que los herederos, varios de los cuales no sabían muy bien qué pensar.

Pero se trataba de algo muy serio e inesperado. Una nueva tensión se apoderó de la sala. El silencio se

intensificó.

—¿Quién preparó la última voluntad y testamento? —preguntó Wycliff, como un mal actor que estuviera

leyendo un guión.

—El propio señor Phelan.

John Grisham El testamento

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No era verdad. Ellos habían visto al viejo sentado ante la mesa con los abogados, y a los tres psiquiatras

—Zadel, Flowe y Theishen— sentados al otro lado. Los psiquiatras lo habían declarado en pleno uso de sus

facultades mentales y, unos segundos después, el viejo Troy había tomado un voluminoso testamento preparado

por Stafford y uno de sus asociados, había declarado que era suyo y lo había firmado.

No cabía la menor duda.

—Oh, Dios mío —exclamó Hark Gettys por lo bajo, pero levantando lo suficiente la voz para que todos

lo oyeran.

—¿Cuándo lo firmó? —preguntó Wycliff.

—Momentos antes de arrojarse al vacío.

—¿Está escrito de su puño y letra?

—Sí.

—¿Lo firmó en su presencia?

—En efecto. Y estuvieron presentes otros testigos. La firma también se grabó en video.

—Por favor, entrégueme el testamento.

Josh sacó con deliberada lentitud un sobre del expediente y se lo entregó a su señoría. Parecía

horriblemente pequeño. No era posible que contuviese las suficientes palabras para comunicarles a los Phelan

qué era lo que por derecho les correspondía.

—¿Qué demonios es eso? —le preguntó Troy junior con voz sibilante al abogado que tenía más cerca.

Pero el abogado no pudo contestar.

El sobre sólo contenía una hoja de papel amarillo de oficio. Wycliff lo sacó muy despacio para que todos

lo vieran, lo desdobló con cuidado y lo estudió por un instante.

El pánico se apoderó de los Phelan, pero no podían hacer nada. ¿Acaso el viejo los había jodido por

última vez? ¿Se les estaba escapando de las manos el dinero? A lo mejor, el viejo había cambiado de idea y les

había dejado mucho más de lo que ellos esperaban. Sentados en torno a las mesas, los herederos daban codazos

a sus abogados, que se mostraban, aun así, notoriamente taciturnos.

Wycliff carraspeó y se inclinó un poco más hacia el micrófono.

—Tengo aquí en mis manos un documento de una sola página que, al parecer, es un testamento escrito de

puño y letra por parte de Troy L. Phelan. Voy a leerlo en su totalidad:

Último testamento de Troy L. Phelan. Yo, Troy L. Phelan, habiendo sido declarado en pleno uso de mis

facultades mentales, anulo expresamente por el presente documento todos los anteriores testamentos y codicilos

otorgados por mí y vengo en disponer de mis bienes tal como sigue:

A cada uno de mis hijos, Troy Phelan, Jr., Rex Phelan, Libbigail Jeter, Mary Ross Hackman, Geena

Strong y Ramble Phelan, les otorgo la suma de dinero necesaria para pagar todas las deudas que hayan contraído

hasta la fecha. Cualquier deuda en la que incurran a partir de esta fecha no será cubierta por la presente

donación. Si alguno de mis hijos intenta impugnar este testamento, la donación que le corresponda será anulada.

Hasta Ramble oyó las palabras y las comprendió. Geena y Cody rompieron a llorar muy quedo. Rex se

inclinó hacia delante con los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos, aturdido. Libbigail miró

más allá de Bright a Spike y le dijo: Qué hijo de puta.

Spike se mostró de acuerdo. Mary Ross se cubrió los ojos mientras su abogado le acariciaba una rodilla.

Su marido le acarició la otra. Sólo Troy junior consiguió mantener el rostro impasible, pero no por mucho

tiempo.

Aún quedaban más daños. Wycliff no había terminado.

A mis ex esposas Lillian, Janie y Tira no les doy nada. Ya fueron adecuadamente compensadas en

ocasión de sus divorcios.

En aquel momento, Lillian, Jame y Tira estaban preguntándose qué demonios hacían en aquella sala. ¿De

veras esperaban recibir más dinero de un hombre al que odiaban? Sintieron sobre ellas las miradas de los demás

y trataron de ocultarse entre sus abogados.

Lego el resto de mis bienes a mi hija Rachel Lane, nacida el 2 de noviembre de 1954 en el Hospital

Católico de Nueva Orleáns de una mujer llamada Evelyn Cunningham, ya difunta en la actualidad.

Wycliff hizo una pausa, pero no para intensificar el efecto dramático. Sólo quedaban dos pequeños

párrafos y el daño ya estaba hecho. Los once mil millones habían sido legados a una hija ilegítima, sobre la cual

él no había leído nada. Los Phelan que tenía sentados delante habían sido despojados de todo. No pudo por

menos que mirarlos.

Nombro albacea de este testamento a mi fiel abogado Joshua Stafford y le otorgo amplios poderes

discrecionales en su ejecución.

John Grisham El testamento

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Por un instante se habían olvidado de Josh, pero allí estaba él, sentado en el estrado como si fuera el

inocente testigo de un accidente de automóvil. Todos lo estaban mirando con odio reconcentrado. ¿Cuántas

cosas sabía? ¿Era un conspirador? Estaban seguros de que habría podido hacer algo por impedirlo.

Josh procuró mantener la seriedad de su rostro.

El propósito de este documento es el de ser un testamento ológrafo. Todas las palabras han sido escritas

de mi puño y letra y firmo por la presente.

Wycliff inclinó el documento y añadió:

—El testamento fue firmado por Troy L. Phelan a las tres de la tarde del 9 de diciembre de 1996.

Depositó el documento sobre la mesa y miró alrededor. El terremoto había terminando y ahora era el

momento de ver los efectos que había producido. Los Phelan permanecían sentados en sus asientos, algunos

frotándose los ojos y la frente y otros contemplando desesperadamente la pared. Por un instante, los veintidós

abogados se quedaron sin habla.

Las sacudidas se transmitieron a través de las filas de espectadores, en las que, curiosamente, se

detectaban algunas sonrisas. Ah, eran los medios de comunicación, repentinamente ansiosos de abandonar la

sala y empezar a divulgar la noticia.

Amber se puso a llorar ruidosamente, pero después se contuvo. Sólo había visto a Troy una vez, pero

había bastado para que éste se le insinuara de forma grosera. Su dolor no era por la pérdida de un ser querido.

Geena lloraba muy quedo al igual que Mary Ross. Libbigail y Spike optaron por soltar maldiciones.

—No se preocupen —dijo Bright, tratando de tranquilizarlos como si pudiera remediar aquella injusticia

en cuestión de días. Biff miró enfurecida a Troy junior y en aquel momento se plantaron las semillas del

divorcio. Desde el suicidio de su padre, Troy junior se había mostrado arrogante y despectivo con su mujer. Ella

lo toleraba por obvias razones, pero eso había acabado. Estaba saboreando la primera pelea, la que sin duda

daría comienzo a pocos metros de la puerta de la sala de justicia.

Otras semillas se plantaron. El duro pellejo de los abogados recibió la sorpresa, la absorbió y después se

la sacudió de encima tan instintivamente como un pato se sacude el agua. Estaban a punto de hacerse ricos. Sus

clientes habían contraído cuantiosas deudas y no existía ninguna solución a la vista. No tendrían más remedio

que impugnar el testamento. Los pleitos podían durar muchos años.

—¿Cuándo tiene previsto legalizar el testamento? —le preguntó Wycliff a Josh.

—Dentro de una semana.

—Muy bien. Puede usted retirarse.

Josh regresó triunfalmente a su asiento mientras los abogados empezaban a recoger los papeles como si

nada hubiera ocurrido.

—Se levanta la sesión.

Tras el levantamiento de la sesión se produjeron tres disputas en el vestíbulo. Por suerte, en ninguna un

Phelan se peleó con otro u otros Phelan. Eso vendría más adelante.

Mientras los decepcionados familiares eran consolados por sus abogados en el interior de la sala, fuera

aguardaba un numeroso grupo de reporteros. Troy junior fue el primero en salir e inmediatamente fue rodeado

por una manada de lobos, varios de ellos con los micrófonos en posición de ataque. Pero, en primer lugar, éste

se encontraba bajo los efectos de una resaca y, en segundo, ahora que tenía quinientos millones menos, no se

sentía de humor para hablar de su padre.

—¿Está usted sorprendido? —le preguntó un idiota desde detrás de un micrófono.

—Por supuesto que sí —contestó él, tratando de abrirse paso entre la gente.

—¿Quién es Rachel Lane? —preguntó otro.

—Supongo que mi hermana —replicó él.

Un joven flacucho de ojos estúpidos y semblante macilento se plantó directamente ante él y, acercándole

un magnetófono al rostro, le preguntó:

—¿Cuántos hijos ilegítimos tuvo su padre?

Troy Junior apartó instintivamente el magnetófono y el aparato golpeó con fuerza el rostro del reportero

justo por encima de la nariz. Mientras el joven periodista flacucho se tambaleaba, Troy junior le soltó un fuerte

derechazo que le alcanzó la oreja y lo derribó al suelo. En medio del alboroto apareció providencialmente un

agente, que empujó a Troy junior en otra dirección y se lo llevó rápidamente de allí.

Ramble soltó un escupitajo contra otro reportero, a quien un compañero tuvo que sujetar, recordándole

que el chico era menor de edad.

El tercer incidente tuvo lugar cuando Libbigail y Spike abandonaron la sala con paso cansino detrás de

Wally Bright.

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—¡Sin comentarios! —gritó Bright dirigiéndose a la horda que cerraba filas alrededor de él—. ¡Sin

comentarios! ¡Apártense, por favor!

Libbigail, que no paraba de llorar, tropezó con un cable de televisión y se tambaleó sobre un reportero,

provocando su caída. Se oyeron gritos y maldiciones, y mientras el reportero permanecía a gatas en el suelo

tratando de levantarse, Spike le propinó un puntapié en las costillas. El hombre soltó un grito y volvió a caer.

Mientras agitaba los brazos tratando de incorporarse, su pie pisó el dobladillo del vestido de Libbigail, quien le

propinó una bofetada. Spike estaba a punto de asesinarlo cuando intervino un agente. De hecho, los agentes

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