Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
John Grisham - El testamento.doc
Скачиваний:
8
Добавлен:
12.11.2019
Размер:
2 Мб
Скачать
☆

Indicara el camino de regreso a la seguridad.

De repente, Nate se sintió aterrorizado.

El motor, sin embargo, no tardó en volver a ponerse ruidosamente en marcha como si nada hubiera

ocurrido. La cosa acabó por convertirse en una costumbre; cada veinte minutos, justo cuando Nate estaba a

punto de quedarse dormido, se interrumpía el ritmo regular del motor. La proa se hundía. Nate miraba

rápidamente hacia las orillas para echar un vistazo a la fauna salvaje. Jevy soltaba maldiciones en portugués,

luchaba con el obturador y el estrangulador y todo volvía a funcionar durante otros veinte minutos.

Almorzaron queso, galletas saladas y bizcochos— bajo un árbol en un pequeño horcajo mientras la lluvia

caía en torno a ellos.

—Aquel pequeño pescador de allí —dijo Nate—, ¿conoce a los indios?

—Sí. Aproximadamente una vez al mes van al Paraguay con una barca para comerciar. Él los ve.

—¿Le preguntaste si había visto alguna vez a una misionera?

—Sí. No la ha visto. Usted es el primer norteamericano que ve en su vida.

—Pues qué suerte tiene.

La primera señal del poblado apareció cuando ya llevaban unas siete horas de travesía. Nate vio una fina

cinta de humo azulado elevarse por encima de las copas de los árboles, de las estribaciones de una colina. Jevy

tenía la certeza de que se encontraban en Bolivia. El terreno era más elevado y estaban cerca de las montañas.

Ya habían dejado a su espalda las zonas anegadas.

Llegaron a una abertura entre los árboles y vieron dos canoas en un claro. Nate saltó rápidamente a la

orilla, ansioso por estirar las piernas y sentir la tierra bajo sus pies.

—No se mueva —le advirtió Jevy mientras cerraba los bidones de combustible de la embarcación.

Nate lo miró y Jevy le señaló los árboles con un movimiento de la cabeza.

Un indio estaba observándolos. Se trataba de un varón moreno, con el torso desnudo y una especie de

falda de paja alrededor de la cintura y ningún arma a la vista. El que fuese desarmado supuso un gran alivio,

pues al principio Nate se había llevado un buen susto. El indio tenía el cabello negro largo y lucía unas franjas

rojas en la frente. Si hubiera llevado una lanza, Nate se habría rendido a él de inmediato.

—¿Tiene intenciones amistosas? —preguntó sin quitarle la vista de encima.

—Creo que sí.

—¿Habla portugués?

—No lo sé.

—¿Por qué no lo averiguas?

—Tranquilícese.

Jevy saltó a la orilla.

—Tiene pinta de caníbal —susurró.

Su jocoso comentario no surtió el efecto deseado.

Se acercaron un poco al indio, y éste se acercó a ellos. Los tres se detuvieron cuando todavía se

encontraban a una distancia considerable. Nate se sintió tentado de levantar la mano y decirle: «¿Cómo está

usted?».

—¿Fala portugués? —preguntó Jevy con una amable sonrisa en los labios.

John Grisham El testamento

83

El indio se pasó un buen rato sopesando la pregunta hasta que, al final, resultó dolorosamente claro que

no hablaba portugués. Parecía joven, quizá no tuviese ni veinte años, y se encontraba casualmente en las

inmediaciones del río cuando oyó el ruido del motor de la fuera de borda.

Se estudiaron mutuamente desde unos seis metros de distancia mientras Jevy analizaba las alternativas

que se le ofrecían. De pronto, a la espalda del indio se produjo un movimiento entre los arbustos. A lo largo de

la hilera de árboles aparecieron tres miembros de su tribu, todos desarmados, por suerte. Los indios los

superaban en número y ellos habían invadido su territorio, pensó Nate, listo para dar rápidamente media vuelta.

No eran especialmente fornidos, pero tenían la ventaja de estar en su casa. Y no parecían muy amables, nada de

sonrisas ni de saludos. De pronto emergió una joven entre los árboles y se situó al lado del primer indio.

También era morena y llevaba los pechos descubiertos. Nate procuró no mirarla.

—Falo —dijo la india.

Hablando muy despacio, Jevy le explicó lo que se proponían y pidió ver al jefe de la tribu. Ella tradujo

sus palabras y se las comunicó a los hombres, que se juntaron y empezaron a hablar entre sí con expresión muy

seria.

—Algunos quieren comernos ahora mismo —dijo Jevy en voz baja—, y otros prefieren esperar hasta

mañana.

—Muy gracioso.

Cuando los hombres terminaron sus deliberaciones, se las transmitieron a la mujer. A continuación, ella

les dijo a los intrusos que tendrían que esperar en la orilla del río mientras ellos informaban a sus jefes de su

llegada. A Nate le pareció muy bien; en cambio, Jevy se mostró algo preocupado y preguntó si vivía con ellos

una misionera.

La respuesta de la india fue que tenían que esperar. Los indios se desvanecieron en la selva.

—¿Qué piensas? —preguntó Nate en cuanto se marcharon.

Ni él ni Jevy se habían movido de donde estaban. Permanecieron de pie con la hierba hasta los tobillos,

contemplando los árboles de aquella espesa selva desde la cual Nate tenía la certeza de que los observaban.

—Contraen enfermedades de los forasteros —explicó Jevy—, por eso toman tantas precauciones.

—Yo no tocaré a nadie.

Regresaron a la embarcación, donde Jevy se entretuvo limpiando las bujías de encendido. Nate se quitó

las dos camisas y examinó el contenido de su improvisada bolsa impermeable. Los papeles seguían secos.

—¿Esos documentos son para la mujer? —preguntó Jevy.

—Sí.

—¿Por qué? ¿Qué le ha ocurrido?

Las severas normas que protegían la intimidad de los clientes parecían menos estrictas en aquel momento.

En el ejercicio de su profesión, revestían una importancia trascendental, pero estando allí sentados en una

embarcación en pleno Pantanal sin que hubiera ningún otro norteamericano ni remotamente cerca, las normas

podían quebrantarse. ¿Por qué no? ¿A quién se lo hubiera podido decir Jevy? ¿Qué mal podía haber en un

pequeño chismorreo?

Cumpliendo las estrictas órdenes que Josh le había dado a Valdir, a Jevy sólo se le había dicho que se

trataba de una importante cuestión legal que exigía la localización de Rachel Lane.

—Su padre murió hace unas semanas. Y le ha dejado un montón de dinero.

—¿Cuánto?

—Varios miles de millones de dólares.

—¿Miles de millones?

—Exactamente.

—Era muy rico.

—Pues sí.

—¿Tenía otros hijos?

—Creo que seis.

—¿Y también les ha dejado varios miles

—No. Les ha dejado muy poco.

—¿Y por qué a ella le ha dejado tanto?

—Nadie lo sabe. Fue una sorpresa.

John Grisham El testamento

84

—¿Sabe ella que su padre ha muerto?

—No.

—¿Quería a su padre?

—Lo dudo. Era una hija ilegítima. Al parecer, trató de huir de él y de todo lo demás. ¿A ti no te lo

parece?

Nate señaló el Pantanal con un movimiento del brazo.

—Sí. Es un buen sitio para esconderse. ¿Conocía él el paradero de su hija cuando murió?

—No exactamente. Sabía que era misionera y que trabajaba con los indios en algún lugar de por aquí.

Jevy se olvidó de la bujía de encendido que sostenía en la mano mientras asimilaba la noticia. Tenía

muchas preguntas que hacer. El quebrantamiento de la confidencialidad por parte del abogado era cada vez más

amplio.

—¿Y por qué le dejó una fortuna tan inmensa a una hija que no lo quería?

—Quizás estuviese loco. Se arrojó por una ventana.

Aquello fue más de lo que Jevy podía digerir de una sola vez. El joven entornó los ojos y contempló el

agua, profundamente sumido en sus pensamientos.

Los indios eran guatós, vivían en aquellos parajes desde hacía mucho tiempo, mantenían las mismas

costumbres de sus antepasados y preferían no entrar en contacto con extraños. Cultivaban sus pequeños campos,

pescaban en el río y cazaban con arcos y flechas.

No cabía duda de que eran muy pausados. Al cabo de una hora, Jevy percibió olor a humo. Se encaramó

a un árbol situado cerca de la embarcación y, cuando ya estaba a una altura de unos doce metros, vio los tejados

de sus chozas y le dijo a Nate que se reuniera con él.

Nate llevaba cuarenta años sin trepar a un árbol, pero en aquel momento no tenía ninguna otra cosa que

hacer. Trepó con menos soltura que Jevy, pero, al final, se detuvo a descansar en una frágil rama, rodeando el

tronco con un brazo.

Podían ver los tejados de tres chozas de paja gruesa dispuesta en pulcras hileras. El humo azul se elevaba

desde un punto que ellos no podían ver, situado entre dos de las chozas.

¿Sería posible, se preguntó Nate, que se hallase tan cerca de Rachel Lane? ¿Estaría ella allí, escuchando a

su gente y decidiendo lo que iba a hacer? ¿Enviaría a un guerrero por ellos o se limitaría a salir de entre los

árboles y decirles hola?

—Es un poblado muy pequeño —señaló Nate.

—Podría haber más chozas.

—¿Qué crees que están haciendo?

—Hablando, sencillamente.

—Bueno, pues siento decirlo pero tendremos que tomar alguna iniciativa. Dejamos la embarcación hace

ocho horas y media. Me gustaría ver a Welly antes del anochecer.

—No se preocupe. Navegaremos empujados por la corriente. Además, conozco el camino. Será mucho

más rápido.

—¿Tú no estás preocupado?

Jevy sacudió la cabeza como si no hubiera pensado en la posibilidad de navegar por el Cabixa en medio

de la oscuridad. Pero Nate sí había pensado en ello. Estaba preocupado sobre todo por los dos grandes lagos que

habían encontrado a la ida, cada uno con sus afluentes, tan parecidos entre sí a la luz del día.

Su plan consistía en saludar a la señorita Lane, explicarle un poco de qué iba todo aquello, cumplir con

todas las exigencias legales, mostrarle los documentos, contestar a las preguntas esenciales, obtener su firma,

darle las gracias y terminar la visita cuanto antes. Estaba preocupado por la hora, por los fallos del motor y por

el viaje de regreso al Santa Loura. Era probable que ella desease hablar, o tal vez no. A lo mejor, apenas decía

nada y le pedía que se fueran y no volvieran jamás.

Tras regresar nuevamente al suelo, se había acomodado en la embarcación con el propósito de echar una

siesta cuando Jevy vio a los indios. Dijo algo, señaló con el dedo y Nate miró hacia los árboles.

Los indios estaban acercándose lentamente al río caminando en fila detrás de su jefe, el guató más viejo

que ellos habían visto hasta entonces. Era fornido, tenía un vientre prominente y llevaba una especie de palo

muy largo que no parecía afilado ni peligroso, adornado con unas preciosas plumas en uno de sus extremos.

Nate dedujo que debía de tratarse de una lanza ceremonial.

El jefe estudió a los dos intrusos y se dirigió a Jevy.

¿Por qué habían venido?, le preguntó en portugués. La expresión de su rostro no era de amabilidad,

precisamente, pero su aspecto no parecía agresivo. Nate estudió la lanza.

John Grisham El testamento

85

Jevy le explicó que estaban buscando a una misionera norteamericana.

¿De dónde eran?, quiso saber el jefe; hizo la pregunta mirando a Nate.

Corumbá.

¿Y él? Todos los ojos se concentraron en Nate.

Era norteamericano. Tenía que encontrar a la mujer.

¿Y por qué tenía que encontrar a la mujer?

Era el primer indicio de que quizá los indios supieran algo acerca de Rachel Lane. ¿Estaría ella escondida

en algún lugar cerca de allí, en la aldea o tal vez en la selva, escuchando todo lo que decían?

Jevy se lanzó a un relato pormenorizado, explicando que Nate había recorrido grandes distancias y había

estado a punto de perder la vida. Era un asunto importante para los norteamericanos, una cosa que ni él ni los

Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]