- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Indicara el camino de regreso a la seguridad.
De repente, Nate se sintió aterrorizado.
El motor, sin embargo, no tardó en volver a ponerse ruidosamente en marcha como si nada hubiera
ocurrido. La cosa acabó por convertirse en una costumbre; cada veinte minutos, justo cuando Nate estaba a
punto de quedarse dormido, se interrumpía el ritmo regular del motor. La proa se hundía. Nate miraba
rápidamente hacia las orillas para echar un vistazo a la fauna salvaje. Jevy soltaba maldiciones en portugués,
luchaba con el obturador y el estrangulador y todo volvía a funcionar durante otros veinte minutos.
Almorzaron queso, galletas saladas y bizcochos— bajo un árbol en un pequeño horcajo mientras la lluvia
caía en torno a ellos.
—Aquel pequeño pescador de allí —dijo Nate—, ¿conoce a los indios?
—Sí. Aproximadamente una vez al mes van al Paraguay con una barca para comerciar. Él los ve.
—¿Le preguntaste si había visto alguna vez a una misionera?
—Sí. No la ha visto. Usted es el primer norteamericano que ve en su vida.
—Pues qué suerte tiene.
La primera señal del poblado apareció cuando ya llevaban unas siete horas de travesía. Nate vio una fina
cinta de humo azulado elevarse por encima de las copas de los árboles, de las estribaciones de una colina. Jevy
tenía la certeza de que se encontraban en Bolivia. El terreno era más elevado y estaban cerca de las montañas.
Ya habían dejado a su espalda las zonas anegadas.
Llegaron a una abertura entre los árboles y vieron dos canoas en un claro. Nate saltó rápidamente a la
orilla, ansioso por estirar las piernas y sentir la tierra bajo sus pies.
—No se mueva —le advirtió Jevy mientras cerraba los bidones de combustible de la embarcación.
Nate lo miró y Jevy le señaló los árboles con un movimiento de la cabeza.
Un indio estaba observándolos. Se trataba de un varón moreno, con el torso desnudo y una especie de
falda de paja alrededor de la cintura y ningún arma a la vista. El que fuese desarmado supuso un gran alivio,
pues al principio Nate se había llevado un buen susto. El indio tenía el cabello negro largo y lucía unas franjas
rojas en la frente. Si hubiera llevado una lanza, Nate se habría rendido a él de inmediato.
—¿Tiene intenciones amistosas? —preguntó sin quitarle la vista de encima.
—Creo que sí.
—¿Habla portugués?
—No lo sé.
—¿Por qué no lo averiguas?
—Tranquilícese.
Jevy saltó a la orilla.
—Tiene pinta de caníbal —susurró.
Su jocoso comentario no surtió el efecto deseado.
Se acercaron un poco al indio, y éste se acercó a ellos. Los tres se detuvieron cuando todavía se
encontraban a una distancia considerable. Nate se sintió tentado de levantar la mano y decirle: «¿Cómo está
usted?».
—¿Fala portugués? —preguntó Jevy con una amable sonrisa en los labios.
John Grisham El testamento
83
El indio se pasó un buen rato sopesando la pregunta hasta que, al final, resultó dolorosamente claro que
no hablaba portugués. Parecía joven, quizá no tuviese ni veinte años, y se encontraba casualmente en las
inmediaciones del río cuando oyó el ruido del motor de la fuera de borda.
Se estudiaron mutuamente desde unos seis metros de distancia mientras Jevy analizaba las alternativas
que se le ofrecían. De pronto, a la espalda del indio se produjo un movimiento entre los arbustos. A lo largo de
la hilera de árboles aparecieron tres miembros de su tribu, todos desarmados, por suerte. Los indios los
superaban en número y ellos habían invadido su territorio, pensó Nate, listo para dar rápidamente media vuelta.
No eran especialmente fornidos, pero tenían la ventaja de estar en su casa. Y no parecían muy amables, nada de
sonrisas ni de saludos. De pronto emergió una joven entre los árboles y se situó al lado del primer indio.
También era morena y llevaba los pechos descubiertos. Nate procuró no mirarla.
—Falo —dijo la india.
Hablando muy despacio, Jevy le explicó lo que se proponían y pidió ver al jefe de la tribu. Ella tradujo
sus palabras y se las comunicó a los hombres, que se juntaron y empezaron a hablar entre sí con expresión muy
seria.
—Algunos quieren comernos ahora mismo —dijo Jevy en voz baja—, y otros prefieren esperar hasta
mañana.
—Muy gracioso.
Cuando los hombres terminaron sus deliberaciones, se las transmitieron a la mujer. A continuación, ella
les dijo a los intrusos que tendrían que esperar en la orilla del río mientras ellos informaban a sus jefes de su
llegada. A Nate le pareció muy bien; en cambio, Jevy se mostró algo preocupado y preguntó si vivía con ellos
una misionera.
La respuesta de la india fue que tenían que esperar. Los indios se desvanecieron en la selva.
—¿Qué piensas? —preguntó Nate en cuanto se marcharon.
Ni él ni Jevy se habían movido de donde estaban. Permanecieron de pie con la hierba hasta los tobillos,
contemplando los árboles de aquella espesa selva desde la cual Nate tenía la certeza de que los observaban.
—Contraen enfermedades de los forasteros —explicó Jevy—, por eso toman tantas precauciones.
—Yo no tocaré a nadie.
Regresaron a la embarcación, donde Jevy se entretuvo limpiando las bujías de encendido. Nate se quitó
las dos camisas y examinó el contenido de su improvisada bolsa impermeable. Los papeles seguían secos.
—¿Esos documentos son para la mujer? —preguntó Jevy.
—Sí.
—¿Por qué? ¿Qué le ha ocurrido?
Las severas normas que protegían la intimidad de los clientes parecían menos estrictas en aquel momento.
En el ejercicio de su profesión, revestían una importancia trascendental, pero estando allí sentados en una
embarcación en pleno Pantanal sin que hubiera ningún otro norteamericano ni remotamente cerca, las normas
podían quebrantarse. ¿Por qué no? ¿A quién se lo hubiera podido decir Jevy? ¿Qué mal podía haber en un
pequeño chismorreo?
Cumpliendo las estrictas órdenes que Josh le había dado a Valdir, a Jevy sólo se le había dicho que se
trataba de una importante cuestión legal que exigía la localización de Rachel Lane.
—Su padre murió hace unas semanas. Y le ha dejado un montón de dinero.
—¿Cuánto?
—Varios miles de millones de dólares.
—¿Miles de millones?
—Exactamente.
—Era muy rico.
—Pues sí.
—¿Tenía otros hijos?
—Creo que seis.
—¿Y también les ha dejado varios miles
—No. Les ha dejado muy poco.
—¿Y por qué a ella le ha dejado tanto?
—Nadie lo sabe. Fue una sorpresa.
John Grisham El testamento
84
—¿Sabe ella que su padre ha muerto?
—No.
—¿Quería a su padre?
—Lo dudo. Era una hija ilegítima. Al parecer, trató de huir de él y de todo lo demás. ¿A ti no te lo
parece?
Nate señaló el Pantanal con un movimiento del brazo.
—Sí. Es un buen sitio para esconderse. ¿Conocía él el paradero de su hija cuando murió?
—No exactamente. Sabía que era misionera y que trabajaba con los indios en algún lugar de por aquí.
Jevy se olvidó de la bujía de encendido que sostenía en la mano mientras asimilaba la noticia. Tenía
muchas preguntas que hacer. El quebrantamiento de la confidencialidad por parte del abogado era cada vez más
amplio.
—¿Y por qué le dejó una fortuna tan inmensa a una hija que no lo quería?
—Quizás estuviese loco. Se arrojó por una ventana.
Aquello fue más de lo que Jevy podía digerir de una sola vez. El joven entornó los ojos y contempló el
agua, profundamente sumido en sus pensamientos.
Los indios eran guatós, vivían en aquellos parajes desde hacía mucho tiempo, mantenían las mismas
costumbres de sus antepasados y preferían no entrar en contacto con extraños. Cultivaban sus pequeños campos,
pescaban en el río y cazaban con arcos y flechas.
No cabía duda de que eran muy pausados. Al cabo de una hora, Jevy percibió olor a humo. Se encaramó
a un árbol situado cerca de la embarcación y, cuando ya estaba a una altura de unos doce metros, vio los tejados
de sus chozas y le dijo a Nate que se reuniera con él.
Nate llevaba cuarenta años sin trepar a un árbol, pero en aquel momento no tenía ninguna otra cosa que
hacer. Trepó con menos soltura que Jevy, pero, al final, se detuvo a descansar en una frágil rama, rodeando el
tronco con un brazo.
Podían ver los tejados de tres chozas de paja gruesa dispuesta en pulcras hileras. El humo azul se elevaba
desde un punto que ellos no podían ver, situado entre dos de las chozas.
¿Sería posible, se preguntó Nate, que se hallase tan cerca de Rachel Lane? ¿Estaría ella allí, escuchando a
su gente y decidiendo lo que iba a hacer? ¿Enviaría a un guerrero por ellos o se limitaría a salir de entre los
árboles y decirles hola?
—Es un poblado muy pequeño —señaló Nate.
—Podría haber más chozas.
—¿Qué crees que están haciendo?
—Hablando, sencillamente.
—Bueno, pues siento decirlo pero tendremos que tomar alguna iniciativa. Dejamos la embarcación hace
ocho horas y media. Me gustaría ver a Welly antes del anochecer.
—No se preocupe. Navegaremos empujados por la corriente. Además, conozco el camino. Será mucho
más rápido.
—¿Tú no estás preocupado?
Jevy sacudió la cabeza como si no hubiera pensado en la posibilidad de navegar por el Cabixa en medio
de la oscuridad. Pero Nate sí había pensado en ello. Estaba preocupado sobre todo por los dos grandes lagos que
habían encontrado a la ida, cada uno con sus afluentes, tan parecidos entre sí a la luz del día.
Su plan consistía en saludar a la señorita Lane, explicarle un poco de qué iba todo aquello, cumplir con
todas las exigencias legales, mostrarle los documentos, contestar a las preguntas esenciales, obtener su firma,
darle las gracias y terminar la visita cuanto antes. Estaba preocupado por la hora, por los fallos del motor y por
el viaje de regreso al Santa Loura. Era probable que ella desease hablar, o tal vez no. A lo mejor, apenas decía
nada y le pedía que se fueran y no volvieran jamás.
Tras regresar nuevamente al suelo, se había acomodado en la embarcación con el propósito de echar una
siesta cuando Jevy vio a los indios. Dijo algo, señaló con el dedo y Nate miró hacia los árboles.
Los indios estaban acercándose lentamente al río caminando en fila detrás de su jefe, el guató más viejo
que ellos habían visto hasta entonces. Era fornido, tenía un vientre prominente y llevaba una especie de palo
muy largo que no parecía afilado ni peligroso, adornado con unas preciosas plumas en uno de sus extremos.
Nate dedujo que debía de tratarse de una lanza ceremonial.
El jefe estudió a los dos intrusos y se dirigió a Jevy.
¿Por qué habían venido?, le preguntó en portugués. La expresión de su rostro no era de amabilidad,
precisamente, pero su aspecto no parecía agresivo. Nate estudió la lanza.
John Grisham El testamento
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Jevy le explicó que estaban buscando a una misionera norteamericana.
¿De dónde eran?, quiso saber el jefe; hizo la pregunta mirando a Nate.
Corumbá.
¿Y él? Todos los ojos se concentraron en Nate.
Era norteamericano. Tenía que encontrar a la mujer.
¿Y por qué tenía que encontrar a la mujer?
Era el primer indicio de que quizá los indios supieran algo acerca de Rachel Lane. ¿Estaría ella escondida
en algún lugar cerca de allí, en la aldea o tal vez en la selva, escuchando todo lo que decían?
Jevy se lanzó a un relato pormenorizado, explicando que Nate había recorrido grandes distancias y había
estado a punto de perder la vida. Era un asunto importante para los norteamericanos, una cosa que ni él ni los
