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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el

colega que se sentaba al lado de uno no sacaría una navaja.

Hicieron pasar a Snead y su presencia en la estancia dio lugar a un cambio de tema. Hark lo presentó al

grupo. El pobre Snead parecía un hombre enfrentado a un pelotón de fusilamiento. Se sentó a un extremo de la

mesa, enfocado por dos videos.

—Esto es sólo un ensayo —le aseguró Hark—. Tranquilícese.

Los abogados sacaron sus cuadernos de notas repletos de preguntas, y se acercaron un poco más a Snead.

Hark se situó a su espalda y le dio una palmada en el hombro.

—Bien, señor Snead —dijo—, cuando usted haga su declaración los abogados de la otra parte tendrán

derecho a interrogarle en primer lugar. Por consiguiente, en el transcurso de aproximadamente una hora deberá

usted suponer que somos el enemigo. ¿De acuerdo?

Snead no estaba de acuerdo, por supuesto, pero ya había cobrado el dinero. Tenía que hacer lo que le

dijeran.

Hark tomó su cuaderno de notas y empezó a formular preguntas muy sencillas sobre su nacimiento,

antecedentes, familia, educación, temas fáciles que Snead manejó muy bien y le sirvieron para relajarse.

Después Hark pasó a interrogarlo sobre sus primeros años con el señor Phelan y otros mil asuntos aparentemente

Improcedentes.

Tras una pausa para ir al lavabo, la señora Langhorne asumió el mando y sometió a Snead a un severo

cuestionario acerca de las diversas familias Phelan, las esposas, los hijos, los divorcios y las amantes. Snead

pensó que todo aquello era por completo innecesario, pero advirtió que a los abogados les encantaba.

—¿Conocía usted la existencia de Rachel Lane? —inquirió Langhorne.

Snead reflexionó un momento antes de contestar.

—Eso no lo había pensado. —En otras palabras, pedía que le echasen una mano con la respuesta—.

¿Usted qué cree? —le preguntó al señor Gettys.

Hark representó rápidamente su papel.

—Yo creo que usted lo sabía todo sobre el señor Phelan, especialmente en lo relacionado con sus mujeres

y sus hijos. A usted no se le escapaba nada. El viejo se lo contaba todo, incluyendo la existencia de su hija

Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo

largo de los años, establecer contacto con ella, pero la chica no quería saber nada de él. Supongo que eso debió

de dolerle mucho y, como era un hombre que siempre conseguía lo que quería, el desprecio de Rachel hizo que

su dolor se transformara en cólera. Yo creo que él sentía antipatía hacia ella. De ahí que el hecho de que se lo

dejara todo constituyera una demostración fehaciente de su absoluta locura.

Una vez más, Snead se asombró de la habilidad de Hark para inventarse historias en un santiamén. Los

restantes abogados también se quedaron boquiabiertos de asombro.

—¿Qué les parece? —les preguntó Hark. Todos asintieron en gesto de aprobación.

—Será mejor que se le facilite toda la información acerca de Rachel Lane —sugirió Bright.

Snead repitió entonces ante las cámaras la misma historia que Hark acababa de contar y, mientras lo

hacía, dio muestras de poseer una aceptable habilidad para ampliar el tema. Cuando terminó, los abogados no

pudieron disimular su complacencia. Aquel gusano diría cualquier cosa que hiciera falta, y no había nadie capaz

de rebatir sus afirmaciones.

Cuando le hacían alguna pregunta para cuya respuesta necesitaba ayuda, Snead contestaba: «Bueno, eso

no lo había pensado». Y Hark, que parecía prever los puntos débiles de Snead, solía tener a punto una rápida

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historia. Con frecuencia, sin embargo, los demás abogados, deseosos de exhibir su habilidad a la hora de fraguar

mentiras, intervenían para proponer también sus pequeñas tramas.

De esta manera, inventaron y armonizaron a la perfección una capa tras otra de falsedades

cuidadosamente urdidas para demostrar, sin el menor asomo de duda, que el señor Phelan no estaba en su sano

juicio la mañana en que garabateó su último testamento. Los abogados adiestraron a Snead y éste se dejó dirigir

sin dificultad alguna. De hecho, era tan maleable que todos los presentes temieron que hablara más de la cuenta.

Su credibilidad no podía quedar en entredicho. No debía existir ninguna laguna en su declaración.

Se pasaron tres horas creando la historia y otras dos tratando de desmontarla de manera implacable, para

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