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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.

—Tú quieres que primero yo encuentre la selva correspondiente, vaya en busca de la correspondiente

tribu de indios y después trate de convencerlos de que soy un abogado estadounidense que ha acudido allí en son

de paz y necesita que lo ayuden a localizar a una mujer que probablemente no desea que la localicen.

—Algo así.

—Podría ser divertido.

—Considéralo una aventura.

—Además, eso me mantendrá fuera del despacho, ¿no es cierto, Josh? Una maniobra de distracción

mientras tú ordenas las cosas.

—Alguien tiene que ir, Nate. Un abogado de nuestra firma tiene que encontrarse cara a cara con esa

mujer, mostrarle una copia del testamento, explicarle el contenido de éste y averiguar qué desea hacer. Eso no lo

puede hacer un auxiliar jurídico ni un abogado brasileño.

—¿Por qué yo?

—Porque todos los demás están ocupados. Tú sabes de qué va esto. Llevas más de veinte años

haciéndolo. La vida en el despacho, los almuerzos en los juzgados, las noches en el tren... Además, podría

beneficiarte.

—¿Acaso pretendes mantenerme alejado de las calles, Josh? Porque en ese caso, pierdes el tiempo. Estoy

limpio. Se acabaron los bares, las juergas y los traficantes de droga. Estoy limpio, Josh. Para siempre.

Josh asintió con la cabeza porque era lo que se esperaba que hiciera, pero ya había pasado otras veces por

la misma situación.

—Te creo —dijo, deseando con toda su alma poder hacerlo.

El conserje llamó a la puerta y entró con el café en una bandeja de plata.

Al cabo de un rato, Nate preguntó:

—¿Qué hay de la denuncia? Yo no puedo abandonar el país hasta que todo esté arreglado.

—He hablado con el juez, le he dicho que era un asunto urgente. Quiere verte dentro de noventa días.

—¿Es simpático?

—Es un auténtico Papá Noel.

—0 sea que, si me declaran culpable, ¿crees que dará una oportunidad?

—Falta un año todavía. Ya nos ocuparemos de ello más adelante.

Sentado en torno a una mesita e inclinado sobre su taza de café, Nate reflexionó acerca de las preguntas

que necesitaba hacer. Josh estaba ante él, con la mirada perdida en la distancia.

—¿Y si digo que no? —aventuró Nate.

Josh se encogió de hombros, como si le diera igual.

—No pasa nada. Ya encontraremos a alguien. Considéralo unas vacaciones. A ti no te da miedo la selva,

¿verdad?

—Por supuesto que no.

—Pues entonces, que te diviertas.

—¿Cuándo me iría?

—Dentro de una semana. Brasil exige un visado y tendremos que echar mano de ciertas influencias.

Además, hay que atar algunos cabos sueltos.

Walnut Hill exigía un período mínimo de una semana de preparación antes de soltar de nuevo a sus

clientes a los lobos.

John Grisham El testamento

30

Los habían mimado y desintoxicado, les habían hecho un lavado de cerebro y habían vuelto a ponerlos en

forma física, mental y emocionalmente. La preparación antes de la salida los ayudaba a regresar al mundo.

—Una semana, repitió Nate para sus adentros.

—Aproximadamente, sí.

—Y el trabajito me llevará unos diez días.

—Es probable.

—Y yo estaré de vacaciones allí abajo.

—Eso parecerá.

—Se me antoja una idea estupenda.

—¿Quieres saltarte la Navidad?

—Sí.

—¿Y tus hijos?

—Ni una sola palabra, Josh —dijo Nate mientras removía el café con una cucharilla—. Llevo casi cuatro

meses aquí y ninguno de ellos me ha dicho ni una sola palabra.

Su voz reflejaba dolor, y tenía los hombros encorvados. Por un instante, su aspecto fue el de una persona

muy frágil.

Josh sí había tenido noticias de las familias. Las dos ex esposas tenían abogados que habían llamado para

pedir dinero. El hijo mayor de Nate era un alumno de grado en la Universidad del Noroeste, necesitaba dinero

para la matrícula y los gastos y había llamado personalmente a Josh, pero no para preguntar por el estado o el

paradero de su padre, sino por otra cosa mucho más importante: la participación de éste en los beneficios de la

firma del año anterior. Era tan grosero y descarado que Josh lo había mandado a paseo.

—Me gustaría evitar todas las fiestas y el jolgorio —añadió Nate, levantándose, al parecer un poco más

animado, para dar un paseo descalzo por la habitación.

—¿Irás allí abajo?

—¿Eso está por el Amazonas?

—No; está en el área del Pantanal, del mundo.

—¿Pirañas, anacondas y caimanes?

—Naturalmente.

—¿Caníbales?

—No más que en el distrito de Columbia.

—Hablo en serio.

—Estoy seguro de que no les apetecerá cortarte en filetes. Nate, no dramatices. Si yo no estuviera tan

ocupado, me encantaría ir. El Pantanal es una gran reserva ecológica.

Jamás he oído hablar de ese lugar.

—Eso es porque dejaste de viajar hace años. Entraste en tu despacho y ya no volviste a salir.

—Más que para desintoxicarme.

—Tomarte unas vacaciones, conocer otra parte del mundo.

Nate bebió un sorbo de café lo suficientemente despacio como para cambiar el rumbo de la conversación.

—¿Y qué ocurrirá a la vuelta? ¿Tengo mi despacho? ¿Sigo siendo socio?

—¿Es eso lo que quieres?

—Pues claro —contestó Nate, pero con tono algo vacilante.

—¿Estás seguro?

—¿Qué otra cosa puedo hacer?

—No lo sé, Nate, pero ésta es tu cuarta desintoxicación en diez años. Las recaídas son cada vez peores. Si

salieras ahora mismo, te irías directamente al despacho y, durante seis meses, serías el mejor especialista del

mundo en pleitos por negligencias médicas. No prestarías ninguna atención a los viejos amigos, los viejos bares,

los antiguos barrios. Sólo trabajo, trabajo y trabajo. No tardarías en conseguir un par de sonadas sentencias y

sonados juicios y entonces empezarías a experimentar los efectos de la tensión. Apretarías un poco más la

tuerca. Al cabo de un año, se produciría una grieta. Podrías tropezar con un viejo amigo, una chica de otra vida.

Un mal jurado podría emitir un veredicto desfavorable, y entonces... Yo vigilaría todos tus movimientos, pero

nunca puedo decir cuándo empieza el deslizamiento por la pendiente.

—No habrá más deslizamientos, Josh. Lo juro.

John Grisham El testamento

31

—Eso ya lo he oído otras veces, y quiero creerte; pero ¿y si vuelven a salir tus demonios, Nate? La última

vez estuviste a sólo unos minutos de matarte.

—No habrá más recaídas.

—La próxima será la última, Nate. Celebraremos un funeral, te diremos adiós y contemplaremos cómo te

colocan en la fosa. Y yo no quiero que eso ocurra.

—No ocurrirá, te lo aseguro.

—Pues entonces olvídate del despacho. Allí dentro hay demasiada tensión.

Lo que más aborrecía Nate de la desintoxicación eran los largos períodos de silencio o meditación, tal

como los llamaba Sergio. Los pacientes tenían que sentarse como monjes en la semipenumbra, cerrar los ojos y

buscar la paz interior. Nate podía sentarse en el suelo y todo lo demás, pero no podría evitar recordar los juicios

y el acoso de los inspectores de Hacienda, buscar la manera de maquinar contra sus ex esposas y, por encima de

todo, preocuparse por su futuro. La conversación que estaba manteniendo con Josh ya la había ensayado muchas

veces.

Sin embargo, sus ingeniosas réplicas y sus rápidas respuestas le fallaban cuando estaba sometido a

tensión. Los cuatro meses de soledad casi absoluta le habían embotado sus reflejos. Lo único que podía hacer

era inspirar lástima.

—Vamos, Josh. No puedes propinarme un puntapié sin más.

—Llevas más de veinte años pleiteando, Nate. Me parece que ya es suficiente. Creo que ha llegado la

hora de que empieces a hacer otra cosa.

—Me convertiré en cabildero y almorzaré con los secretarios de prensa de mil pequeños congresistas.

—Ya te encontraremos un sitio.

—No se me dan bien los almuerzos. A mí lo que me gusta es pleitear.

—La respuesta es no. Puedes quedarte en la firma y ganar un montón de dinero, mantenerte sano y jugar

al golf. Tu vida será estupenda, siempre y cuando los inspectores de Hacienda no te metan entre rejas.

Durante unos agradables momentos, Nate se había olvidado de los inspectores de Hacienda, pero ahora

habían vuelto a recordárselos. Se sentó y vertió un poco de miel de un pequeño recipiente en el café tibio; el

azúcar y los edulcorantes artificiales no estaban permitidos en un lugar tan sano con Walnut Hill.

—Eso de pasar un par de semanas en los humedales brasileños está empezando a sonarme muy bien—

dijo.

—¿Significa eso que irás?

—Sí.

Puesto que Nate disponía de mucho tiempo para leer, Josh le dejó un abultado dossier acerca del

testamento de Phelan y su misteriosa nueva heredera. Más dos libros sobre los indígenas de remotos parajes de

América del Sur.

Nate se pasó ocho horas leyendo sin descanso y se olvidó incluso de cenar. Estaba deseando marcharse e

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