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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en

quien él confiaba?

—No me correspondía hacer tal cosa.

—¿El señor Phelan lo habría despedido?

—De inmediato.

—Pero ¿y después de que se hubiera arrojado al vacío? ¿A quién se lo dijo?

Snead respiró hondo y volvió a cruzar —las piernas.

—Por respeto —contestó muy serio—. Consideraba que mi relación con el señor Phelan era de carácter

confidencial.

—Hasta ahora. Hasta que le ofrecieron el medio millón de dólares, ¿verdad?

A Snead no se le ocurrió ninguna respuesta, y Nate no le dio la menor oportunidad.

—Está usted vendiendo no tan sólo su declaración, sino su relación confidencial con el señor Phelan, ¿no

es cierto, señor Snead?

—Sólo trato de enderezar una injusticia.

—Qué noble propósito. ¿Lo haría si no le pagaran por ello?

—Sí —consiguió responder Snead.

Nate soltó una sonora carcajada sin apartar la mirada de Snead y volviéndose luego hacia los abogados de

los Phelan. A continuación se levantó y empezó a rodear la mesa sin dejar de reírse para sus adentros.

—Menudo juicio —dijo, sentándose otra vez. Tras consultar unas notas, añadió—: El señor Phelan murió

el 9 de diciembre. La lectura de su testamento tuvo lugar el 27 del mismo mes. En el transcurso de ese período,

¿le dijo usted a alguien que el señor Phelan no estaba en sus cabales en el momento de firmar el testamento?

—No.

—Claro. Esperó a que se leyera el testamento y, cuando vio que usted no estaba incluido en él, decidió

presentarse a los abogados y cerrar un trato con ellos, ¿no es cierto, señor Snead?

—No —contestó el testigo, pero Nate no le hizo caso.

—¿Estaba el señor Phelan mentalmente enfermo?

—No soy un experto para responder a eso.

—Usted ha afirmado que había perdido el juicio; ¿puede decirse que de manera permanente?

—Iba y venía.

—¿Cuánto tiempo llevaba yendo y viniendo?

—Varios años.

—¿Cuántos?

—Puede que diez. Es un cálculo aproximado.

John Grisham El testamento

178

—En el transcurso de los últimos catorce años de su vida, el señor Phelan redactó once testamentos, en

uno de los cuales le dejaba a usted un millón de dólares. ¿Se le ocurrió a usted entonces comentar con alguien

que el señor Troy Phelan no estaba en sus cabales?

—No me correspondía a mí decirlo.

—¿Consultó alguna vez el señor Phelan a algún psiquiatra?

—Que yo sepa, no.

—¿Tuvo alguna vez trato mental?

—Que yo sepa, no.

—¿Le sugirió usted alguna vez que fuera a ver a un psiquiatra?

—No me correspondía a mí hacer semejantes sugerencias.

—Si lo hubiera encontrado usted tendido en el suelo víctima de un ataque, ¿le habría dicho a alguien que

quizás el señor Phelan necesitaba ayuda?

—Por supuesto que sí.

—Si lo hubiera visto toser sangre, ¿se lo habría dicho a alguien?

—Sí.

Nate tenía en su poder un abultado dossier en el que figuraba una relación de las propiedades del señor

Phelan. Lo abrió al azar y le preguntó a Snead si sabía algo de Prospecciones Xion. Snead trató por todos los

medios de acordarse, pero tenía la mente tan llena de nuevos datos que no lo consiguió. ¿Y de Comunicaciones

Delstar? Una vez más Snead hizo una mueca y no consiguió recordar.

Al llegar a la quinta empresa, a Snead le sonó el nombre y comunicó orgullosamente al abogado que la

conocía. El señor Phelan era su propietario desde hacía algún tiempo. Nate le hizo preguntas sobre las ventas,

los productos y los valores en cartera a lo largo de una interminable lista de datos económicos. Snead no

contestó nada a derechas.

—¿Cuánto sabía usted acerca de las propiedades del señor Phelan? —preguntó Nate una y otra vez.

Después le hizo a Snead varias preguntas acerca de la estructura del Grupo Phelan. Snead se había

aprendido de memoria los datos esenciales, pero desconocía los detalles menores. No pudo mencionar el nombre

de ningún ejecutivo de nivel medio e ignoraba la identidad de los expertos contables de la empresa.

Nate lo sometió a un severo interrogatorio acerca de cuestiones sobre las cuales no tenía la menor idea.

Ya muy entrada la tarde, cuando Snead estaba agotado y atontado por la paliza que acababan de propinarle, y

mientras le hacía la millonésima pregunta de carácter económico, Nate le soltó sin previo aviso:

—¿Firmó usted un contrato con los abogados cuando cobró el medio millón de dólares?

Hubiera sido suficiente un simple «No», pero Nate lo pilló desprevenido. Snead vaciló, miró a Hark y

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