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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más

dinero. Durante muchos años él se había hecho ese propósito, y ahora le parecía una tontería.

Con un poco de suerte, aquella noche dormiría en su hamaca, meciéndose en medio de la brisa y

disfrutando de una taza de café. Que él recordara, jamás había ansiado tomarse un plato de alubias negras con

arroz. Jevy regresó justo en el momento en que llegaba un grupo de indios procedente del poblado. El jefe

deseaba verlos.

—Quiere comer pan con nosotros —explicó Jevy mientras ambos seguían a los indios.

—El pan me parece muy bien. Pregúntales si tienen huevos con jamón.

—Aquí suelen comer carne de mono.

No parecía que Jevy lo hubiera dicho en broma. Cuando llegaron a las inmediaciones del poblado, vieron

a unos niños que esperaban para echar un vistazo a los forasteros. Nate les dedicó una cohibida sonrisa. Jamás se

había sentido tan blanco, y quería que lo apreciaran. Unas madres desnudas se asomaron a la puerta de la

primera choza para observarlos. Las fogatas ya estaban apagándose; el desayuno había terminado. El humo se

cernía cual niebla sobre los tejados y hacía que el húmedo aire resultara todavía más pegajoso. Faltaban pocos

minutos para las siete, pero ya hacía mucho calor.

El arquitecto del poblado había llevado a cabo una espléndida labor. Cada vivienda era perfectamente

cuadrada y tenía un tejado de paja tan inclinado que casi llegaba hasta el suelo. Algunas eran más grandes que

otras, pero el diseño jamás variaba. Rodeaban el poblado en forma de semicírculo, todas de cara a una zona

espaciosa y despejada: la plaza del pueblo. En el centro de la misma se levantaban cuatro estructuras de gran

tamaño dos circulares y otras tantas rectangulares— y todas con las mismas gruesas techumbres de paja.

El jefe estaba aguardándolos. Lógicamente, su vivienda era la más grande del poblado y él, el indio más

corpulento de todos. Era joven y no presentaba la frente surcada de profundas arrugas ni el vientre prominente

que con tanto orgullo ostentaban los más viejos. Se levantó y le dirigió a Nate una mirada que hubiese

aterrorizado al mismísimo John Wayne. Un guerrero de más edad actuó de intérprete y, a los pocos minutos,

Jevy y Nate fueron invitados a sentarse cerca de la fogata, donde la desnuda esposa del jefe estaba preparando el

desayuno.

Cuando la mujer se inclinó hacia delante, Nate no pudo evitar mirar sus pechos, aunque sólo por un

instante. Ni su busto ni su figura resultaban especialmente provocativos. Lo que llamaba la atención era el hecho

de que pudiera ir desnuda como si tal cosa.

¿Dónde había dejado la cámara? Sin una prueba fehaciente, los chicos del despacho no se lo podrían

creer.

John Grisham El testamento

101

La mujer le ofreció a Nate un plato de madera que contenía algo muy parecido a patatas hervidas. Nate

miró a Jevy, que asintió rápidamente con la cabeza como si fuera un experto en cocina india. La mujer sirvió al

jefe en último lugar y, cuando éste empezó a comer con los dedos, Nate también lo hizo. El vegetal resultó ser

un cruce bastante insípido entre un nabo y una patata de piel roja. Jevy hablaba mientras comía y el jefe

disfrutaba con la conversación. Cada pocas frases, Jevy traducía las palabras al inglés y seguía adelante.

El poblado jamás se inundaba. Los indios llevaban más de veinte años allí. La tierra era buena. Preferían

no moverse, pero a veces la tierra los obligaba a irse. El padre del jefe también había sido jefe. Y el jefe, según

él mismo, era el más sabio, el más listo y el más guapo de todos y no podía entregarse a aventuras

extraconyugales. La mayoría de los otros hombres lo hacía, pero el jefe, no.

Nate pensó que no debían de tener muchas cosas en que ocupar su tiempo, aparte de tontear un poco por

ahí.

El jefe nunca había visto el río Paraguay. Le gustaba más la caza que la pesca y por eso se pasaba más

tiempo en el bosque que en los ríos. Su padre y los misioneros blancos le habían enseñado un poco de portugués.

Mientras comía y escuchaba, Nate miraba alrededor en busca de Rachel.

No estaba allí, le explicó el jefe. Había ido al poblado más próximo a atender a una niña que había sido

mordida por una serpiente. No sabía cuándo regresaría.

«Pues qué bien», pensó Nate.

—El jefe quiere que nos quedemos aquí esta noche, en el poblado —tradujo Jevy.

La mujer estaba llenando otra vez los platos.

—No sabía que íbamos a quedarnos —repuso Nate.

—Él ha decidido que sí.

—Dile que me lo pensaré.

—Dígaselo usted.

Nate se maldijo a sí mismo por no haber llevado el teléfono satélite consigo. En aquellos momentos, Josh

debía de estar caminando arriba y abajo en su despacho, muerto de preocupación. Llevaba casi una semana sin

hablar con él.

Jevy hizo un comentario apenas humorístico que, una vez traducido, resultó decididamente gracioso. El

jefe se partió de risa y todos los demás no tardaron en imitar su ejemplo. Incluso Nate, que se reía de sí mismo

por el hecho de no reírse con los indios.

Declinaron la invitación de ir a cazar. Un grupo de jóvenes los acompañó de nuevo al primer poblado,

donde Nate y Jevy habían dejado su embarcación. Jevy quería volver a limpiar las bujías e intentar arreglar el

carburador. Nate no tenía nada que hacer.

A primera hora de la mañana el abogado Valdir recibió la consabida llamada del señor Stafford. Los

cumplidos de rigor sólo duraron un instante.

—Llevo varios días sin recibir noticias de Nate O'Riley —dijo Stafford.

—Pero si él tiene uno de esos teléfonos —contestó Valdir a la defensiva, como si estuviese obligado a

proteger al señor O'Riley.

—Sí, en efecto. Por eso estoy preocupado. Puede llamarme en cualquier momento y desde cualquier

lugar.

—¿Incluso cuando hace mal tiempo?

—No. Supongo que en ese caso, no.

—Hemos tenido muchas tormentas por aquí. No olvide que estamos en la estación de las lluvias.

—¿Y usted no ha recibido ninguna noticia del chico?

—No. Los dos están juntos. El guía es muy bueno, y el barco también lo es. Estoy seguro de que se

encuentran bien.

—Entonces, ¿por qué no ha llamado?

—Eso no lo sé; pero ha estado muy nublado. Quizá no pueda utilizar el teléfono.

Acordaron que Valdir llamaría de inmediato en cuanto se tuvieran noticias del barco. Valdir se acercó a

la ventana abierta y contempló las concurridas calles de Corumbá. El río Paraguay discurría justo al pie de la

colina. Se contaban muchas historias sobre personas que habían penetrado en el Pantanal y jamás habían

regresado. Formaba parte de la tradición popular y del atractivo de la región.

El padre de Jevy navegó durante treinta años por aquellos ríos y jamás recuperaron su cuerpo.

Welly encontró el bufete del abogado una hora más tarde. Él no conocía al señor Valdir, pero Jevy le

había dicho que era quien pagaba la expedición.

John Grisham El testamento

102

—Es muy importante —le dijo a la secretaria—. Muy urgente. Valdir oyó el alboroto y salió de su

despacho.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—Me llamo Welly. Jevy me contrató Santa Loura.

—¡El Santa Loura! —Sí.

—¿Dónde está Jevy?

—Todavía se encuentra en el Pantanal.

—¿Y qué ha sido del barco?

—Se hundió.

Valdir advirtió enseguida que el muchacho como marinero para el estaba muy cansado y asustado.

—Siéntate —dijo mientras la secretaria iba en busca de agua—. Cuéntamelo todo.

Welly se asió con fuerza a los brazos del sillón y habló atropelladamente.

Jevy y el señor O'Riley se fueron en la batea para buscar a los indios.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Hace unos días. Yo tenía que quedarme en el Santa Loura. Se desencadenó una tormenta, la

mayor que he visto en mi vida. La fuerza del temporal rompió las amarras del barco en mitad de la noche y lo

hizo zozobrar. Yo caí al agua y más tarde me recogió una embarcación de transporte de ganado.

—¿Cuándo has llegado aquí?

—Hace apenas media hora.

La secretaria le ofreció un vaso de agua. Welly le dio las gracias y pidió un café. Valdir se inclinó sobre

el escritorio de la secretaria y estudió al pobre muchacho. Estaba sucio y olía a excrementos de vaca.

—¿0 sea, que el barco ha desaparecido?

—Sí. Es una pena. No pude hacer nada. En mi vida he visto una tormenta igual.

—¿Dónde estaba Jevy durante la tormenta?

—En el río Cabixa. Temo por su vida.

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