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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.

Asió fuertemente con las dos manos el respaldo del banco que tenía delante. Repitió la lista, enumerando

en voz baja todas las debilidades, los defectos, los errores y los males que lo atormentaban. Los confesó todos.

En un prolongado y espléndido reconocimiento de sus faltas, se desnudó ante Dios sin ocultar nada. La carga de

la que se liberó habría bastado para aplastar con su peso a tres hombres y, cuando el momento pasó, los ojos de

Nate estaban llenos de lágrimas.

—Perdóname —le suplicó a Dios—. Ayúdame, te lo ruego.

Con la misma rapidez con que la fiebre había abandonado su cuerpo, sintió que el peso abandonaba su

alma. Con el suave movimiento de una mano, la pizarra en que estaban inscritos sus pecados quedó limpia. Dejó

escapar un profundo suspiro de alivio, pero el pulso se le había desbocado.

Oyó de nuevo la guitarra. Abrió los ojos y se enjugó las lágrimas. En lugar de ver al joven del púlpito,

Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.

Una voz lo llamó. Era una voz interior que lo empujaba por el pasillo, pero la invitación resultaba

desconcertante. Nate experimentaba muchas emociones contradictorias. De repente, las lágrimas dejaron de

correr por sus mejillas.

«¿Por qué estoy llorando en una pequeña y sofocante capilla —pensó—, escuchando una música que no

comprendo en una ciudad que jamás volveré a ver?» Las preguntas se agolpaban en su mente, pero las

respuestas se le escapaban.

Una cosa era que Dios le perdonara su sorprendente serie de iniquidades, y estaba claro que ahora su

carga era mucho más ligera; pero otra muy distinta, y mucho más difícil, que él esperara convertirse en un

discípulo.

De pronto, mientras escuchaba la música, se sintió desconcertado. No era posible que Dios estuviese

llamándolo. Él era Nate O'Riley, un borracho, drogadicto, mujeriego, mal padre, peor marido, abogado

codicioso, defraudador de impuestos... La lista era interminable.

Estaba mareado. Cesó la música y el joven se dispuso a entonar otra canción. Nate abandonó

precipitadamente la capilla. Al doblaruna esquina, volvió la cabeza no sólo con la esperanza de ver a Rachel,

sino también para cerciorarse de que Dios no había enviado a nadie tras él.

Necesitaba a alguien con quien hablar. Sabía que ella estaba en Corumbá y juró encontrarla.

El despachante forma parte integral de la vida brasileña. Ningún negocio, banco, bufete jurídico, centro

médico o persona con dinero puede actuar sin los servicios de uno. Es un auxiliar extraordinario. En un país en

que la burocracia es tan vasta como anticuada, el despachante es el hombre que conoce a los funcionarios

municipales, a la gente de los juzgados, a los burócratas, a los agentes de aduanas. Trata a diario con el sistema y

sabe cómo engrasarlo. En Brasil no se consigue ningún papel o documento oficial sin hacer largas colas, y el

despachante es el sujeto que las hace por uno. A cambio de una módica suma, esperará ocho horas para renovar

la inspección del automóvil de quien sea y sujetársela después al parabrisas mientras quien ha pagado por ello

está ocupado en el despacho. Es el que vota, hace gestiones bancarias, envía paquetes y correspondencia por

uno... No se arredra ante ningún obstáculo burocrático.

Los negocios de despachantes exhiben los nombres de éstos en los escaparates lo mismo que los bufetes

de los abogados y los consultorios de los médicos. El oficio no requiere ninguna preparación específica. Lo

único que se necesita es una lengua rápida, paciencia y mucha cara.

El despachante de Valdir en Corumbá conocía a otro de Sáo Paulo, un hombre muy poderoso que tenía

contactos en las altas esferas y que, a cambio de una tarifa de dos mil dólares, podía conseguir otro pasaporte.

Jevy se pasó las siguientes mañanas en el río, ayudando a un amigo a arreglar una chalana. Lo observaba

todo y prestaba atención a los chismorreos. Ni una sola palabra acerca de la mujer. Al mediodía del viernes,

llegó al convencimiento de que ésta no había visitado Corumbá, por lo menos en el transcurso de las últimas dos

semanas. Conocía a todos los pescadores, capitanes y marineros y sabía que a éstos les encantaba hablar. Si una

norteamericana que vivía con los indios hubiera llegado a la ciudad, ellos se habrían enterado.

John Grisham El testamento

141

Nate estuvo buscándola hasta finales de semana. Recorría las calles, observaba a la gente, hacía

averiguaciones en los vestíbulos de los hoteles y en las terrazas de los cafés, estudiaba los rostros y no veía a

nadie que tuviera el más remoto parecido con Rachel.

A la una de su último día allí pasó por el despacho de Valdir para recoger su pasaporte. Ambos se

despidieron como viejos amigos y prometieron volver a verse muy pronto, aunque sabían que tal cosa jamás

volvería a ocurrir. A las dos, Jevy acompañó a Nate al aeropuerto. Permanecieron sentados media hora en la

zona de salidas, contemplando cómo descargaban el único aparato que había en la pista y volvían a prepararlo

para el nuevo vuelo. Jevy deseaba pasar un tiempo en Estados Unidos y necesitaba la ayuda de Nate.

—Necesito un trabajo —dijo.

Nate lo escuchó con interés, aunque sin estar muy seguro de si él conservara el suyo.

—Veré lo que puedo hacer.

Hablaron de Colorado, del Oeste y de lugares que Nate jamás había visitado. Jevy estaba enamorado de

las montañas y Nate, tras pasarse dos semanas en el Pantanal, lo comprendía muy bien. Cuando llegó el

momento de la partida, ambos se abrazaron afectuosamente y se dijeron adiós.

Nate avanzó por el ardiente asfalto en dirección al avión, llevando toda su ropa en una pequeña bolsa de

deporte.

El turbohélice de veinte plazas efectuó dos aterrizajes antes de llegar a Campo Grande. Allí los pasajeros

subieron a bordo de un reactor con destino a Sáo Paulo. La señora del asiento de al lado pidió una cerveza del

carrito de las bebidas. Nate estudió la lata situada a menos de un palmo de distancia. «Nunca más», pensó. Cerró

los ojos, le suplicó a Dios que le diera fuerzas y pidió un café.

El vuelo con destino al aeropuerto Dulles despegó a medianoche. Llegaría al distrito de Columbia a las

nueve de la mañana siguiente. Su búsqueda de Rachel lo había obligado a permanecer fuera del país casi tres

semanas.

No sabía muy bien dónde estaba su automóvil. No tenía ningún lugar donde vivir ni medios para

conseguirlo, pero no debía preocuparse, pues Josh se encargaría de los detalles.

El aparato efectuó un descenso a través de las nubes hasta tres mil metros de altura. Nate estaba

despierto, tomando un café y pensando con inquietud en las calles de la ciudad. Estarían frías y blancas. La tierra

aparecía cubierta por una gruesa capa de nieve. Fue muy bonito verlo durante unos cuantos minutos mientras se

acercaban a Dulles, hasta que Nate recordó de pronto lo mucho que aborrecía el invierno. Llevaba unos

pantalones muy finos, calzaba unos baratos mocasines sin calcetines y una camisa Polo de pega que le había

costado seis dólares en el aeropuerto de Sáo Paulo. No tenía una sola prenda de abrigo.

Aquella noche dormiría en cualquier sitio, probablemente en un hotel, sin que nadie lo vigilara en el

distrito de Columbia por primera vez desde la noche del 4 de agosto en que había entrado tambaleándose en una

habitación de un motel de las afueras. Había ocurrido al final de una larga y patética caída, y él había tratado por

todos los medios de olvidarlo.

Pero aquél era el viejo Nate; el de ahora era nuevo. Tenía cuarenta y ocho años, le faltaban trece meses

para cumplir los cincuenta y estaba preparado para iniciar una vida distinta. Dios le había dado fuerzas y había

robustecido su determinación. Le quedaban treinta años. No los pasaría recogiendo botellas vacías ni los pasaría

huyendo. Las máquinas quitanieves estaban en plena actividad cuando el aparato aterrizó y rodó hacia la

terminal. Las pistas estaban mojadas y aún seguían cayendo copos de nieve. Cuando Nate bajó del aparato y

entró en la manga, el invierno lo golpeó con todo su rigor y le hizo recordar las húmedas calles de Corumbá.

Josh lo esperaba en la zona de recogida de equipajes, provisto, naturalmente, de un abrigo de más.

—Tienes una pinta horrible —fueron sus primeras palabras.

—Gracias —repuso Nate. Tomó el abrigo y se lo puso.

—Estás delgado como un alambre.

—Si quieres perder ocho kilos, búscate el mosquito apropiado.

Avanzaron entre la gente hacia las puertas de salida, un empujón por aquí, un codazo por allá y unos

apretujones más fuertes al cruzar las puertas. «Bienvenido a casa», pensó Nate.

—Viajas muy ligero de equipaje —dijo Josh, señalando la bolsa de deporte.

—He aquí todas mis posesiones mundanas.

Sin calcetines ni guantes, Nate ya estaba medio congelado de frío en la acera cuando Josh se acercó con

el automóvil. La nevada que había caído durante la noche había alcanzado la categoría de temporal. La nieve

que se acumulaba junto a los edificios llegaba a los sesenta centímetros de altura.

—Ayer en Corumbá estábamos a treinta y cuatro —dijo Nate al salir del aeropuerto.

—¿Acaso lo echas de menos?

—Pues sí. De repente, lo echo de menos.

John Grisham El testamento

142

—Mira, Gayle está en Londres y he pensado que podrías quedarte un par de días en mi casa.

En la casa de Josh podrían haber dormido quince personas.

—Ah, muy bien, gracias. ¿Dónde está mi coche?

—En mi garaje.

Pues claro. Era un jaguar de alquiler que sin duda habría sido debidamente mantenido, lavado y

abrillantado y cuyos pagos mensuales debían de estar al día.

—Gracias, Josh.

—Mandé guardar tus muebles en un depósito. Tu ropa y tus efectos personales están en el coche.

—Gracias —dijo Nate sin sorprenderse en absoluto.

—¿Cómo te encuentras?

—Muy bien.

—Mira, Nate, he estado leyendo cosas sobre el dengue. La plena recuperación sólo se alcanza al cabo de

un mes. Te lo digo con toda franqueza.

Un mes. Era la puñalada inicial en la lucha por el futuro de Nate en el bufete. Tómate otro mes,

muchacho. A lo mejor, estás demasiado enfermo para trabajar. Nate incluso podría haber escrito el guión. Pero

no habría ninguna lucha.

—Estoy un poco débil, eso es todo. mucho líquido.

—¿Qué clase de líquido?

—Vas directamente al grano, ¿eh?

—Como siempre.

—Estoy rehabilitado, Josh. Tranquilízate. No volveré a caer.

Josh había oído lo mismo muchas veces. La conversación había sido un poco más dura de lo que ambos

hubieran deseado, por cuyo motivo se pasaron un rato en silencio. El tráfico era lento. El Potomac estaba medio

congelado y grandes placas de hielo flotaban lentamente hacia Georgetown. Mientras permanecían atascados en

el Chain Bridge, Nate anunció como quien no quiere la cosa:

—No voy a regresar al despacho, Josh. Aquellos días ya terminaron para mí.

No hubo ninguna reacción visible por parte de Josh. Hubiera podido mostrarse decepcionado ante el

hecho de que un viejo amigo y excelente abogado quisiera dejar su trabajo, o feliz de que uno de sus mayores

quebraderos de cabeza decidiese abandonar el bufete, o aun indiferente, ya que la marcha de Nate parecía

inevitable y de todos modos el lío del fraude fiscal quizá le costase la pérdida de la licencia.

Sin embargo, se limitó a preguntar:

—¿Por qué?

—Por muchas razones, Josh. Digamos, sencillamente, que estoy cansado.

—Casi todos los abogados se queman al cabo de veinte años.

—Eso dicen.

Ya estaba bien de hablar del retiro. Nate ya lo había decidido y Josh no quería disuadirlo. Faltaban dos

semanas para la Super Bowl y los Redskins no iban a disputarla. Pasaron al tema del fútbol, tal como suelen

hacer los hombres cuando tienen que mantener en marcha la conversación en medio de cuestiones más

importantes.

A pesar de la gruesa capa de nieve que las cubría, a Nate las calles le resultaban tremendamente

desagradables.

Los Stafford eran propietarios de una espléndida casa en Wesley Heights, en el noroeste del distrito de

Columbia. Tenían, además, una casa de veraneo en la bahía de Chesapeake y una cabaña de troncos en Maine.

Los cuatro hijos eran mayores y estaban desperdigados. La señora Stafford prefería viajar mientras que su

marido prefería dedicarse al trabajo.

Nate sacó algunas prendas de abrigo del maletero de su automóvil y disfrutó de una ducha caliente en la

zona de invitados de la casa. La presión del agua era más floja en Brasil. La ducha de la habitación de su hotel

nunca estaba caliente, pero tampoco estaba fría. Las pastillas de jabón eran más pequeñas. Comparó las cosas

que lo rodeaban y recordó con regocijo la ducha del Santa Loura: una cuerda colgando por encima de la taza del

retrete que, cuando uno tiraba de ella, soltaba agua tibia del río a través de una alcachofa. Era más fuerte de lo

que él creía; la aventura que acababa de vivir se lo había enseñado, entre otras cosas.

Se afeitó y se cepilló los dientes, reanudando sus costumbres con mucha calma. Estar en casa le parecía

agradable en muchos sentidos.

John Grisham El testamento

143

El despacho de Josh en el sótano era más espacioso que el que tenía en el bufete, y estaba tan

desordenado como éste. Se reunieron allí para compartir un café. Había llegado el momento de presentar el

informe. Nate empezó por contar los pormenores del malhadado intento de localizar a Rachel por el aire, el

aterrizaje de emergencia, la vaca muerta, los tres chiquillos, la tristeza de la Navidad en el Pantanal. Refirió

también, con lujo de detalles, la historia de su paseo a caballo, su encuentro en el pantano con el caimán, y el

rescate por medio de un helicóptero. No comentó su borrachera de la noche de Navidad; no habría servido de

nada y él se moría de vergüenza de sólo pensar en ella. Describió a Jevy, Welly, el Santa Loura y la excursión al

norte. Recordó que, cuando él y Jevy se habían perdido con la batea, tuvo miedo, pero había tenido tantas cosas

de que ocuparse que eso había impedido que sucumbiese al pánico. Ahora, en la seguridad de la civilización, sus

andanzas por Brasil se le antojaban aterradoras.

Josh quedó muy sorprendido al enterarse del verdadero alcance de aquella aventura. Sintió el impulso de

disculparse ante Nate por haberlo enviado a un lugar tan peligroso, pero estaba claro que la excursión había sido

emocionante. El número de caimanes iba en aumento conforme avanzaba el relato, y a la solitaria anaconda que

tomaba el sol a la orilla del río se añadió otra que nadaba junto a la embarcación.

A continuación, Nate describió a los indios, su desnudez, la insípida comida y la lánguida existencia, al

jefe y su negativa a permitirles marcharse.

Y, finalmente, a Rachel. Al llegar a ese punto del informe, Josh tomó su cuaderno de apuntes y empezó a

hacer anotaciones. Nate la describió minuciosamente, desde la suavidad de su voz hasta las sandalias y las botas

de excursionista; también su choza y su botiquín de medicamentos, a Lako y su cojera, la forma en que los

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