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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.

Se puso al teléfono el mismísimo comandante. Jevy se pasó cinco minutos charlando con él de cosas

relacionadas con el Ejército, —lugares donde habían estado estacionados, personas que conocían— mientras la

luz piloto de las pilas parpadeaba cada vez más rápido y el SatFone se iba quedando poco a poco sin batería.

Nate señaló el piloto; Jevy le explicó al comandante que aquélla era la última oportunidad con que contaban.

No habría ningún problema. Ya tenían un helicóptero a punto y estaban reuniendo a la tripulación. ¿Eran

graves las heridas?

—Internas —contestó Jevy, mirando a Milton.

La fazenda se hallaba a cuarenta minutos en helicóptero, según los pilotos militares. El comandante

aseguró que en una hora estarían allí. Milton sonrió por primera vez aquel día.

Transcurrió una hora y el optimismo empezó a desvanecerse. El sol se estaba poniendo rápidamente por

el oeste y la oscuridad no tardaría en llegar, con lo que un rescate era impensable.

Se dirigieron al avión accidentado, en el que Milton y Jevy se habían pasado toda la tarde trabajando sin

descanso. Habían retirado el ala rota y la hélice, que estaba sobre la hierba cerca del avión, todavía manchada de

sangre. El tren de aterrizaje de la derecha se veía doblado, pero no sería necesario sustituirlo.

Marco y su mujer habían despiezado la vaca muerta. Los restos resultaban visibles entre los arbustos,

cerca de la pista de aterrizaje.

Según Jevy, Milton tenía previsto regresar en una embarcación en cuanto consiguiera encontrar un ala y

una hélice nuevas. A Nate semejante cosa se le antojaba prácticamente imposible. ¿Cómo podía trasladar algo

tan voluminoso como el ala de un avión en una pequeña embarcación que sólo servía para navegar por los

afluentes que surcaban el Pantanal y transportarla después a través de las mismas marismas que había cruzado a

caballo?

Allá él con su problema. Nate tenía otras cosas más importantes en que pensar.

La mujer sirvió café caliente y unas galletas crujientes y todos se sentaron sobre la hierba cerca del

establo, charlando animadamente. Los tres niños se acomodaron al lado de Nate, temiendo que los abandonara.

Transcurrió otra hora.

Fue Tomás, el pequeño, quien primero oyó el sonido. Dijo algo, se levantó, señaló con el dedo y los

demás se quedaron paralizados. La intensidad del sonido aumentó y se convirtió en el inconfundible zumbido de

un helicóptero. Corrieron al centro de la pista de aterrizaje y levantaron los ojos al cielo.

En cuanto el aparato tomó tierra, cuatro soldados saltaron desde la cabina abierta y se acercaron

corriendo al grupo. Nate se arrodilló entre los niños y les entregó diez reais a cada uno.

—Feliz Natal —les dijo.

Después les dio un rápido abrazo, tomó su cartera y corrió hacia el helicóptero.

John Grisham El testamento

51

Mientras despegaban Jevy y Nate saludaron con la mano a la pequeña familia. Milton estaba demasiado

ocupado dando las gracias a los pilotos y soldados. A ciento cincuenta metros de altura, el Pantanal empezó a

extenderse hacia el horizonte. Por el este ya había oscurecido.

Ya era de noche en Corumbá cuando media hora más tarde sobrevolaron la ciudad. El espectáculo que

ofrecían los edificios y las casas, las luces navideñas y el tráfico, era maravilloso. Aterrizaron en la base militar

situada al oeste de la ciudad, en lo alto de una peña que dominaba el río Paraguay. El comandante los recibió y,

después de que le dieran las gracias que tanto se merecía, se sorprendió al comprobar que nadie estaba

gravemente herido y se alegró sinceramente del éxito de la operación. Después los envió a la ciudad en un

todoterreno abierto conducido por un joven soldado raso.

Al llegar a la ciudad, el todoterreno se detuvo de repente delante de una pequeña tienda de alimentación.

Jevy entró en ella y salió con tres botellas de cerveza Brahma. Le dio una a Milton y otra a Nate.

Tras vacilar un instante, Nate abrió la botella y se la acercó a los labios. La cerveza estaba muy fría y era

exquisita. Y, además, estaban en Navidad, qué demonios. Podría dominar la situación.

Mientras recorría las polvorientas calles sentado en la parte trasera del todoterreno con una cerveza fría

en la mano, sintiendo en su rostro la caricia del aire húmedo, recordó la suerte que tenía de estar vivo.

Casi cuatro meses atrás había intentado suicidarse. Y hacía siete horas que había sobrevivido a un

accidente de avión.

Pero el día no le había servido de nada. Estaba tan lejos de Rachel Lane como la víspera.

La primera parada fue el hotel. Nate les deseó a todos feliz Navidad y después subió a su habitación, se

desnudó y se pasó veinte minutos en la ducha.

Había cuatro latas de cerveza en el frigorífico. Se las bebió todas en una hora, diciéndose, cada vez que

se tomaba una, que aquello no significaba que hubiese empezado a deslizarse. No lo conduciría a una caída.

Todo estaba bajo control. Había burlado a la muerte, ¿por qué no celebrarlo con un poco de alegría navideña?

Nadie se enteraría. Podría dominar la situación.

Además, la abstinencia jamás le había dado resultado. Se demostraría a sí mismo que podía tolerar un

poco de alcohol. No habría problema. ¿Qué mal podía haber en unas cuantas cervecitas?

El teléfono lo despertó, pero él tardó un poco en levantar el auricular. La cerveza no le había dejado

ningún efecto residual, aparte del remordimiento, pero la pequeña aventura con el Cessna estaba cobrándose su

tributo. El cuello, los hombros y la cintura ya presentaban un color azul oscuro, formando unas nítidas hileras de

magulladuras en los puntos donde la correa del hombro lo había sujetado mientras el aparato tomaba

violentamente tierra. Tenía por lo menos dos chichones en la cabeza, uno de los cuales producido por un golpe

que no recordaba haberse hecho. Sus rodillas habían traspasado la parte posterior de los respaldos de los asientos

de los pilotos; aunque al principio había pensado que se trataba de heridas leves, su gravedad se había

intensificado durante la noche. Tenía los brazos y el cuello bastante quemados por el sol.

—Feliz Navidad —lo saludó la voz. Era Valdir y ya eran casi las nueve.

—Gracias —contestó Nate—. Igualmente.

—De acuerdo. ¿Cómo te encuentras?

—Muy bien, gracias.

—Bueno, Jevy me llamó anoche y me contó lo del avión. Milton debe de estar loco para pilotar un

aparato en medio de una tormenta. Jamás volveré a utilizar sus servicios.

—Yo tampoco.

—¿Te encuentras bien?

—Sí.

—¿Necesitas un médico?

—No.

Jevy dijo que, en su opinión, te encontrabas bien.

—Y así es; sólo estoy un poco magullado.

Se produjo una breve pausa tras la cual Valdir cambió de tema.

—Esta tarde vamos a celebrar una pequeña fiesta navideña en mi casa. Sólo asistirán mi familia y unos

cuantos amigos. ¿Te apetece venir?

La invitación sonó un poco forzada. Nate no supo si Valdir trataba sencillamente de ser cortés o si era

sólo una cuestión de idioma y acento.

—Es muy amable de tu parte —le dijo—, pero tengo montones de cosas que leer.

—¿Seguro?

—Sí, gracias.

John Grisham El testamento

52

—Muy bien. Tengo una buena noticia. Ayer finalmente conseguí alquilar una embarcación.

A Valdir no le había costado demasiado dejar el asunto de la fiesta y pasar al de la embarcación.

—Estupendo. ¿Cuándo salimos?

—Tal vez mañana. Están preparándola. Jevy conoce la embarcación.

—Estoy deseando navegar por el río. Sobre todo, después de lo de ayer.

A continuación, Valdir se lanzó a un pormenorizado relato de sus tiempos de jugador de béisbol con el

propietario de la embarcación, un tacaño consumado que, al principio, había pedido mil reais a la semana. Lo

habían dejado en seiscientos. Nate escuchaba, pero le daba igual. La herencia Phelan podía permitírselo.

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