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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se

encontraba a cinco mil kilómetros de distancia. Jevy podría haber sobrevivido en una pequeña embarcación. Era

absurdo llegar a conclusiones precipitadas. Tomó la decisión de no llamar hasta que hubieran transcurrido unos

días. Le daría tiempo a Jevy, y seguro que éste regresaría a Corumbá.

De pie en la embarcación, el indio mantenía el equilibrio agarrado a los hombros de Nate. No se había

producido ninguna mejora en el rendimiento del motor; seguía fallando y su potencia no era ni la mitad de la que

desarrollaba cuando habían abandonado el Santa Loura.

Tras su paso por el primer poblado, el río trazaba una curva y se enroscaba casi hasta el extremo de

describir círculos. Cuando se bifurcó, el indio hizo una indicación. Veinte minutos después vieron su pequeña

tienda. Amarraron en el lugar donde Jevy se había bañado a primera hora del día. Levantaron el campamento y

se llevaron sus pertenencias al poblado, donde el jefe quería que se alojaran. Rachel aún no había regresado.

Puesto que ella no pertenecía a la tribu, su choza no estaba en el semicírculo sino aislada a unos treinta

metros de distancia, cerca de la linde del bosque. Parecía más pequeña que las demás y, al preguntar Jevy el

porqué de ello, el indio que les había sido asignado le explicó que se debía a que Rachel no tenía familia. Los

tres —Nate, Jevy y el indio— se pasaron dos horas sentados bajo un árbol a las afueras del poblado,

contemplando los quehaceres cotidianos mientras esperaban a Rachel. Al indio le habían enseñado portugués los

Cooper, el matrimonio de misioneros que estaba allí antes de la llegada de Rachel. Conocía también algunas

palabras en inglés y de vez en cuando probaba a utilizarlas con Nate. Hasta la llegada de los Cooper los ípicas

jamás habían visto a un blanco. La señora Cooper había muerto de malaria y el señor Cooper había regresado a

su lugar de origen.

Los hombres habían salido a cazar y pescar y los jóvenes sin duda estarían correteando detrás de las

chicas. El trabajo más duro —cocinar, hornear, limpiar, cuidar de los hijos— estaba a cargo de las mujeres. El

tiempo transcurría más lentamente al sur del ecuador, pero entre los ipicas el reloj era inexistente.

Las puertas de las chozas estaban abiertas y los niños corrían de una a otra. Las muchachas se trenzaban

el cabello sentadas a la sombra mientras sus madres se afanaban en torno a las hogueras.

La limpieza era una obsesión. El suelo de tierra de las zonas comunes se barría con unas escobas de paja.

La parte exterior de las chozas estaba impecablemente pulcra y aseada. Las mujeres y los niños se bañaban tres

veces al día en el río; los hombres lo hacían dos veces al día, pero nunca con las mujeres. Aunque todos iban

desnudos, ciertas actividades eran privadas.

John Grisham El testamento

103

A última hora de la tarde, los varones se reunieron en el exterior de la casa de los hombres, la más grande

de las dos cabañas rectangulares del centro del poblado. Primero se pasaron un rato arreglándose el cabello —

cortándolo y limpiándolo— y después empezaron a luchar. El combate era cuerpo a cuerpo y consistía en

derribar al contrincante al suelo. Era un juego muy violento, pero se regía por unas normas severas y siempre

terminaba con amplias sonrisas. El jefe resolvía cualquier disputa que pudiera haber. Las mujeres lo

contemplaban todo desde la puerta de sus chozas con muy poco interés y como si de una obligación se tratara.

Los pequeños imitaban a sus padres.

Sentado en un tajo de madera bajo un árbol, Nate presenció un drama de otra era, preguntándose, no por

primera vez, dónde estaba.

Muy pocos de los indios que rodeaban a Nate sabían que la niña se llamaba Ayesh. Sólo era una chiquilla

y vivía en otro poblado. Pero todos sabían que la había mordido una serpiente. Se pasaron el día comentando el

hecho y procuraron no perder de vista a sus hijos.

A la hora de comer se corrió la voz de que la niña había muerto. Un mensajero llegó a toda prisa, le

comunicó la noticia al jefe y ésta se propagó por todas las chozas en cuestión de minutos. Las madres reunieron

a su alrededor a sus pequeños.

Se reanudó la comida hasta que vieron movimiento en el sendero principal. Era Rachel, que regresaba

con Lako y los otros hombres que la habían acompañado. Cuando ella entró en el poblado, los indios dejaron de

comer y se levantaron, inclinando la cabeza mientras ella pasaba por delante de sus chozas. Rachel miró con una

sonrisa a algunos, les susurró unas palabras a otros, se detuvo un instante para decirle algo al jefe y siguió

andando en dirección a su choza, seguida de Lako, cuya cojera se había agravado.

Pasó muy cerca del árbol bajo el cual Nate, Jevy y el indio habían estado esperando casi toda la tarde,

pero no los vio. De hecho, no parecía que prestase atención a nada. Estaba cansada, sufría mucho y deseaba

regresar a su casa.

—¿Y qué hacemos ahora? —le preguntó Nate a Jevy, quien tradujo la pregunta al portugués para que el

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