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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.

Nate no quería discutir porque tampoco estaba seguro.

El propietario del Santa Loura había calumniado a Jevy por toda la ciudad. El barco se había hundido

cuando se encontraba bajo su vigilancia, pero todo el mundo sabía que la culpa la había tenido la tormenta.

Aquel hombre estaba chiflado.

Tal como Nate esperaba, la conversación pasó muy pronto al tema del futuro de Jevy en Estados Unidos.

El muchacho había pedido el visado, pero necesitaba un trabajo y alguien que lo avalara. Cual si fuera un

experto púgil, Nate esquivó los golpes y soltó los suficientes puñetazos para confundir a su amigo. No tenía

valor para decirle que muy pronto él también tendría que empezar a buscarse un empleo.

—Veré qué puedo hacer —dijo.

John Grisham El testamento

194

Jevy tenía un primo en Colorado que también estaba buscando trabajo.

Un mosquito empezó a volar alrededor de su mano. El primer impulso de Nate fue aplastarlo de un fuerte

manotazo, pero, en su lugar, esperó para calibrar la eficacia del repelente. Cuando se cansó de estudiar su

blanco, el mosquito efectuó un repentino descenso en picado hacia el dorso de su mano derecha, pero a cinco

centímetros de distancia se detuvo en seco, se alejó y desapareció. Nate esbozó una sonrisa. Tenía las orejas, el

cuello y la cara completamente untados de aceite.

El segundo ataque de dengue suele provocar hemorragias. Es mucho peor que el primero y, a menudo, de

fatales consecuencias. Nate O'Riley no sería su víctima.

Estaban conversando de cara al poblado. Nate permanecía alerta. Esperaba ver aparecer a Rachel de un

momento a otro, moviéndose con elegancia entre las csendero para saludarlos. En aquellos momentos ya debía

de saber que el norteamericano había vuelto.

Pero ¿sabía que se trataba de Nate? ¿Y si el joven ípica no los había reconocido y Rachel temiese que

alguien más la hubiera localizado?

De pronto, vieron al jefe acercarse lentamente hacia ellos. Llevaba una larga lanza ceremonial y lo seguía

un ípica a quien Nate reconoció. Ambos se detuvieron al borde del sendero, a unos quince metros del banco. No

sonreían; es más, la actitud del jefe era más bien hostil.

—¿Qué os trae por aquí? —preguntó en portugués.

—Dile que queremos ver a la misionera —dijo Nate, y Jevy tradujo sus palabras.

—¿Por qué? —inquirió el jefe.

Jevy le explicó que el norteamericano había viajado desde muy lejos y necesitaba ver a la mujer.

—¿Por qué? —volvió a preguntar el jefe.

Porque tenían asuntos de que hablar, asuntos que ni el jefe ni Jevy podían comprender. Era algo muy

importante, de otro modo, el norteamericano no habría viajado hasta allí.

Nate recordó que el jefe era un hombre jovial, de sonrisa fácil y temperamento impulsivo. Ahora su

rostro era casi inexpresivo. Desde quince metros de distancia lo miraba con dureza. La vez anterior había

insistido en que se sentaran en torno del fuego y compartieran su desayuno. Ahora, en cambio, procuraba

permanecer lo más lejos posible de ellos. Algo había ocurrido. Algo había cambiado.

Les indicó que aguardaran y se marchó muy despacio en dirección al poblado. Transcurrió media hora.

Para entonces, Rachel ya debía de saber que Nate y Jevy estaban allí, pues el jefe se lo habría dicho. Sin

embargo, no venía a saludarlos.

Una nube ocultó el sol y Nate la estudió detenidamente. Era grande y blanca, y su aspecto no resultaba en

modo alguno amenazador, pero a pesar de todo hizo que se sintiera inquieto. Como oyera un trueno en la

distancia, saldría por piernas. Se comieron unos bocadillos de queso mientras aguardaban sentados en la

embarcación.

De pronto, oyeron que el jefe los llamaba con un silbido. Se acercaba a ellos procedente del poblado,

pero nadie lo acompañaba. Se reunieron a medio camino y lo siguieron a lo largo de unos treinta metros;

después cambiaron de dirección y se adentraron en otro sendero que discurría por detrás de las cabañas. Nate vio

la zona común del poblado. Estaba desierta y no había ni un solo ipica paseando por allí. Las jóvenes tampoco

estaban barriendo la tierra que rodeaba las chozas. No se veían mujeres cocinando o limpiando. No se escuchaba

el menor sonido. El único movimiento era el del humo de las fogatas.

Nate vio entonces unos rostros en las ventanas y unas cabectas que asomaban por las puertas. Estaban

observándolos. El jefe los mantenía bien apartados de las chozas, como si fueran portadores de enfermedades.

Después enfiló otro sendero que atravesaba parcialmente la selva. Cuando salieron a un claro, vieron al otro lado

la choza de Rachel.

Pero no había ni rastro de ella. El jefe pasó con ellos por delante de la puerta y los acompañó a la parte

lateral, donde, a la sombra de los grandes árboles, vieron las sepulturas.

Los indios habían labrado y pulido cuidadosamente las blancas cruces de madera y después las habían

atado con un cordel. Eran pequeñas, de menos de treinta centímetros de altura, y estaban clavadas en la fresca

tierra de la parte superior de las sepulturas. No había nada en ellas que indicara quién había muerto y cuándo.

Estaba oscuro bajo los árboles. Nate dejó su bolsa de viaje en el suelo, entre las sepulturas, y se sentó

encima de ella. El jefe empezó a hablar en un rápido y suave susurro.

—La mujer está a la izquierda; Lako a la derecha. Murieron el mismo día, hace unas dos semanas —

tradujo Jevy—. Desde que nos fuimos la malaria ha matado a diez personas.

El jefe soltó una larga parrafada sin detenerse para que tradujeran sus palabras. Nate oyó las palabras,

pero sólo su sonido. Contempló el montículo de tierra de la izquierda, un pulcro montón de negra tierra que

formaba un perfecto rectángulo bordeado por ramas cortadas de unos diez centímetros de grosor. Allí estaba

John Grisham El testamento

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enterrada Rachel Lane, la persona más valiente que él jamás hubiera conocido, pues no temía la muerte sino que

estaba dispuesta a recibirla con agrado. Ya descansaba en paz, su alma se había reunido por fin con el Señor y su

cuerpo yacía para siempre entre las personas a las que amaba.

Y Lako se hallaba a su lado, con un cuerpo celestial libre de defectos y dolencias.

Nate estaba impresionado y a la vez no lo estaba. Su muerte había sido trágica y no lo había sido. No se

trataba de una joven madre y esposa que dejaba una familia. No tenía un amplio círculo de amistades que se

apresuraría a llorar su muerte. Sólo unas pocas personas de su tierra natal sabrían que había muerto, y para

aquellos que la habían enterrado constituía una rareza.

Él la conocía lo bastante para saber que no hubiera querido que la lloraran. No le hubiesen gustado las

lágrimas, y Nate no derramó ninguna. Por un instante contempló su sepultura con incredulidad, pero enseguida

se impuso la realidad. No era una amiga con la que hubiera compartido muchos momentos. Apenas si la había

tratado. Sus motivos para buscarla eran de carácter puramente egoísta. Él había invadido su intimidad y ella le

había rogado que no regresara.

A pesar de todo, su muerte le dolía. Había pensado en ella todos los días desde que dejara el Pantanal.

Soñaba con ella, percibía su contacto, oía su voz, recordaba su sabiduría. Le había enseñado a rezar y le había

dado esperanza. Era la primera persona, desde hacía varias décadas, que había visto algo bueno en él.

Jamás había conocido a nadie como Rachel Lane, y la echaba enormemente de menos.

El jefe parecía muy taciturno.

—Dice que no podemos quedarnos mucho rato —tradujo Jevy.

—¿Por qué no? —preguntó Nate sin apartar los ojos de la sepultura.

—Los espíritus nos culpan de la malaria, pues la enfermedad vino con nosotros. No les gusta vernos.

—Dile que los espíritus son unos payasos.

—Quiere enseñarle una cosa.

Poco a poco Nate se levantó y miró al jefe. Entraron en la choza de Rachel, inclinándose para pasar por la

puerta. El suelo era de tierra. Había dos habitaciones. La anterior tenía un mobiliario muy primitivo, consistente

en una silla hecha de cañas y cuerdas y un sofá con tocones de troncos a modo de patas y paja en lugar de

cojines. La habitación de atrás hacía las veces de dormitorio y cocina. Rachel dormía en una hamaca, como los

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