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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se

levantaba una impresionante cadena montañosa cuya base estaba cubierta por unos espesos bosques a través de

los cuales serpeaba el río.

Por encima de las cumbres de las montañas, la tormenta se acercaba rápidamente a ellos. De repente, el

cielo se encapotó mucho más de lo que ya estaba y unas fuertes ráfagas de viento empezaron a azotar el Cessna.

Éste descendió en picado, como consecuencia de lo cual Nate se golpeó la cabeza contra el techo de la cabina y

se llevó un susto de muerte.

—Vamos a volver —gritó Jevy.

Su voz no sonaba tan tranquila como Nate hubiera deseado. La expresión del rostro de Milton era

Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El

aparato se desvió bruscamente a la derecha, primero hacia el este y después en dirección al sureste para

completar la vuelta y seguir rumbo al sur, donde un horrible espectáculo los esperaba. El cielo en la dirección de

Corumbá estaba totalmente encapotado.

Milton decidió girar rápidamente hacia el este y le dijo algo a Jevy.

—No podemos regresar a Corumbá —gritó Jevy hacia el asiento de atrás—. Quiere buscar una fazenda.

Tomaremos tierra y esperaremos a que pase la tormenta.

Hablaba en tono de nerviosismo y preocupación y su acento era mucho más marcado que de costumbre.

Nate intentó asentir con la cabeza, que las sacudidas movían de un lado para otro, y el primer golpe que

se había dado contra el techo le había provocado un doloroso chichón. Por si fuera poco, empezaba a

revolvérsele el estómago.

Por unos instantes pareció que la carrera la ganaría el Cessna. No era posible, pensó Nate, que un aparato

del tamaño que fuera no le ganase la partida a una tormenta. Se rascó la coronilla y prefirió no mirar hacia atrás.

Pero ahora las oscuras nubes estaban acercándose por los lados.

Hace falta ser un piloto retrasado y medio lelo para despegar sin comprobar primero el funcionamiento

del radar. Por otra parte, el radar, en caso de que lo hubiera, debía de tener veinte años de antigüedad y

seguramente lo habían desenchufado.

La lluvia golpeaba el aparato y el viento aullaba a su alrededor mientras las nubes pasaban velozmente

por su lado. La tormenta los alcanzó y el pequeño avión fue zarandeado violentamente hacia arriba y hacia abajo

y empujado de un lado al otro. Durante dos minutos que parecieron una eternidad Milton no pudo dominarlo a

causa de la turbulencia. Aquello era como si cabalgaran a lomos de un potro cerril en lugar de pilotar un avión.

Nate miraba a través de la ventanilla pero no veía nada, ni agua ni marjales ni preciosas fazendas con

largas pistas de aterrizaje. Se hundió todavía más en su asiento. Apretó los dientes y se hizo el firme propósito

de no vomitar.

Una bolsa de aire hizo que el aparato cayera treinta metros en menos de dos segundos. Los tres hombres

soltaron una maldición. La de Nate fue «¡Mierda!». Sus acompañantes brasileños juraron en portugués. Los tres

reflejaban un profundo temor.

Se produjo una pausa muy breve en cuyo transcurso el viento amainó. Milton empujó hacia delante la

palanca de mando e inició un descenso en picado. Nate se armó de valor, asiendo con ambas manos el respaldo

John Grisham El testamento

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del asiento del piloto y, por primera y Dios quisiera que por última en su vida, se sintió un kamikaze. El corazón

le palpitaba con furia y el estómago se le había subido a la garganta. Cerró los ojos y pensó en Sergio y en el

profesor de yoga de Walnut Hill que le había enseñado a rezar y meditar. Trató de hacer lo uno y lo otro, pero le

fue imposible, allí atrapado en el interior de un aparato que estaba a punto de estrellarse. Se encontraba a pocos

segundos de la muerte.

El trueno que sonó justo por encima del Cessna los hizo estremecer hasta el tuétano y los dejó tan

aturdidos como un disparo en una habitación a oscuras. Nate temió que le estallaran los tímpanos. La caída

terminó a ciento cincuenta metros del suelo. Milton luchó contra el viento y consiguió nivelar el aparato.

—¡Mire a ver si divisa una fazenda! —le gritó Jevy a Nate desde la parte delantera del aparato.

Nate miró a regañadientes a través de la ventana. La lluvia azotaba la tierra, el viento agitaba los árboles

y las pequeñas lagunas estaban cubiertas de cabrillas. Jevy estudió un mapa, pero se encontraban

irremediablemente perdidos. El agua caía en blancas sábanas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros.

En determinados momentos, Nate apenas distinguía el suelo. Estaban rodeados de torrentes de lluvia y el fuerte

viento los empujaba de lado y sacudía el pequeño avión cual si fuera una cometa. Milton luchó con los mandos

mientras Jevy miraba desesperadamente en todas direcciones. No pensaban estrellarse sin oponer resistencia.

Pero Nate ya se había dado por vencido. Si no podían ver el suelo, ¿cómo iban a aterrizar sanos y salvos?

Lo peor de la tormenta aún no los había alcanzado. Todo estaba perdido.

No quería hacer ningún trato con Dios. Se lo tenía merecido por la clase de vida que había llevado.

Centenares de personas morían cada año en accidentes de aviación; él no era mejor que cualquiera de ellos.

Vislumbró vagamente un río justo por debajo de ellos y, de repente, se acordó de los caimanes y las

anacondas. Se horrorizó al pensar en un aterrizaje de emergencia en un pantano. Se imaginó gravemente herido,

aferrándose a la vida, luchando por sobrevivir, tratando de conseguir que funcionara el maldito teléfono satélite

mientras intentaba al mismo tiempo repeler a los hambrientos reptiles. Otro trueno sacudió la cabina y entonces

Nate decidió luchar. Estudió el suelo en un vano intento de localizar una fazenda. El fulgor de un relámpago los

cegó momentáneamente. El motor vaciló, estuvo a punto de detenerse, se recuperó y volvió a rugir. Milton

descendió a ciento veinte metros del suelo, una altura que en circunstancias normales no era peligrosa. Pero por

lo menos en el Pantanal no tenía uno que preocuparse por la presencia de colinas o montañas.

Nate se apretó todavía más la correa del hombro y después vomitó entre las piernas. No le dio vergüenza

hacerlo. Estaba muerto de miedo.

La oscuridad los engulló. Milton y Jevy gritaban y temblaban por las sacudidas, tratando de controlar el

aparato. Sus hombros se juntaban y golpeaban. El mapa, totalmente inútil, estaba entre las piernas de Jevy.

Por debajo de ellos se arremolinaba la tormenta. Milton bajó a sesenta metros. Desde aquella altura se

podían ver retazos de suelo. Una ráfaga de viento azotó el Cessna, empujándolo hacia un lado, y entonces Nate

se dio cuenta de lo desesperada que era la situación. Vio un objeto blanco abajo, gritó y lo señaló.

—¡Una vaca! ¡Una vaca! —repuso Jevy, traduciéndole las palabras a Milton.

Efectuaron el descenso atravesando las nubes a veinticinco metros bajo una lluvia cegadora y

sobrevolaron el rojo tejado de una casa. Jevy volvió a gritar e indicó algo que acababa de ver a través de su

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