- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
estuviera incapacitado para testar en el momento en que firmó ese documento.
—0 sea, que su memoria va y viene.
—Mi memoria es lo que yo quiero que sea y nadie puede discutirlo.
—¿Qué quiere?
—Dinero.
—¿Cuánto?
—Cinco millones.
—Es mucho.
—No es nada. Lo cobraré de una parte o de la otra. Da igual.
—¿Y cómo voy a conseguir yo los cinco millones de dólares para usted?
—Lo ignoro. Yo no soy abogado. Supongo que usted y sus compinches podrán sacarse de la manga
algún sucio plan.
Se produjo una prolongada pausa en cuyo transcurso Hark empezó, en efecto, a sacarse un plan de la
manga. Tenía muchas preguntas, pero sospechaba que no obtendría demasiadas respuestas. Al menos por el
momento.
—¿Algún otro testigo? —preguntó.
—Sólo uno. Se llama Nicolette. Fue la última secretaria del señor Phelan.
—¿Cuánto sabe?
—Depende. Se la puede comprar.
—Por lo que veo, ya ha hablado usted con ella.
—Hablo todos los días. Digamos que formamos un solo paquete.
—¿Cuánto por ella?
—Estará incluida en los cinco millones.
—Una auténtica ganga. ¿Alguien más?
John Grisham El testamento
91
—Nadie importante.
Hark cerró los ojos y se frotó las sienes.
—No me opongo a los cinco millones que usted pide —dijo, pellizcándose el puente de la nariz—, lo que
ocurre es que no sé cómo haremos para canalizarlo hacia usted.
—Estoy seguro de que ya se le ocurrirá algo.
—Déme un poco de tiempo si es usted tan amable. He de pensarlo.
—No tengo prisa. Le doy una semana. Si dice que no, me iré a otra parte.
—No hay ninguna otra parte.
—No esté tan seguro.
—¿Sabe usted algo acerca de Rachel Lane?
—Lo sé todo —contestó Snead, abandonando el despacho.
Los primeros rayos de la aurora no aportaron ninguna sorpresa. Estaban amarrados a un árbol junto a la
orilla de un pequeño río que era exactamente igual que todos los demás que habían visto. Unas densas nubes
cubrían nuevamente el cielo; la luz del día tardó mucho en aparecer.
El desayuno consistió en una cajita de galletas, la última ración que Welly había incluido en su equipaje.
Nate comió muy despacio, preguntándose cuándo volvería a probar bocado.
La corriente era muy fuerte y, en cuanto amaneció, se dejaron llevar por ella. Estaban ahorrando
combustible y retrasando el momento en que Jevy se vería obligado a intentar poner nuevamente en marcha el
motor.
Fueron arrastrados hasta una zona anegada en la que confluían tres ríos y, por un instante, la embarcación
quedó inmóvil.
—Creo que nos hemos perdido, ¿verdad? —dijo Nate.
—Sé exactamente dónde estamos —repuso Jevy.
—¿Dónde?
—Aquí, en el Pantanal, y todos los ríos desembocan en el Paraguay.
—Al final.
—Sí, al final.
Jevy retiró la tapa del motor y secó el carburador. Ajustó la abertura del estrangulador, examinó el nivel
del aceite y después probó a poner en marcha el motor. Al quinto tirón, se puso en marcha, se caló y se paró del
todo.
«Esto es el fin —pensó Nate—. Me ahogaré, me moriré de hambre o me devorarán, pero aquí, en este
Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
De pronto, para su gran sorpresa, oyeron un grito. Parecía la voz de una muchacha. Los gruñidos del
motor habían atraído la atención de otro ser humano. La voz procedía de un marjal cubierto de maleza que había
junto a la orilla de uno de los ríos. Jevy gritó y, segundos después, la voz le contestó.
Un muchacho de no más de quince años emergió de la maleza a bordo de una pequeña canoa labrada a
mano a partir del tronco de un árbol. Utilizando un remo de fabricación casera, el muchacho cortaba el agua con
asombrosa soltura y velocidad.
—Bom dia —dijo con una ancha sonrisa en los labios.
El rostro era moreno y cuadrado, probablemente el más bello que Nate hubiera visto en muchos años.
Arrojó un cabo y ambas embarcaciones quedaron unidas.
Jevy y el chico se enzarzaron en una larga y pausada conversación. Al cabo de un rato, Nate empezó a
ponerse nervioso.
—¿Qué dice? —le preguntó a Jevy.
El chico miró a Nate, y Jevy le dijo:
—Norteamericano. —Luego se volvió hacia éste él, nos encontramos muy lejos del río Cabixa.
—Vaya noticia; eso ya lo sabíamos.
—Dice que el Paraguay está hacia el este, a medio día de distancia desde aquí.
—En canoa, ¿verdad?
—No, en avión.
—Muy gracioso. ¿Cuánto tardaremos?
—Cuatro horas más o menos.
John Grisham El testamento
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Cinco o quizá seis horas. Siempre y cuando el motor funcionara debidamente. Les llevaría una semana si
tuvieran que remar valiéndose de los canaletes.
Se reanudó la pausada conversación en portugués. En la canoa no había más que un rollo de sedal en
torno de una lata y un tarro lleno de una sustancia fangosa que Nate supuso que contenía gusanos o alguna
especie de cebo. ¿Qué conocimientos tenía él del arte de la pesca? Se rascó las picaduras de mosquito.
El año anterior había ido a esquiar a Utah con los chicos. El trago del día había sido una especie de
brebaje a base de tequila que, como era de esperar, él bebió con deleite hasta perder el conocimiento. La resaca
le duró dos días.
La conversación se animó y, de pronto, los jóvenes señalaron algo con el dedo.
Jevy miró a Nate mientras hablaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nate.
—Los indios no están muy lejos.
—¿A qué distancia?
—A una hora, o quizá dos.
—¿Él puede acompañarnos?
—Yo conozco el camino.
—No me cabe la menor duda, pero me sentiría más tranquilo si él viniera con nosotros.
Aquello constituía una leve ofensa al orgullo de Jevy; sin embargo dadas las circunstancias, éste no podía
protestar.
—Es posible que pida un poco de dinero.
—Lo que sea.
Si el chico supiera. La fortuna Phelan a un lado de la mesa y aquel flacucho pantaneiro al otro. Nate
sonrió al imaginarse la escena. ¿Qué tal una flota de canoas, con cañas de pescar, carretes y sondas? «Pide lo
que quieras, hijo, y lo tendrás», pensó Nate.
—Diez reais dijo Jevy tras una breve negociación.
—Muy bien.
Por unos diez dólares los conducirían hasta Rachel Lane. Elaboraron un plan. Jevy inclinó el motor hacia
un lado para que la hélice asomara por encima de la superficie y empezaron a remar. Siguieron al muchacho de
la canoa durante unos veinte minutos hasta penetrar en un pequeño y somero río con corrientes muy rápidas.
Nate sacó el canalete del agua, recuperó el resuello y se enjugó el sudor del rostro. El corazón le latía
apresuradamente y se sentía agotado. Las nubes se habían abierto y el sol brillaba con fuerza.
Jevy empezó a trabajar con el motor. Afortunadamente, consiguió ponerlo en marcha y no se caló.
Siguieron al chico, cuya canoa iba por delante, sin dificultad, de la averiada fuera de borda.
Ya era casi la una cuando encontraron la elevación de terreno. La crecida fue remitiendo poco a poco, los
ríos volvieron a estar bordeados de densa vegetación y había árboles por todas partes. El chico estaba muy serio
y extrañamente preocupado por la posición del sol.
Justo allí arriba —le indicó a Jevy—. A la vuelta de la curva. —Tenía miedo de seguir adelante—. Yo me
quedo aquí —añadió—. Debo volver a casa.
Nate le entregó el dinero y ambos le dieron las gracias. El muchacho se alejó llevado por la corriente y
pronto se perdió de vista. Ellos siguieron adelante con una embarcación que, aun cuando se detenía y navegaba a
la mitad de la velocidad, los conducía poco a poco a su destino.
El río se adentró en la selva, las ramas de los árboles colgaban muy bajo por encima del agua, formando
una especie de túnel que impedía el paso de la luz. Todo estaba oscuro y el irregular zumbido del motor de la
batea resonaba en las orillas. Nate tuvo la inquietante sensación de que los observaban. Casi le parecía sentir la
presencia de las flechas con que estaban apuntándoles. Se preparó para un ataque con letales flechas
envenenadas por parte de unos salvajes adornados con pinturas de guerra y adiestrados para matar a cualquiera
que tuviera el rostro blanco.
Pero entonces vieron a unos niños morenos que chapoteaban alegremente en el agua. El túnel terminaba
en las inmediaciones de un poblado.
Las madres también se estaban bañando, tan desnudas como sus hijos y con la mayor naturalidad del
mundo. Al ver la embarcación, retrocedieron hacia la orilla. Jevy apagó el motor y, al advertir que se acercaban,
empezó a hablar con una sonrisa en los labios. Una chica más crecida huyó en dirección al poblado.
—¿Fala portugués? —les preguntó Jevy a las cuatro mujeres y los siete niños.
Ellos lo miraron en silencio. Los más pequeños se escondieron detrás de sus madres. Las mujeres eran de
baja estatura, cuerpo achaparrado y pechos menudos.
John Grisham El testamento
93
—¿Son pacíficos? —preguntó Nate.
—Los hombres nos lo dirán.
Los hombres aparecieron a los pocos minutos. Eran tres, también de baja estatura, rechonchos y
musculosos. Llevaban las partes pudendas cubiertas con unas bolsitas de cuero.
El mayor dijo hablar la lengua de Jevy, pero su portugués era muy rudimentario. Nate se quedó en la
barca, donde la situación parecía más segura, mientras Jevy se apoyaba en el tronco de un árbol de la orilla e
intentaba hacerse comprender. Los indios rodearon a Jevy, que era por lo menos treinta centímetros más alto que
ellos.
Tras varios minutos Nate dijo:
—Traduce, por favor. Los indios lo miraron.
—Norteamericano —explicó Jevy, y de inmediato se inició otra conversación de repeticiones y gestos
con las manos.
—¿Qué dicen de la mujer? —preguntó Nate.
—Aún no hemos llegado a eso. Todavía estoy intentando convencerlos de que no le quemen vivo.
—Inténtalo un poco más.
Aparecieron otros indios. Las chozas se encontraban a unos cien metros de distancia, cerca de la linde del
bosque. Río arriba, media docena de canoas estaban amarradas a la orilla. Los niños empezaron a aburrirse y
poco a poco se apartaron de sus madres y se acercaron a la embarcación para inspeccionarla. También les
llamaba mucho la atención el hombre del rostro blanco. Nate sonrió, les guiñó un ojo y no tardó en arrancarles
una sonrisa. Si Welly no hubiera sido tan condenadamente tacaño con las galletas, Nate habría podido compartir
algo con ellos.
La conversación siguió adelante. El indio que hablaba con Jevy se volvía de vez en cuando hacia sus
compañeros para facilitarles un informe y sus palabras provocaban, de forma inevitable, una gran consternación.
Su lenguaje consistía en una serie de gruñidos y sonidos emitidos sin apenas mover los labios.
—¿Qué dice? —preguntó Nate en tono quejumbroso.
—No lo sé —contestó Jevy.
Un chiquillo apoyó la mano en el borde de la embarcación y estudió a Nate con unas negras pupilas tan
grandes como monedas de un cuarto de dólar. Después, dijo en inglés:
—Hola.
Nate comprendió entonces que estaban en el lugar adecuado. Sólo él lo había oído. Inclinándose hacia
delante, le susurró al niño:
—Hola.
—Adiós —repuso el niño en inglés, sin moverse de donde estaba. De modo que Rachel le había enseñado
por lo menos dos palabras inglesas.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Nate, bajando la voz.
—Hola —repitió el niño.
Bajo el árbol, la traducción seguía el mismo ritmo de antes. Mientras los hombres conversaban
animadamente, las mujeres permanecían en silencio.
—¿Qué dicen de la mujer? —insistió Nate.
—Se lo he preguntado. No tienen respuesta.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé muy bien. Creo que está aquí, pero por algún motivo se muestran reticentes.
—Pero ¿por qué se muestran reticentes?
Jevy frunció el ceño y desvió la mirada. ¿Cómo podía él saberlo?
Hablaron un poco más y, de pronto, los indios se retiraron, primero los hombres, después las mujeres y,
finalmente, los niños, alejándose en fila hacia el poblado; y desaparecieron.
—¿Los has hecho enfadar?
—No. Quieren celebrar una especie de reunión.
—¿Crees que ella está aquí?
—Sí.
Jevy se sentó en la embarcación y se dispuso a echar una siesta. Ya era casi la una, cualquiera que fuera
el huso horario en el que se encontraran. Pasó la hora del almuerzo sin que hubieran comido siquiera una
reblandecida galletita salada.
John Grisham El testamento
94
La caminata empezó hacia las tres. Un reducido grupo de jóvenes los acompañó desde la orilla del río por
un sendero de tierra que conducía al poblado. Pasaron entre las chozas, donde todo el mundo los contempló en
silencio, y enfilaron otro camino que se adentraba en el bosque.
«Es una marcha hacia la muerte —pensó Nate—. Nos llevan a la selva para cumplir un sangriento ritual
de la Edad de Piedra.» Jevy caminaba por delante de él con paso rápido y seguro.
—¿Adónde demonios vamos? —preguntó en un sibilante susurro, cual si fuera un prisionero de guerra
temeroso de ofender a quienes lo habían apresado.
—Tranquilícese.
Llegaron a un claro. Volvían a estar muy cerca de la orilla del río. El que encabezaba la marcha se detuvo
y señaló algo con el dedo. En la ribera, una anaconda estaba tomando el sol. Era negra y tenía unas marcas
amarillas en la parte inferior. Debía de medir unos treinta centímetros de diámetro por lo menos.
—¿Qué longitud tiene? —preguntó Nate.
—Seis o siete metros. Al final, ha visto usted una anaconda —dijo Jevy.
Nate sintió que le temblaban las rodillas y se le secaba la boca. Había estado bromeando acerca de las
serpientes, y ahora que contemplaba una de verdad el espectáculo resultaba verdaderamente asombroso.
—Algunos indios adoran a las serpientes —le informó Jevy.
«Entonces, ¿qué están haciendo nuestros misioneros?», pensó Nate. Le preguntaría a Rachel sobre
aquella práctica.
Al parecer, los mosquitos sólo lo molestaban a él. Los indios eran inmunes a sus picaduras, y Jevy jamás
tenía que ahuyentarlos de un manotazo. En cambio, él no paraba de rascarse hasta hacerse sangre. Se había
olvidado el repelente en la embarcación, junto con la tienda, el machete y todas sus posesiones, que sin duda los
niños estarían examinando con curiosidad.
La caminata tuvo un carácter de aventura durante media hora, pero después el calor y los insectos
hicieron que la situación resultara más bien aburrida.
—¿Vamos muy lejos? —preguntó Nate sin demasiada esperanza de obtener una respuesta exacta.
Jevy le dijo algo al hombre que encabezaba la marcha y éste contestó.
—No mucho —fue la respuesta que transmitió Jevy.
Cruzaron otro sendero y se adentraron en otro más ancho. La zona estaba más concurrida. No tardaron en
