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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe

estuviera incapacitado para testar en el momento en que firmó ese documento.

—0 sea, que su memoria va y viene.

—Mi memoria es lo que yo quiero que sea y nadie puede discutirlo.

—¿Qué quiere?

—Dinero.

—¿Cuánto?

—Cinco millones.

—Es mucho.

—No es nada. Lo cobraré de una parte o de la otra. Da igual.

—¿Y cómo voy a conseguir yo los cinco millones de dólares para usted?

—Lo ignoro. Yo no soy abogado. Supongo que usted y sus compinches podrán sacarse de la manga

algún sucio plan.

Se produjo una prolongada pausa en cuyo transcurso Hark empezó, en efecto, a sacarse un plan de la

manga. Tenía muchas preguntas, pero sospechaba que no obtendría demasiadas respuestas. Al menos por el

momento.

—¿Algún otro testigo? —preguntó.

—Sólo uno. Se llama Nicolette. Fue la última secretaria del señor Phelan.

—¿Cuánto sabe?

—Depende. Se la puede comprar.

—Por lo que veo, ya ha hablado usted con ella.

—Hablo todos los días. Digamos que formamos un solo paquete.

—¿Cuánto por ella?

—Estará incluida en los cinco millones.

—Una auténtica ganga. ¿Alguien más?

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—Nadie importante.

Hark cerró los ojos y se frotó las sienes.

—No me opongo a los cinco millones que usted pide —dijo, pellizcándose el puente de la nariz—, lo que

ocurre es que no sé cómo haremos para canalizarlo hacia usted.

—Estoy seguro de que ya se le ocurrirá algo.

—Déme un poco de tiempo si es usted tan amable. He de pensarlo.

—No tengo prisa. Le doy una semana. Si dice que no, me iré a otra parte.

—No hay ninguna otra parte.

—No esté tan seguro.

—¿Sabe usted algo acerca de Rachel Lane?

—Lo sé todo —contestó Snead, abandonando el despacho.

Los primeros rayos de la aurora no aportaron ninguna sorpresa. Estaban amarrados a un árbol junto a la

orilla de un pequeño río que era exactamente igual que todos los demás que habían visto. Unas densas nubes

cubrían nuevamente el cielo; la luz del día tardó mucho en aparecer.

El desayuno consistió en una cajita de galletas, la última ración que Welly había incluido en su equipaje.

Nate comió muy despacio, preguntándose cuándo volvería a probar bocado.

La corriente era muy fuerte y, en cuanto amaneció, se dejaron llevar por ella. Estaban ahorrando

combustible y retrasando el momento en que Jevy se vería obligado a intentar poner nuevamente en marcha el

motor.

Fueron arrastrados hasta una zona anegada en la que confluían tres ríos y, por un instante, la embarcación

quedó inmóvil.

—Creo que nos hemos perdido, ¿verdad? —dijo Nate.

—Sé exactamente dónde estamos —repuso Jevy.

—¿Dónde?

—Aquí, en el Pantanal, y todos los ríos desembocan en el Paraguay.

—Al final.

—Sí, al final.

Jevy retiró la tapa del motor y secó el carburador. Ajustó la abertura del estrangulador, examinó el nivel

del aceite y después probó a poner en marcha el motor. Al quinto tirón, se puso en marcha, se caló y se paró del

todo.

«Esto es el fin —pensó Nate—. Me ahogaré, me moriré de hambre o me devorarán, pero aquí, en este

Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»

De pronto, para su gran sorpresa, oyeron un grito. Parecía la voz de una muchacha. Los gruñidos del

motor habían atraído la atención de otro ser humano. La voz procedía de un marjal cubierto de maleza que había

junto a la orilla de uno de los ríos. Jevy gritó y, segundos después, la voz le contestó.

Un muchacho de no más de quince años emergió de la maleza a bordo de una pequeña canoa labrada a

mano a partir del tronco de un árbol. Utilizando un remo de fabricación casera, el muchacho cortaba el agua con

asombrosa soltura y velocidad.

—Bom dia —dijo con una ancha sonrisa en los labios.

El rostro era moreno y cuadrado, probablemente el más bello que Nate hubiera visto en muchos años.

Arrojó un cabo y ambas embarcaciones quedaron unidas.

Jevy y el chico se enzarzaron en una larga y pausada conversación. Al cabo de un rato, Nate empezó a

ponerse nervioso.

—¿Qué dice? —le preguntó a Jevy.

El chico miró a Nate, y Jevy le dijo:

—Norteamericano. —Luego se volvió hacia éste él, nos encontramos muy lejos del río Cabixa.

—Vaya noticia; eso ya lo sabíamos.

—Dice que el Paraguay está hacia el este, a medio día de distancia desde aquí.

—En canoa, ¿verdad?

—No, en avión.

—Muy gracioso. ¿Cuánto tardaremos?

—Cuatro horas más o menos.

John Grisham El testamento

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Cinco o quizá seis horas. Siempre y cuando el motor funcionara debidamente. Les llevaría una semana si

tuvieran que remar valiéndose de los canaletes.

Se reanudó la pausada conversación en portugués. En la canoa no había más que un rollo de sedal en

torno de una lata y un tarro lleno de una sustancia fangosa que Nate supuso que contenía gusanos o alguna

especie de cebo. ¿Qué conocimientos tenía él del arte de la pesca? Se rascó las picaduras de mosquito.

El año anterior había ido a esquiar a Utah con los chicos. El trago del día había sido una especie de

brebaje a base de tequila que, como era de esperar, él bebió con deleite hasta perder el conocimiento. La resaca

le duró dos días.

La conversación se animó y, de pronto, los jóvenes señalaron algo con el dedo.

Jevy miró a Nate mientras hablaba.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nate.

—Los indios no están muy lejos.

—¿A qué distancia?

—A una hora, o quizá dos.

—¿Él puede acompañarnos?

—Yo conozco el camino.

—No me cabe la menor duda, pero me sentiría más tranquilo si él viniera con nosotros.

Aquello constituía una leve ofensa al orgullo de Jevy; sin embargo dadas las circunstancias, éste no podía

protestar.

—Es posible que pida un poco de dinero.

—Lo que sea.

Si el chico supiera. La fortuna Phelan a un lado de la mesa y aquel flacucho pantaneiro al otro. Nate

sonrió al imaginarse la escena. ¿Qué tal una flota de canoas, con cañas de pescar, carretes y sondas? «Pide lo

que quieras, hijo, y lo tendrás», pensó Nate.

—Diez reais dijo Jevy tras una breve negociación.

—Muy bien.

Por unos diez dólares los conducirían hasta Rachel Lane. Elaboraron un plan. Jevy inclinó el motor hacia

un lado para que la hélice asomara por encima de la superficie y empezaron a remar. Siguieron al muchacho de

la canoa durante unos veinte minutos hasta penetrar en un pequeño y somero río con corrientes muy rápidas.

Nate sacó el canalete del agua, recuperó el resuello y se enjugó el sudor del rostro. El corazón le latía

apresuradamente y se sentía agotado. Las nubes se habían abierto y el sol brillaba con fuerza.

Jevy empezó a trabajar con el motor. Afortunadamente, consiguió ponerlo en marcha y no se caló.

Siguieron al chico, cuya canoa iba por delante, sin dificultad, de la averiada fuera de borda.

Ya era casi la una cuando encontraron la elevación de terreno. La crecida fue remitiendo poco a poco, los

ríos volvieron a estar bordeados de densa vegetación y había árboles por todas partes. El chico estaba muy serio

y extrañamente preocupado por la posición del sol.

Justo allí arriba —le indicó a Jevy—. A la vuelta de la curva. —Tenía miedo de seguir adelante—. Yo me

quedo aquí —añadió—. Debo volver a casa.

Nate le entregó el dinero y ambos le dieron las gracias. El muchacho se alejó llevado por la corriente y

pronto se perdió de vista. Ellos siguieron adelante con una embarcación que, aun cuando se detenía y navegaba a

la mitad de la velocidad, los conducía poco a poco a su destino.

El río se adentró en la selva, las ramas de los árboles colgaban muy bajo por encima del agua, formando

una especie de túnel que impedía el paso de la luz. Todo estaba oscuro y el irregular zumbido del motor de la

batea resonaba en las orillas. Nate tuvo la inquietante sensación de que los observaban. Casi le parecía sentir la

presencia de las flechas con que estaban apuntándoles. Se preparó para un ataque con letales flechas

envenenadas por parte de unos salvajes adornados con pinturas de guerra y adiestrados para matar a cualquiera

que tuviera el rostro blanco.

Pero entonces vieron a unos niños morenos que chapoteaban alegremente en el agua. El túnel terminaba

en las inmediaciones de un poblado.

Las madres también se estaban bañando, tan desnudas como sus hijos y con la mayor naturalidad del

mundo. Al ver la embarcación, retrocedieron hacia la orilla. Jevy apagó el motor y, al advertir que se acercaban,

empezó a hablar con una sonrisa en los labios. Una chica más crecida huyó en dirección al poblado.

—¿Fala portugués? —les preguntó Jevy a las cuatro mujeres y los siete niños.

Ellos lo miraron en silencio. Los más pequeños se escondieron detrás de sus madres. Las mujeres eran de

baja estatura, cuerpo achaparrado y pechos menudos.

John Grisham El testamento

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—¿Son pacíficos? —preguntó Nate.

—Los hombres nos lo dirán.

Los hombres aparecieron a los pocos minutos. Eran tres, también de baja estatura, rechonchos y

musculosos. Llevaban las partes pudendas cubiertas con unas bolsitas de cuero.

El mayor dijo hablar la lengua de Jevy, pero su portugués era muy rudimentario. Nate se quedó en la

barca, donde la situación parecía más segura, mientras Jevy se apoyaba en el tronco de un árbol de la orilla e

intentaba hacerse comprender. Los indios rodearon a Jevy, que era por lo menos treinta centímetros más alto que

ellos.

Tras varios minutos Nate dijo:

—Traduce, por favor. Los indios lo miraron.

—Norteamericano —explicó Jevy, y de inmediato se inició otra conversación de repeticiones y gestos

con las manos.

—¿Qué dicen de la mujer? —preguntó Nate.

—Aún no hemos llegado a eso. Todavía estoy intentando convencerlos de que no le quemen vivo.

—Inténtalo un poco más.

Aparecieron otros indios. Las chozas se encontraban a unos cien metros de distancia, cerca de la linde del

bosque. Río arriba, media docena de canoas estaban amarradas a la orilla. Los niños empezaron a aburrirse y

poco a poco se apartaron de sus madres y se acercaron a la embarcación para inspeccionarla. También les

llamaba mucho la atención el hombre del rostro blanco. Nate sonrió, les guiñó un ojo y no tardó en arrancarles

una sonrisa. Si Welly no hubiera sido tan condenadamente tacaño con las galletas, Nate habría podido compartir

algo con ellos.

La conversación siguió adelante. El indio que hablaba con Jevy se volvía de vez en cuando hacia sus

compañeros para facilitarles un informe y sus palabras provocaban, de forma inevitable, una gran consternación.

Su lenguaje consistía en una serie de gruñidos y sonidos emitidos sin apenas mover los labios.

—¿Qué dice? —preguntó Nate en tono quejumbroso.

—No lo sé —contestó Jevy.

Un chiquillo apoyó la mano en el borde de la embarcación y estudió a Nate con unas negras pupilas tan

grandes como monedas de un cuarto de dólar. Después, dijo en inglés:

—Hola.

Nate comprendió entonces que estaban en el lugar adecuado. Sólo él lo había oído. Inclinándose hacia

delante, le susurró al niño:

—Hola.

—Adiós —repuso el niño en inglés, sin moverse de donde estaba. De modo que Rachel le había enseñado

por lo menos dos palabras inglesas.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Nate, bajando la voz.

—Hola —repitió el niño.

Bajo el árbol, la traducción seguía el mismo ritmo de antes. Mientras los hombres conversaban

animadamente, las mujeres permanecían en silencio.

—¿Qué dicen de la mujer? —insistió Nate.

—Se lo he preguntado. No tienen respuesta.

—¿Y eso qué significa?

—No lo sé muy bien. Creo que está aquí, pero por algún motivo se muestran reticentes.

—Pero ¿por qué se muestran reticentes?

Jevy frunció el ceño y desvió la mirada. ¿Cómo podía él saberlo?

Hablaron un poco más y, de pronto, los indios se retiraron, primero los hombres, después las mujeres y,

finalmente, los niños, alejándose en fila hacia el poblado; y desaparecieron.

—¿Los has hecho enfadar?

—No. Quieren celebrar una especie de reunión.

—¿Crees que ella está aquí?

—Sí.

Jevy se sentó en la embarcación y se dispuso a echar una siesta. Ya era casi la una, cualquiera que fuera

el huso horario en el que se encontraran. Pasó la hora del almuerzo sin que hubieran comido siquiera una

reblandecida galletita salada.

John Grisham El testamento

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La caminata empezó hacia las tres. Un reducido grupo de jóvenes los acompañó desde la orilla del río por

un sendero de tierra que conducía al poblado. Pasaron entre las chozas, donde todo el mundo los contempló en

silencio, y enfilaron otro camino que se adentraba en el bosque.

«Es una marcha hacia la muerte —pensó Nate—. Nos llevan a la selva para cumplir un sangriento ritual

de la Edad de Piedra.» Jevy caminaba por delante de él con paso rápido y seguro.

—¿Adónde demonios vamos? —preguntó en un sibilante susurro, cual si fuera un prisionero de guerra

temeroso de ofender a quienes lo habían apresado.

—Tranquilícese.

Llegaron a un claro. Volvían a estar muy cerca de la orilla del río. El que encabezaba la marcha se detuvo

y señaló algo con el dedo. En la ribera, una anaconda estaba tomando el sol. Era negra y tenía unas marcas

amarillas en la parte inferior. Debía de medir unos treinta centímetros de diámetro por lo menos.

—¿Qué longitud tiene? —preguntó Nate.

—Seis o siete metros. Al final, ha visto usted una anaconda —dijo Jevy.

Nate sintió que le temblaban las rodillas y se le secaba la boca. Había estado bromeando acerca de las

serpientes, y ahora que contemplaba una de verdad el espectáculo resultaba verdaderamente asombroso.

—Algunos indios adoran a las serpientes —le informó Jevy.

«Entonces, ¿qué están haciendo nuestros misioneros?», pensó Nate. Le preguntaría a Rachel sobre

aquella práctica.

Al parecer, los mosquitos sólo lo molestaban a él. Los indios eran inmunes a sus picaduras, y Jevy jamás

tenía que ahuyentarlos de un manotazo. En cambio, él no paraba de rascarse hasta hacerse sangre. Se había

olvidado el repelente en la embarcación, junto con la tienda, el machete y todas sus posesiones, que sin duda los

niños estarían examinando con curiosidad.

La caminata tuvo un carácter de aventura durante media hora, pero después el calor y los insectos

hicieron que la situación resultara más bien aburrida.

—¿Vamos muy lejos? —preguntó Nate sin demasiada esperanza de obtener una respuesta exacta.

Jevy le dijo algo al hombre que encabezaba la marcha y éste contestó.

—No mucho —fue la respuesta que transmitió Jevy.

Cruzaron otro sendero y se adentraron en otro más ancho. La zona estaba más concurrida. No tardaron en

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