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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante

tiempo en marcha, pero no se vislumbraba el final. Al parecer, el plan general consistía en la construcción de

una serie de habitaciones adosadas a los muros exteriores, con un espacio abierto en el centro. Phil se encontraba

de pie entre dos caballetes de aserrar, con una cinta métrica en la mano y los hombros cubiertos de serrín. Vestía

camisa de franela, tejanos y botas, y por su aspecto podría haber pasado fácilmente por carpintero.

—Gracias por venir —dijo con una ancha sonrisa.

—Faltaría más. Me estaba aburriendo —repuso Nate.

—Estoy colocando un revestimiento de fibra prensada en la pared —explicó Phil, señalándolo con un

movimiento del brazo—. Entre dos el trabajo es más fácil. Antes me ayudaba el señor Fuqua, pero ya tiene

ochenta años y su espalda ya no es lo que era.

—¿Qué está construyendo?

—Seis aulas para estudios bíblicos. El área del centro será una sala común de reuniones. Nuestro

presupuesto no da para muchos proyectos nuevos y por eso lo hago yo solo. Además, así me mantengo en

forma.

El padre Phil llevaba muchos años sin estar en forma.

—Indíqueme exactamente lo que tengo que hacer —pidió Nate—, y recuerde que soy abogado.

—No se ha dedicado mucho a las tareas manuales, ¿verdad?

—Pues no.

Cada uno tomó un extremo de una lámina de fibra prensada y la arrastraron por el suelo hasta el aula que

en aquellos momentos se estaba construyendo. La lámina medía un metro veinte por metro ochenta y, cuando la

levantaron para colocarla en su sitio, Nate advirtió que, en efecto, se trataba de un trabajo para dos personas.

Phil soltó un gruñido, frunció el entrecejo, se mordió la lengua y, cuando la pieza encajó en el rompecabezas,

Indicó:

—Ahora aguante aquí.

Nate apretó la lámina contra los listones de sesenta por ciento veinte centímetros mientras Phil la

aseguraba con clavos. Una vez asegurada, Phil clavó otros seis clavos en los listones y contempló su obra con

admiración. Acto seguido tomó la cinta métrica y empezó a medir el siguiente espacio abierto.

—¿Dónde aprendió usted el oficio de carpintero? preguntó Nate, estudiándolo con interés.

—Lo llevo en la sangre. José era carpintero.

—¿Quién?

—El padre de Jesús.

—Ah, se refiere a ese José.

—¿Lee usted la Biblia, Nate?

—No mucho.

—Pues tendría que hacerlo.

—Me gustaría empezar.

John Grisham El testamento

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—Yo puedo ayudarlo, si quiere.

—Gracias.

Phil anotó unas medidas en la lámina de fibra prensada que acababan de colocar. Después midió con

cuidado un par de veces. Nate no tardó en comprender la razón de la tardanza en la culminación del proyecto.

Phil se lo tomaba todo con mucha calma y era un firme creyente en la bondad de un dinámico régimen de pausas

para el café.

Al cabo de una hora subieron por la escalera para dirigirse al despacho de la rectoría, donde se disfrutaba

de una temperatura seis grados superior a la del sótano. Phil tenía una cafetera lista sobre un pequeño hornillo.

Llenó dos tazas y empezó a examinar las hileras de libros de los estantes.

—Aquí tiene usted una espléndida guía de devociones cotidianas, una de mis preferidas —dijo, tomando

delicadamente el libro, pasándole la mano por encima como si estuviese cubierto de polvo y entregándoselo a

Nate. Era de tapa dura y tenía la sobrecubierta intacta. Phil era muy cuidadoso con los libros. Eligió otro y

también se lo tendió—. Es un estudio de la Biblia para personas ocupadas —añadió—. Muy bueno, por cierto.

—¿Qué le induce a pensar que soy una persona ocupada?

—Es usted un abogado de Washington, ¿no?

—Técnicamente, sí, pero eso está a punto de terminar.

Phil juntó las puntas de los dedos de ambas manos y miró a Nate tal como sólo un clérigo podía hacerlo.

Sus ojos decían: «Siga adelante. Cuénteme más cosas. Estoy aquí para ayudarlo».

Y entonces Nate le contó algunas de sus preocupaciones pasdas y presentes, haciendo hincapié en sus

problemas con Hacienda y la inminente pérdida de su licencia de abogado. Evitaría ir a la cárcel, pero le

exigirían pagar una multa que no estaba en condiciones de afrontar.

Pese a ello, el futuro no le preocupaba; antes bien, se alegraba de abandonar la profesión.

—¿Qué piensa hacer? —le preguntó Phil.

—No tengo ni idea.

—¿Confía en Dios?

—Sí, creo que sí.

—Pues entonces, tranquilícese. Él le mostrará el camino.

Se pasaron tanto rato hablando que la mañana se alargó hasta la hora del almuerzo. Entonces se dirigieron

hacia la puerta de al lado y disfrutaron una vez más de un festín de estofado de cordero. Laura se reunió con

ellos más tarde. Enseñaba en un parvulario y sólo disponía de treinta minutos para almorzar.

Hacia las dos bajaron de nuevo al sótano, donde reanudaron a regañadientes su tarea. Mientras observaba

la manera de trabajar de Phil, Nate comprendió que éste jamás terminaría aquel trabajo. Tal vez José fuera un

buen carpintero, pero al padre Phil se le daba mejor el púlpito. La lámina de fibra prensada destinada a ocupar el

siguiente espacio vacío pasó por el mismo proceso que la anterior. Al final, tras haber hecho tantas señales a

lápiz que ni siquiera un arquitecto las hubiera comprendido, Phil tomó con gran nerviosismo la sierra eléctrica y

cortó la lámina. A continuación la colocaron sobre el espacio abierto, la clavaron y la aseguraron. El ajuste era

siempre perfecto, y cada vez que ello ocurría Phil soltaba un profundo suspiro de alivio.

Ya tenían dos aulas aparentemente terminadas y listas para pintar. Entrada la tarde, Nate decidió que al

día siguiente iba a convertirse en pintor.

Dos días de agradable esfuerzo sólo dieron lugar a un insignificante progreso en las obras del sótano de la

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