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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era

asombroso. No había el menor rastro de vecinos ni de otros niños y Nate no hacía más que pensar en las escuelas

y la educación. ¿Se iban los niños a Corumbá cuando alcanzaban la edad suficiente para encontrar trabajo y

casarse, o se quedaban al cuidado de las pequeñas granjas y criaban a la siguiente generación de pantaneiros?

¿Sabían Marco y su mujer leer y escribir y, en caso afirmativo, enseñaban a sus hijos?

Se lo preguntaría a Jevy. Más adelante había más agua, un pantano rodeado de árboles podridos. Como

era de esperar, el sendero lo atravesaba. Era la estación de las lluvias y el nivel del agua había crecido por

doquier. En los meses secos, el pantano era una extensión de barro y hasta un inexperto en aquellas lides habría

podido seguir el sendero sin temor a que lo devoraran las pirañas. «Vuelve en la estación seca», se dijo Nate,

pero era poco probable que lo hiciese.

Los caballos seguían avanzando como si fueran máquinas, sin preocuparse por el pantano y el agua que

les llegaba hasta las rodillas. Los muchachos dormitaban. Al subir el nivel del agua, aminoraron un poco la

marcha. Cuando Nate se notó las rodillas mojadas y ya estaba a punto de lanzarle a Luis un grito desesperado,

John Grisham El testamento

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Oli señaló con absoluta indiferencia dos troncos podridos de unos tres metros de altura a la derecha. Entre ellos,

medio sumergido en el agua, descansaba un enorme reptil negro.

Jacaré —dijo el muchacho volviendo la cabeza por si a Nate le interesara saberlo. Era una especie de

caimán.

Los ojos asomaban por encima del resto del cuerpo y Nate tuvo la certeza de que estaban siguiéndolo

concretamente a él. Sintió que el corazón le empezaba a latir violentamente en el pecho y experimentó el

impulso de pedir socorro. Al darse cuenta de que su invitado estaba muerto de miedo, Luis dio media vuelta

sonriendo. El invitado sonrió a su vez, como si le encantara poder ver finalmente un caimán tan de cerca.

Cuando el nivel de las aguas subió, los caballos levantaron la cabeza. Nate aguijó el suyo bajo el agua,

pero no ocurrió nada. El caimán se sumergió muy despacio hasta que sólo se vieron sus ojos, e inmediatamente

comenzó a nadar hacia ellos desapareciendo en las negras aguas. Nate sacó los pies de los estribos, levantó las

rodillas hasta el pecho y se quedó balanceándose sobre la silla de montar. Los niños hicieron un comentario y se

rieron por lo bajo, pero a Nate no le importó.

Una vez superado el centro del pantano, el nivel del agua bajó hasta las patas de los caballos y siguió

descendiendo. Sano y salvo al otro lado, Nate se relajó y se burló de sí mismo. Cuando regresara a Estados

Unidos, podría sacar partido de aquella aventura. Tenía amigos aficionados a las vacaciones arriesgadas, tipos

que practicaban montañismo, rafting y senderismo, eran entusiastas de los safaris y siempre trataban de superar a

los demás con los relatos de sus experiencias en arriesgadas situaciones de vida o muerte en las partes más

remotas del mundo. Con el aliciente añadido de la faceta ecológica del Pantanal, por diez mil dólares sus amigos

estarían encantados de saltar a la grupa de un caballo y vadear los pantanos fotografiando serpientes y caimanes

por el camino.

Puesto que aún no había ningún río a la vista, Nate llegó a la conclusión de que ya era hora de dar media

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