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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?

¿Cuánto dinero había ganado Biff el año anterior? ¿Por qué razón había obtenido su primer marido la custodia

de los hijos? ¿A cuántos abogados había contratado y despedido desde la muerte de su padre? Y dale que te

dale.

A las seis en punto, Hark se levantó y anunció que la declaración quedaba suspendida. Diez minutos más

tarde Troy junior ya estaba en el bar del vestíbulo de un hotel, a tres kilómetros de distancia.

Nate durmió en la habitación de invitados de Stafford. La esposa de éste se encontraba en algún lugar de

la casa, pero él ni siquiera la vio. Josh se había ido a Nueva York por motivos de trabajo.

Los interrogatorios del segundo día empezaron puntualmente. El reparto era el mismo, pero los abogados

Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.

Nate reconoció su cara de borracho, los ojos enrojecidos, los párpados hinchados, el intenso rubor de las

mejillas y la nariz y el sudor por encima de las cejas. Durante muchos años él mismo había tenido ese aspecto.

Combatir la resaca formaba parte de su ritual matutino, como la ducha y el hilo dental. Tomar unas pastillas,

beber mucha agua y café cargado. Si quería comportarse como un estúpido, debía ser fuerte.

—¿Sabe usted que todavía está bajo juramento, señor Phelan? —preguntó Nate para empezar.

—Sí.

—¿Se encuentra usted bajo los efectos de alguna droga o bebida alcohólica?

—No, señor.

—Bien. Volvamos al 9 de diciembre, el día de la muerte de su padre. ¿Dónde estaba usted mientras lo

examinaban los tres psiquiatras?

—En el mismo edificio, en una sala de juntas, en compañía de mi familia.

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—Y vio todo el interrogatorio, ¿verdad?

—Sí.

—En la sala había dos monitores en color, ¿no es cierto? De veintiséis pulgadas, ¿verdad?

—Si usted lo dice. Yo no los medí.

—Pero sí los vio, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿No había nada que le impidiera la visión?

—Lo vi con toda claridad, en efecto.

—¿Y tenía usted algún motivo claro para observar detenidamente a su padre?

—Sí.

—¿Tuvo usted alguna dificultad para oírlo?

—Ninguna.

Los abogados comprendieron adónde quería ir a parar Nate. Era un aspecto muy desagradable del caso,

pero no podía evitarse. A cada uno de los seis herederos lo obligarían a recorrer aquel mismo camino.

—0 sea, que vio y oyó todo el examen.

—Sí.

—¿No se le pasó nada por alto?

—Nada en absoluto.

—De los tres psiquiatras, el doctor Zadel había sido contratado por su familia, ¿verdad?

—En efecto.

—¿Quién lo buscó?

—Los abogados.

—¿Ustedes dejaron en manos de sus abogados la contratación del psiquiatra?

—Sí.

Nate se pasó diez minutos interrogando al testigo acerca de la forma en que habían contratado al doctor

Zadel para la realización de aquel examen de importancia tan decisiva, y consiguió, de paso, lo que quería: el

reconocimiento de que Zadel había sido contratado porque tenía un historial excelente, les había sido

recomendado con coherencia y era extremadamente experto.

—¿Le gustó la manera en que llevó a cabo el examen? —preguntó Nate.

—Supongo que sí.

—¿Hubo algo que no le gustara en la actuación del doctor Zadel?

—No, que yo recuerde.

El viaje hasta el borde del abismo siguió adelante mientras Troy reconocía que se había mostrado

satisfecho con el examen y con el doctor Zadel, se había alegrado de las conclusiones a las que habían llegado

los tres médicos y había abandonado el edificio convencido de que su padre sabía lo que hacía.

—Y, después del examen, ¿cuándo dudó usted por primera vez de la capacidad mental de su padre?

—Cuando se arrojó al vacío.

—¿El día 9 de diciembre?

—Exacto.

—¿Significa eso que tuvo dudas de inmediato?

—Sí.

—¿Qué dijo el doctor Zadel cuando usted le manifestó esas dudas?

—No hablé con el doctor Zadel.

—Ah, ¿no?

—No.

—Desde el 9 de diciembre al 27 de diciembre, día de la lectura del testamento en el juzgado, ¿cuántas

veces habló usted con el doctor Zadel?

—Que yo recuerde, ninguna.

—¿Lo vio usted en algún momento?

—No.

—¿Llamó a su despacho?

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—No.

—¿Ha vuelto a verlo desde el día 9 de diciembre?

—No.

Ya lo había llevado hasta el borde del abismo y había llegado el momento de darle el empujón.

—¿Por qué despidió usted al doctor Zadel?

Junior había sido aleccionado, pero hasta cierto punto.

—Eso tendrá que preguntárselo a mi abogado —contestó, confiando en que Nate lo dejara un rato en paz.

—No es su abogado quien está declarando en esta sala, señor Phelan. Le pregunto a usted por qué razón

fue despedido el doctor Zadel.

—Tendrá que preguntárselo a los abogados —insistió Junior—. Forma parte de nuestra estrategia legal.

—Antes de despedir al doctor Zadel, ¿lo comentaron sus abogados con usted?

—No estoy muy seguro. La verdad es que no me acuerdo.

—¿Se alegra de que el doctor Zadel ya no trabaje para usted?

—Pues claro que me alegro.

—¿Por qué?

—Porque se equivocó. Mire, mi padre era un maestro de la simulación, ¿sabe? Superó el examen

haciendo creer, por medio de falsas apariencias, que era lo que no era, tal como había hecho a lo largo de toda su

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