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John Grisham - El testamento.doc
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Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo

brasileña le pidió que se abrochara el cinturón de seguridad.

En el aeropuerto hacía calor y había mucha gente. Recogió su bolsa de viaje, cruzó el control de aduana

sin que nadie le echara un vistazo siquiera y volvió a despacharla en el vuelo de la Varig a Campo Grande.

Después encontró un bar en cuya pared figuraba el menú. Señaló con el dedo y dijo «Espresso». La cajera marcó

y frunció el entrecejo al ver su dinero norteamericano, pero se lo cambió. Un real brasileño equivalía a un dólar

norteamericano. Ahora Nate tenía unos cuantos reais.

Se tomó el café hombro con hombro con un grupo de ruidosos turistas japoneses. Otros idiomas flotaban

en torno a él; el español y el alemán se mezclaban con el portugués que brotaba de los altavoces. Lamentó no

haberse comprado un libro con las frases más habituales para poder comprender por lo menos alguna que otra

palabra.

El aislamiento empezó a dejar sentir su efecto, al principio muy lentamente. En medio de la multitud, era

un hombre solitario.

No conocía a nadie. Casi nadie sabía dónde estaba en aquellos momentos y pocas eran las personas a

quienes les importaba. El humo de los cigarrillos de los turistas le molestaba, por lo que se alejó rápidamente de

allí en dirección al vestíbulo principal, donde podía contemplar el techo, dos niveles más arriba, y la planta baja

del nivel inferior. Empezó a pasear sin rumbo entre la muchedumbre, llevando la pesada maleta y maldiciendo a

Josh por haberla llenado con tantas tonterías.

Oyó hablar en inglés en voz alta y se encaminó hacia el lugar del que procedían las voces. Unos hombres

de negocios estaban esperando cerca del mostrador de la United, y él se sentó a su lado. Estaba nevando en

Detroit y ellos querían regresar a casa por Navidad. Un oleoducto los había llevado al Brasil. Nate no tardó en

cansarse de su intrascendente cháchara. Ambos lo curaron de cualquier añoranza que pudiera sentir.

Echaba de menos a Sergio. Después de su reciente desintoxicación, la clínica lo había colocado durante

una semana en una especie de situación de transición para facilitar su regreso a la vida normal. No le gustaba

aquel lugar ni las cosas que había tenido que hacer allí, pero, ahora que pensaba en ello, la idea tenía lógica. Una

persona necesitaba unos cuantos días para recuperar la orientación. A lo mejor, Sergio estaba en lo cierto. Lo

llamó desde un teléfono de pago y lo despertó. En Sáo Paulo eran las seis y media de la mañana, pero en

Virginia sólo las cuatro y media.

A Sergio no le importó. Formaba parte de su trabajo.

No había asientos de primera en el vuelo a Campo Grande y no había ninguno vacío. Nate se llevó una

grata sorpresa al ver que todos los viajeros estaban muy concentrados en la lectura de los periódicos de la

mañana, muy variados, por cierto. Los diarios eran tan vistosos y modernos como cualquiera de los que había en

Estados Unidos, y quienes los leían parecían verdaderamente ávidos de noticias. A lo mejor, Brasil no era un

país tan atrasado como él pensaba. ¡Aquella gente sabía leer! El interior del aparato, un 727, estaba limpio y en

perfectas condiciones. En el carrito de las bebidas había Coca-Cola y Sprite; Nate se sentía casi como casa.

Sentado junto a la ventanilla veinte filas más atrás, se olvidó del memorándum acerca de los indios que

descansaba sobre sus rodillas y se dedicó a contemplar la tierra de abajo. Era una extensión inmensa, verde y

exuberante, salpicada de suaves colinas y granjas ganaderas, y unos rojos caminos sin asfaltar la entrecruzaban

en todas direcciones. Era de un fuerte color anaranjado y los caminos discurrían sin orden ni concierto desde una

pequeña finca a la siguiente. Las autopistas eran prácticamente inexistentes.

De pronto apareció un camino asfaltado por el que circulaban unos vehículos. El aparato descendió y el

piloto dio la bienvenida a los pasajeros a Campo Grande. En la ciudad había altos edificios, un centro abarrotado

de gente, el obligado campo de fútbol, muchas calles y muchos automóviles. Todas las casas tenían un tejado de

tejas rojas. Gracias a la característica eficiencia de las grandes empresas, Nate disponía de un informe, redactado

sin duda por uno de los asociados más noveles que trabajaban a trescientos dólares la hora, en el que se

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analizaba Campo Grande como si su existencia revistiera una importancia decisiva en los asuntos por los que se

encontraba allí. Seiscientos mil habitantes. Centro de comercio ganadero. Muchos vaqueros. Rápido desarrollo.

Comodidades modernas. Era bueno saberlo, pero ¿para qué molestarse? Nate ni siquiera dormiría en esa ciudad.

Aunque el aeropuerto le pareció notablemente pequeño para una urbe de aquel tamaño, enseguida cayó

en la cuenta de que estaba comparándolo todo con Estados Unidos. Tenía que dejar de hacerlo. Al descender del

aparato, se vio azotado por una vaharada de calor. Debían de estar, como mínimo, a treinta y ocho grados.

Faltaban dos días para la Navidad y en el hemisferio sur hacía un calor sofocante. Entornó los ojos para

protegerlos de la luz del sol y bajó por la escalerilla, sujetándose fuertemente al pasamano.

Consiguió pedir el almuerzo en un restaurante del aeropuerto y, cuando se lo sirvieron, se alegró de

comprobar que era algo que podía comer. Un bocadillo caliente de pollo con un panecillo que jamás había visto

en ningún otro sitio, con un acompañamiento de patatas fritas tan crujientes como las de cualquier restaurante de

comida rápida de Estados Unidos. Comió muy despacio, contemplando la distante pista de aterrizaje. En mitad

de su almuerzo, un bimotor turbohélice de la Air Pantanal tomó tierra y rodó hasta el terminal. Bajaron seis

personas.

Dejó de masticar mientras trataba de vencer un repentino ataque de temor. Los vuelos locales eran tema

de noticias en los periódicos y en la CNN, sólo que en Estados Unidos nadie oiría jamás hablar de aquél en caso

de que el avión cayera.

Sin embargo, el aparato estaba limpio y parecía sólido, e incluso moderno hasta cierto punto, y los pilotos

eran unos profesionales pulcramente uniformados. Nate siguió comiendo. Debía procurar ser positivo, se dijo.

Paseó alrededor de una hora por la pequeña terminal. En una tienda de periódicos compró un libro de

frases en portugués y empezó a aprenderse de memoria las palabras. Leyó unos anuncios de viajes de aventuras

al Pantanal, «ecoturismo» se llamaba en inglés y en otros idiomas. Se podían alquilar vehículos. Había una

cabina de cambio de divisas, un bar con anuncios de marcas de cerveza y un estante con botellas de whisky.

Cerca de la entrada principal vio un escuálido árbol de Navidad artificial con una solitaria sarta de bombillitas de

colores que parpadeaban al ritmo de un villancico. A pesar de sus esfuerzos por no hacerlo, Nate pensó en sus

hijos.

Era la víspera de la Nochebuena. No todos los recuerdos resultaban dolorosos.

Subió al avión apretando los dientes y con la columna vertebral en tensión y después se pasó durmiendo

casi toda la hora que duró el vuelo a Corumbá. El pequeño aeropuerto al que llegó era muy húmedo y estaba

lleno de bolivianos que esperaban un vuelo a Santa Cruz. Todos iban cargados con cajas y bolsas de regalos

navideños.

Encontró un taxista que no hablaba ni una sola palabra de inglés, pero dio igual. Nate le mostró las

palabras «Palace Hotel» de su itinerario de viaje, y el viejo y sucio Mazda salió disparado.

Según otro informe preparado por el equipo de Josh, Corumbá tenía noventa mil habitantes. La ciudad,

situada a orillas del río Paraguay, en la frontera con Bolivia, se había autoproclamado hacía mucho tiempo

capital de la región del Pantanal. Había crecido al amparo del tráfico y el comercio fluvial y seguía viviendo de

él. Desde el sofocante calor de la parte de atrás del taxi, Corumbá parecía una agradable y perezosa ciudad

provinciana. Las calles estaban asfaltadas, eran anchas y aparecían bordeadas de árboles. Los comerciantes

permanecían sentados a la sombra de los toldos de sus tiendas, charlando entre sí mientras aguardaban la llegada

de los clientes. Los adolescentes circulaban velozmente entre el tráfico con sus ciclomotores. Niños descalzos

comían helados sentados alrededor de unas mesas colocadas en las aceras.

Cuando se acercaron a la zona comercial, se produjo un atasco. El taxista murmuró algo por lo bajo, pero

no pareció molestarse demasiado. El mismo taxista en Nueva York o en el distrito de Columbia habría estado a

punto de cometer un acto de violencia.

Pero aquello era Brasil y Brasil estaba en América del Sur. Los relojes funcionaban más despacio. Nada

era urgente. El tiempo no tenía una importancia tan decisiva. «Quítate el reloj», se dijo Nate, pero en su lugar

cerró los ojos y aspiró una sofocante bocanada de aire.

El hotel Palace estaba en el centro de la ciudad, en una calle que bajaba suavemente hacia el río

Paraguay, cuyas aguas fluían majestuosas en la distancia. Nate le entregó al taxista un puñado de reais y esperó

pacientemente el cambio. Le dio las gracias en portugués, con un tímido «Obrigado». El taxista sonrió y dijo

algo que él no entendió. Las puertas del vestíbulo estaban abiertas, al igual que todas las puertas que daban a las

aceras de Corumbá.

Las primeras palabras que oyó al entrar estaba pronunciándolas a gritos alguien de Texas. Un grupo de

palurdos estaba pagando la cuenta del hotel. Habían bebido, parecían de buen humor y ansiaban regresar a casa

para las vacaciones. Nate se sentó cerca de un televisor y esperó a que se fueran.

Su habitación estaba en el octavo piso. Por dieciocho dólares al día, le dieron una habitación de cuatro

por cuatro metros, con una cama estrecha y muy baja, casi a ras del suelo. En el supuesto de que tuviera colchón,

debía de ser muy delgado. Nada de colchón de muelles ni cosa por el estilo. Un escritorio, una silla, un aparato

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de aire acondicionado en la ventana, un pequeño frigorífico con agua embotellada, refrescos y cerveza, y un

limpio cuarto de baño con jabón y un buen surtido de toallas. «No está mal», pensó, recordando que aquello era

una aventura. Si bien no se trataba del lujoso hotel Four Seasons, resultaba más que aceptable.

Se pasó media hora tratando de llamar a Josh, pero la barrera idiomática se lo impidió. El recepcionista

de la entrada tenía suficientes conocimientos de inglés como para encontrar una telefonista exterior, pero, a

partir de allí, el portugués dominaba la situación. Probó con su nuevo teléfono móvil, pero el servicio local no

estaba activado.

Nate, fatigado, se tendió en la frágil cama y se quedó dormido.

Valdir Ruiz era un hombre bajito y de cintura fina, piel morena y cabeza pequeña casi completamente

calva, a excepción de unos pocos mechones de cabello engominado y peinado hacia atrás. Sus ojos negros

estaban rodeados de arrugas como consecuencia de sus treinta años de fumador empedernido. Tenía cincuenta y

dos años y, a la edad de diecisiete, había abandonado su hogar para pasar un año con una familia de lowa gracias

a su inclusión en un programa de intercambio estudiantil organizado por el Rotary Club. Estaba orgulloso de su

inglés, a pesar de que no lo utilizaba demasiado en Corumbá. Casi todas las noches veía la CNN y la televisión

norteamericana en su afán por mantenerse en forma.

Después de su año en lowa, había cursado estudios superiores en Campo Grande y Derecho en Río.

Desde allí había regresado a regañadientes a Corumbá para incorporarse al pequeño bufete de su tío y cuidar de

sus ancianos padres. A lo largo de más años de los que él hubiera querido, Valdir había soportado el lánguido

ritmo del ejercicio de su profesión en Corumbá, soñando con lo que hubiera podido hacer en la gran ciudad.

Pero era un hombre simpático y estaba satisfecho de la vida, tal como suelen estar casi todos los

brasileños. Trabajaba eficazmente en su pequeño despacho, con la única ayuda de una secretaria que atendía el

teléfono y escribía a máquina. A Valdir le gustaban los asuntos relacionados con inmuebles, escrituras, contratos

y cosas por el estilo. Jamás iba a los juzgados, sobre todo porque en Brasil las salas de justicia no formaban

parte del ejercicio de la abogacía. Los juicios no eran muy frecuentes.

Los pleitos al estilo norteamericano no se habían abierto camino hasta el Sur; es más, seguían estando

limitados a los cincuenta estados de la Unión. Valdir se asombraba de las cosas que decían y hacían los

abogados en la CNN. A menudo se preguntaba por qué querían llamar la atención. El hecho de que los abogados

protagonizaran ruedas de prensa y pasaran de uno a otro programa de televisión para hablar de sus clientes era

algo inaudito en Brasil.

Su despacho se encontraba a tres manzanas de distancia del hotel Palace, en un extenso y umbroso solar

que su tío había adquirido varias décadas atrás. Las frondosas copas de los árboles cubrían el tejado y, gracias a

ello, Valdir podía mantener las ventanas abiertas por mucho calor que hiciera. Le gustaba el ligero bullicio de la

calle. A las tres y cuarto advirtió que un hombre al que jamás había visto anteriormente se detenía para examinar

su despacho. El hombre era extranjero sin duda; probablemente, norteamericano. Valdir comprendió entonces

que se trataba del señor O'Riley.

La secretaria les sirvió un cafezinho, el fuerte café solo azucarado que los brasileños beben a lo largo de

todo el día en unas minúsculas tacitas, y Nate se sintió inmediatamente cautivado por él. Sentado en el despacho

de Valdir, con quien ya se tuteaba, admiró el ambiente que lo rodeaba: el ruidoso ventilador del techo, las

ventanas abiertas y los amortiguados rumores de la calle que penetraban a través de ellas, las pulcras hileras de

las polvorientas carpetas de los estantes situados a la espalda de Valdir y el arañado y gastado entarimado.

En el despacho hacía bastante calor, pero no era un calor desagradable. Nate estaba protagonizando una

película filmada cincuenta años atrás.

Valdir llamó al distrito de Columbia y consiguió ponerse en contacto con Josh. Ambos hablaron un

momento y después le tendió el teléfono a Nate, que dijo:

—Hola, Josh.

Josh estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio al oír su voz. Nate le contó los detalles de su viaje a

Corumbá, haciendo especial hincapié en el hecho de que todo iba bien, él seguía sin probar la bebida y estaba

deseando seguir adelante con su aventura.

Valdir se puso a examinar el contenido de una carpeta en un rincón de la estancia, aparentando no sentir

el menor interés por la conversación, pero no se perdió detalle. ¿Por qué se enorgullecía tanto Nate O'Riley de

no probar la bebida?

Cuando terminó la conversación telefónica, Valdir sacó y extendió un gran mapa de navegación aérea del

estado de Mato Grosso do Sul, con una superficie aproximada a la de Texas, y señaló el Pantanal. Éste cubría

todo el sector noroccidental del estado y penetraba en el de Mato Grosso, al norte, y en Bolivia al oeste.

Centenares de ríos y corrientes surcaban como venas todo el Pantanal. El territorio estaba sombreado en color

amarillo y en él no había ni pueblos ni ciudades. Tampoco había caminos ni carreteras. Ciento sesenta mil

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kilómetros cuadrados de pantanos, pensó Nate, recordando los innumerables memorandos que Josh le había

hecho preparar.

Valdir encendió un cigarrillo mientras ambos estudiaban el mapa. Había hecho unos cuantos «deberes».

Cuatro letras equis de color rojo marcaban el extremo occidental del mapa, cerca de Bolivia.

—Aquí hay unas tribus indígenas —dijo, indicando las equis de color rojo—. Guatós e ipicas.

—¿Qué tamaño tienen? —preguntó Nate, inclinándose hacia delante en su primer contacto visual con el

territorio que tendría que explorar para localizar a Rachel Lane.

—No lo sabemos a ciencia cierta —contestó Valdir, pronunciando las palabras muy despacio y con gran

precisión. Quería impresionar al norteamericano con sus conocimientos del inglés—. Hace cien años había

muchos más, pero la población indígena va disminuyendo, con cada generación.

—¿Qué contacto mantienen con el mundo exterior? —quiso saber Nate.

—Muy escaso. Su cultura no ha cambiado en mil años. Comercian un poco con sus embarcaciones

fluviales, pero no desean cambiar.

—¿Sabemos dónde están los misioneros?

—Es difícil de decir. He hablado con el ministro de Sanidad del estado de Mato Grosso do Sul. Lo

conozco personalmente y en su despacho se tiene una idea general del lugar donde están trabajando los

misioneros. Hablé también con un representante del FUNAL Es nuestra Oficina de Asuntos Indios.

—Valdir señaló dos de las equis—. Estos son guatós. Es probable que haya misioneros por aquí.

—¿Sabes cómo se llaman? —preguntó Nate, a pesar de constarle que era una pregunta inútil.

Según un memorándum de Josh, a Valdir no le habían facilitado el nombre de Rachel Lane. Todo lo que

le habían dicho era que la mujer trabajaba para Tribus del Mundo.

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