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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le

habrían enviado sus cartas? Estaban a mediados de marzo y ya tendría que haber recibido la correspondencia.

¿Estaría ya en posesión de la nueva embarcación y todos los medicamentos?

¿0 acaso huiría? ¿Se acurrucaría al lado del jefe y le pediría que la protegiera y librase por última vez del

norteamericano? ¿Tendría él la posibilidad de verla?

Esta vez se mostraría más duro y firme. Él no tenía la culpa de que Troy Phelan hubiera redactado aquel

ridículo testamento ni podía impedir que ella fuese una hija ilegítima. Rachel tampoco podía cambiar la

situación, y rogarle que colaborase un poco no era mucho pedir. Tenía que dar su aprobación al fideicomiso o

renunciar a la herencia. No se iría de allí sin su firma.

Por mucho que ella volviera la espalda al mundo, siempre sería la hija de Troy Phelan, y este simple

hecho exigía un mínimo de colaboración. Nate practicaba sus argumentos en voz alta, pues Jevy no podía oírlo.

Le hablaría de sus hermanos, le pintaría una horrible imagen de lo que ocurriría en caso de que recibieran

toda la fortuna, le enumeraría la infinidad de nobles causas que ella podría favorecer con sólo firmar el

documento del fideicomiso. Practicó una y otra vez.

Los troncos de los árboles de ambas orillas eran cada vez más gruesos y se inclinaban sobre el agua hasta

tocarse. Nate reconoció aquel túnel.

—Allí —dijo Jevy, señalando un lugar situado más adelante, hacia la derecha, donde habían visto a los

niños nadando en el río. Aminoró la velocidad y se acercaron al primer poblado. Allí no había ningún indio, y

cuando perdieron de vista las chozas, el río se bifurcó y la corriente se redujo.

Nate conocía aquellos parajes. Se adentraron en la selva, siguiendo en zigzag unos meandros que

prácticamente describían círculos, vislumbrando las montañas a través de los claros. Al llegar al segundo

poblado, se detuvieron cerca del enorme árbol junto al cual habían dormido la primera noche, allá por el mes de

enero. Saltaron a tierra en el mismo lugar en que Rachel se había despedido de Nate agitando la mano cuando él

ya se encontraba bajo los efectos del dengue. Allí estaba el banco con su asiento de cañas fuertemente atadas

entre sí.

Nate se dedicó a contemplar el poblado mientras Jevy amarraba la embarcación. Un indio joven corrió a

su encuentro por el sendero. Habían oído el rugido del motor de la lancha fuera de borda.

El indio no hablaba portugués, pero por medio de señas les hizo entender que se quedaran allí, junto al

río, hasta nueva orden. Si los reconoció, no dio muestras de ello. Daba más bien la impresión de estar asustado.

Así pues, se acomodaron en el banco y esperaron. Ya eran casi las once de la mañana. Tenían muchas

cosas de que hablar. Jevy había estado muy ocupado en los ríos, pilotando chalanas que transportaban

mercancías y suministros para la gente del Pantanal. De vez en cuando capitaneaba una embarcación turística

con la que ganaba más dinero.

Comentaron la última visita de Nate, su veloz huida del Pantanal en la fuera de borda prestada de

Fernando, los horrores del hospital y sus esfuerzos por encontrar a Rachel en Corumbá.

—Le aseguro —dijo Jevy— que he estado haciendo indagaciones en el río, y la señora no estuvo allí ni

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