Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
John Grisham - El testamento.doc
Скачиваний:
8
Добавлен:
12.11.2019
Размер:
1.64 Mб
Скачать

Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela

y sus amigos en la escuela.

Al cabo de tres días, llegó el momento de la partida. Los niños tenían que regresar a su rutina sin las

complicaciones que la presencia de su padre planteaba. Christi estaba un poco cansada de fingir que jamás había

ocurrido nada entre ellos, y Nate se estaba acostumbrando a la compañía de sus hijos. Prometió llamarlos,

mantenerse en contacto por correo electrónico y volver a verlos muy pronto.

Se fue de Salem con el corazón destrozado. ¿Cómo era posible que hubiera caído tan bajo para perder a

una familia tan maravillosa como aquélla? Casi no recordaba nada de la primera infancia de sus hijos, ni juegos

escolares, ni disfraces en la noche de Halloween, ni mañanas de Navidad, ni visitas al centro comercial. Ahora

sus hijos ya habían crecido y estaba educándolos otro hombre.

Giró hacia el este y se dejó llevar por el tráfico.

Mientras Nate cruzaba serpeando el estado de Montana sin poder quitarse a Rachel de la cabeza, Hark

Gettys presentó un recurso en el que solicitaba la no admisión de la respuesta de Rachel a la impugnación del

testamento. Sus motivos eran obvios y apoyaba su ataque con un informe de veinte páginas de extensión en el

que llevaba un mes trabajando. Estaban a 7 de marzo, Troy Phelan había muerto hacía tres meses, Nate O'Riley

había entrado en el asunto hacía menos de dos, y ya llevaban casi tres semanas trabajando en la presentación de

John Grisham El testamento

182

las pruebas, faltaban cuatro meses para el juicio y el tribunal aún no tenía jurisdicción sobre Rachel Lane. Su

firma no figuraba en ningún documento del expediente oficial del tribunal.

Hark la llamaba «la parte fantasma». Él y los demás impugnadores estaban litigando contra una sombra.

Si la mujer tenía que heredar once mil millones de dólares, lo menos que podía hacer era firmar una renuncia de

comparecencia y cumplir con la ley. Si se había tomado la molestia de contratar a un abogado, bien podía

someterse a la jurisdicción del tribunal.

El paso del tiempo estaba beneficiando enormemente a los herederos, por más que a éstos les costara

tener paciencia mientras soñaban con la riqueza que les aguardaba. Cada semana que pasaba sin que hubiera

noticias de Rachel Lane era una demostración más de que a ésta no le interesaba la causa. En sus reuniones de

los viernes por la mañana los abogados de los Phelan analizaban todo lo ocurrido durante la declaración de los

testigos, hablaban de sus clientes y preparaban la estrategia del juicio; pero, sobre todo, hacían conjeturas acerca

de la razón por la cual Rachel Lane aún no se había presentado, y abrigaban la ridícula esperanza de que no

quisiera el dinero. Era una idea absurda que, sin embargo, afloraba a la superficie todos los viernes.

Las semanas estaban convirtiéndose en meses, y la ganadora de la lotería seguía sin reclamar el premio.

Había otra razón de peso para ejercer presión sobre los defensores de la validez del testamento de Troy

Phelan. Su nombre era Snead. Hark, Yancy, Bright y Langhorne habían presenciado el vídeo de la declaración

de su testigo estelar hasta aprendérsela de memoria y no confiaban demasiado en que éste consiguiese influir en

el ánimo de los miembros del jurado. Nate O'Riley lo había puesto en ridículo, y eso que sólo se trataba de una

declaración. Ya se imaginaban lo afilados que estarían los puñales en presencia de un jurado formado por

personas de la clase media que se las veían y deseaban para pagar las facturas a fin de mes. Snead se embolsaría

medio millón por soltar su historia, pero costaría mucho venderla.

El problema que planteaba Snead estaba muy claro. Era un mentiroso, y a los mentirosos se les solía

atrapar en los juicios. Tras los errores que había cometido durante la declaración, los abogados temían

presentarlo ante un jurado, pues en caso de que se descubriera un par de mentiras más, perderían el juicio.

En cuanto a Nicolette, la mancha del viejo la había invalidado como testigo.

Por si fuera poco, sus clientes no resultaban especialmente simpáticos. Con la excepción de Ramble, que

era el que más temor les inspiraba, todos los demás habían recibido cinco millones de dólares para echar a andar

por la vida. Ningún miembro del jurado ganaría semejante cantidad en toda su existencia.

Los hijos de Troy podrían quejarse todo lo que quisieran de la ausencia de su padre, pero la mitad de los

miembros del jurado procedería sin duda de hogares rotos. Sería muy difícil dirigir la batalla de los psiquiatras,

el aspecto del juicio que más los preocupaba. Nate O'Riley llevaba más de veinte años machacando médicos en

las salas de justicia. Aquellos cuatro sustitutos no podrían resistir sus brutales repreguntas.

Para evitar el juicio, tenían que llegar a un acto de conciliación, y para llegar a un acto de conciliación

tenían que encontrar un fallo. La aparente falta de interés de Rachel Lane era más que suficiente, y constituiría

sin duda su mejor baza.

Josh examinó con admiración el recurso de no admisión. Le encantaban las maniobras legales, los trucos

y las tácticas, y cuando alguien, aunque fuera un adversario, lo hacía bien, él lo aplaudía en silencio.

Todo en la jugada de Hark era perfecto: la elección del momento, la exposición razonada, el informe

espléndidamente argumentado. La posición de los impugnadores del testamento era muy débil, pero sus

problemas no podían compararse con los de Nate. Él no tenía cliente y, junto con Josh, había conseguido

ocultarlo durante dos meses, pero la estratagema ya había tocado a su fin.

Daniel, su hijo mayor, insistió en reunirse con él en un pub. Nate encontró el local, situado a dos

manzanas del campus, cuando ya había anochecido, en una calle llena de bares y clubes. La música, los anuncios

luminosos de cervezas, las estudiantes que gritaban desde la otra acera..., por desgracia, todo aquello le resultaba

muy familiar. Era como Georgetown hacía apenas unos meses, pero ya no lo atraía. Un año atrás, él hubiera

contestado a los gritos de las chicas y las hubiera perseguido de bar en bar, creyendo que aún tenía veinte años y

podía pasarse toda la noche de juerga.

Daniel lo esperaba en un estrecho reservado en compañía de una chica. En la mesa había dos botellas de

cuello largo. Padre e hijo se estrecharon la mano porque un gesto más afectuoso hubiera hecho que el segundo

se sintiera incómodo.

—Ésta es Stef —dijo Daniel, presentando a la chica—. Trabaja como modelo —se apresuró a añadir para

hacerle comprender al viejo que no estaba saliendo con cualquier mujer.

Por una extraña razón, Nate había abrigado la esperanza de pasar unas cuantas horas a solas con su hijo.

Pero no podría ser. Lo primero que le llamó la atención de Stef fue su pintalabios de color gris, aplicado sobre

una boca carnosa en la que se dibujaba una sonrisa forzada.

John Grisham El testamento

183

Ciertamente, la chica era lo bastante corriente y delgada para ser modelo. Sus brazos parecían palos de

escoba, y sus piernas, aunque Nate no podía verlas, debían de ser largas y flacas, con sendos tatuajes en los

tobillos.

A Nate le resultó desagradable de inmediato, y por algún motivo intuyó que se trataba de un sentimiento

mutuo. Era imposible saber lo que Daniel le había contado acerca de él.

Daniel había terminado sus estudios en Grinnell el año anterior y había pasado el verano en India. Nate

hacía tres meses que no lo veía. No había asistido a su fiesta de graduación y ni siquiera le había enviado una

carta, un regalo o lo había llamado para felicitarlo. La tensión en torno a la mesa era evidente, y la modelo no

paraba de fumar y mirar a Nate con rostro inexpresivo.

—¿Quieres una cerveza? —le preguntó Daniel cuando se acercó un camarero; se trataba de un golpe bajo

cuya intención era infligir el mayor dolor posible.

—No; sólo agua —respondió Nate.

Daniel hizo el pedido al camarero y luego dijo:

—¿Sigues tratando de dejarlo?

—Siempre —repuso Nate con una sonrisa, procurando esquivar los golpes.

—¿No has tenido ninguna recaída desde el último verano?

—No. Pero me interesaría hablar de otro tema.

—Dan me ha dicho que has estado en un centro de desintoxicación —intervino Stef, soltando el humo

por la nariz.

A Nate le sorprendió que fuese capaz de pronunciar una frase completa. Hablaba lentamente y su voz era

tan cavernosa como las cuencas de sus ojos.

—Varias veces —contestó Nate—. ¿Qué más te ha contado de mí?

—Yo también he estado en una —admitió ella—, pero sólo una vez. —Parecía orgullosa de su hazaña,

aunque algo triste por su falta de experiencia. Delante de ella había dos botellas de cerveza vacías.

—Qué bien —dijo Nate, como si no le diese importancia. No pretendía mostrarse simpático con ella, y,

además, en un par de meses estaría colgada del brazo de otro hombre. Volvió la mirada hacia Daniel, y le

preguntó—: ¿Cómo van los estudios?

—¿Qué estudios?

—Los de posgrado.

—Lo he dejado.

Su voz sonó áspera. Detrás de aquellas palabras se adivinaba una gran presión. Nate se mostró interesado

por el abandono de los estudios; no sabía muy bien cómo ni por qué. Le sirvieron el agua.

—¿Ya habéis cenado?

Stef evitaba la comida y Daniel no tenía apetito. En cambio, Nate se moría de hambre, pero no quería

comer solo. Miró alrededor. En otro rincón alguien estaba fumándose un porro. Era un local pequeño y ruidoso

de los que tanto le habían gustado en tiempos no muy lejanos.

Daniel encendió otro cigarrillo, un Camel sin filtro, los más cancerígenos del mercado, y arrojó una

bocanada de denso humo hacia la barata araña de cristal del anuncio de una marca de cerveza que colgaba por

encima de ellos. Estaba enfadado y tenso.

La presencia de la chica obedecía a dos razones: impedir las palabras duras y, tal vez, una pelea. Nate

sospechaba que su hijo estaba sin blanca y que deseaba echarle en cara su escaso apoyo pero no se atrevía a

hacerlo, pues sabía que el viejo era frágil y tendía a enfurecerse y perder los estribos. Stef lo obligaría a refrenar

su cólera y su lenguaje.

La segunda razón era hacer que la reunión fuera lo más breve posible.

Nate tardó unos quince minutos en comprenderlo.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó.

Daniel trató de sonreír.

—Bien. La vi por Navidad. Tú te habías ido.

—Estaba en Brasil.

Pasó una estudiante enfundada en unos tejanos muy ceñidos. Stef la estudió de arriba abajo y, al final, sus

ojos cobraron un poco de vida. La chica estaba todavía más delgada que ella. ¿Cómo era posible que la

demacración se hubiera puesto tan de moda?

—¿Qué hay en Brasil? —preguntó Daniel.

—Un cliente —respondió Nate, que ya estaba cansado de contar su aventura.

John Grisham El testamento

184

—Mamá dice que tienes no sé qué problema con Hacienda.

—Estoy seguro de que eso a tu madre debe de encantarle.

—Supongo. No me pareció que le preocupase demasiado. ¿Te meterán en la cárcel?

—No. ¿Podríamos cambiar de tema?

—Ahí está lo malo, papá. No hay ningún otro tema, sólo el pasado, y allí no podemos regresar.

Stef, el árbitro, puso los ojos en blanco y miró a Daniel como diciendo: «Ya basta».

—¿Por qué dejaste los estudios? —preguntó Nate, deseando que todo aquello terminara de una vez.

—Era muy aburrido, entre otros motivos.

—Se le terminó el dinero —intervino Stef, dirigiéndole a Nate su mejor mirada inexpresiva.

—¿Es eso cierto? —preguntó Nate.

—Es un motivo, ¿no?

El primer impulso de Nate fue sacar el talonario de cheques y resolver los problemas del muchacho. Era

lo que siempre había hecho. La paternidad había sido para él un largo viaje de compras. Si no puedes venir,

envía el dinero. Pero ahora Daniel tenía veintitrés años, era universitario, andaba por ahí con gente como la

señorita Bulimia y ya era hora de que se hundiese o nadara por su cuenta.

Y el talonario de cheques ya no era el de antes.

—Para ti al menos lo es —repuso—. Ponte a trabajar durante un tiempo. Te hará valorar más los

estudios.

Stef no se mostró de acuerdo. Tenía dos amigos que habían abandonado los estudios y prácticamente

habían desaparecido de la faz de la tierra. Mientras ésta seguía parloteando, Daniel se retiró a su rincón del

reservado y apuró su tercera botella. Nate podría haberle soltado toda suerte de sermones sobre el alcohol, pero

sabía que hubiesen sonado muy falsos.

Tras tomarse cuatro cervezas, Stef ya estaba borracha y Nate no tenía nada más que decir. Garabateó su

número de teléfono de St. Michaels en una servilleta y se lo entregó a Daniel.

—Aquí estaré en los próximos dos meses. Llámame si me necesitas.

—Hasta luego, papá —dijo Daniel.

—Cuídate.

Nate salió al gélido aire de la calle y echó a andar en dirección al lago Michigan.

Dos días más tarde estaba en Pittsburgh para su tercera y última cita, que finalmente no se produjo. Había

hablado un par de veces con Kaitlin, la hija de su primer matrimonio, que tenía que reunirse para cenar con él a

las siete y media de la tarde, delante del restaurante del vestíbulo de su hotel. Su apartamento se encontraba a

Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]