- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
y sus amigos en la escuela.
Al cabo de tres días, llegó el momento de la partida. Los niños tenían que regresar a su rutina sin las
complicaciones que la presencia de su padre planteaba. Christi estaba un poco cansada de fingir que jamás había
ocurrido nada entre ellos, y Nate se estaba acostumbrando a la compañía de sus hijos. Prometió llamarlos,
mantenerse en contacto por correo electrónico y volver a verlos muy pronto.
Se fue de Salem con el corazón destrozado. ¿Cómo era posible que hubiera caído tan bajo para perder a
una familia tan maravillosa como aquélla? Casi no recordaba nada de la primera infancia de sus hijos, ni juegos
escolares, ni disfraces en la noche de Halloween, ni mañanas de Navidad, ni visitas al centro comercial. Ahora
sus hijos ya habían crecido y estaba educándolos otro hombre.
Giró hacia el este y se dejó llevar por el tráfico.
Mientras Nate cruzaba serpeando el estado de Montana sin poder quitarse a Rachel de la cabeza, Hark
Gettys presentó un recurso en el que solicitaba la no admisión de la respuesta de Rachel a la impugnación del
testamento. Sus motivos eran obvios y apoyaba su ataque con un informe de veinte páginas de extensión en el
que llevaba un mes trabajando. Estaban a 7 de marzo, Troy Phelan había muerto hacía tres meses, Nate O'Riley
había entrado en el asunto hacía menos de dos, y ya llevaban casi tres semanas trabajando en la presentación de
John Grisham El testamento
182
las pruebas, faltaban cuatro meses para el juicio y el tribunal aún no tenía jurisdicción sobre Rachel Lane. Su
firma no figuraba en ningún documento del expediente oficial del tribunal.
Hark la llamaba «la parte fantasma». Él y los demás impugnadores estaban litigando contra una sombra.
Si la mujer tenía que heredar once mil millones de dólares, lo menos que podía hacer era firmar una renuncia de
comparecencia y cumplir con la ley. Si se había tomado la molestia de contratar a un abogado, bien podía
someterse a la jurisdicción del tribunal.
El paso del tiempo estaba beneficiando enormemente a los herederos, por más que a éstos les costara
tener paciencia mientras soñaban con la riqueza que les aguardaba. Cada semana que pasaba sin que hubiera
noticias de Rachel Lane era una demostración más de que a ésta no le interesaba la causa. En sus reuniones de
los viernes por la mañana los abogados de los Phelan analizaban todo lo ocurrido durante la declaración de los
testigos, hablaban de sus clientes y preparaban la estrategia del juicio; pero, sobre todo, hacían conjeturas acerca
de la razón por la cual Rachel Lane aún no se había presentado, y abrigaban la ridícula esperanza de que no
quisiera el dinero. Era una idea absurda que, sin embargo, afloraba a la superficie todos los viernes.
Las semanas estaban convirtiéndose en meses, y la ganadora de la lotería seguía sin reclamar el premio.
Había otra razón de peso para ejercer presión sobre los defensores de la validez del testamento de Troy
Phelan. Su nombre era Snead. Hark, Yancy, Bright y Langhorne habían presenciado el vídeo de la declaración
de su testigo estelar hasta aprendérsela de memoria y no confiaban demasiado en que éste consiguiese influir en
el ánimo de los miembros del jurado. Nate O'Riley lo había puesto en ridículo, y eso que sólo se trataba de una
declaración. Ya se imaginaban lo afilados que estarían los puñales en presencia de un jurado formado por
personas de la clase media que se las veían y deseaban para pagar las facturas a fin de mes. Snead se embolsaría
medio millón por soltar su historia, pero costaría mucho venderla.
El problema que planteaba Snead estaba muy claro. Era un mentiroso, y a los mentirosos se les solía
atrapar en los juicios. Tras los errores que había cometido durante la declaración, los abogados temían
presentarlo ante un jurado, pues en caso de que se descubriera un par de mentiras más, perderían el juicio.
En cuanto a Nicolette, la mancha del viejo la había invalidado como testigo.
Por si fuera poco, sus clientes no resultaban especialmente simpáticos. Con la excepción de Ramble, que
era el que más temor les inspiraba, todos los demás habían recibido cinco millones de dólares para echar a andar
por la vida. Ningún miembro del jurado ganaría semejante cantidad en toda su existencia.
Los hijos de Troy podrían quejarse todo lo que quisieran de la ausencia de su padre, pero la mitad de los
miembros del jurado procedería sin duda de hogares rotos. Sería muy difícil dirigir la batalla de los psiquiatras,
el aspecto del juicio que más los preocupaba. Nate O'Riley llevaba más de veinte años machacando médicos en
las salas de justicia. Aquellos cuatro sustitutos no podrían resistir sus brutales repreguntas.
Para evitar el juicio, tenían que llegar a un acto de conciliación, y para llegar a un acto de conciliación
tenían que encontrar un fallo. La aparente falta de interés de Rachel Lane era más que suficiente, y constituiría
sin duda su mejor baza.
Josh examinó con admiración el recurso de no admisión. Le encantaban las maniobras legales, los trucos
y las tácticas, y cuando alguien, aunque fuera un adversario, lo hacía bien, él lo aplaudía en silencio.
Todo en la jugada de Hark era perfecto: la elección del momento, la exposición razonada, el informe
espléndidamente argumentado. La posición de los impugnadores del testamento era muy débil, pero sus
problemas no podían compararse con los de Nate. Él no tenía cliente y, junto con Josh, había conseguido
ocultarlo durante dos meses, pero la estratagema ya había tocado a su fin.
Daniel, su hijo mayor, insistió en reunirse con él en un pub. Nate encontró el local, situado a dos
manzanas del campus, cuando ya había anochecido, en una calle llena de bares y clubes. La música, los anuncios
luminosos de cervezas, las estudiantes que gritaban desde la otra acera..., por desgracia, todo aquello le resultaba
muy familiar. Era como Georgetown hacía apenas unos meses, pero ya no lo atraía. Un año atrás, él hubiera
contestado a los gritos de las chicas y las hubiera perseguido de bar en bar, creyendo que aún tenía veinte años y
podía pasarse toda la noche de juerga.
Daniel lo esperaba en un estrecho reservado en compañía de una chica. En la mesa había dos botellas de
cuello largo. Padre e hijo se estrecharon la mano porque un gesto más afectuoso hubiera hecho que el segundo
se sintiera incómodo.
—Ésta es Stef —dijo Daniel, presentando a la chica—. Trabaja como modelo —se apresuró a añadir para
hacerle comprender al viejo que no estaba saliendo con cualquier mujer.
Por una extraña razón, Nate había abrigado la esperanza de pasar unas cuantas horas a solas con su hijo.
Pero no podría ser. Lo primero que le llamó la atención de Stef fue su pintalabios de color gris, aplicado sobre
una boca carnosa en la que se dibujaba una sonrisa forzada.
John Grisham El testamento
183
Ciertamente, la chica era lo bastante corriente y delgada para ser modelo. Sus brazos parecían palos de
escoba, y sus piernas, aunque Nate no podía verlas, debían de ser largas y flacas, con sendos tatuajes en los
tobillos.
A Nate le resultó desagradable de inmediato, y por algún motivo intuyó que se trataba de un sentimiento
mutuo. Era imposible saber lo que Daniel le había contado acerca de él.
Daniel había terminado sus estudios en Grinnell el año anterior y había pasado el verano en India. Nate
hacía tres meses que no lo veía. No había asistido a su fiesta de graduación y ni siquiera le había enviado una
carta, un regalo o lo había llamado para felicitarlo. La tensión en torno a la mesa era evidente, y la modelo no
paraba de fumar y mirar a Nate con rostro inexpresivo.
—¿Quieres una cerveza? —le preguntó Daniel cuando se acercó un camarero; se trataba de un golpe bajo
cuya intención era infligir el mayor dolor posible.
—No; sólo agua —respondió Nate.
Daniel hizo el pedido al camarero y luego dijo:
—¿Sigues tratando de dejarlo?
—Siempre —repuso Nate con una sonrisa, procurando esquivar los golpes.
—¿No has tenido ninguna recaída desde el último verano?
—No. Pero me interesaría hablar de otro tema.
—Dan me ha dicho que has estado en un centro de desintoxicación —intervino Stef, soltando el humo
por la nariz.
A Nate le sorprendió que fuese capaz de pronunciar una frase completa. Hablaba lentamente y su voz era
tan cavernosa como las cuencas de sus ojos.
—Varias veces —contestó Nate—. ¿Qué más te ha contado de mí?
—Yo también he estado en una —admitió ella—, pero sólo una vez. —Parecía orgullosa de su hazaña,
aunque algo triste por su falta de experiencia. Delante de ella había dos botellas de cerveza vacías.
—Qué bien —dijo Nate, como si no le diese importancia. No pretendía mostrarse simpático con ella, y,
además, en un par de meses estaría colgada del brazo de otro hombre. Volvió la mirada hacia Daniel, y le
preguntó—: ¿Cómo van los estudios?
—¿Qué estudios?
—Los de posgrado.
—Lo he dejado.
Su voz sonó áspera. Detrás de aquellas palabras se adivinaba una gran presión. Nate se mostró interesado
por el abandono de los estudios; no sabía muy bien cómo ni por qué. Le sirvieron el agua.
—¿Ya habéis cenado?
Stef evitaba la comida y Daniel no tenía apetito. En cambio, Nate se moría de hambre, pero no quería
comer solo. Miró alrededor. En otro rincón alguien estaba fumándose un porro. Era un local pequeño y ruidoso
de los que tanto le habían gustado en tiempos no muy lejanos.
Daniel encendió otro cigarrillo, un Camel sin filtro, los más cancerígenos del mercado, y arrojó una
bocanada de denso humo hacia la barata araña de cristal del anuncio de una marca de cerveza que colgaba por
encima de ellos. Estaba enfadado y tenso.
La presencia de la chica obedecía a dos razones: impedir las palabras duras y, tal vez, una pelea. Nate
sospechaba que su hijo estaba sin blanca y que deseaba echarle en cara su escaso apoyo pero no se atrevía a
hacerlo, pues sabía que el viejo era frágil y tendía a enfurecerse y perder los estribos. Stef lo obligaría a refrenar
su cólera y su lenguaje.
La segunda razón era hacer que la reunión fuera lo más breve posible.
Nate tardó unos quince minutos en comprenderlo.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó.
Daniel trató de sonreír.
—Bien. La vi por Navidad. Tú te habías ido.
—Estaba en Brasil.
Pasó una estudiante enfundada en unos tejanos muy ceñidos. Stef la estudió de arriba abajo y, al final, sus
ojos cobraron un poco de vida. La chica estaba todavía más delgada que ella. ¿Cómo era posible que la
demacración se hubiera puesto tan de moda?
—¿Qué hay en Brasil? —preguntó Daniel.
—Un cliente —respondió Nate, que ya estaba cansado de contar su aventura.
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184
—Mamá dice que tienes no sé qué problema con Hacienda.
—Estoy seguro de que eso a tu madre debe de encantarle.
—Supongo. No me pareció que le preocupase demasiado. ¿Te meterán en la cárcel?
—No. ¿Podríamos cambiar de tema?
—Ahí está lo malo, papá. No hay ningún otro tema, sólo el pasado, y allí no podemos regresar.
Stef, el árbitro, puso los ojos en blanco y miró a Daniel como diciendo: «Ya basta».
—¿Por qué dejaste los estudios? —preguntó Nate, deseando que todo aquello terminara de una vez.
—Era muy aburrido, entre otros motivos.
—Se le terminó el dinero —intervino Stef, dirigiéndole a Nate su mejor mirada inexpresiva.
—¿Es eso cierto? —preguntó Nate.
—Es un motivo, ¿no?
El primer impulso de Nate fue sacar el talonario de cheques y resolver los problemas del muchacho. Era
lo que siempre había hecho. La paternidad había sido para él un largo viaje de compras. Si no puedes venir,
envía el dinero. Pero ahora Daniel tenía veintitrés años, era universitario, andaba por ahí con gente como la
señorita Bulimia y ya era hora de que se hundiese o nadara por su cuenta.
Y el talonario de cheques ya no era el de antes.
—Para ti al menos lo es —repuso—. Ponte a trabajar durante un tiempo. Te hará valorar más los
estudios.
Stef no se mostró de acuerdo. Tenía dos amigos que habían abandonado los estudios y prácticamente
habían desaparecido de la faz de la tierra. Mientras ésta seguía parloteando, Daniel se retiró a su rincón del
reservado y apuró su tercera botella. Nate podría haberle soltado toda suerte de sermones sobre el alcohol, pero
sabía que hubiesen sonado muy falsos.
Tras tomarse cuatro cervezas, Stef ya estaba borracha y Nate no tenía nada más que decir. Garabateó su
número de teléfono de St. Michaels en una servilleta y se lo entregó a Daniel.
—Aquí estaré en los próximos dos meses. Llámame si me necesitas.
—Hasta luego, papá —dijo Daniel.
—Cuídate.
Nate salió al gélido aire de la calle y echó a andar en dirección al lago Michigan.
Dos días más tarde estaba en Pittsburgh para su tercera y última cita, que finalmente no se produjo. Había
hablado un par de veces con Kaitlin, la hija de su primer matrimonio, que tenía que reunirse para cenar con él a
las siete y media de la tarde, delante del restaurante del vestíbulo de su hotel. Su apartamento se encontraba a
