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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.

Después de la siesta y de otra comida, Nate también salió a dar un paseo. Caminaba despacio, a ser

posible por la sombra, y siempre con una botella de agua en la mano. Descansó en el peñasco que se levantaba

por encima del río y contempló la majestuosidad del Pantanal, que se extendía ante sus ojos a lo largo de cientos

de kilómetros.

El agotamiento lo venció y lo obligó a regresar renqueando al hotel para descansar. Se quedó dormido y,

cuando despertó, Jevy estaba aporreando la puerta. Habían acordado reunirse para cenar a las siete. Eran las

ocho. Al entrar en la habitación, Jevy miró inmediatamente alrededor en busca de botellas vacías. No había

ninguna.

Comieron pollo asado en la terraza de un café. La noche estaba llena de música y viandantes. Los

matrimonios con hijos pequeños compraban helados y regresaban lentamente a casa. Los adolescentes paseaban

en grupos sin destino aparente. Los clientes de los bares abarrotados ocupaban las aceras. Los chicos y las chicas

Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.

En una cercana mesa un hombre bebía una cerveza Brahma fría directamente de la botella. Nate observó

con atención cada uno de sus movimientos.

Después del postre, ambos se despidieron y prometieron reunirse a primera hora del día siguiente para

reanudar la búsqueda. Jevy tomó una dirección y Nate, que se sentía descansado y estaba harto de la cama, otra.

A dos manzanas de distancia del río, las calles estaban más tranquilas. Las tiendas habían cerrado, las

casas tenían las luces apagadas y el tráfico era más fluido. Más adelante, Nate vio las luces de una capillita.

«Seguro que está allí», se dijo.

La puerta principal estaba abierta de par en par y Nate vio desde la acera las filas de bancos de madera, el

púlpito vacío, el mural de Jesucristo en la cruz y las espaldas de un puñado de fieles inclinados en actitud de

plegaria y meditación. La suave música del órgano lo indujo a entrar. Se detuvo junto a la puerta y contó cinco

personas repartidas entre los bancos; ninguna de ellas estaba sentada al lado de otra ni guardaba el menor

parecido con Rachel. Bajo el mural, el banco del órgano estaba vacío. La música procedía de un altavoz.

Podía esperar. Tenía tiempo; quizás ella apareciese. Se sentó en el último banco, apartado de todos.

Estudió la figura del Cristo crucificado, los clavos de las manos, la herida del costado, la expresión de

sufrimiento. ¿De veras lo habían matado de una manera tan atroz? Por el camino, en un determinado momento

de su desventurada vida de seglar, Nate había leído o le habían contado los hechos esenciales de la vida de

Jesucristo: el nacimiento virginal del que procedía la fiesta de Navidad, el episodio en que Jesús caminaba sobre

las aguas; quizás uno o dos milagros más; ¿era a él o a otro a quien se había tragado la ballena? Y después, lo de

la traición de judas; el juicio ante Poncio Pilato; la crucifixión y la resurrección de la que procedía la fiesta de la

Pascua, y, finalmente, la ascensión a los cielos.

Sí, conocía los hechos esenciales. Tal vez su madre se los hubiera contado. Ninguna de sus dos esposas

era practicante, aunque la segunda era católica y en alguna ocasión habían ido a la misa de medianoche por

Nochebuena.

Entraron tres personas más. Un joven con una guitarra salió de una puerta lateral y se dirigió al púlpito.

Eran exactamente las nueve y media. El joven se puso a entonar una canción mientras su rostro se iluminaba con

palabras de fe y alabanza. Un banco más allá, una mujer menuda empezó a batir palmas y a cantar.

Quizá la música atrajera a Rachel. Seguramente echaba de menos la auténtica adoración en una iglesia

con suelo de madera, vidrieras de colores y gente totalmente vestida, leyendo la Biblia en un idioma moderno.

Seguro que acudía a los templos cuando visitaba Corumbá.

Cuando terminó la canción, el joven leyó algo y empezó a hablar. Su portugués era el más lento que Nate

hubiera escuchado hasta entonces a lo largo de su pequeña aventura. Los suaves y prolongados sonidos y la

pausada cadencia lo hipnotizaban. A pesar de que no comprendía ni una sola palabra, trató de repetir las frases.

Después, sus pensamientos se perdieron.

John Grisham El testamento

140

Su cuerpo había eliminado las fiebres y las sustancias químicas. Estaba bien alimentado, despierto y

descansado. Volvía a ser el mismo de siempre y, al comprenderlo así, se sintió profundamente deprimido. El

presente había regresado de la mano del futuro.

Las pesadas cargas que había dejado con Rachel habían vuelto a localizarlo en aquella capilla. Necesitaba

que ella se sentara a su lado, tomara su mano y lo ayudara a rezar.

Nate aborrecía sus debilidades. Las nombró una a una y la extensión de la lista lo entristeció. Los

demonios lo esperaban en casa; los buenos amigos y los malos amigos, sus locales preferidos y las malas

costumbres, las presiones que ya no tenía modo de resistir. La vida no se podía vivir con gente como Sergio a

mil dólares al día, y tampoco gratis, en las calles.

El joven rezaba con los ojos cerrados y los brazos ligeramente levantados. Nate también cerró los ojos e

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