Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
John Grisham - El testamento.doc
Скачиваний:
8
Добавлен:
12.11.2019
Размер:
1.64 Mб
Скачать

Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba

pagando tanto refinamiento.

Rex cambió de tema.

—¿Has leído las seis peticiones? —preguntó.

Troy junior se zampó una fresa y negó con la cabeza. Ni siquiera había leído la que se había presentado

en su nombre. Hemba y Hamilton habían discutido los detalles con él y él había firmado, pero era un documento

muy largo y Biff estaba esperándolo en el automóvil.

—Pues yo las he leído todas muy despacio y con mucho cuidado, y las seis son iguales. Tenemos seis

bufetes haciendo el mismo trabajo e impugnando el mismo testamento. Es absurdo.

—Yo también le he estado dando vueltas al asunto —dijo Troy junior en tono esperanzado.

—Y los seis esperan hacerse ricos cuando se llegue a un arreglo. ¿Cuánto van a cobrar los tuyos?

—¿Cuánto cobrará Hark Gettys? —El veinticinco por ciento.

—Los míos quieren el treinta. Hemos acordado dejarlo en el veinte —dijo Troy junior, y se sintió

momentáneamente orgulloso por el hecho de haber conseguido superar a Rex en la negociación.

—Vamos a hacer unos cálculos —continuó Rex—. Supongamos que contratamos a Snead, que éste dice

lo que tiene que decir, que intervienen nuestros psiquiatras, que se arma un follón y que la otra parte accede a

llegar a un acto de conciliación. Supongamos que cada heredero recibe... qué sé yo, unos veinte millones. Eso

sumarían cuarenta en esta mesa. Cinco son para Hark. Cuatro para tus chicos. Ya son nueve, y nosotros nos

quedamos con treinta y uno.

—Yo acepto.

—Y yo también, pero si eliminamos a tus chicos y sumamos nuestras fuerzas, Hark reducirá su

porcentaje. No necesitamos tantos abogados, TJ. Están cabalgando los unos sobre los hombros de los otros a la

espera de echarse encima de nuestro dinero.

—No soporto a Hark Gettys.

—Muy bien. Deja que yo trate con él. No te pido que seáis amigos.

—¿Y por qué no despedimos a Hark y nos quedamos con mis chicos?

—Porque el que ha dado con Snead es Hark. Porque Hark ha encontrado el banco que nos prestará el

dinero para comprar a Snead. Porque Hark está dispuesto a firmar los papeles y tus chicos respetan demasiado la

ética. Es un asunto desagradable, TJ. Hark lo comprende.

—Pues a mí me parece un estafador hijo de puta.

—¡Por supuesto que sí! Es nuestro estafador y, si unimos nuestras fuerzas, su porcentaje bajará de

Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a

Libbigail, el porcentaje se reducirá a quince.

Jamás conseguiremos convencer a Libbigail.

—Siempre cabe la posibilidad. Si tres de nosotros nos juntamos, quizá nos haga caso.

—¿Y qué me dices del matón de su esposo?

Troy junior formuló la pregunta con absoluta sinceridad. Estaba hablando con un hermano, casado con

una bailarina de striptease.

—Iremos incorporándolos uno a uno. Cerremos el trato y vayamos a ver a Mary Ross. No me parece que

su abogado, ese tal Grit, sea demasiado listo.

—Es absurdo que nos peleemos —dijo tristemente Troy junior.

—Y nos costará una fortuna. Ya es hora de que hagamos una tregua.

John Grisham El testamento

128

—Mamá se sentirá orgullosa.

Los indios llevaban muchas décadas utilizando la elevación de terreno que había cerca del Xeco. Servía

de campamento para los pescadores, que a veces se quedaban a pasar la noche allí, y de parada para los barcos

que navegaban por el río. Rachel, Lako y otro indio llamado Ten estaban acurrucados bajo un cobertizo a la

espera de que cesara la tormenta. La techumbre, de paja, tenía goteras, y el viento les arrojaba la lluvia a la cara.

Tras pararse una hora luchando contra la tormenta para sacar del Xaco la canoa, ésta se encontraba ahora a sus

pies. Rachel tenía la ropa empapada, pero, por suerte, el agua que caía del cielo estaba caliente. Los indios sólo

llevaban una cuerda alrededor de la cintura y un taparrabo de cuero.

En otro tiempo ella había dispuesto de un bote de madera provisto de un viejo motor. Había pertenecido a

sus predecesores, los Cooper, y cuando conseguía combustible la utilizaba para navegar por los ríos que unían

los cuatro poblados ípicas, y viajar a Corumbá, lo que suponía dos largos días a la ída, y cuatro a la vuelta.

El motor finalmente se averió y no hubo dinero para comprar otro. Cada año, cuando presentaba su

modesto presupuesto a Tribus del Mundo, Rachel pedía una lancha motora nueva o, por lo menos, una de

segunda mano que estuviera en buen estado. Había encontrado una en Corumbá por trescientos dólares, pero los

presupuestos de la organización era muy ajustados y sus asignaciones se gastaban en suministros médicos y

literatura bíblica. «Sigue rezando —le decían—. Puede que el año que viene...»

Rachel lo aceptaba sin protestar. Si el Señor quería que ella tuviera una nueva fuera de borda, la tendría.

El cómo y el cuándo lo dejaba en Sus manos. Ella no tenía que preocuparse por semejantes cuestiones.

Puesto que no disponía de embarcación, se desplazaba a pie entre los distintos poblados, casi siempre en

compañía del lisiado Lako. Cada mes de agosto convencía al jefe de que le prestara una canoa y a un guía para

desplazarse al Paraguay. Allí esperaba el paso de una embarcación de transporte de ganado o de una chalana que

se dirigiera hacia el sur. Dos años atrás había tenido que esperar tres días, en los que durmió en el establo de una

pequeña fazenda a la orilla del río. En tres días pasó a convertirse de extraña en amiga y de amiga en misionera,

pues el granjero y su esposa acabaron abrazando el cristianismo gracias a sus enseñanzas y sus oraciones.

Al día siguiente se quedaría con ellos hasta que pasara algún barco con destino a Corumbá.

El viento aullaba a través del cobertizo. Rachel tomó la mano de Lako y ambos se pusieron a rezar, no

por su seguridad, sino por la salud de su amigo Nate.

Al señor Stafford le sirvieron el desayuno, a base de cereales y fruta, en su escritorio. No quería

abandonar su despacho y, tras haber anunciado que pensaba quedarse encerrado todo el día en sus oficinas, las

secretarias tuvieron que correr a reorganizar nada menos que seis citas. A las diez, pidió que le trajeran un bollo.

Llamó a Valdir y le dijeron que había salido de su despacho para acudir a una cita en la otra punta de la ciudad.

Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]