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John Grisham - El testamento.doc
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Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una

adormilada enfermera se hizo cargo de él. Jevy y Valdir contemplaron desde un rincón cómo el médico y la

enfermera desnudaban al paciente. La enfermera lo lavó con alcohol y unos paños blancos. El médico estudió el

sarpullido, que empezaba en la barbilla y terminaba en la cintura. Nate estaba cubierto por completo de

picaduras de mosquito, algunas de las cuales se habían convertido en pequeñas llagas rojas de tanto que se había

rascado. Le tomaron la temperatura, la presión arterial y las pulsaciones cardíacas. —Parece dengue —

diagnosticó el médico diez minutos después.

A continuación le dio una rápida lista de instrucciones a la enfermera. Ésta apenas lo escuchó, pues ya se

las sabía de memoria, y empezó a lavar el cabello del paciente.

Nate musitó algo que no estaba dirigido a ninguno de los presentes. Aún tenía los ojos cerrados a causa

de la hinchazón de los párpados, llevaba una semana sin afeitarse y se hubiera encontrado a gusto tirado en una

cuneta, delante de un bar.

—La fiebre es muy alta —dijo el médico—. Está delirando. Empezaremos por suministrarle antibióticos

y analgésicos por vía intravenosa, mucha agua y, más tarde, quizás un poco de comida.

La enfermera aplicó un grueso apósito de gasa sobre los ojos de Nate y lo aseguró con un trozo de

esparadrapo.

Localizó la vena y empezó a administrarle el gota a gota. Sacó una bata amarilla de un cajón y se la puso.

El médico volvió a tomarle la temperatura.

—Debería empezar a bajarle muy pronto —le dijo a la enfermera—. En caso contrario, llámeme a mi

casa.

Consultó su reloj.

—Gracias —musitó Valdir.

—Lo veré mañana a primera hora —dijo el médico, y se marchó. Jevy vivía en las afueras de la ciudad,

en una zona donde las casas eran muy pequeñas y las calles no estaban asfaltadas. Se quedó dos veces dormido

mientras Valdir lo llevaba hasta allí en su coche.

La señora Stafford estaba comprando antigüedades en Londres. El teléfono sonó doce veces antes de que

Josh respondiera. El reloj digital marcaba las 2.20 de la madrugada.

John Grisham El testamento

126

—Aquí Valdir —anunció la voz.

—Ah, sí, Valdir. —Josh se rascó la cabeza rogando en que sean buenas noticias. —Su chico ha vuelto.

—Gracias a Dios.

—Pero no se encuentra bien.

—¡Cómo! ¿Qué le ha ocurrido?

—Tiene la fiebre del dengue, una enfermedad muy parecida a la malaria. La transmiten los mosquitos.

Aquí es bastante frecuente.

—Yo creía que tenía medicinas para todo. Josh se había levantado, estaba inclinado y se tiraba del

cabello con aire distraído.

—No hay ninguna medicina para el dengue.

—No se va a morir, ¿verdad?

—Qué va. Está en el hospital. Lo atiende un médico amigo mío. Asegura que el chico se repondrá.

—¿Cuándo podré hablar con él?

—Quizá mañana. Tiene mucha fiebre y está inconsciente.

—¿Encontró a la mujer?

—Sí.

«Así me gusta», pensó Josh. Dejó escapar un suspiro de alivio y se sentó en la cama. De modo que era

Verdad que ella estaba allí.

—Déme el número de su habitación.

—No hay teléfono en las habitaciones.

—Pero es una habitación privada, ¿no? Vamos, Valdir, aquí el dinero no es problema. Dígame que está

bien atendido.

—Está en muy buenas manos, pero el hospital es un poco distinto de los que tienen ustedes.

—¿Le parece que me desplace hasta allí?

—Si usted quiere..., pero no es necesario. No podrá cambiar el hospital. El médico es muy bueno.

—¿Cuánto deberá permanecer ingresado?

—Unos cuantos días. Mañana por la mañana lo sabremos con mayor exactitud.

—Llámeme temprano, Valdir. Lo digo en serio. He de hablar con él cuanto antes.

—Sí, lo llamaré temprano.

Josh se dirigió a la cocina para tomarse un vaso de agua fría. Después empezó a caminar arriba y abajo en

su estudio. A las tres de la madrugada, se dio por vencido, se preparó un café muy cargado y bajó a su despacho

del sótano.

Como era un norteamericano muy rico, no repararon en gastos. A Nate le inyectaron en las venas los

mejores medicamentos que había en la farmacia. La fiebre remitió, y dejó de sudar. El dolor desapareció por

efecto de las mejores sustancias químicas fabricadas en Estados Unidos. Roncaba sumido en un profundo sueño

cuando, dos horas después de su llegada, la enfermera y un camillero lo trasladaron a su habitación, que esa

noche compartiría con otros cinco pacientes. Afortunadamente para él, tenía los ojos vendados y se encontraba

en estado comatoso. No pudo ver las llagas abiertas, los temblores incontrolados del viejo que tenía al lado, la

exangüe y encogida criatura que había al otro lado de la estancia. No pudo aspirar el hedor de las excreciones

corporales.

Aunque no poseía activos a su nombre y se había pasado buena parte de su vida adulta metido en apuros

económicos, Rex Phelan tenía talento para los números. Se trataba de una de las pocas cosas que había heredado

de su padre. Era el único heredero Phelan dotado de la capacidad y la resistencia suficientes para leer las seis

peticiones de impugnación del testamento de Troy. Al terminar, se dio cuenta de que seis bufetes estaban

repitiendo, en esencia, los mismos argumentos. Más aún, parte de la jerga legal parecía copiada directamente de

la anterior o de la siguiente.

Seis bufetes estaban librando la misma batalla y cada uno de ellos exigía una parte exorbitante del pastel.

Ya era hora de llegar a un pequeño acuerdo familiar. Decidió empezar con su hermano TJ, que era el blanco más

fácil, pues sus abogados seguían aferrados a cuestiones éticas.

Ambos hermanos acordaron reunirse en secreto; sus esposas se odiaban mutuamente, por lo que bastaría

con que no se enteraran para evitar las discordias. Rex le dijo a Troy junior por teléfono que ya era hora de que

enterraran el hacha de guerra. Los intereses económicos así lo exigían.

John Grisham El testamento

127

Se encontraron para desayunar en una crepería de una zona residencial y, tras pasarse unos minutos

tomando crepes y hablando de fútbol, la irritación que reinaba entre ambos se esfumó. Rex fue directamente al

grano contando la historia de Snead.

—Es algo tremendo —dijo rebosante de entusiasmo—. Puede hacernos ganar o perder el juicio. —

Reforzó su argumento, abordando poco a poco el pagaré que todos los abogados, menos los de Troy junior,

querían firmar—. Tus abogados están poniendo muchos peros —añadió con expresión sombría, mirando

rápidamente a su alrededor como si hubiera espías sentados a la barra.

—¿El hijo de puta pide cinco millones? —preguntó Troy junior, todavía sin poder creerse lo de Snead.

—Es una ganga. Mira, está dispuesto a decir que fue la única persona que estaba con papá cuando

redactó el testamento. Hará lo que sea necesario para cargárselo. Ahora sólo exige medio millón. Más adelante

podemos birlarle el resto.

A Troy junior le pareció bien. Cambiar de bufete jurídico no constituía ninguna novedad para él. Si

hubiese sido sincero, habría reconocido que la firma a la que pertenecían Hemba y Hamilton era un poco

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