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John Grisham - El testamento.doc
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Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.

Estaban agotados y tenían que detenerse. «Hace tres horas que deberían haberse acostado», pensó Jevy.

Buscaron un sitio y desembarcaron.

Lako explicó que llevaba muchos años trabajando como ayudante de la misionera. Había visto numerosos

casos de malaria; él mismo la había contraído en tres ocasiones. Retiró la tienda que cubría la cabeza y el pecho

de Nate y le tocó la frente. Tenía mucha fiebre, le dijo a Jevy, que sostenía la linterna de pie en medio del barro

y estaba deseando subir de nuevo a la embarcación.

No se podía hacer nada, sentenció Lako completando su diagnóstico. La fiebre desaparecería y, a las

cuarenta y ocho horas, se produciría otro acceso. Le preocupaban los ojos hinchados, pues era la primera vez

que veía algo así en un caso de malaria.

El mayor de los guías dijo algo a Lako al tiempo que señalaba hacia el oscuro río. La traducción que

recibió Jevy fue que se mantuviera en el centro de la corriente y no prestara atención a los pequeños horcajos,

sobre todo a los de la izquierda; en cuestión de un par de horas encontraría el Paraguay. Jevy les dio

efusivamente las gracias y se puso nuevamente en marcha.

La fiebre no remitió. Una hora más tarde, Jevy examinó a Nate y observó que el rostro le ardía tanto

como antes; estaba acurrucado en posición fetal, parecía semi-inconsciente y murmuraba palabras inconexas.

Jevy le hizo beber un poco de agua y le echó el resto sobre el rostro.

El Xeco era ancho y muy fácil de navegar. Pasaron por delante de una casa (Jevy se dijo que debía de

hacer un mes que no veía una) y como un faro que llamara a un barco extraviado, la luna se abrió paso entre las

nubes e iluminó las aguas que tenían delante.

—¿Puede oírme, Nate? —preguntó Jevy sin levantar la voz lo bastante como para que se le oyera—.

Nuestra suerte está cambiando.

Después bajó hacia el Paraguay siguiendo el reflejo de la luna.

Se trataba de una chalana, una especie de caja de zapatos flotante de nueve metros de eslora, dos metros y

medio de manga y fondo plano, utilizada como medio de transporte en el Pantanal. Jevy había capitaneado

Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió

exactamente la clase de embarcación que era.

Además, conocía al capitán, que en el instante en que el marinero detuvo la chalana dormía en su litera.

Eran casi las tres de la madrugada. Jevy amarró la batea a la proa y saltó a bordo. Le dieron dos bananas

mientras él les ofrecía un rápido resumen de lo que estaba haciendo. El marinero le sirvió café azucarado. Se

dirigían al norte, a la base militar de Porto Indio para comerciar con los soldados. Les sobraban unos cuantos

litros de combustible. Jevy prometió pagarles en Corumbá. Tranquilo. En el río todo el mundo echa una mano.

Más café y unos barquillos azucarados. Después Jevy preguntó por Welly y el Santa Loura.

John Grisham El testamento

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—Está en la desembocadura del Cabixa —dijo—, amarrado en el lugar donde antes había un

embarcadero.

Sacudieron la cabeza.

—Pues allí no lo hemos visto —repuso el capitán.

El marinero lo confirmó. Conocían el Santa Loura y hubiera sido imposible que les pasase inadvertido.

—Tiene que estar allí —insistió Jevy.

—No. Ayer al mediodía pasamos por el Cabixa. No había ni rastro del Santa Loura.

Quizá Welly se hubiera adentrado un poco en el Cabixa para ir en su busca. Debía de estar muy

preocupado. Jevy lo perdonaría por haber movido el Santa Loura de sitio, pero no sin antes pegarle una bronca.

El barco estaría allí, no le cabía la menor duda. Tomó un poco más de café y les contó lo de Nate y la

malaria. En Corumbá corrían rumores acerca de que la enfermedad estaba asolando el Pantanal. Para Jevy

aquello no era nada nuevo.

Llenaron un bidón de combustible de uno de los barriles de la chalana. Por regla general, el tráfico fluvial

en la estación de las lluvias era tres veces más rápido corriente abajo que en sentido contrario. Una batea con un

buen motor podía llegar al Cabixa en cuatro horas, al puesto de venta de la orilla del río en diez y a Corumbá en

dieciocho. El Santa Loura, en caso de que lo encontraran, tardaría un poco más, pero al menos allí tendrían

hamacas y comida.

El plan de Jevy era detenerse y descansar brevemente en el Santa Loura. Quería acostar a Nate en una

cama y utilizaría el teléfono satélite para llamar a Corumbá y ponerse en contacto con Valdir. A su vez, éste

buscaría a un buen médico que sabría qué hacer cuando llegaran a la ciudad.

El capitán le dio otra caja de barquillos y un vaso de papel lleno de café. Jevy prometió reunirse con ellos

en Corumbá a la semana siguiente. Les dio las gracias y soltó las amarras. Nate estaba vivo, pero inmóvil. La

fiebre seguía sin remitir.

Levy, a quien el café había ayudado a mantenerse despierto, se puso a ajustar el estrangulador, abriéndolo

hasta que el motor empezaba a renquear y cerrándolo antes de que se parara. Cuando se desvaneció la oscuridad,

una espesa bruma se extendió sobre el río.

Llegó a la desembocadura del Cabixa una hora después del amanecer. El Santa Loura no estaba allí. Jevy

amarró la batea en el viejo embarcadero y se dirigió hacia la única casa que había cerca de la orilla para hablar

con el propietario. Lo encontró en el establo, ordeñando una vaca. El hombre recordaba a Jevy y le contó la

historia de la tormenta que se había llevado el barco. Jamás se había visto nada peor por allí. Ocurrió en mitad

de la noche y nadie vio nada. El viento soplaba con tal fuerza que él, su mujer y su hijo se habían escondido

debajo de la cama.

—¿Dónde se hundió? —preguntó Jevy.

—No lo sé.

—¿Y el chico?

—¿Welly? Ni idea.

—¿Nadie ha visto al chico? ¿Has preguntado por ahí?

No había hablado con nadie del río desde que Welly desapareciera en la tormenta. Estaba muy triste por

lo ocurrido y, para redondear la cosa, señaló que, en su opinión, lo más probable era que Welly hubiese muerto.

Nate no había muerto. La fiebre bajó considerablemente y, cuando despertó, tenía frío y estaba sediento.

Se abrió los párpados con ayuda de los dedos y en torno a él sólo vio agua, la maleza de la orilla y la granja.

—Jevy —musitó.

Se notaba la garganta irritada y hablaba con un hilo de voz. Se incorporó y se pasó un rato frotándose los

ojos. No podía enfocar nada. Jevy no contestaba. Le dolía todo el cuerpo: los músculos, las articulaciones, hasta

la sangre que circulaba por su cerebro. Tenía un fuerte sarpullido en el pecho y el cuello y se rascó tanto que se

hizo daño. El olor que despedía su cuerpo lo mareaba.

El granjero y su mujer acompañaron a Jevy a la embarcación. No tenían ni una gota de combustible, lo

que contrarió a su visitante.

—¿Cómo se encuentra, Nate? —preguntó Jevy, saltando al interior de la embarcación.

—Me estoy muriendo —contestó Nate en un débil susurro. Jevy le tocó la frente y le acarició suavemente

el sarpullido.

—Le ha bajado la fiebre.

—¿Dónde estamos?

—En el Cabixa. Ni rastro de Welly. El barco se hundió en una tormenta.

John Grisham El testamento

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—Vaya suerte la nuestra —dijo Nate, haciendo una mueca al sentir una punzada de dolor en la cabeza—.

¿Dónde está Welly?

—No lo sé. ¿Podrá aguantar hasta Corumbá?

—Preferiría morirme de una maldita vez.

—Acuéstese, Nate.

Se apartaron de la orilla sin prestar atención al granjero y a su mujer, que los saludaban con la mano,

hundidos en el barro hasta los tobillos.

Nate permaneció un rato incorporado. La caricia del viento en el rostro le resultaba agradable. Sin

embargo, no tardó en volver a sentir frío. Un estremecimiento le atravesó el pecho y lo obligó a acostarse. Bajo

la tienda, Nate trató de rezar por Welly, pero sólo pudo concentrarse en ello durante unos segundos. Se resistía a

creer que hubiera contraído la malaria.

Hark preparó el almuerzo con todo detalle. Éste se iba a celebrar en el comedor privado del hotel Hay-

Adams. Habría ostras y canapés, caviar y salmón, champán francés y ensaladas variadas. A las once ya estaban

todos allí, vestidos con prendas informales y metiendo mano a los canapés.

Les había asegurado que la reunión era de la máxima importancia, y su carácter estrictamente reservado.

Había localizado al único testigo que podía permitirles ganar el pleito. Sólo habían sido invitados los abogados

de los hermanos Phelan. Las ex esposas aún no habían impugnado el testamento y no tenían demasiado interés

en participar. Su posición legal era muy débil. El juez Wycliff le había dado a entender confidencialmente a uno

de sus abogados que no vería con buenos ojos las frívolas demandas de aquellas.

Tanto si su comportamiento era frívolo como si no, los seis hermanos se habían apresurado a impugnar el

testamento. Todos habían entrado en la refriega, alegando esencialmente lo mismo: que Troy Phelan no estaba

en pleno uso de sus facultades mentales en el momento de firmar su último testamento.

Un máximo de dos abogados por heredero, y a ser posible sólo uno, había sido autorizado a participar en

la reunión. Hark estaba presente en representación de Rex. Wally Bright lo estaba en representación de

Libbigail. Yancy era el único abogado de Ramble. Grit estaba allí en representación de Mary Ross. Y la señora

Langhorne, la antigua profesora de Derecho, era la representante de Geena y Cody. Troy junior había contratado

y despedido a tres bufetes desde la muerte de su padre.

Sus más recientes abogados pertenecían a una firma con cuatrocientos letrados en plantilla. Se llamaban

Hemba y Hamilton y se presentaron a la recién creada confederación.

Hark cerró la puerta y dirigió la palabra al grupo. Les ofreció una breve biografía de Malcolm Snead, un

hombre con quien había venido reuniéndose casi a diario.

—Estuvo al servicio del señor Phelan durante treinta años —explicó con expresión muy seria—. Es

probable que lo ayudara a redactar su último testamento, y también lo es que esté dispuesto a declarar que el

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