- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
No me importaban aquellas personas. Más tarde supe que mi madre biológica se había suicidado. ¿Qué le
parece, Nate? Mis verdaderos progenitores se suicidaron. ¿Habrá algo en mis genes?
—No. Usted es mucho más fuerte que ellos.
—Yo acojo la muerte de buen grado.
—No diga eso. ¿Cuándo conoció a Troy?
—Transcurrió un año. Él y mi madre se hicieron amigos por teléfono. Ella llegó a convencerse de que los
motivos de Troy eran buenos, de modo que un día éste se presentó en nuestra casa. Tomamos té con pastas y
después él se fue. Más adelante envió dinero para mi matrícula de la universidad y comenzó a insistir en que
aceptara un empleo en una de sus empresas. Empezó a comportarse como un padre y a mí me molestó. De
pronto murió mi madre y el mundo se derrumbó en torno a mí. Cambié de apellido y me matriculé en la Facultad
de Medicina. A lo largo de los años recé por Troy tal como rezo por todas las personas extraviadas que conozco,
y pensé que él se había olvidado de mí.
—Está claro que no —dijo Nate.
Un mosquito negro se posó en su muslo y él lo aplastó con fuerza suficiente como para partir un madero.
En caso de que fuese portador de la malaria, ya no podría transmitírsela a nadie. El rojo perfil de la huella de su
mano se dibujó en su piel.
Le pasó a Rachel el documento de renuncia y el de acuse de recibo. Ella los leyó atentamente.
—No voy a firmar nada —dijo—. No quiero
—Pues quédeselos. Y rece por ellos.
—¿Se está usted burlando de mí?
—No. Es que no sé qué voy a hacer ahora.
—En eso no puedo ayudarle. No obstante, le pediré un solo favor.
—Lo que usted quiera.
—No le diga a nadie dónde estoy. Se lo suplico, Nate. Le ruego que proteja mi intimidad.
—Se lo prometo, pero tiene usted que ser realista.
—¿Qué quiere decir?
—Es una historia muy llamativa. Si acepta el dinero, se convertirá en la mujer más rica del mundo. Si lo
rechaza, el caso será todavía más sensacional.
—¿Y eso a quién le importa?
—Qué inocente es usted. Veo que está muy bien protegida contra los medios de comunicación.
Actualmente las noticias son incesantes, veinticuatro horas de interminable información acerca de todo. Horas y
horas de noticiarios, programas de noticias, bustos parlantes, reportajes de última hora. Todo es basura. Ninguna
noticia es lo bastante insignificante para que no se la localice y se la rodee de sensacionalismo.
—Pero ¿cómo van a encontrarme?
—Buena pregunta. Tenemos suerte, porque Troy le había seguido la pista, pero, que sepamos, no se lo
comunicó a nadie.
—Lo cual significa que estoy a salvo, ¿no? Usted no puede revelar mi paradero. Los abogados de su
bufete tampoco.
—Muy cierto.
John Grisham El testamento
117
—Y usted se había extraviado cuando llegó aquí, ¿verdad?
—Por completo.
—Tiene que protegerme, Nate. Éste es mi hogar. Ésta es mi gente. No quiero verme obligada a huir otra
vez.
UNA HUMILDE MISIONERA DE LA SELVA RECHAZA UNA FORTUNA DE ONCE MIL
MILLONES DE DÓLARES Menudo titular. Los buitres invadirían el Pantanal con sus helicópteros y sus
vehículos anfibios. Nate se compadeció de ella. —Haré lo que pueda —dijo.
—¿Me da su palabra?
—Sí, se lo prometo.
El cortejo de despedida lo encabezaba el jefe en persona, seguido de su mujer y una docena de hombres
y, a continuación, Jevy y no menos de diez hombres más. Todos avanzaron por el tortuoso sendero que conducía
al río.
—Ya es hora de que se vayan —dijo Rachel.
—Supongo que sí. ¿Seguro que estaremos a salvo en la oscuridad?
—Sí. El jefe envía a sus mejores pescadores. Dios los protegerá. Rece sus oraciones.
—Así lo haré.
—Yo rezaré por usted todos los días, Nate. Es usted una buena persona y tiene buen corazón. Merece
salvarse.
—Gracias. ¿Quiere usted casarse?
—No puedo.
—Por supuesto que puede. Yo me encargo del dinero, usted se encarga de los indios. Conseguimos una
choza más grande y nos quitamos la ropa.
Ambos se echaron a reír y aún estaban sonriendo cuando apareció el jefe. Nate se levantó para decir hola,
adiós o lo que fuera, pero por un instante se le nubló la vista. Una oleada de vértigo le subió desde el pecho y le
atravesó la cabeza. Consiguió recuperarse, recobró la visión y miró a Rachel para comprobar si ésta se había
dado cuenta.
No lo había hecho. Los párpados empezaron a dolerle y las articulaciones y los codos a palpitarle.
Tras una serie de ceremoniosos gruñidos en lengua ipica, todo el mundo se acercó al río. Cargaron
comida en la embarcación de Jevy y en las dos estrechas canoas que iban a utilizar los guías y Lako. Nate le dio
las gracias a Rachel, quien a su vez dio las gracias al jefe. Cuando hubieron terminado todas las despedidas de
rigor, llegó el momento de la partida.
De pie con el agua hasta los tobillos, Nate abrazó cariñosamente a Rachel y le dio unas palmadas en la
espalda diciendo:
—Gracias.
—¿Gracias por qué?
—Pues la verdad es que no lo sé. Gracias por crear una fortuna en honorarios de abogados.
—Me cae usted bien, Nate —dijo ella sonriendo—, pero me importan un bledo el dinero y los abogados.
—Usted también me cae bien.
—No vuelva, se lo ruego.
—No se preocupe.
Todo el mundo estaba esperando. Los pescadores ya se encontraban en el río. Jevy sostenía en su mano el
canalete, ansioso de iniciar la travesía.
Nate puso un pie en la embarcación.
—Podríamos pasar la luna de miel en Corumbá —insistió en tono de broma.
—Adiós, Nate —repuso ella—. Dígale a la gente que no consiguió encontrarme.
—Así lo haré. Hasta siempre.
Nate se sentó en el duro banco de la embarcación y notó que la cabeza le volvía a dar vueltas. Mientras se
alejaban, saludó con la mano a Rachel y a los indios, pero sus figuras estaban borrosas.
Empujadas por la corriente, las canoas se deslizaron sobre el agua mientras los indios remaban en
perfecta sincronía. No desperdiciaron el esfuerzo ni perdieron el tiempo. Tenían prisa. El motor se puso en
marcha al tercer intento y de inmediato dieron alcance a las canoas. Cuando Jevy aminoró la velocidad, el motor
titubeó, pero no se caló. Al llegar al primer meandro del río, Nate volvió la cabeza. Rachel y los indios seguían
en la orilla.
John Grisham El testamento
118
A pesar de las nubes que ocultaban el sol y de la suave brisa que le acariciaba el rostro, Nate se dio
cuenta de que estaba sudando. Tenía las piernas y los brazos húmedos. Se frotó el cuello y la frente y contempló
la humedad de sus dedos. En lugar de rezar tal como había prometido hacer, murmuró:
—Mierda. Estoy enfermo.
La fiebre no era muy alta, pero aumentaba por momentos. La brisa le provocaba escalofríos. Se acurrucó
en su asiento y buscó algo más que ponerse. Jevy advirtió que algo le ocurría y, al cabo de unos minutos, le
preguntó:
—¿Se siente bien, Nate?
Nate sacudió la cabeza mientras un ramalazo de dolor le bajaba desde los ojos hasta la columna vertebral.
Se sonó la nariz. Dos meandros más abajo observó que los árboles eran menos gruesos y el terreno era más bajo.
El río se ensanchó y penetró en un lago desbordado, en cuyo centro se alzaban tres árboles podridos. Nate estaba
seguro de que no había visto aquellos árboles durante la travesía de ida. Estaban siguiendo otro camino. Sin la
ayuda de la corriente, las canoas navegaban un poco más despacio, pero seguían surcando el agua con
asombrosa rapidez. Los guías no estudiaron el lago. Sabían exactamente adónde iban.
—Jevy, creo que he contraído la malaria —musitó Nate. Su voz era áspera y ya empezaba a dolerle la
garganta.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Jevy, al tiempo que reducía la velocidad por un instante.
—Rachel me lo advirtió. Ayer detectó un brote de malaria en el otro pueblo. Por eso nos hemos ido tan
pronto.
—¿Tiene fiebre?
—Sí, y dificultades para enfocar la vista.
Jevy detuvo la embarcación y llamó a los indios, que ya casi se habían perdido de vista. Apartó los
bidones vacíos de combustible y los restos de las provisiones y desenrolló rápidamente la tienda.
—Sufrirá escalofríos —le advirtió mientras trabajaba.
La embarcación se balanceaba siguiendo el ritmo de sus movimientos.
—¿Tú has enfermado alguna vez de malaria? —quiso saber Nate.
—No, pero casi todos mis amigos se han muerto de eso.
—¿En serio?
—Es una broma. Eso no suele matar a la gente, pero se pondrá usted muy malo.
Procurando evitar los movimientos bruscos y manteniendo la cabeza lo más inmóvil posible, Nate se
arrastró por detrás de su asiento y se tendió en el centro de la batea. Un saco de dormir hacía las veces de
almohada. Jevy extendió por encima de él la tienda y la sujetó con los dos bidones vacíos de combustible.
Los indios se acercaron para ver qué ocurría. Lako formuló unas preguntas en portugués. Nate oyó que
Jevy pronunciaba la palabra «malaria» y que ello daba lugar a unos murmullos en ípica. Reanudaron la
navegación de inmediato. La embarcación parecía más rápida, tal vez porque Nate estaba tendido en el fondo y
la sentía deslizarse a través del agua. De vez en cuando una rama que Jevy no había visto provocaba una
sacudida, pero a Nate le daba igual. La cabeza le dolía como si sufriera la peor resaca de su vida, y mover los
músculos y las articulaciones constituía un auténtico tormento. Además, estaba temblando. Ya empezaban a
producirse los escalofríos.
Se oyó un retumbo en la distancia. Nate temió que fuera un trueno. «Vaya —pensó—. Justo lo que
faltaba.»
Las nubes de lluvia no se acercaron. El río trazó una curva hacia el oeste y Jevy vio los anaranjados y
amarillos vestigios de una puesta de sol. Después el río volvió a girar hacia el este en medio de la creciente
oscuridad del Pantanal. Las canoas aminoraron por dos veces la velocidad mientras los ipicas discutían acerca
del ramal de la bifurcación que deberían tomar. Jevy los seguía a unos treinta metros de distancia, pero fue
acercándose conforme aumentaba la oscuridad. No veía a Nate escondido debajo de la tienda, pero sabía que su
amigo estaba sufriendo. En realidad, Jevy conocía a un hombre que había muerto de malaria.
Cuando llevaban dos horas de navegación, los guías los condujeron a través de una serie de angostas
corrientes y tranquilas lagunas hasta que, al llegar a un río más ancho, se detuvieron por un instante. Los indios
necesitaban un descanso. Lako llamó a Jevy y le explicó que ya estaban a salvo, pues acababan de dejar atrás la
parte más difícil y el resto sería más fácil. El Xeco se encontraba a unas dos horas de navegación y conducía
directamente al Paraguay.
Jevy preguntó si podían hacer la travesía solos. La respuesta fue que no. Aún quedaban varios horcajos y,
además, los indios conocían un paraje del Xeco donde el río seguramente se había desbordado. Allí se
detendrían para dormir.
Lako quiso saber cómo estaba el norteamericano.
John Grisham El testamento
119
—No muy bien— contestó Jevy.
Nate oyó voces y advirtió que la embarcación no se movía. Ardía de fiebre de la cabeza a los pies. Se
notaba la piel y la ropa empapadas de sudor y el aluminio que tenía debajo también estaba mojado. Tenía los
ojos cerrados a causa de la hinchazón de los párpados y se notaba la boca tan seca que el solo hecho de abrirla le
dolía. Oyó que Jevy le preguntaba algo en inglés, pero no pudo contestar. La lucidez iba y venía.
En medio de la oscuridad, las canoas navegaban todavía más despacio. Jevy las seguía de cerca y a veces
utilizaba las linternas para ayudar a los guías a estudiar los desvíos y los afluentes. A media velocidad, el motor
de la batea producía un zumbido constante. Se detuvieron una sola vez para comer una hogaza de pan, beber un
poco de zumo y hacer sus necesidades. Amarraron las tres embarcaciones juntas.
Lako estaba preocupado por el norteamericano. ¿Qué iba a decirle a la misionera?, le preguntó a Jevy.
Que había pillado la malaria, fue la respuesta.
Unos relámpagos lejanos terminaron con la breve cena y el descanso. Los indios se pusieron nuevamente
en marcha, remando con energía. Llevaban varias horas sin avistar tierra. No había ningún lugar donde
desembarcar y capear el temporal.
Al final, el motor se detuvo. Jevy echó mano del último bidón lleno que quedaba y volvió a ponerlo en
marcha. Navegando a media velocidad, dispondría de combustible para unas seis horas más, suficiente para
llegar hasta el Paraguay. Allí habría tráfico fluvial y casas, y más tarde o más temprano encontrarían el Santa
Loura. Jevy conocía el lugar exacto en que el Xaco vertía sus aguas en el Paraguay. Navegando río abajo, creía
que darían con Welly hacia el amanecer.
Los relámpagos seguían estallando, pero no los alcanzaron. Cada destello inducía a los guías a remar con
mayor denuedo, pero ya empezaban a cansarse. En determinado momento, Lako agarró un costado de la batea y
un ípica agarró el otro mientras Jevy sostenía la linterna en alto por encima de su cabeza; de esta manera,
siguieron avanzando como si lo hicieran a bordo de una barcaza.
Los árboles y la maleza eran cada vez más densos a medida que el río se ensanchaba. A ambos lados se
