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John Grisham - El testamento.doc
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Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.

No me importaban aquellas personas. Más tarde supe que mi madre biológica se había suicidado. ¿Qué le

parece, Nate? Mis verdaderos progenitores se suicidaron. ¿Habrá algo en mis genes?

—No. Usted es mucho más fuerte que ellos.

—Yo acojo la muerte de buen grado.

—No diga eso. ¿Cuándo conoció a Troy?

—Transcurrió un año. Él y mi madre se hicieron amigos por teléfono. Ella llegó a convencerse de que los

motivos de Troy eran buenos, de modo que un día éste se presentó en nuestra casa. Tomamos té con pastas y

después él se fue. Más adelante envió dinero para mi matrícula de la universidad y comenzó a insistir en que

aceptara un empleo en una de sus empresas. Empezó a comportarse como un padre y a mí me molestó. De

pronto murió mi madre y el mundo se derrumbó en torno a mí. Cambié de apellido y me matriculé en la Facultad

de Medicina. A lo largo de los años recé por Troy tal como rezo por todas las personas extraviadas que conozco,

y pensé que él se había olvidado de mí.

—Está claro que no —dijo Nate.

Un mosquito negro se posó en su muslo y él lo aplastó con fuerza suficiente como para partir un madero.

En caso de que fuese portador de la malaria, ya no podría transmitírsela a nadie. El rojo perfil de la huella de su

mano se dibujó en su piel.

Le pasó a Rachel el documento de renuncia y el de acuse de recibo. Ella los leyó atentamente.

—No voy a firmar nada —dijo—. No quiero

—Pues quédeselos. Y rece por ellos.

—¿Se está usted burlando de mí?

—No. Es que no sé qué voy a hacer ahora.

—En eso no puedo ayudarle. No obstante, le pediré un solo favor.

—Lo que usted quiera.

—No le diga a nadie dónde estoy. Se lo suplico, Nate. Le ruego que proteja mi intimidad.

—Se lo prometo, pero tiene usted que ser realista.

—¿Qué quiere decir?

—Es una historia muy llamativa. Si acepta el dinero, se convertirá en la mujer más rica del mundo. Si lo

rechaza, el caso será todavía más sensacional.

—¿Y eso a quién le importa?

—Qué inocente es usted. Veo que está muy bien protegida contra los medios de comunicación.

Actualmente las noticias son incesantes, veinticuatro horas de interminable información acerca de todo. Horas y

horas de noticiarios, programas de noticias, bustos parlantes, reportajes de última hora. Todo es basura. Ninguna

noticia es lo bastante insignificante para que no se la localice y se la rodee de sensacionalismo.

—Pero ¿cómo van a encontrarme?

—Buena pregunta. Tenemos suerte, porque Troy le había seguido la pista, pero, que sepamos, no se lo

comunicó a nadie.

—Lo cual significa que estoy a salvo, ¿no? Usted no puede revelar mi paradero. Los abogados de su

bufete tampoco.

—Muy cierto.

John Grisham El testamento

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—Y usted se había extraviado cuando llegó aquí, ¿verdad?

—Por completo.

—Tiene que protegerme, Nate. Éste es mi hogar. Ésta es mi gente. No quiero verme obligada a huir otra

vez.

UNA HUMILDE MISIONERA DE LA SELVA RECHAZA UNA FORTUNA DE ONCE MIL

MILLONES DE DÓLARES Menudo titular. Los buitres invadirían el Pantanal con sus helicópteros y sus

vehículos anfibios. Nate se compadeció de ella. —Haré lo que pueda —dijo.

—¿Me da su palabra?

—Sí, se lo prometo.

El cortejo de despedida lo encabezaba el jefe en persona, seguido de su mujer y una docena de hombres

y, a continuación, Jevy y no menos de diez hombres más. Todos avanzaron por el tortuoso sendero que conducía

al río.

—Ya es hora de que se vayan —dijo Rachel.

—Supongo que sí. ¿Seguro que estaremos a salvo en la oscuridad?

—Sí. El jefe envía a sus mejores pescadores. Dios los protegerá. Rece sus oraciones.

—Así lo haré.

—Yo rezaré por usted todos los días, Nate. Es usted una buena persona y tiene buen corazón. Merece

salvarse.

—Gracias. ¿Quiere usted casarse?

—No puedo.

—Por supuesto que puede. Yo me encargo del dinero, usted se encarga de los indios. Conseguimos una

choza más grande y nos quitamos la ropa.

Ambos se echaron a reír y aún estaban sonriendo cuando apareció el jefe. Nate se levantó para decir hola,

adiós o lo que fuera, pero por un instante se le nubló la vista. Una oleada de vértigo le subió desde el pecho y le

atravesó la cabeza. Consiguió recuperarse, recobró la visión y miró a Rachel para comprobar si ésta se había

dado cuenta.

No lo había hecho. Los párpados empezaron a dolerle y las articulaciones y los codos a palpitarle.

Tras una serie de ceremoniosos gruñidos en lengua ipica, todo el mundo se acercó al río. Cargaron

comida en la embarcación de Jevy y en las dos estrechas canoas que iban a utilizar los guías y Lako. Nate le dio

las gracias a Rachel, quien a su vez dio las gracias al jefe. Cuando hubieron terminado todas las despedidas de

rigor, llegó el momento de la partida.

De pie con el agua hasta los tobillos, Nate abrazó cariñosamente a Rachel y le dio unas palmadas en la

espalda diciendo:

—Gracias.

—¿Gracias por qué?

—Pues la verdad es que no lo sé. Gracias por crear una fortuna en honorarios de abogados.

—Me cae usted bien, Nate —dijo ella sonriendo—, pero me importan un bledo el dinero y los abogados.

—Usted también me cae bien.

—No vuelva, se lo ruego.

—No se preocupe.

Todo el mundo estaba esperando. Los pescadores ya se encontraban en el río. Jevy sostenía en su mano el

canalete, ansioso de iniciar la travesía.

Nate puso un pie en la embarcación.

—Podríamos pasar la luna de miel en Corumbá —insistió en tono de broma.

—Adiós, Nate —repuso ella—. Dígale a la gente que no consiguió encontrarme.

—Así lo haré. Hasta siempre.

Nate se sentó en el duro banco de la embarcación y notó que la cabeza le volvía a dar vueltas. Mientras se

alejaban, saludó con la mano a Rachel y a los indios, pero sus figuras estaban borrosas.

Empujadas por la corriente, las canoas se deslizaron sobre el agua mientras los indios remaban en

perfecta sincronía. No desperdiciaron el esfuerzo ni perdieron el tiempo. Tenían prisa. El motor se puso en

marcha al tercer intento y de inmediato dieron alcance a las canoas. Cuando Jevy aminoró la velocidad, el motor

titubeó, pero no se caló. Al llegar al primer meandro del río, Nate volvió la cabeza. Rachel y los indios seguían

en la orilla.

John Grisham El testamento

118

A pesar de las nubes que ocultaban el sol y de la suave brisa que le acariciaba el rostro, Nate se dio

cuenta de que estaba sudando. Tenía las piernas y los brazos húmedos. Se frotó el cuello y la frente y contempló

la humedad de sus dedos. En lugar de rezar tal como había prometido hacer, murmuró:

—Mierda. Estoy enfermo.

La fiebre no era muy alta, pero aumentaba por momentos. La brisa le provocaba escalofríos. Se acurrucó

en su asiento y buscó algo más que ponerse. Jevy advirtió que algo le ocurría y, al cabo de unos minutos, le

preguntó:

—¿Se siente bien, Nate?

Nate sacudió la cabeza mientras un ramalazo de dolor le bajaba desde los ojos hasta la columna vertebral.

Se sonó la nariz. Dos meandros más abajo observó que los árboles eran menos gruesos y el terreno era más bajo.

El río se ensanchó y penetró en un lago desbordado, en cuyo centro se alzaban tres árboles podridos. Nate estaba

seguro de que no había visto aquellos árboles durante la travesía de ida. Estaban siguiendo otro camino. Sin la

ayuda de la corriente, las canoas navegaban un poco más despacio, pero seguían surcando el agua con

asombrosa rapidez. Los guías no estudiaron el lago. Sabían exactamente adónde iban.

—Jevy, creo que he contraído la malaria —musitó Nate. Su voz era áspera y ya empezaba a dolerle la

garganta.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Jevy, al tiempo que reducía la velocidad por un instante.

—Rachel me lo advirtió. Ayer detectó un brote de malaria en el otro pueblo. Por eso nos hemos ido tan

pronto.

—¿Tiene fiebre?

—Sí, y dificultades para enfocar la vista.

Jevy detuvo la embarcación y llamó a los indios, que ya casi se habían perdido de vista. Apartó los

bidones vacíos de combustible y los restos de las provisiones y desenrolló rápidamente la tienda.

—Sufrirá escalofríos —le advirtió mientras trabajaba.

La embarcación se balanceaba siguiendo el ritmo de sus movimientos.

—¿Tú has enfermado alguna vez de malaria? —quiso saber Nate.

—No, pero casi todos mis amigos se han muerto de eso.

—¿En serio?

—Es una broma. Eso no suele matar a la gente, pero se pondrá usted muy malo.

Procurando evitar los movimientos bruscos y manteniendo la cabeza lo más inmóvil posible, Nate se

arrastró por detrás de su asiento y se tendió en el centro de la batea. Un saco de dormir hacía las veces de

almohada. Jevy extendió por encima de él la tienda y la sujetó con los dos bidones vacíos de combustible.

Los indios se acercaron para ver qué ocurría. Lako formuló unas preguntas en portugués. Nate oyó que

Jevy pronunciaba la palabra «malaria» y que ello daba lugar a unos murmullos en ípica. Reanudaron la

navegación de inmediato. La embarcación parecía más rápida, tal vez porque Nate estaba tendido en el fondo y

la sentía deslizarse a través del agua. De vez en cuando una rama que Jevy no había visto provocaba una

sacudida, pero a Nate le daba igual. La cabeza le dolía como si sufriera la peor resaca de su vida, y mover los

músculos y las articulaciones constituía un auténtico tormento. Además, estaba temblando. Ya empezaban a

producirse los escalofríos.

Se oyó un retumbo en la distancia. Nate temió que fuera un trueno. «Vaya —pensó—. Justo lo que

faltaba.»

Las nubes de lluvia no se acercaron. El río trazó una curva hacia el oeste y Jevy vio los anaranjados y

amarillos vestigios de una puesta de sol. Después el río volvió a girar hacia el este en medio de la creciente

oscuridad del Pantanal. Las canoas aminoraron por dos veces la velocidad mientras los ipicas discutían acerca

del ramal de la bifurcación que deberían tomar. Jevy los seguía a unos treinta metros de distancia, pero fue

acercándose conforme aumentaba la oscuridad. No veía a Nate escondido debajo de la tienda, pero sabía que su

amigo estaba sufriendo. En realidad, Jevy conocía a un hombre que había muerto de malaria.

Cuando llevaban dos horas de navegación, los guías los condujeron a través de una serie de angostas

corrientes y tranquilas lagunas hasta que, al llegar a un río más ancho, se detuvieron por un instante. Los indios

necesitaban un descanso. Lako llamó a Jevy y le explicó que ya estaban a salvo, pues acababan de dejar atrás la

parte más difícil y el resto sería más fácil. El Xeco se encontraba a unas dos horas de navegación y conducía

directamente al Paraguay.

Jevy preguntó si podían hacer la travesía solos. La respuesta fue que no. Aún quedaban varios horcajos y,

además, los indios conocían un paraje del Xeco donde el río seguramente se había desbordado. Allí se

detendrían para dormir.

Lako quiso saber cómo estaba el norteamericano.

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—No muy bien— contestó Jevy.

Nate oyó voces y advirtió que la embarcación no se movía. Ardía de fiebre de la cabeza a los pies. Se

notaba la piel y la ropa empapadas de sudor y el aluminio que tenía debajo también estaba mojado. Tenía los

ojos cerrados a causa de la hinchazón de los párpados y se notaba la boca tan seca que el solo hecho de abrirla le

dolía. Oyó que Jevy le preguntaba algo en inglés, pero no pudo contestar. La lucidez iba y venía.

En medio de la oscuridad, las canoas navegaban todavía más despacio. Jevy las seguía de cerca y a veces

utilizaba las linternas para ayudar a los guías a estudiar los desvíos y los afluentes. A media velocidad, el motor

de la batea producía un zumbido constante. Se detuvieron una sola vez para comer una hogaza de pan, beber un

poco de zumo y hacer sus necesidades. Amarraron las tres embarcaciones juntas.

Lako estaba preocupado por el norteamericano. ¿Qué iba a decirle a la misionera?, le preguntó a Jevy.

Que había pillado la malaria, fue la respuesta.

Unos relámpagos lejanos terminaron con la breve cena y el descanso. Los indios se pusieron nuevamente

en marcha, remando con energía. Llevaban varias horas sin avistar tierra. No había ningún lugar donde

desembarcar y capear el temporal.

Al final, el motor se detuvo. Jevy echó mano del último bidón lleno que quedaba y volvió a ponerlo en

marcha. Navegando a media velocidad, dispondría de combustible para unas seis horas más, suficiente para

llegar hasta el Paraguay. Allí habría tráfico fluvial y casas, y más tarde o más temprano encontrarían el Santa

Loura. Jevy conocía el lugar exacto en que el Xaco vertía sus aguas en el Paraguay. Navegando río abajo, creía

que darían con Welly hacia el amanecer.

Los relámpagos seguían estallando, pero no los alcanzaron. Cada destello inducía a los guías a remar con

mayor denuedo, pero ya empezaban a cansarse. En determinado momento, Lako agarró un costado de la batea y

un ípica agarró el otro mientras Jevy sostenía la linterna en alto por encima de su cabeza; de esta manera,

siguieron avanzando como si lo hicieran a bordo de una barcaza.

Los árboles y la maleza eran cada vez más densos a medida que el río se ensanchaba. A ambos lados se

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