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John Grisham - El testamento.doc
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Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte

de ella se la han quedado las llamadas personas civilizadas.

—Eso me suena.

—Pues sí. Diezmamos su población con derramamiento de sangre y enfermedades, y les arrebatamos la

tierra. Después los recluimos en reservas y no comprendemos por qué razón no son felices en ellas.

Rachel saludó a dos menudas mujeres desnudas que estaban cultivando la tierra al costado del sendero.

—Las mujeres son las que se encargan de las faenas más duras —observó Nate.

—Sí, pero es una tarea muy fácil comparada con dar a luz.

—Prefiero verlas trabajar.

El aire era húmedo y estaba libre del humo que se cernía permanentemente sobre el poblado. Cuando se

adentraron en la selva, Nate ya estaba sudando.

—Hábleme de usted, Nate —le pidió Rachel, volviéndose hacia él—. ¿Dónde nació?

—Me temo que sería un relato bastante largo.

—Cuénteme los puntos más destacados.

—Abundan más los que no lo son.

—Vamos, Nate. Quería hablar, ¿verdad? Pues, hablemos. Aún nos queda media hora de camino.

—Nací en Baltimore y fui el mayor de dos hermanos varones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía

quince años; cursé estudios secundarios en Saint Paul, luego fui a Hopkins y finalmente estudié Derecho en

Georgetown. Desde entonces me quedé para siempre en el distrito de Columbia.

—¿Tuvo una infancia feliz?

—Supongo que sí. Practiqué mucho deporte. Mi padre trabajó treinta años para la National Brewery y

siempre tenía entradas para los partidos de los Colts y los Orioles. Baltimore es una ciudad estupenda.

¿Hablamos ahora de su niñez?

—Si usted quiere. No fue muy feliz.

«Vaya sorpresa —pensó Nate—. Esta pobre mujer jamás ha tenido la oportunidad de ser feliz.»

—¿Usted quería ser abogado cuando fuera mayor? —preguntó ella.

John Grisham El testamento

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—Por supuesto que no. Ningún niño en su sano juicio quiere ser abogado. Lo que deseaba era jugar en

los Colts o en los Orioles, quizás en los dos.

—¿Iba a la iglesia?

—Pues claro. Por Navidad y por Pascua.

El sendero prácticamente desapareció y tuvieron que abrirse camino a través de una áspera maleza. Nate

caminaba con los ojos fijos en las botas de Rachel. Cuando ya no pudo verlas, inquirió:

—La serpiente que mató a la niña, ¿a qué clase pertenecía?

—Se llama bima, pero usted no se preocupe.

—¿Y por qué no he de preocuparme?

—Porque calza botas. Es una serpiente muy pequeña que muerde por debajo del tobillo.

—Entonces, seguro que tropezaré con una de las grandes.

—Tranquilícese.

—¿Y qué me dice de Lako? Él siempre va descalzo.

—Sí, pero lo ve todo.

—Supongo que la picadura de la bima es mortal.

—Puede serlo, pero existe un antídoto. Si ayer lo hubiese tenido aquí, la chiquilla no habría muerto.

—Eso significa que si dispusiese usted de montones de dinero, podría comprar todo el antídoto que

quisiera, y no sólo eso, sino llenar sus estantes con todos los medicamentos que necesitara, comprar una

estupenda fuera de borda para ir y venir de Corumbá, construir una clínica, una iglesia y una escuela y predicar

el Evangelio por todo el Pantanal.

Rachel se detuvo, se volvió bruscamente hacia él y lo miró fijamente a los ojos.

—Yo no he hecho nada para ganar esa fortuna, ni conocía al hombre que la amasó. Por favor, no me

hable más de ello.

El tono de su voz era firme, pero la expresión de su rostro no revelaba la menor contrariedad.

—Regálelo —le sugirió Nate—. Entréguelo a obras de caridad.

—No puedo entregarlo, porque no es mío.

—Ese dinero se malgastará. Muchos millones irán a parar a manos de los abogados y lo que quede se

repartirá entre sus hermanos. Estoy seguro de que no es eso lo que usted quiere. Rachel, no tiene usted ni idea

del sufrimiento y los quebraderos de cabeza que causará esta gente si recibe el dinero. Lo que no despilfarren, lo

legarán a sus hijos y la fortuna Phelan contaminará a la siguiente generación.

Rachel lo tomó por la muñeca y se la apretó.

—No me importa —dijo muy despacio—. Rezaré por ellos. Después se volvió y reanudó la marcha. Lako

caminaba muy por delante, y Jevy iba tan rezagado que casi no se lo veía. Cruzaron en silencio un campo de

cultivo situado a la orilla de un arroyo y penetraron en una zona llena de árboles altos y de grueso tronco cuyas

ramas se entrelazaban formando un oscuro dosel por encima de sus cabezas. El aire se enfrió de repente.

—Vamos a hacer una pausa —propuso Rachel. El arroyo serpeaba a través de la selva y el sendero lo

cruzaba sobre un lecho de rocas azules y anaranjadas. Rachel se arrodilló junto a la orilla y se refrescó la cara

con agua—. Puede beberla, procede de las montañas.

Nate se arrodilló a su lado y sumergió la mano en el agua. Era cristalina y estaba muy fría.

—Es mi lugar preferido —dijo Rachel—. Vengo aquí casi a diario para bañarme, rezar y meditar.

—Cuesta creer que estemos en el Pantanal. La atmósfera es mucho más fresca.

—Nos encontramos prácticamente en el borde. Las montañas de Bolivia no están lejos. El Pantanal

empieza muy cerca de aquí y se extiende hacia el este.

—Lo sé. Lo sobrevolamos, tratando de dar con usted.

—¿De veras?

—Sí, fue un vuelo muy corto, pero pude ver muy bien el Pantanal.

—¿Y no me encontraron?

—No. Topamos con una tormenta y tuvimos que realizar un aterrizaje de emergencia. Afortunadamente,

me salvé. Jamás volveré a acercarme a otro avión pequeño.

—Por aquí no hay ningún lugar donde aterrizar.

Se quitaron los calcetines y las botas e introdujeron los pies en el agua. Sentados sobre las rocas,

escuchaban el murmullo de la corriente. Estaban solos; no veían ni a Lako ni a Jevy.

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—Cuando yo era niña —prosiguió Rachel—, vivíamos en un pueblo de Montana, donde mi padre, mi

padre adoptivo quiero decir, era clérigo. Muy cerca de las afueras había un arroyo aproximadamente del mismo

tamaño que éste, y un lugar, bajo unos árboles muy altos parecidos a éstos, donde yo permanecía durante horas

con los pies metidos en el agua.

—¿Se escondía de algo o de alguien?

—A veces.

—Y ahora, ¿se esconde?

—No.

—Pues yo creo que sí.

—Se equivoca. Estoy en paz, Nate. Me entregué voluntariamente a Cristo hace muchos años y voy a

donde él me lleva. Usted cree que estoy sola, pero no es así. Él está constantemente a mi lado. Conoce mis

pensamientos y mis necesidades y me libra de los temores y las preocupaciones. Me siento absolutamente en paz

en este mundo.

Jamás había oído a nadie decir nada semejante.

—Anoche usted confesó que era débil y frágil. ¿Eso qué significa?

La confesión era buena para el alma, Sergio se lo había dicho una vez durante la terapia. Si ella quería

saber, pues bien, él intentaría escandalizarla contándole la verdad.

—Soy alcohólico —reconoció casi con orgullo, tal como le habían enseñado a hacer durante su

tratamiento de desintoxicación—. En el transcurso de los últimos diez años he tocado cuatro veces el fondo del

abismo y salí del centro de desintoxicación para realizar este viaje. No puedo asegurar con certeza que jamás

volveré a beber. Me he librado por tres veces de la cocaína y creo, aunque no estoy seguro, que nunca probaré

otra vez esta sustancia. Hace cuatro meses, cuando aún estaba en el centro de desintoxicación, me declaré

insolvente. En la actualidad, pesa sobre mí una denuncia por fraude fiscal y tengo un cincuenta por ciento de

posibilidades de terminar en la cárcel y perder mi licencia de abogado. Ya sabe lo de los dos divorcios. Ambas

mujeres me aborrecen y han puesto a mis hijos contra mí. Me las he ingeniado muy bien para destrozar mi vida.

El hecho de desnudar su alma no le produjo ninguna sensación perceptible de placer o de alivio. Ella lo

escuchó sin pestañear.

—¿Alguna otra cosa? —preguntó al fin.

—Pues sí. He intentado suicidarme por lo menos dos veces... que yo recuerde. La del pasado mes de

agosto me llevó directamente al centro de desintoxicación. Y hace apenas unos días, en Corumbá, volví a

hacerlo. Creo que era la Nochebuena.

—¿En Corumbá?

—Sí, en mi habitación del hotel. Estuve a punto de matarme con una botella de vodka barato.

—Lo siento por usted.

—Estoy enfermo, ya lo sé. Padezco una enfermedad. Lo he reconocido muchas veces en presencia de

muchos psiquiatras.

—¿Se lo ha confesado alguna vez a Dios?

—Estoy seguro de que Él ya lo sabe.

—Yo también lo estoy, pero Él no lo ayudará a menos que usted se lo pida. Aunque es omnipotente, tiene

usted que acudir a Él mediante la oración, con espíritu contrito.

—¿Qué ocurrirá entonces?

—Sus pecados le serán perdonados. Sus adicciones desaparecerán. El Señor perdonará todas sus

transgresiones y usted se convertirá en un nuevo creyente en Cristo.

—¿Y lo del fraude fiscal?

—Eso no desaparecerá, pero usted tendrá fuerza para afrontarlo. Por medio de la oración superará todas

las adversidades.

A Nate le habían soltado sermones en otras ocasiones. Se había entregado tantas veces a los «poderes

superiores» que casi hubiera podido predicar. Había sido atendido por pastores protestantes y terapeutas, por

gurúes y psiquiatras de toda laya. En cierta oportunidad, durante un período de tres años de abstinencia, había

llegado incluso a trabajar como asesor para Alcohólicos Anónimos, enseñando a otros con problemas similares

los doce puntos del plan de recuperación en el sótano de una vieja iglesia, en Alexandria. Hasta que cayó.

¿Por qué no iba ella a intentar salvarlo? ¿Acaso la vocación de su vida no consistía en ir en busca de la

oveja extraviada?

—No sé rezar —dijo.

Ella le tomó la mano y se la apretó.

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—Cierre los ojos, Nate. Repita conmigo: Dios mío, perdona mis pecados y ayúdame a perdonar a

aquellos que han pecado.

Nate musitó las palabras y oprimió la mano de Rachel con más fuerza aún. La plegaria se parecía

vagamente al Padrenuestro.

—Dame fuerza para superar las tentaciones, las adicciones y las pruebas con las que tenga que

enfrentarme.

Nate repetía en voz baja la oración, pero aquel ritual le resultaba desconcertante. Para Rachel era fácil

rezar, porque lo hacía muy a menudo. En cambio, para él constituía un rito extraño.

—Amén —dijo Rachel.

Ambos abrieron los ojos sin soltarse de la mano y prestaron atención al suave murmullo del agua sobre

las rocas. Nate experimentó la extraña sensación de verse libre del peso que lo agobiaba; notó los hombros más

ligeros, la mente más despejada y el alma menos turbada, pero era tal la carga que soportaba sobre sus espaldas

que no supo muy bien qué peso le habían quitado de encima y cuál no.

El mundo real seguía dándole miedo. Ser valiente en el corazón del Pantanal, donde las tentaciones eran

muy pocas, resultaba sencillo, pero él sabía lo que le aguardaba en casa.

—Sus pecados están perdonados, Nate —dijo Rachel.

—¿Cuáles? Tengo tantos...

—Todos.

—¿Así de simple? Aquí dentro hay demasiadas cosas que funcionan mal.

—Volveremos a rezar esta noche.

—Conmigo será más difícil que con otras personas.

—Confíe en mí, Nate. Y confíe en Dios. He visto casos peores.

—Confío en usted. El que me preocupa es Dios.

Ella le apretó un poco más la mano y durante un rato ambos contemplaron en silencio el agua que

burbujeaba a su alrededor.

—Tenemos que irnos —indicó Rachel al cabo, pero no se movieron.

—He estado pensando en el entierro de la niña —dijo Nate.

—¿En qué sentido?

—¿Veremos el cuerpo?

—Supongo que sí. No creo que nos pase inadvertido.

—En tal caso, prefiero no ir. Jevy y yo regresaremos al poblado y esperaremos.

—¿Está segur?

—No quiero ver una niña muerta.

—Muy bien. Lo comprendo.

Nate la ayudó a levantarse, a pesar de que a ella no le hacía ninguna falta. Ambos mantuvieron las manos

entrelazadas hasta que Rachel se inclinó para calzarse las botas. Como de costumbre, Lako apareció como por

ensalmo y a continuación reanudaron la marcha. No tardaron en ser engullidos por la oscura selva.

Nate encontró a Jevy dormido bajo un árbol. Ambos echaron a andar con mucho cuidado por el sendero,

vigilando a cada paso la posible presencia de serpientes, y regresaron lentamente al poblado.

Al jefe no se le daban bien las predicciones meteorológicas. No hubo ninguna tormenta. Llovió un par de

veces a lo largo del día mientras Nate y Jevy combatían el aburrimiento durmiendo la siesta en sus hamacas

prestadas. Los aguaceros duraron muy poco, y después de cada uno de ellos el sol regresó para calentar la

húmeda tierra y hacer que aumentase la humedad. Incluso estando a la sombra y moviéndose sólo si era

estrictamente necesario, ambos hombres se achicharraban de calor.

Contemplaron a los indios dondequiera que hubiese actividad, pero el trabajo y los juegos se ajustaban al

flujo y el reflujo del bochorno. Cuando el sol salía con toda su fuerza, los ípicas se refugiaban en sus chozas o a

la sombra de los árboles que se alzaban detrás de ellas. En el transcurso de los chaparrones los niños jugaban

bajo la lluvia. Cuando las nubes cubrían el sol, las mujeres salían para dedicarse a sus quehaceres e ir al río.

Tras una semana en el Pantanal, Nate estaba como atontado por el ritmo de vida apático que allí se

seguía. Cada día era una copia exacta del anterior. Nada había cambiado allí desde hacía siglos.

Rachel regresó a media tarde. Ella y Lako fueron directos al jefe para informarle sobre los

acontecimientos del otro poblado. Después, Rachel se acercó a Nate y a Jevy. Estaba cansada y quería dar una

cabezada antes de hablar de negocios.

Mientras ella se alejaba, Nate se preguntó si tendría que esperar otra hora.

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Rachel era esbelta y resistente, y seguramente hubiera podido correr maratones.

—¿Qué está mirando? —le preguntó Jevy con una sonrisa.

—Nada.

—¿Cuántos años tiene Rachel?

—Cuarenta y dos.

—¿Cuántos años tiene usted?

—Cuarenta y ocho.

—¿Ha estado casada?

—No.

—¿Cree que ha estado alguna vez con un hombre?

—¿Por qué no se lo preguntas?

—¿Y por qué no se lo pregunta usted?

—La verdad es que no me importa.

Volvieron a quedarse dormidos, ya que no tenían otra cosa mejor que hacer. En un par de horas

empezarían los combates de lucha, a continuación vendría la cena y, finalmente, la oscuridad. Nate soñaba con

el Santa Loura, un barco de lo más sencillo, pero que a cada hora que pasaba le parecía mejor. En sus sueños el

barco se estaba convirtiendo rápidamente en un espléndido y elegante yate.

Cuando los hombres empezaron a arreglarse el cabello y a prepararse para sus juegos, Nate y Jevy se

retiraron. Uno de los ipicas más corpulentos los llamó y, con una radiante sonrisa en los labios, pareció

invitarlos a luchar. Nate apuró el paso. De repente, se imaginó arrastrado por todo el poblado por un rechoncho

y pequeño guerrero al que le zangoloteaban los genitales. Jevy tampoco quería participar. Rachel acudió en su

ayuda. Ella y Nate se dirigieron hacia el río, a su lugar acostumbrado en el estrecho banco de roca bajo los

árboles. Allí volvieron a sentarse muy juntos, rodilla contra rodilla.

—Hizo usted bien en no ir dijo Rachel. Parecía fatigada. La siesta no la había repuesto.

—¿Por qué?

—Todos los poblados tienen un médico. Lo llaman shalyun y es el que cuece las hierbas y raíces con que

prepara sus medicinas. También conjura espíritus para resolver toda suerte de problemas.

—Ah, se refiere a un curandero.

—Más bien es un hechicero. En la cultura indígena abundan los espíritus, y el shalyun es algo así como el

encargado de dirigir el tráfico. Sea como fuere, los shalyun son mis enemigos naturales. Yo constituyo una

amenaza para su religión. Siempre están planeando el modo de perjudicarme. Persiguen a los creyentes

cristianos. Oprimen a los nuevos conversos. Quieren que me vaya y no paran de ejercer presión sobre los jefes

para que me echen. Es una lucha diaria. En el último poblado río abajo, yo tenía una pequeña escuela donde

enseñaba a leer y escribir. Era para los creyentes, pero estaba a disposición de todos. Hace un año tuvimos un

brote de malaria y murieron tres personas. El shalyun local convenció al jefe de que la enfermedad era un

castigo que había caído sobre el poblado por culpa de mi escuela. Ahora la escuela está cerrada.

Nate se limitaba a escuchar: La valentía de Rachel, ya admirable de por sí, estaba alcanzando nuevas

cotas. El calor y el lánguido ritmo de la vida de aquel lugar lo habían inducido a creer que entre los ipicas todo

era paz. Ningún visitante hubiese sospechado que en aquellos parajes se estuviera librando una guerra por las

almas.

—Los padres de Ayesh, la niña que murió, son cristianos, y su fe es muy profunda. El shalyun hizo correr

la voz de que él hubiera podido salvar a la pequeña, pero que ellos no lo llamaron. Como es natural, querían que

yo atendiera a Ayesh. En esta región abundan las serpientes bima y los shalyun preparan remedios caseros

contra su veneno. Jamás he visto que ninguno de ellos resultara eficaz. Ayer, una vez que me marché después de

que la niña hubiera muerto, el shalyun invocó a los espíritus y celebró una ceremonia en el centro del poblado.

Me culpó a mí de la muerte. Y le echó la culpa a Dios. —Sus palabras brotaban con más rapidez que de

costumbre, como si quisiera darse prisa en emplear el inglés una vez más—. Hoy durante el entierro, el shalyun

y otros alborotadores se han puesto a bailar y a cantar muy cerca de nosotros. Los pobres padres se han sentido

muy abrumados por el dolor y la humillación. Yo no he podido terminar el acto religioso. —Se le quebró

ligeramente la voz y se mordió el labio inferior.

Nate le dio una palmada en el brazo. —No se preocupe. Todo ha terminado.

Ella no podía llorar en presencia de los indios. Tenía que mostrarse fuerte y estoica, llena de fe y valor en

todas las circunstancias, pero en presencia de Nate sí podía llorar, pues él lo comprendería; de hecho, esperaba

que lo hiciese.

Se enjugó las lágrimas y, poco a poco, se sobrepuso.

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—Lo siento —dijo.

—No se preocupe —repitió Nate, tratando de ayudarla.

Las lágrimas de una mujer fundían la fachada de frialdad tanto ante la barra de un bar como a la orilla de

un río.

Se oyeron unos gritos procedentes del poblado. Los combates de lucha ya habían empezado. Nate pensó

fugazmente en Jevy. Confiaba en que no hubiera sucumbido a la tentación de jugar con los muchachos.

—Ahora creo que tiene que irse —dijo Rachel, rompiendo súbitamente el silencio. Había conseguido

dominar sus emociones y el tono de su voz volvía ser el normal.

—¿Cómo?

—Sí, ahora. Cuanto antes.

—Estoy deseando irme, pero dentro de tres horas oscurecerá.

—Hay motivos para preocuparse.

—La escucho.

—Me parece haber detectado un caso de malaria en el otro poblado. La transmiten los mosquitos y se

extiende con mucha rapidez.

Nate empezó a rascarse y ya estaba deseando estar en la embarcación cuando recordó las píldoras.

—Estoy protegido. Tomo clorono sé qué.

—¿Cloroquina?

—Exacto.

—¿Cuándo empezó a tomarla?

—Dos días antes de partir de Estados Unidos.

—¿Y dónde están ahora las pastillas?

—Me las dejé en el barco grande.

Rachel sacudió la cabeza en gesto de reproche.

—Deben tomarse antes, durante y después del viaje —dijo en tono autoritario, como si la muerte fuese un

hecho inminente—. ¿Y Jevy? —preguntó—. ¿También toma las pastillas?

—Ha estado en el ejército. Estoy seguro de que se encuentra bien.

—No pienso discutir, Nate. Ya he hablado con el jefe. Esta mañana, antes del amanecer, envió a dos

pescadores. Las aguas desbordadas son peligrosas durante las primeras dos horas; después la navegación es más

fácil. Les proporcionará tres guías en dos canoas y yo enviaré a Lako para que actúe de intérprete. Cuando

lleguen al río Xeco, siguen todo recto hasta el Paraguay.

—¿Eso está muy lejos?

—El Xeco se encuentra a unas cuatro horas de aquí. El Paraguay, a seis. Y ustedes navegarán empujados

por la corriente.

—Muy bien. Veo que lo tiene usted todo planeado.

—Confíe en mí, Nate. He enfermado por dos veces de malaria y es algo que no le recomiendo. La

segunda vez estuve a punto de morir.

¿A qué vienen tantas prisas? A Nate no se le había ocurrido la posibilidad de que Rachel muriese. El

hecho de que ella se ocultara en la selva y rechazara el papeleo sería suficiente para complicar el caso de la

herencia Phelan. Si moría, el caso tardaría años en resolverse.

Nate la admiraba enormemente. Era todo lo que él no era: fuerte y valiente, sólidamente anclada en la fe,

feliz en su sencillez, segura del lugar que ocupaba en el mundo y en el más allá.

—No se muera, Rachel —le dijo.

—La muerte no me da miedo. Para un cristiano, es una recompensa. Pero rece por mí, Nate.

—Lo haré, se lo prometo.

—Es usted un hombre bueno. Tiene buen corazón y buenos pensamientos. Sólo le falta un poco de

ayuda.

—Lo sé. No soy muy fuerte. —Nate guardaba los papeles en un sobre doblado en su bolsillo. Los sacó—.

¿Podríamos, por lo menos, hablar de esto un momento?

—Sí, pero sólo como un favor a usted. Creo que, después de todo lo que se ha esforzado para llegar a un

lugar tan apartado, lo menos que puedo hacer es mantener esta pequeña charla jurídica.

—Gracias. —Nate le entregó la primera hoja, una copia del testamento de Troy.

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Ella lo leyó muy despacio, tratando de desentrañar los párrafos del texto manuscrito. Al terminar,

preguntó:

—¿Es un documento legalmente válido?

—Hasta ahora, sí.

—Lo veo muy rudimentario.

—Los testamentos escritos a mano son legalmente válidos, lo siento, pero así es la ley.

Ella volvió a leerlo. Nate contempló las sombras que caían sobre el límite de la vegetación. Ahora la

oscuridad le daba miedo, tanto en tierra como en el agua. Estaba deseando marcharse.

—Troy no se preocupaba por sus restantes hijos, ¿verdad? —preguntó Rachel en tono risueño.

—Usted tampoco lo hubiera hecho; pero, además, no creo que tuviese mucha vocación de padre.

—Recuerdo el día en que mi madre me habló de él. Yo tenía diecisiete años. Fue a finales de un verano.

Mi padre adoptivo acababa de morir de cáncer y nuestra vida era bastante triste.

Troy había conseguido descubrir mi paradero y estaba presionando a mi madre para que le permitiera

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