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John Grisham - El testamento.doc
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Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una

fortuna de once mil millones de dólares a una desconocida constituía una prueba evidente de grave trastorno

mental.

A Sabo le encantaba la idea de trabajar en el caso Phelan. Refutar las opiniones de los primeros tres

psiquiatras constituiría todo un reto. La publicidad lo seducía, pues jamás había tenido un caso famoso, y con el

dinero que consiguiese se pagaría un viaje a Oriente.

Todos los abogados de los Phelan estaban tratando de anular y desacreditar los testimonios de Flowe,

Zadel y Theishen, y sólo podrían hacerlo buscando otros expertos que tuvieran otras opiniones.

Las elevadas tarifas honorarias se prestaban a toda suerte de posibilidades. Como los herederos no

podrían pagar los elevados honorarios mensuales a que todo ello daría lugar, sus abogados accedieron

amablemente a cobrar un porcentaje de lo que obtuvieran, con lo cual todo se simplificaba mucho. La variedad

de ofertas era asombrosa, a pesar de que ningún bufete divulgaría jamás la cuantía de su porcentaje. Hark quería

el cuarenta por ciento, pero Rex le reprochó su codicia. Al final, ambos acordaron dejarlo en un veinticinco por

ciento. Grit también le sacó un veinticinco por ciento a Mary Ross Phelan Jackman.

El gran vencedor fue Wally Bright, quien, curtido en toda clase de pleitos, consiguió llegar a un justo

acuerdo con Libbigail y Spike. Se quedaría con la mitad de lo que éstos obtuvieran.

En medio de la loca carrera que se produjo antes de la presentación de las querellas, ni un solo heredero

Phelan se preguntó si estaba haciendo lo que más le convenía. Confiaban en sus abogados y, además, todo el

mundo iba a impugnar el testamento. Nadie podía permitirse el lujo de quedarse fuera. Era mucho lo que estaba

en juego.

El hecho de que Hark hubiera sido el más ruidoso de entre todos los abogados de los Phelan llamó la

atención de Snead, el criado de toda la vida de Troy. Después del suicidio se había armado tanto revuelo que

nadie había reparado en él. Todo el mundo se olvidó del bueno de Snead al producirse la estampida hacia el

palacio de justicia. Se había quedado sin trabajo. Cuando se leyó el testamento, Snead estaba sentado en la sala

con el rostro oculto bajo un sombrero y unas gafas de sol, y nadie lo reconoció. Se fue llorando.

Odiaba a los hermanos Phelan porque Troy los odiaba. A lo largo de los años Snead se había visto

obligado a hacer toda suerte de cosas desagradables para proteger a Troy de sus familias. Snead había preparado

abortos y había sobornado a los policías cada vez que los chicos habían sido sorprendidos en posesión de

drogas. Había mentido a las esposas para proteger a las amantes y, cuando las amantes se convertían en esposas,

el pobre Snead volvía a mentir para proteger a las amigas de su jefe.

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A cambio de sus buenos oficios, los hijos y las esposas lo habían llamado marica.

Y, a cambio de su fidelidad, el señor Phelan no le había dejado nada. Ni un centavo. Había cobrado un

buen sueldo en el transcurso de los años y tenía un poco de dinero en fondos de inversión, pero no el suficiente

para retirarse. Lo había sacrificado todo por su trabajo y por su amo. No había podido llevar una existencia

normal porque el señor Phelan le exigía permanecer de guardia las veinticuatro horas del día. No había podido

formar una familia, y prácticamente no tenía amigos.

El señor Phelan había sido su amigo, su confidente, la única persona en quien podía confiar.

A lo largo de los años el viejo le había prometido muchas veces que cuidaría de él. Sabía a ciencia cierta

que figuraba en un testamento. Lo había visto con sus propios ojos. A la muerte del señor Phelan heredaría un

millón de dólares. Por aquel entonces, Troy tenía una fortuna valorada en tres mil millones de dólares y Snead

recordaba haber pensado que comparado con eso un millón era una suma irrisoria. Cuando el viejo se hizo más

rico, Snead pensó que su legado aumentaría en cada nuevo testamento.

A veces indagaba acerca de la cuestión y hacía sutiles y discretas averiguaciones en los momentos que él

consideraba oportunos, pero el señor Phelan lo maldecía y amenazaba con excluirlo por completo del

testamento.

—Eres tan malo como mis hijos —decía Troy, lo que sumía en la angustia al pobre criado.

Por algún motivo, Snead había pasado de heredar un millón a no heredar nada, y estaba dolido. No le

quedaba otra alternativa que unirse a los enemigos.

Localizó el nuevo bufete de Hark Gettys y Asociados cerca de Dupont Circle. La recepcionista le dijo

que el señor Gettys estaba muy ocupado.

—Yo también lo estoy —replicó Snead con aspereza. Por vivir en tan estrecho contacto con Troy, Snead

se había pasado casi toda la vida rodeado de abogados. Siempre estaban ocupados—. Entréguele esto —añadió,

tendiendo un sobre hacia la recepcionista—. Es muy urgente. Esperaré fuera unos diez minutos; después bajaré

por la calle y entraré en el bufete de abogados más próximo.

Snead se sentó y bajó la vista al suelo. La alfombra era barata. La recepcionista dudó un instante y

después desapareció por una puerta. El sobre contenía una breve nota manuscrita que rezaba: «He trabajado

treinta años al servicio de Troy Phelan. Lo sé todo. Malcolm Snead».

Hark salió al cabo de un instante con la nota en la mano y una estúpida sonrisa en los labios, como si el

hecho de mantener una actitud amistosa pudiera impresionar a Snead. Ambos se dirigieron casi corriendo por un

pasillo hasta llegar a un espacioso despacho, seguidos por la recepcionista. No, Snead no quería café, té, agua ni

Coca-Cola. Hark cerró ruidosamente la puerta y echó la llave.

El despacho olía a recién pintado. El escritorio y las estanterías eran nuevos, pero las maderas no hacían

juego. Junto a las paredes se amontonaban varios archivadores y cosas por el estilo. Snead se pasó un buen rato

examinando la estancia.

—Acaba de mudarse, ¿verdad?

—Hace un par de semanas.

A Snead no le gustaba aquel lugar y no estaba muy seguro dé que le gustara el abogado, que vestía un

traje de lana barato, mucho más sencillo que el suyo.

—¿Dice que trabajó durante treinta años para él? —preguntó Hark, todavía con la nota en la mano.

—Así es.

—¿Estaba usted con él cuando se arrojó al vacío?

—No. Se arrojó solo.

Una falsa carcajada y otra vez la sonrisa.

—Quiero decir si se encontraba en la habitación.

—Sí. Estuve a punto de sujetarlo.

—Debió de ser terrible.

—Lo fue. Y sigue siéndolo.

—¿Le vio firmar el testamento, el último?

—Sí.

—¿Le vio escribir el maldito documento?

Snead estaba perfectamente preparado para mentir. La verdad ya no significaba nada para él, porque el

viejo lo había engañado. ¿Qué tenía que perder?

—Vi muchas cosas —contestó—, y sé muchas más. Esta visita gira exclusivamente en torno al dinero. El

señor Phelan me prometió que no me olvidaría en su testamento. Hubo muchas promesas y ninguna se cumplió.

John Grisham El testamento

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—0 sea, que está usted en el mismo barco que mi cliente —dijo Hark.

—Confío en que no. Desprecio a su cliente y a todos sus miserables hermanos, y esto debe quedar claro

desde el principio.

—Me parece muy bien.

—Nadie estaba más cerca de Troy Phelan que yo. He visto y oído cosas sobre las cuales ninguna otra

persona puede hablar.

—¿Significa eso que quiere usted ser testigo?

—Soy un testigo y un experto. Y soy muy caro.

Ambos se miraron a los ojos por un instante. El mensaje había sido transmitido y recibido.

—La ley establece que los profanos no pueden emitir juicios acerca del estado mental de una persona que

otorga testamento, pero es evidente que usted puede confirmar comportamientos y acciones que sean

demostrativos de la existencia de una alteración mental.

—Todo eso ya lo sé —repuso bruscamente Snead.

—¿Estaba loco?

—Me da igual que lo estuviese o no. Puedo seguir cualquiera de los dos caminos.

Hark tuvo que hacer una pausa para reflexionar acerca de la cuestión. Se rascó la mejilla y estudió la

pared.

Snead decidió echarle una mano.

—Así es como lo veo. Su cliente se jodió junto con sus hermanos y hermanas. Cada uno de ellos recibió

cinco millones de dólares al cumplir los veintiún años y ya sabemos lo que hicieron con el dinero. Puesto que

todos están endeudados hasta las cejas, no tienen más remedio que impugnar el testamento. Sin embargo, ningún

jurado se compadecerá de ellos. Se trata de una cuadrilla de codiciosos perdedores, y por ello será un juicio muy

difícil de ganar. Sin embargo, usted y otros genios de la jurisprudencia impugnarán el testamento y sentarán las

bases de un juicio escandaloso y enrevesado que no tardará en llegar a la prensa sensacionalista porque hay once

mil millones de dólares en juego. Puesto que no tienen muchas cosas a las que agarrarse, ustedes esperan llegar a

un acto de conciliación antes de que se celebre el juicio.

—Lo ha comprendido usted muy rápido.

—No. Lo que ocurre es que me he pasado treinta años observando al señor Phelan. En cualquier caso, el

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