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John Grisham - El testamento.doc
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Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una

caída de los beneficios trimestrales. Había sido una pesadilla. Mimado, inmaduro, pésimamente educado y

carente de los más elementales conocimientos de administración empresarial, Troy Junior había pasado sin

miramientos por toda una división del sector de minerales antes de que a Solomon le dieran luz verde para

despedirlo.

Unos años más tarde había ocurrido un episodio similar con Rex, ansioso de ganarse la aprobación de su

padre y su dinero. Al final, Rex había acudido a Troy en un intento de que éste despidiera a Solomon.

Las mujeres y otros hijos se habían pasado varios años tratando de introducirse en la empresa, pero Troy

se había mantenido firme. Aunque su vida privada fuese un fracaso, nada obstaculizaría la marcha de su amada

empresa.

Solomon y Troy jamás habían sido íntimos amigos. En realidad, nadie, tal vez con la única excepción de

Josh Stafford, había conseguido convertirse en su confidente. Las rubias que habían desfilado por su vida habían

compartido las comprensibles intimidades, pero Troy no tenía amigos. Y, cuando empezó a apartarse y se inició

su declive tanto físico como mental, los directivos de la empresa comentaban a menudo en voz baja la cuestión

de la propiedad de la empresa. Estaban seguros de que Troy no se la dejaría a sus hijos.

John Grisham El testamento

69

Y no lo había hecho, por lo menos en lo que a los sospechosos habituales se refería.

El consejo de administración estaba esperando en el piso decimocuarto, en la misma sala de juntas donde

Troy había sacado su testamento antes de emprender el vuelo. Solomon describió la escena de la sala de justicia

y su brillante relato adquirió tintes humorísticos. La idea de que los herederos pudieran hacerse con el control

del grupo de empresas había causado una enorme inquietud en el consejo de administración. Troy junior había

hecho saber que él y sus hermanos contaban con los votos necesarios para obtener la mayoría y que su intención

era limpiar la casa para conseguir unos saneados beneficios.

Los miembros del consejo querían noticias sobre Jame, la segunda ex esposa. Era secretaria de la

empresa antes de ascender a la categoría de amante y, posteriormente, de esposa, y tras alcanzar la cumbre había

maltratado y ofendido a muchos empleados. Hasta que Troy la desterró de la sede central.

—Se ha ido llorando —dijo jovialmente Solomon.

—¿Y Rex? —preguntó uno de los directores, el principal ejecutivo económico a quien Rex había

despedido una vez en un ascensor.

—No parecía muy contento que digamos. Está bajo investigación, ¿sabéis?

Los miembros del consejo de administración hablaron de casi todos los hijos y de todas las esposas y la

reunión se convirtió en una fiesta.

—He contado veintidós abogados —dijo Solomon con una sonrisa—. Todos estaban bastante tristes.

Por tratarse de una reunión informal del consejo de administración, la ausencia de Josh carecía de

Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.

Sólo tendrían que enfrentarse con una heredera desconocida en lugar de con seis idiotas.

—¿Se tiene alguna idea de dónde está esa mujer?

—Ninguna —contestó Solomon—. Puede que Josh sepa algo.

A última hora de la tarde Josh se vio obligado a salir de su despacho y refugiarse en una pequeña

biblioteca situada en el sótano de su edificio. Su secretaria dejó de contar los mensajes telefónicos al llegar a

ciento veinte. El vestíbulo de la entrada principal se había llenado de reporteros a última hora de la mañana. Josh

había dado a sus secretarias la orden estricta de que nadie lo molestara durante una hora, por lo que la llamada a

la puerta lo irritó especialmente.

—¿Quién es? —preguntó en tono de mal humor, mirando hacia la puerta.

—Una emergencia, señor —contestó una secretaria sin entrar.

—Pase.

La secretaria asomó la cabeza justo lo suficiente para mirarlo a la cara y decirle:

—Es el señor O'Riley.

Josh dejó de frotarse las sienes e incluso llegó al extremo de sonreír. Miró alrededor y recordó que en

aquella estancia no había ningún teléfono. La secretaria se adelantó dos pasos, depositó un teléfono inalámbrico

sobre la mesa y se retiró.

—Nate —dijo Josh contra el auricular.

—¿Eres tú, Josh? —fue la respuesta.

El volumen estaba bien, pero las palabras sonaban un poco estridentes. La recepción era mejor que la de

la mayor parte de los teléfonos de automóvil.

—¿Me oyes bien, Nate?

—Sí.

—¿Dónde estás?

—Estoy con el teléfono satélite, en la popa de mi pequeño yate, flotando por el río Paraguay. ¿Me oyes?

—Sí, muy bien. ¿Cómo te encuentras, Nate?

—Maravillosamente bien, me lo paso en grande; sólo tenemos un pequeño problema en el barco.

—¿Qué clase de problema?

—Bueno, la hélice se enganchó con un trozo de cabo viejo y el carburador del motor se obturó. La

tripulación está intentando desenredarlo, y yo superviso la operación.

—Parece que estás estupendamente bien.

—Es una aventura, ¿no, Josh?

—Pues claro. ¿Has averiguado algo sobre la chica?

—Qué va. Nos encontramos a un par de días del lugar como mucho, pero nos hemos visto obligados a

retroceder. No estoy muy seguro de que consigamos llegar hasta allí.

John Grisham El testamento

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—Tienes que hacerlo, Nate. Esta mañana se ha procedido a la lectura pública del testamento en el palacio

de justicia. El mundo entero no tardará en emprender la búsqueda de Rachel Lane.

—Yo no me preocuparía por eso. Está muy bien protegida.

—Ojalá me encontrase a tu lado.

—La señal se cortó por un instante.

—¿Qué has dicho? —preguntó Nate, levantando la voz.

—Nada. 0 sea, que la verás dentro de un par de días, ¿verdad?

—Con un poco de suerte. El barco navega las veinticuatro horas del día, pero lo hacemos remontando la

corriente y, como estamos en la estación de las lluvias, los ríos bajan muy llenos. Además, no sabemos muy bien

adónde vamos. Lo de los dos días es un cálculo muy optimista, suponiendo que consigamos arreglar la maldita

hélice.

—Pero hace buen tiempo —dijo Josh por decir algo.

No tenían demasiado de qué hablar. Nate O'Riley estaba vivo, se encontraba bien y se estaba dirigiendo

más o menos hacia su objetivo.

—Hace un calor de mil demonios y llueve cinco veces al día. Por lo demás, todo esto es precioso.

—¿Alguna serpiente?

—Un par. Unas anacondas más largas que el barco. Montones de caimanes. Unas ratas del tamaño de

perros. Las llaman capivaras. Viven en las orillas de los ríos, entre los caimanes, y cuando éstos tienen mucha

hambre, las matan y se las comen.

—Pero tú tienes comida suficiente, ¿verdad?

—Sí, claro. El barco está lleno de alubias negras y arroz. Welly me las cocina tres veces al día.

Nate hablaba con el tono de voz propio de un intrépido aventurero.

—¿Quién es Welly?

—Mi marinero. Ahora mismo está debajo del barco, a cuatro metros de profundidad, conteniendo la

respiración y cortando el cabo enredado en la hélice. Tal como ya te he dicho, estoy supervisando la operación.

—Tú no te metas en el agua, Nate.

—¿Bromeas? Yo estoy en cubierta. Oye, tengo que dejarte. Esto gasta mucha electricidad y no he

encontrado la manera de recargar las pilas.

—¿Cuándo volverás a llamar?

—Procuraré hacerlo cuando haya localizado a Rachel Lane.

—Buena idea; pero llama si se presenta algún problema.

—¿Y por qué iba a hacerlo, Josh? Tú no podrías hacer absolutamente nada.

—Tienes razón. Pues no llames.

La tormenta descargó al anochecer, mientras Welly estaba preparando el arroz en la cocina y Jevy

contemplaba cómo las aguas del río se iban oscureciendo. Una súbita ráfaga de viento azotó violentamente la

hamaca y despertó a Nate, obligándolo a levantarse de un salto. A continuación, vinieron los truenos y los

relámpagos. Nate se acercó a Jevy y observó la inmensa oscuridad que se extendía hacia el norte.

—Una buena tormenta —dijo Jevy con aparente indiferencia. «¿No convendría que amarráramos este

trasto —pensó Nate—, o que por lo menos buscáramos unas aguas más someras?» Jevy no parecía preocupado;

su imperturbabilidad resultaba en cierto modo consoladora. Cuando empezó a llover, Nate bajó a tomarse su

arroz con alubias. Comió en silencio mientras Welly permanecía sentado en un rincón del camarote. La bombilla

del techo oscilaba y el viento sacudía peligrosamente la embarcación. Unas gruesas gotas de lluvia golpeaban las

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