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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he

pronunciado mis últimas palabras. Puede que no haya llegado todavía mi hora.»

—Mais? —preguntó Welly, señalando con la cabeza la taza vacía.

—Sim —contestó Nate, tendiéndosela.

El joven se marchó a grandes zancadas.

Dolorido a causa del accidente aéreo y tembloroso por efecto del vodka, Nate se levantó y permaneció de

pie en el centro de la cubierta, tambaleándose con las rodillas ligeramente dobladas. El que pudiera conservar el

equilibrio fue un verdadero triunfo para él. La recuperación no era más que una serie de pequeños pasos, de

pequeñas victorias. Si uno podía ensartarlas sin tropiezos ni derrotas, ya estaba rehabilitado. Jamás curado, sino

sólo rehabilitado o recuperado por un tiempo. Había completado el rompecabezas otras veces; había celebrado la

colocación de cada pieza, por pequeña que fuese.

De pronto, el barco experimentó una sacudida al rozar su fondo plano en un banco de arena y Nate cayó

violentamente sobre la hamaca. Ésta lo lanzó a su vez sobre la cubierta, donde se golpeó la cabeza contra una

tabla de madera. Se levantó como pudo y se agarró a la barandilla con una mano mientras se frotaba la cabeza

con la otra. No era más que un pequeño chichón pero el golpe lo despertó y, cuando consiguió enfocar

John Grisham El testamento

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nuevamente la vista, avanzó muy despacio sin soltar la barandilla hasta llegar al pequeño puente, donde Jevy se

hallaba sentado en un taburete con una mano apoyada en el timón.

Una ligera sonrisa típicamente brasileña y después:

—¿Cómo se encuentra?

Mucho mejor —contestó Nate, casi avergonzado.

La vergüenza, sin embargo, era un sentimiento que había abandonado a Nate hacía años. Los adictos no

la conocen. Se deshonran tantas veces que acaban inmunizándose contra ella.

Welly subió brincando los peldaños, con una taza de café en cada mano. Le ofreció una a Nate y otra a

Jevy y después se acomodó en una estrecha banqueta al lado del capitán.

El sol empezaba a ocultarse por detrás de las lejanas montañas de Bolivia y unas nubes estaban

formándose en el norte, directamente delante de ellos. El aire era más fresco y suave. Jevy tomó su camiseta y se

la puso. Nate temía que se desatase otra tormenta, pero el río no era muy ancho. Seguramente podrían alcanzar

la orilla con aquel maldito barco y amarrarlo a un árbol.

Se acercaban a una casita cuadrada, la primera que veía Nate desde que habían abandonado Corumbá.

Detectó señales de vida: un caballo y una vaca, ropa tendida y una canoa cerca de la orilla. Un hombre tocado

con un sombrero de paja, un auténtico pantaneiro, salió al porche y los saludó perezosamente con la mano.

Tras dejar atrás la casa, Welly señaló un lugar en el que la densa maleza se adentraba en el agua.

Jacarés —dijo.

Jevy los miró con indiferencia. Había visto millones de caimanes, Nate sólo uno, desde la grupa de un

caballo, y mientras contemplaba los viscosos reptiles que los observaban desde el barro, reparó en lo pequeños

que parecían desde la cubierta de un barco. Prefería la distancia.

Algo le dijo, sin embargo, que antes de que terminara la travesía volvería a acercarse a ellos lo bastante

como para sentirse incómodo. Tendrían que utilizar la barca de fondo plano que flotaba por detrás del Santa

Loura para localizar a Rachel Lane. Él y Jevy navegarían por pequeños ríos, sortearían maleza y vadearían

oscuras aguas llenas de malas hierbas. Y habría sin duda jacarés y otras especies de peligrosos reptiles esperando

su almuerzo.

Curiosamente, Nate por el momento no se sentía preocupado. Estaba demostrando ser bastante resistente

a Brasil. Era una aventura y su guía parecía muy intrépido.

Sin soltar la barandilla, consiguió bajar por los peldaños con mucho cuidado y avanzó por el estrecho

pasamanos, pasando por delante del camarote y la cocina, donde Welly había colocado una olla sobre el hornillo

de propano. El motor diésel seguía rugiendo en la sala de máquinas. La última etapa fue el retrete, un cuartito

con una taza de excusado, un sucio lavabo en un rincón y una endeble alcachofa de ducha, oscilando a escasos

centímetros de su cabeza. Estudió la cuerda de la ducha mientras hacía sus necesidades. Se apartó y tiró de ella.

Salió, con fuerza suficiente, un chorro de agua caliente ligeramente amarronada. Era con toda evidencia agua del

río obtenida de unas existencias ilimitadas y probablemente sin filtrar. Por encima de la puerta había un cesto de

alambre para una toalla y una muda de ropa, por lo que uno tenía que desnudarse y colocarse en cierto modo a

horcajadas sobre la taza del excusado, tirando de la cuerda de la ducha con una mano mientras se bañaba con la

otra.

«Qué más da», pensó Nate. No se ducharía a menudo.

Echó un vistazo a la olla que estaba sobre el hornillo y, al comprobar que contenía arroz y alubias negras,

se preguntó si todas las comidas consistirían en lo mismo. Pero, en realidad, no le importaba. La comida le era

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