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John Grisham - El testamento.doc
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Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la

cama, rodeado de papeles y perdido en otro mundo.

—Ya es hora de que me vaya —le dijo Nate.

—Sí —repuso Sergio—. Mañana empezaré a preparar el papeleo.

Las luchas internas se agravaron y los herederos de Troy Phelan empezaron a dedicar menos tiempo a

conversar entre sí y más a visitar los despachos de sus abogados. Transcurrió una semana sin que se diese a

conocer el contenido del testamento. Los herederos estaban cada vez más nerviosos, pues tenían la fortuna casi a

la vista, pero no podían alargar la mano para tomarla. Prescindieron de los servicios de varios abogados y

contrataron a otros.

Mary Ross Phelan Jackman decidió cambiar de abogado porque el que tenía no le cobraba una tarifa lo

suficientemente elevada. Su marido era un prestigioso traumatólogo con múltiples negocios. Trataba a diario con

hombres de leyes. El más reciente de ellos era un torbellino llamado Grit, que había entrado espectacularmente

en la refriega, cobrando una tarifa de seiscientos dólares la hora.

Durante la espera, los herederos estaban contrayendo cuantiosas deudas. Firmaban contratos de compra

de impresionantes mansiones. Les entregaban automóviles nuevos. Contrataban a distintos asesores para que les

diseñaran residencias con piscina, les buscaran el avión privado más idóneo, les aconsejaran acerca de qué

purasangres les convenía comprar.

John Grisham El testamento

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Cuando no se peleaban, se dedicaban a las compras. La única excepción era Ramble, pero sólo por el

simple hecho de ser menor de edad. El chico se pasaba el rato con su abogado, quien seguramente contraía

deudas en nombre de su cliente.

Los grandes litigios suelen empezar con una carrera a los juzgados. El hecho de que Josh Stafford se

negara a revelar el contenido del testamento e hiciera al mismo tiempo veladas alusiones a la incapacidad de

testar de Troy, hizo que finalmente cundiese el pánico entre los abogados de los herederos.

Diez días después del suicidio, Hark Gettys acudió al juzgado de distrito del condado de Fairfax,

Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.

Y, con toda la astucia propia de un ambicioso abogado merecedor de ser tenido en la debida cuenta, le comunicó

la información a un reportero del Post. Tras la presentación de la petición, ambos se pasaron una hora

conversando. Algunos de los comentarios se hicieron con carácter extraoficial y otros a mayor honra y gloria del

abogado. Un reportero gráfico tomó algunas fotografías.

Curiosamente, Hark presentó la petición en nombre de los herederos Phelan, incluyendo sus nombres y

direcciones como si de sus clientes se tratase. Al regresar a su despacho, les envió copias por fax. A los pocos

minutos, sus líneas telefónicas quedaron colapsadas.

El reportaje del Post de la mañana siguiente se completaba con una fotografía de gran tamaño de Hark,

acariciándose la barba y con el entrecejo fruncido. El reportaje ocupaba más espacio de lo que él esperaba. Lo

leyó al amanecer en una cafetería de Chevy Chase y después se dirigió a toda prisa a su nuevo despacho.

Un par de horas más tarde, poco después de las nueve, el despacho del secretario del juzgado de distrito

de Fairfax estaba más abarrotado de abogados que de costumbre. Llegaron formando pequeñas jaurías, se

dirigieron casi hablando en monosílabos a los funcionarios y trataron por todos los medios de hacer caso omiso

los unos de los otros. Sus peticiones eran muy variadas, pero todos querían lo mismo: reconocimiento de su

papel en el asunto Phelan y petición de apertura del testamento.

En el condado de Fairfax las legalizaciones se asignaban al azar a un solo juez de los doce que allí había.

El caso Phelan fue a parar al escritorio del honorable E Parr Wycliff, de treinta y seis años, un jurista con poca

experiencia, pero con mucha ambición. Le encantó recibir un caso tan sonado.

Wycliff tenía el despacho en el juzgado del condado de Fairfax y se pasó toda la mañana controlando la

presentación de los documentos en la oficina del secretario. Su secretaria le llevaba las peticiones y él las leía de

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