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John Grisham - El testamento.doc
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Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas

noches sin dormir.

En el momento de la muerte de su padre, Rex estaba enfrentándose con varios embargos preventivos y

demandas judiciales de acreedores, socios e inversores del banco por valor de más de siete millones de dólares.

Y la suma seguía aumentando. Los juicios, sin embargo, habían sido inútiles, pues los acreedores no tenían a qué

agarrarse. Rex no era dueño de nada, ni siquiera de su coche. Él y Amber habían alquilado una vivienda en un

edificio en régimen de propiedad horizontal y un par de Corvette idénticos, con todos los documentos a nombre

de ella. Los clubes y bares eran propiedad de una empresa registrada en paraísos fiscales, organizada por Amber

sin la menor huella de su marido. Hasta entonces, Rex se había mostrado demasiado escurridizo para que lo

atraparan.

El matrimonio era todo lo estable que cabía esperar de dos personas con un amplio historial de

Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el

apellido de Phelan. La vida era divertida a pesar de los apuros económicos, pero Rex estaba tremendamente

preocupado por Amber y los bienes que ésta tenía a su nombre. Una desagradable discusión podía bastar para

que ella desapareciera.

Las preocupaciones se habían terminado con la muerte de Troy. El columpio se había inclinado y de

repente su apellido valía una fortuna. Vendería los bares y los clubes, pagaría las deudas de golpe y después se

dedicaría a jugar con el dinero. Pero, como hiciera un solo movimiento en falso, Amber volvería a bailar sobre

las mesas con unos mojados billetes de dólar en el taparrabo.

Rex se pasó el día con su abogado Hark Gettys. Necesitaba desesperadamente el dinero y había insistido

en que Gettys llamara a Josh Stafford y le pidiera echar un vistazo al testamento. Rex había hecho planes muy

importantes y ambiciosos para cuando se reuniese con aquellos millones, y Hark estaría a su lado en todas las

etapas. Quería hacerse con el control del Grupo Phelan. Su parte de las acciones, unida a las de TJ y sus dos

hermanas, le daría sin duda una mayoría de títulos con derecho a voto. Pero ¿estaban las acciones en un

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fideicomiso, en cesión directa o bien inmovilizadas de cualquiera de las cien tortuosas maneras que Troy habría

ideado para reírse de ellos desde la tumba?

—¡Tenemos que ver ese maldito testamento! —estuvo gritándole a Hark a lo largo de todo el día.

Hark lo calmó con un prolongado almuerzo regado con un excelente vino y, a primera hora de la tarde,

ambos comenzaron a beber whisky. Amber pasó por allí y los encontró a los dos borrachos, pero no se enfadó.

Ahora le era imposible enfadarse con Rex. Lo amaba más que nunca.

El viaje al Oeste sería un grata tregua que les permitiría apartarse del caos creado por el salto al vacío del

señor Phelan. Su rancho se encontraba en las cercanías de Jackson Hole, en los montes Teton, donde el suelo ya

estaba cubierto por una capa de nieve de treinta centímetros de espesor y se esperaban más nevadas. ¿Qué

opinaría la señorita Manners de que esparciesen las cenizas sobre una tierra cubierta de nieve? ¿Convendría que

esperaran hasta el día siguiente, o las arrojarían sin más? A Josh le importaba un bledo. Él las habría arrojado al

rostro de cualquier desastre natural.

Estaban persiguiéndolo los abogados de los herederos Phelan. Los recelosos comentarios que le había

hecho a Hark Gettys acerca de la capacidad de testar del viejo habían lanzado una onda expansiva de temor a

todas las familias y éstas habían reaccionado con una histeria comprensible. Y con amenazas. El viaje sería

como unas pequeñas vacaciones. Él y Durban podrían estudiar las investigaciones preliminares y elaborar sus

planes.

Despegaron del aeropuerto en el Gulfstream N del señor Phelan, un aparato en el que Josh sólo había

tenido el privilegio de viajar una vez. Era el más nuevo de la flota y, con su precio de treinta y cinco millones de

dólares, había sido el juguete más caro del difunto. El verano anterior habían volado con él a Niza, donde el

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