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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. БОЛИВИЯ, ПЕРУ, ЭКВАДОР
– ¿Cómo es Lanchi que después de tantos días de trabajo yhabiendo hecho cavar tan hondo en el lugar donde tú viste las llamas, no encontramos absolutamente nada? ¿No será que por puro animal me has indicado un sitio diferente? Porque aquí no hallamos ni siquiera un zapato viejo.
– ¡Oh patrón! – exclamó Lanchi melancólicamente-. Como no teniendo ya nada que contarte aquella noche me dijiste que inventara algo para distraerte, lo inventé sin la menor malicia, Y como tampoco me avisaste que pensabas hacer cavar supuse que no le diste importancia ami relato. También recuerdo que me dijiste que estos fuegos no indican tapados de plata sino cuando más de huesos. ¿No habrá habido siquiera huesos. patrón?…
– Indio mentiroso, no me vengas apreguntar nada. Mañana mismo entras al trabajo para tapar solito, por tu cuenta, el hoyo que me has hecho abrir inútilmente.
– Lo haré con toda voluntad patroncituy. Espero que me perdones, papasuy…
Y ambos, alguna vez, ¡oh dulzura patronal! sonrieron buenamente ala pálida luz del atardecer de aquel nuboso día de verano, mientras en el aire parecía disiparse la obsedante presunción del tesoro oculto.
JORGE ICAZA
HUASIPUNGO (Fragmento)
Atardecía yla cabalgata entraba al pueblo de Tomachi. El invierno, la montaña yla miseria han hecho de Tomachi un pueblo de lodo, de basura yde acurrucamiento; se acurrucan las chozas alo largo de la única calle lodosa yadornada de basureros, se acurrucan los guaguas alas puertas de las viviendas ajugar con el barro o amascar el calofrío del paludismo, se acurrucan las mujeres junto al fogón, tarde ymañana, apreparar la mazamorra de mashca o el logro de cuchipapa, se acurrucan los hombres, de seis aseis, junto al trabajo de la chacra, de la montaña, o se pierden por los caminos con sus mulas llevando carga alos pueblos vecinos. La callejuela está tatuada por una acequia de agua turbia, donde abreva el ganado de los huasipungos, donde los
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cerdos hacen sus camas de lodo para revolcar sus ardores, donde los niños, poniéndose en cuatro, sacian la sed.
Corre un frío seco ycortante. Abajo queda el valle en silencio, repleto de luz crepuscular que empequeñece la fi gura entumida de las chozas; de la choza india que forma una sola habitación con piso de tierra ytechumbre de paja renegrida por la lluvia yel humo que, sin hallar salida, se fi ltra por todas partes.
La casa del Jacinto está cerrada. Deben haber ido con carga aSangolquí; sólo dos cerdos negros, junto ala puerta de la tienda, hozan en el barro yhacen rodar unas latas viejas. Más allá, unos perros con el acordeón semidesplegado de sus costillares, por la anemia, se disputan un hueso de mortecina que debe haber rodado todo el pueblo por cargar más lodo que carne. Un olor aleña de eucalipto yboñiga quemada desprenden las viviendas. Colgado de una cuerda, en un corredor, el cadáver de un borrego, se deja extraer los bofes yel hígado del tórax por un chagra de catadura medrosa que, al paso de la cabalgata, se quita el sombrero con la mano empapada en sangre.
– ¿Cómo te va, Calupiña?
– Sin querer morir, patrón. ¿Y su mercé?
– Pasando.
Y en efecto, pasaban. El cholo arroja las vísceras en una batea yse queda alelado en tanto un perro lame el pescuezo sanguinolento del borrego. La Miche de las guaguas ha matado puerco cuando frente asu chozón se amontonan las cenizas de una hoguera yen el corredor se exhibe una batea repleta de fritada con tostado de manteca. Una de las hijas del Melchor sale corriendo de su casuca, sacudiéndose la cabeza ydando gritos. Una cosa amanera de moño se le aferra ala coronilla, la hermana ordena imperiosa:
– Esperá, pes. Y dándole un manotazo le quita el copete que se revuelca entre las hierbas que crecen ala vera de la callejuela. Una araña de la humedad con gruesas patas aterciopeladas huye entre los baches.
– Güenas tardes, – murmuran el par de buenas mozas olvidándose del susto que les dio la araña.
– Buenas tardes. Una recua de mulas frente al estanco de taita Timoteo que el arriero se pegue su copita de puro. En la puerta de la
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tienda del telégrafo, el telegrafi sta se ejercita en la vihuela repasando un pasillo del siglo pasado. El Cuso duerme echado sobre unas cargas de alfalfa con el sombrero en la cara.
Hacia el fi n de la calle, en una plaza enorme ydeshabitada, se alza la iglesia del puebluco, apoyando la vejez de sus paredones en largos puntales – es un cojo que ha salido del hospital del tiempo andando en muletos– . Todo lo vetusto de la fachada contrasta con el oro del altar mayor ylas joyas de la Virgen de la Cuchara, patrona del pueblo, alos pies de la cual, un centenar de indios ychagras hambrientos van depositando sus ahorros para que la Santísima Virgen se compre alhajas.
Del curato, luciendo las joyas que la Virgen tiene la bondad de prestarle ycon una cesta de basura, sale la concubina del cura, alias la sobrina, deposita los desperdicios en la acequia yse queda alelada al paso de la cabalgata de la familia Pereira.
Cuando el mayordomo estuvo frente ala cabalgata, frenó araya ala mula, obligándola asentarse sobre sus patas traseras.
– Güenas tardes nos dé Dios – saluda con su hablar precipitado, olor aperas podridas por su inveterada afi ción al aguardiente puro que venden el Jacinto ytaita Timoteo en el pueblo. Se quita el sombrero dejando al descubierto una cabellera desordenada que cae en mechones pegosos, de sudor, sobre la frente.
– Buenas tardes, Policarpio.
– Me mueero… Semejante aguacero que ha caído todito el día. ¿Qué’s pes, ala ña chiquita han traído?
El padre de familia desvió la conversación haciéndole preguntas sobre la conducta de los indios, sobre los sembrados, sobre la posible explotación de la madera.
– Traigo grandes planes. El porvenir de mis hijos así lo exige.
¿De sus hijos? – piensa el Policarpio, sin comprender una palabra– . El patrón no tiene sino una sola hija: la ña Lolita. ¿A qué hijos se referirá ahora? Tan vez la ña grande esté embarazada.
El viejo caserío les recibió con su patio empedrado, olor amajada, con el Molque, perro amigo de manifestaciones epilépticas con la charla quichua de las indias servicias, el mugir de las vacas, el amplio corredor de pilares adornados con cabezas disecadas de venados se cuelgan las
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monturas, el redil pegado ala derecha del patio, ydel que le separa un vallado de palos carcomidos yalambres mohosos para encerrar alas seis de la tarde oveja yterneros, y, sobre todo, con cien recuerdos de holguras señoriales.
JORGE DÁVILA VÁZQUEZ
LA GORDA
Muchos se han preguntado si de veras la Gorda era un ángel. Pero, ante las evidencias, no les quedó más que desechar sus dudas, aceptando la realidad.
Claro que no tenía alas, yde poco le iban aservir, con su grande ygenerosa anatomía. Pero sabía estar, en el instante justo, en el sitio en que la necesitaban, por lejos que estuviera. Un poco agitada, sí, pero puntual.
No irradiaba nunca una luz muyfuerte de su ancha cara dulce ytriste, pero ¡cómo iluminaba su proximidad un rostro oscurecido por la vida!
Jamás hizo un milagro sonado, de esos que registran las causas de santidad; pero vivía de los pequeños prodigios: con un hilo, sus mágicos dedos hacían ya una minúscula red, ya una diminuta canasta, ya una hamaca como para un ratoncito; con un hilo yun botón, un roncador, que sonaba más que un trompo; con nada era capaz de crear un mundo que encantaba alos niños, que la miraban extasiados.
Con encaje barato yunas cintas, convertía en nueva la ropa vieja de los tíos; vestía nietos, como en otra época hermanos, hijos, primos, sobrinos, conocidos... Remozaba con fl ores pintadas, viejos tapetes que rejuvenecían antiguos muebles... Con esa capacidad de transformarlo todo, un poco de harina yaceite eran una torta deliciosa; reunidas cuatro verduras hacían exquisita comida; en suma, milagreaba todo el tiempo.
Ah, yen tratándose de aliviar pequeños males, no había más que llamarla. La mejor medicina eran sus manos siempre mágicas, posándose tiernas, sobre la frente sudorosa o aplicando paños, hierbas, ungüentos en el cuerpo adolorido.
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El único problema es que un mal día la Gorda murió, ylos expertos en ángeles dicen que éstos no pueden morir.
Es muycomplicado explicarles que murió, pero sigue viva. Sí, en el recuerdo no ha dejado de tejer un solo instante misteriosos objetos con su hilo ysus dedos maravillosos; continúa transformando cuanto toca, con su aguja, sus rudimentarios pinceles o su sazón increíble; yhasta como que consuela dolores al paso, en un silencio en el que apenas se escucha un leve roce, cual el de unas livianas alas: ahora que no tiene cuerpo, deben estarle funcionando amaravilla.
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Венесуэла и Колумбия
RÓMULO GALLEGOS
EL CREPÚSCULO DE DIABLO
En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca ycantarina brotase de su caño, está sentado «el Diablo» presenciando el desfi le carnavalesco.
La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se apiña en las barandas que dan ala calle por donde pasa «la carrera», se agita en ebrios hormigueos alrededor de los tarantines donde se expenden amargos, frituras, refrescos ycucuruchos de papelillos yde arroz pintado, se arremolina en torno alos músicos, trazando rondas dionisíacas al son del joropo nativo, cuya bárbara melodía se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estación seca, como un harapo que el viento deshilase.
Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente escabullado, el sombrero sobre la nuca yel tabaco en la boca, el Diablo oye aquella música que despierta en las profundidades de su ánimo, no sabe que vagas nostalgias. A ratos melancólica, desgarradora, como un grito perdido en la soledad de las llanuras; aratos erótica, excitante, aquella música era el canto de la raza oscura, llena de tristeza yde lascivia, cuya alegría es algo inquietante que tiene mucho de trágico.
El Diablo ve pasar ante su mente trozos fugaces de paisajes desolados ynunca vistos, sombras espesas de un dolor que no sintió en su corazón, relámpagos de sangre que otra vez, no sabe cuándo, atravesaron su vida. Es el sortilegio de la música que escarba en el corazón del Diablo, como un nido de escorpiones. Bajo el infl ujo de estos sentimientos se va poniendo sombrío; sus mejillas chupadas se estremecen levemente, su pupila quieta ydura taladra en el aire una visión de odio, pero de una manera siniestra. Probablemente la causa inconsciente de todo esto es la presencia de la multitud que le despierta diabólicos antojos de dominación; sobre el escabullado del araguaney, sus dedos ásperos de uñas fi losas, se encorvan en una crispatura de garras.
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Al lado suyo, uno de los que junto con él están sentados en el borde de la pila, le dice:
– Ah, compadre Pedro Nolasco, ¿no es verdad que ya no se ven aquellos disfraces de nuestro tiempo?
El Diablo responde malhumorado:
– Ya esto no es carnaval ni es ná.
El otro continúa evocador:
– ¡Aquellos volatines que ponían la cuerda de ventana aventana! ¡Aquellas pandillas de negritos que se daban esas agarrás al garrote! ¡Y que se zumbaban de veras! ¡Aquellos Diablos!
Por aquí andaban las nostalgias de Pedro Nolasco.
Era él uno de los diablos más populares yconstituía la nota típica dominante, de la fi esta plebeya. A punto de mediodía echábase a la calle con su disfraz infernal, todo rojo, ysu enorme «mandador» yde allí en adelante, toda la tarde, era un infatigable ambular por los barrios de la ciudad, perseguido por la chusma ululante, tan numerosa que aveces llenaba cuadras enteras ycontra la cual se revolvía de pronto blandiendo el látigo, que no siempre chasqueaba ocioso en el aire para vanas amenazas.
Buenos verdugones levantó más de una vez aquella fusta diabólica en las pantorrillas de chicos ygrandulones. Y todos la sufrían como merecido castigo por sus aullidos ensordecedores, sin protesta ni rebeldía, tal que si fuera un flagelo de lo Alto. Era la tradición: contra los latigazos del diablo nadie apelaba aotro recurso sino al de la fuga.
Posesionado de su carácter, dábalos Pedro Nolasco con verdadera indignación, que le parecía la más justa de las indignaciones, pues una vez que se vestía de diablo yse echaba ala calle, olvidábase de la farsa yjuzgaba como falta de lesa Majestad los irreverentes alaridos de la chiquillería.
Esta, por su parte, procedía como si se hiciese estas refl exiones: un diablo es un ente superior; todo el que quiere no puede ser diablo, pues esto tiene sus peligros yal que sabe serlo como es debido hayque soportarle los latigazos.
Pedro Nolasco era el mejor de los diablos de Caracas. Su feudo era la parroquia de Candelaria ysus aledaños yallí no había muchacho que
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no corriese detrás de él aullando hasta enronquecer yarriesgando el pellejo.
Respetábanlo como aun ídolo. Cuando se aproximaba el Carnaval empezaban ahablar de él ysu misteriosa personalidad era objeto de entusiastas comentarios. La mayor parte no lo conocían sino de nombre ymuchos se lo forjaban de la manera más fantástica. Para algunos Pedro Nolasco no podía ser un hombre como los demás, que trabajaba yvivía la vida ordinaria, sino un ente misterioso, que no salía de su casa durante todo el año ysolo aparecía en público en el Carnaval, en su carácter absurdamente sagrado de diablo. Conocer aPedro Nolasco, saber cuál era su casa yestar al corriente de sus intimidades, era motivo de orgullo para todos; haber hablado con él era algo como poseer la privanza de un príncipe. Se podía llenar la boca quien tal afi rmaba, pues, esto solo adquiría gran ascendiente entre la chiquillería de la parroquia.
Aumentaba este prestigio una leyenda en la cual Pedro Nolasco aparecía como un héroe tutelar. Referíase que muchos años atrás, en la tarde de un martes de carnaval, Pedro Nolasco había realizado una proeza de consagración a«su cuerda». Había para entonces en Caracas un diablo rival de Pedro Nolasco, el diablo de San Juan, que tenía tanto partido como el de Candelaria yque había dicho que ese día invadiría los dominios de este para echarle cuero aél y asu turba. Súpolo Pedro Nolasco yfue en busca de él, seguido de su hueste ululante. Topáronse los dos bandos yel diablo de San Juan arremetió contra la turba del otro, con el látigo en alto acudió en su defensa el de Candelaria yantes de que el rival bajase el brazo para «cuerearlo» le asestó en la cara un formidable cabezaso que aél le estropeó los cuernos yal otro le destrozó la boca. Fue un combate que no se hubiera desdeñado de cantar el Dante.
Desde entonces fue Pedro Nolasco el diablo único contra quien nadie se atrevía, temido de sus rivales vergonzantes, que arrastraban por las calles apartadas irrisorias turbas, admirado yquerido de los suyos, apesar del escozor de las pantorrillas yquizás por esto mismo, precisamente.
Pero corrió el tiempo yel imperio de Pedro Nolasco empezó abambolear. Un foetazo mal dado, marcó las espaldas de un muchacho
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de infl uencia, ylo llevó ala policía; ycomo Pedro Nolasco se sintiese deprimido de aquel arresto que autorizaba el hecho insólito de una protesta contra su férula, hasta entonces inapelable, decidió no disfrazarse más, antes que aceptar tal menoscabo de su majestad.
II
Ahora está en la plaza viendo pasar la mascarada. Entre la muchedumbre de disfraces atraviesan diablos irrisorios, puramente decorativos, que andan en comparsas yllevan en las manos inofensivos tridentes de cartón plateado. En ninguna parte el diablo solitario, con el tradicional mandador que era terror yfascinación de la chusma. Indudablemente el Carnaval había degenerado.
Estando en estas refl exiones Pedro Nolasco vio que un tropel de muchachos invadía la plaza. A la cabeza venía un absurdo payaso, portando en una mano una sombrilla diminuta yen la otra un abanico con el cual se daba aire en la cara pintarrajeada, con un ambiguo yrepugnante ademán afeminado. Era esto toda la gracia del payaso yen pos de la sombrilla corría la muchedumbre fascinada, como tras un señuelo.
Pedro Nolasco sintió rabia yvergüenza. ¿Cómo era posible que un hombre se disfrazase de aquella manera? Y sobre todo, ¿cómo era posible que lo siguiera una multitud? Se necesita haber perdido todas las virtudes varoniles para formar en aquel séquito vergonzoso yestúpido. ¡Miren que andar detrás de un payaso que se abanica como una mujerzuela! ¡Es el colmo de la degeneración carnavalesca!
Pero Pedro Nolasco amaba su pueblo yquiso redimirlo de tamaña vergüenza. Por su pupila quieta ydura pasó el relámpago de una resolución.
Al día siguiente, martes de carnaval, volvió aaparecer en las calles de Caracas el diablo de Candelaria.
Al principio pareció que su antiguo prestigio renacía íntegro, pues apoco ya tenía en su seguimiento una turba que alborotaba las calles con sus siniestros ¡aús! Pero de pronto apareció el payaso de la sombrilla yla mesnada de Pedro Nolasco fue tras el irrisorio señuelo, que era una promesa de sabrosa diversión sin los riesgos aque exponía el mandador del diablo.
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Quedó solo este ybajo su máscara de trapo coronada por dos auténticos cuernos de chivo, resbalaron lágrimas de doloroso despecho.
Pero inmediatamente reaccionó ymovido por un instinto el cual la experiencia había hecho sabio, arremetió contra la turba desertora, confi ando en que el imperativo legendario de su látigo la volvería asu dominio, sumisa yfascinada.
Arremolinose la chusma yhubo un momento de vacilación: el Diablo estaba apunto de imponerse, recobrando, por la virtud del mandador, los fueros que le arrebatase aquel ídolo grotesco. Era la voz de los siglos que resonaba en sus corazones.
Pero el payaso conocía las señales del tiempo ytremolando su sombrilla como una bandera prestigiosa, azuzó asu mesnada contra el diablo.
Volvió aresonar, como en los buenos tiempos, el ululato ensordecedor que fi ngía una traílla de canes visionarios, pero esta vez no expresaba miedo sino odio.
Pedro Nolasco se dio cuenta de la situación; ¡estaba irremisiblemente destronado! Y, sea porque un sentimiento de desprecio lo hiciese abdicar totalmente el cetro que había pretendido restablecer sobre aquella patulea degenerada, o porque su diabólico corazón se encogiese presa de auténtico miedo, lo cierto fue que volvió las espaldas al payaso ycomenzó aalejarse para siempre asu retiro.
Pero el éxito enardeció al payaso. Arengando ala pandilla gritó: ¡Muchachos! Piedras con el diablo.
Y esto fue sufi ciente para que todas las manos se armasen de guijarros yse levantasen vindicatorias contra el antiguo ídolo en desgracia.
Huyó Pedro Nolasco bajo la lluvia del pedrusco que caía sobre él, yen su carrera insensata atravesó el arrabal yse echó por los campos de los aledaños. En su persecución la mesnada redoblaba su ardor bélico, bajo la sombrilla tutelar del payaso. Y era en las manos de este el abanico fementido el sable victorioso de aquella jornada.
Caía la tarde. Un crepúsculo de púrpura se desgranaba sobre los campos como un presagio. El diablo corría, corría, através del paraje solitario por un sendero bordeado de montones de basura, sobre los cuales escarbaban agoreros zamuros que, al verlo venir, alzaban el
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