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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ЦЕНТРАЛЬНАЯ АМЕРИКА
SERGIO RAMIREZ
LA TARJETA
Humberto Solano nacióen el Barrio de Pescadores. Sus primeros años los pasó ala orilla de las cloacas haciendo barquitos, ysu juventud, en los billares yen los burdeles de la costa. Pero cuando su padre en una picazón se ahogó allá, como aveinte varas del muelle, se tuvo que poner atrabajar porque se quedó solito con su mamá yChabelita, que era la hermanita menor. Primero fue pescador, porque en el barrio es el ofi cio más general. Después se aburrió del lago yse hizo cobrador de un bus urbano ytambién se cansó, ymás, porque lo mareaba el tufo agasolina yesa paradera acada rato.
Y cuando la mayoría de edad le llegó, llena de sudor yde trabajo, ya no iba alos burdeles ni alas cantinas de la costa, ytodo lo que ganaba se lo daba asu mamá yentre todos se ayudaban avivir. Después se hizo celador nocturno de una casa de comercio en Managua. Le gustaba el trabajo porque amaba los rótulos luminosos que se dejaban caer desde arriba letra por letra, ycuando parecía que se iban ahacer cuechos en el suelo, se detenían yvolvían aapagarse para volver aempezar. Las calles vacías le gustaban también porque eran tristes, ysolo se oían los rastrillazos de los barredores acumulando basura en las esquinas. Cuando le aburría el silencio se ponía asilbar, ycuando se aburría de silbar se ponía acaminar de esquina aesquina yde vez en cuando contaba sus propios pasos.
Rosa Solano, la madre de Humberto Solano, era una mujer que había pasado su vida repartida en dos partes: la primera en El Sauce, donde nació, yla segunda en el barrio, desde que se juntó con el difunto José María Larios, que se la trajo en tren desde su casa. Desde entonces, su vida había estado frente al lago: su casita, su marido ysus hijos. Casi todos los almuerzos de la familia eran guineos, arroz yfrijoles. Cuando las inundaciones, la Cruz Roja les dio acomer sardinas enlatadas, pero no le gustaron porque hedían. Desde que José María Larios se murió se había vuelto triste, como uno de esos pájaros que se quedan debajo de la lluvia ala orilla de la costa. Pasaba todo el día en el aplanchador, porque aplanchando se ayudaba para vivir, o más bien de eso vivía. Y cuando el hijo volvía del trabajo no le besaba la frente. Ignoraba la
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mujer esa costumbre burguesa. Pero sí quería asu hijo desde adentro. Veintitantos años de tenerle amor.
Humberto Solano vivía ya en la civilización. Conocía de carros, rótulos luminosos, portones mecánicos, roconolas, periódicos, bodegas de almacén, trenes de aseo ycigarros mentolados. Su incorporación ala luminosa ciudad se había realizado con el amor que se va adquiriendo sin saberse cómo. Se sentía feliz en este mundo semimecanizado que para él estaba naciendo. Los billares ylos burdeles de la costa le eran ya cosa olvidada yapenas iba alas roconolas porque de todos modos eran parte de su descubrimiento.
La madre de Humberto Solano era una mujer sencilla. Raras veces salía del barrio yni siquiera conocía el cine. No leía periódicos ni oía radio ni roconolas. Nada más le importaba su trabajo, sus hijos ytener qué comer. La Chabelita iba ala escuela solo porque había una cerca ycomo ya tenía doce años por lo menos debería aprender aleer. Pero la mujer despreciaba toda esa civilización. Para ella su vida estaba enfrente del lago. Ese enorme lago donde confl uían todas las cloacas de la tremenda ytrepidante civilización.
A Humberto Solano la ciudad le era ya inevitable, es más, la amaba con toda la puerilidad del primer amor que se le pegó en tantas cosas: el asfalto, los claxon, los policías en las esquinas, los semáforos más arriba. Le gustaba de noche yde día. Mientras más de cerca sentía aquellas calles asfaltadas que le lamían el alma, su deseo por el lago ysu casa se iba perdiendo inevitablemente. Después de celador, se hizo chofer de un bus rural. Y como sus viajes eran aTipitapa, al pasar por el aeropuerto, los aviones que dormían en la pista al atardecer le llenaban de alegría como si sintiera que algún día podría volar yver la ciudad desde arriba, en toda su completa desnudez. Casa por casa, calle por calle.
Y cuando Humberto Solano se hizo buen chofer, le dieron amanejar el carro de un ministro yse olvidó de su barrio de pescadores, de su lago, de su mamá yde la Chabelita. Se consiguió una mujer del centro, ynunca volvió ala costa porque estaba incorporado ya asu civilización.
El 30 de mayo, Humberto Solano se fue auna librería ycompró una gran tarjeta perfumada para su madre.
– Para que no diga que no me acuerdo de ella.
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A las doce del día, el cartero tuvo que ir hasta la casita adejar la tarjeta. Se la dio ala Chabelita.
– Mamá, mamá, aquí trajieron una carta.
La mujer puso una plancha en el fuego yno volvió aver.
– A mí nadie me escribe. No debe ser aquí.
La Chabelita se arrimó asu mamá yvolvió aleer el sobre.
– Cómo no mamá, aquí dice «DOÑA ROSA SOLANO».
La mujer agarró una camisa del motete yla pringó de agua.
– Abrila, pues.
La Chabelita abrió el sobre amorosamente.
– Güele, mamá.
La mujer tanteó una plancha con el dedo.
– Leela. Yo no puedo.
La Chabelita se arrimó al fuego yempezó aleer.
«QUE EN ESTE DÍA LAS CAMPANAS DE LA FELICIDAD TENGAN DULCES TAÑIDOS PARA USTED». Eso estaba en letra de imprenta. «Su hijo, Humberto Solano». Eso estaba amano ycon borrones, como el sobre.
La mujer pasó la plancha por toda la manga yla repasó tres veces en el puño. Se acercó al fuego después ytodas sus arrugas aparecieron detalladamente.
La Chabelita olió otra vez la tarjeta yrespiró profundo, con placer.
La mujer asentó duro la plancha. Levantó la camisa para verle los quiebres ycon la camisa también levantó su voz.
– Con eso no se come.
Se volteó yatizó el fuego.
– Ni con veinte desos papeles comemos.
Afuera, el lago se meneaba como una tremenda ala azul ysus plumas se revolcaban en la arena. Desde arriba, la civilización caía en el lago por todas sus cloacas.
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FRANCISCO GAVIDIA
LA LOBA
Es Cacaotique que modernamente se pronuncia yescribe con toda vulgaridad Cacahuatique, un pueblo encaramado en las montañas de El Salvador, fronterizas aHonduras. Por ahí nació el bravo General don Gerardo Barrios, que, siendo Presidente de la República, mas tarde, se hizo en Cacahuatique una fi nca de recreo, con dos manzanas de rosales yotras dos de limares, un cafetal que llegó adar 900 sacos, yuna casa como para recibir ala Presidenta, mujer bella yelegante por extremo. Un vasto patio de mezcla, una trilla yuna pila de lavar café; una acequia que charlaba día ynoche al lado de la casa, todo construido en la pendiente de una colina, arriba yde modo que se dominaban de allí las planicies, los valles yvericuetos del cafetal cuando se cubría de azahares; la montaña muycerca en que se veían descender por los caminos, casi perpendiculares, alos leñadores con su haz al hombro; por otro lado, montes; por otro, un trapiche, atiempos moliendo caña, movido por bueyes que daban la vuelta en torno suyo, atiempos enfundado en un sudario de bagazo, solitario ysilencioso bajo un amate copudo; mas allá cerros magnífi cos, uno de los cuales estaba partido por la mitad; limitando la fi nca, una hondonada en cuyo abismo se enfurecía un torrente, lanzando ahogados clamores; aire frío, cielo esplendido, ycinco o seis muchachas bonitas en el pueblo: estos son recuerdos de la infancia.
Mi padre compró la fi nca ala viuda del Presidente, ydejando aSan Miguel vivimos en ella por tres años. Yo tendría entonces unos ocho. Algo mas quisiera escribir sobre aquel pueblo, pero no haytiempo: no dejaré de mencionar sin embargo, uno de los mas soberbios espectáculos que puede verse. Desde la plazoleta del Calvario se ve extenderse un valle de diez o doce leguas de anchura. Por él pasaban otro tiempo, formando selvas de picas, carcaj al hombro, las huestes innumerables de Lempira. En el fondo del valle se ve arrastrarse el Lempa, como un lagarto de plata. El un lado del rio, hasta San Salvador, se llamó Tocorrostique; el otro lado, hasta San Miguel, se llamó Chaparrastique. Más allá del valle se extiende el verde plomizo de las selvas de la costa; ymás allí como el canto de un disco, la curva azul de acero del Pacífi co.
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Un cielo tempestuoso envuelve con frecuencia en las nieblas de un desecho temporal el gigantesco panorama. Como el valle se extiende hasta el mar, desde el mar vienen aullando los huracanes, por espacio de cincuenta leguas, aazotar los liquidámbares de las montañas de Honduras. Por eso habréis oído decir que alguna vez el viajero que pasa la altura de Tongolón, desde donde se ven los dos océanos, derribado por el viento furioso, por los precipicios horribles.
Cacaliuatique es un pueblo en que se ve palpablemente la transición del aduar indígena al pueblo cristiano. Los techos pajizos se mezclan alos tejados árabes que adoptó sin restricción nuestra arquitectura colonial. Los cazadores usan la escopeta yla fl echa. El vocabulario es una mezcla pintoresca de castellano ylenca, yla teogonía mezcla el catolicismo al panteísmo pavoroso de las tribus. Todavía recuerdo el terror infantil con que pasaba viendo al interior de una casucha donde vivía una mujer, de quien se aseguraba que por la noche se hacía cerdo.
Esta idea me intrigaba, cuando al anochecer, iba aconciliar el sueño yveía la corniza del cancel de la alcoba; corniza churrigueresca que remedaba las contorsiones de las culebras que se decía que andaban por ahí en altas horas. Pensaba también en que podía oír los pasos que se aseguraba que solían sonar en la sala vecina yque algunos atribuidos al difunto Presidente.
Quitad de este pueblo los tejados árabes, las dos iglesias, los innumerables árboles de mango que se sembraron entre los años 1840 a1860, importados de la India; quitad las cruces del cementerio, su levita de algodón, bordada de cinta de lana, al alcalde; sus pañolones de seda alas aldeanas descalzas; suprimid los caballos ylos bueyes, yya Cacahuatique es lo que era antes de la conquista, con sus ídolos acurrucados en el templo, cuyos fl ancos ofrecen un intrincado mosaico donde las fl orescencias ylos animales se mezclan ala fi gura humana, como el espíritu humano se mezclaba en la sombría fi losofía indígena alos brutos, alos árboles y ala roca.
Como hayáis concebido aeste pueblo en su faz primitiva, empiezo mi narración, que es, en el fondo, la que me hizo Damian, un mayordomo.
Kol-ak-chiutl, (mudada de culebra) que en la tribu por abreviación acabaron por pronunciar Kola, era una mujer que se iba enriqueciendo aojos vistas, debido aque era bruja yademás ladrona.
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Tenía una hija, Oxil-tla, (fl or de pino) de ojos pardos como la piel de una liebre montés. Su pie era pequeño; sus manos, que sólo se habían ensayado en devanar algodón yen tejer lienzos de plumas, puestas al sol dejaban pasar la luz como una hoja tierna. Su pecho era como la onda del río. Para completar su belleza, niña aun, su abuelo materno le había pintado el más lindo pajaro en las mejillas. Kola llevó un día asu hija al campo, yallí le dijo un secreto. Tres días después Kola había ido con ella al peñol de Arambala, donde moraba Oxtal (Cascabel), señor de Arambala, con diez mil fl echeros que defendían el peñol; pues el príncipe se había apoderado de la comarca por traición. Invitado auna fi esta, su gente que había dejado en los bosques vecinos, cayó de improviso en la tribu embriagada con aguardiente dе maiz. Kola ysu hija Oxil-tla pusieron asus pies una sábana de pieles de ratón montés yun dosel de plumas de quetzal. Oxtal las besó en los ojos yesperó en silencio. La madre hizo una seña asu hija, yésta ruborosa, desdobló el manto yposó alos pies del cacique sus ídolos de piedra de río.
Entonces Kola habló de esta manera:
– Estos son los cuatro dioses de mis cuatro abuelos, el quinto es el mío yel sexto el de esta paloma, que trae su familia para mezclarla con la tuya.
Oxil-tla bajó los ojos.
– Oxtal, señor de Arambala, tiene tantas esposas como dedos tiene en las manos; cada una le trajo una dote de valor de cien doseles de plumas de quetzal yde cien arcos de los que usan los fl echeros de Cerquín. Tu paloma no puede ser mi esposa sino mi manceba.
Kola se levantó, empujó suavemente asu hija, desde la puerta, ydijo:
– Tus ojos son hermosos como los del gavilán ytu alma es sabia ysutil como una serpiente: cuando la luna haya venido ailuminar el bosque por siete veces, estaré aquí de vuelta. Cada hijo que te nazca de esta paloma tendrá por nahual una víbora silenciosa o un jaguar de unas penetrantes. Los mozos que van ami lado alas orillas de los cercas allamar por boca mía asu nahual, fi el compañero de toda su vida, atraen asu llamamiento alos animales más fuertes, cautelosos yde larga vida. -Oxil-tla, camina delante.
Por esta razón Kola había visto una tarde, con impaciencia, el árbol del patio donde estaban hechas seis rayas.
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– Seis veces la luna ha iluminado al bosque, dijo, yaún falta mucho para completar tu dote.
La viva tristeza de Oxil-tla se iluminó un momento por rayo de alegría.
Porque Oxil-tla iba por las tardes ala cerca del maizal vecino, siempre que el zumbido de una honda hacía volar espantados a los pájaros negros de la comarca; ¡de tal modo el poderoso hondero hacia aullar el pedernal en los aires!
En el verde yfl oreciente maizal había oído ella la canción que solía murmurar entre dientes cuando estaba delante de su madre:
Flor de pino, recuerdas el día
En que fuiste, alos rayos del sol,
A ofrecer esa frente que es mía
Al beso altanero
Del cacique que guarda el peñol?
Di atu madre, cuando haya venido
La ancha luna por séptima vez,
Que yo he de ir asu sombra escondido,
Y que hará al guerrero
La piedra de mi honda caer amis pies.
El que así canta en el maizal es Iquexapil (perro de agua), el hondero más famoso que se mienta desde Cerquín aArambala: ora, Oxil-tla ama aIquexapil, por eso se regocija de que su madre no pueda recoger una dote por valor de cien doseles ycien arcos.
Kola, meditabunda, pues ambiciona que su bella hija sea la esposa de un cacique, toma una resolución siniestra: llama en su auxilio al diablo Ofo, con todo su arte de llamar alos nahuales. Una noche que amenazaba tempestad, fue ala selva e invocó alas culebras de piel tornasol; alas zorras que en la hojarasca chillan cuando una visión pasa por los árboles yles eriza el pelo; alos lobos alos que un espíritu de las cavernas pica el vientre yles hace correr por las llanuras; alos cipes que duermen en la ceniza y alos duendes que se roban las mujeres de la tribu para ir acolgarlas de una hebra del cabello en la bóveda de un cerro perforado yhueco, de que han hecho su morada. La invocación conmovía las raíces de los árboles que se sentían temblar.
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En la bruma del río que había mezclado su rumor al odioso conjuro, llegó Ofo, el diablo de los ladrones, yhabló de tal manera alos oídos de la bruja, que esta volvió contenta asu casa, donde halló aOxil-tla dormida.
Pronto se habló de muchos robos en la tribu ysus alrededores.
Uno hubo que puso un lienzo de plumas valiosas en la piedra de moler yse escondió para atisbar al ladrón.
Vió llegar una loba, aquien quiso espantar; la loba saltó sobre él, le devoró, yse llevó el lienzo. La población estaba aterrada.
Kola, desde la puerta de su casa, aguardaba impaciente que la luna dejase ver tras los montes su disco angosto como que la luna dejase ver un puñal de piedra.
Ahora, he aquí lo que pasó una noche. Mientras Oxil-tla dormía profundamente, Kola se levantó desnuda. El frío de la noche es glacial yla sombría mujer echa al horno los troncos mas gruesos, en que empiezan aavivarse ascuas enormes. La bruja entonces toma la sartén de las oraciones, en que presentara asu dios la sangre de las liebres sacrifi cadas al venir la estación de las lluvias. Coloca esta sartén en medio de la casa, da saltos horribles al fulgor de la hoguera, hace invocaciones siniestras aOfo, yfi nalmente vomita en el tiesto un vaho plomizo que queda allí con aspecto de líquido opalino: es su espíritu. En aquel momento la mujer se había transformado en loba. Entonces se fue arobar.
En el silencio de la noche, la claridad de la hoguera hizo abrir los ojos aOxil-tla, que mira en torno, busca yllama asu madre, que ha desaparecido.
La joven se levanta temerosa. Todo es silencio. Recorre la casa yda en el tiesto, en que fl ota algo como líquido ycomo vapor.
– Madre, dice la joven, madre fue al templo ydejó impuro el tiesto de las oraciones; una buena hija no debe dejar nada para mañana: es preciso acostumbrarse aun trabajo regular; que más tarde Iquexapil vea en mi una mujer hacendosa...
Al decir esto, se inclina, toma el tiesto yarroja ala hoguera su contenido: el fuego crece con llama súbita, pero luego sigue ardiendo como de ordinario.
Oxil-tla guarda el tiesto, se acuesta de nuevo y, para calmar su terror, procura conciliar el sueño yse duerme.
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A la madrugada, la loba husmea toda la casa, va, se revuelve, gime en torno, busca en vano su espíritu. Pronto va adespuntar el día. Oxil­tla se despereza, próxima adespertarse con un gracioso bostezo. La loba lame impaciente el sitio en que quedó el tiesto sagrado. Todo es en vano: antes que su hija despierte, gana la puerta yse interna por el bosque que va asordando con sus aullidos. Aunque volvió las noches subsiguientes aaullar ala puerta de la casa, aquella mujer se había quedado loba para siempre.
Oxil-tla fue la esposa de Iquexapil.
Estas formas tomaba la moral en los tristes aduares.
SALVADOR SALAZAR ARRUE (SALARRUE)
EL SACRISTÁN
El sacristán se llamaba Agruelio; era casi joven, casi viejo; su cara era rostro. Sonreiba beatífi camente, con la dulzura triste de las bocas sin dientes. Era moreno; de pelo gris; de ojos grises; de manos grises; de traje gris, de alma gris... Iba siempre agachado; iba, por el corredor del convento, por el suelo de la Iglesia siempre desierta, arrastrisco como una cuca, como ratón. Tenía quién sabe qué de solterona, apesar de que, en aquel paradójico hogar donde la falda era masculina, daba la idea de la esposa del cura. Los tacones de sus zapatos burros no podían olvidar el martillo del zapatero; martillaban constantemente el eco, impregnado de incienso, de aquella tumba fresca.
Agruelio salía de allí muypocas veces. Era una especie de topo parroquial. De cuando en cuando se aventuraba en el atrio, para ver la hora en el reloj de la torre. Miraba ala calle, como quien mira al mar; miraba al reloj, como quien consulta los astros. El mirar tan alto le mareaba. Frotaba sus cejas felpudas ybreñosas, yentraba tambaleante asu cueva. Tak, tak, tak,... los tacones, buscadores de tesoros. La nave del templo iba perdida en una tempestad de silencio, izadas todas las velas de esperma con sus fuegos de San Telmo. En la popa, como un mesana desmantelado, iba el crucifi jo.
Agruelio era devoto de Santo Domingo. Santo Domingo vivía en el rincón más olvidado del crucero de la iglesia.
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Era aquél un rincón arrinconado, oscuro, frío. La casa del santo era un altar antiguo, de un dorado de kakaseca; ornamentado churriguerescamente con espirales terrosas, guirnaldas de mugre, gajos de uvas, piñas, granadas, pájaros muertos, mazorcas de máis yrosas petrifi cadas. Tenía en la portada unos pilares como pirulíes, unas columnitas de pan francés, unos capiteles de melcocha; y, por las paredes, hojas, hojas, bejucos; meditas, chirolas, colas de alacrán yarañas de verdad.
De pie en el portal, el santo, todo vestido de negro yblanco, miraba lánguidamente tras el vidrio del camarín. Tenía en una mano una bomba de anarquista, yen la otra un libro como un ladrillo; asus pies, un chuchito de circo. Su rostro era lampiño, apesar de la barba postiza de madera. Era calvo el pobre; ymiraba como con hambre.
Agruelio lo amaba; se parecía algo aél, de tanto contemplarlo. Se robaba las candelas del Niño de Atocha (que era el menos respetable, por lo cipote) yse las iba aponer asu patrono. Tenía celos de una vieja, que le disputaba la predilección. La vieja le adelantaba en limosnas. En aquel rincón oscuro, se marchitaban hasta las rosas de papel. El llanto de las candelas se había cuajado en la mesa de lata. Los rezos habían atraído algunas avispas, que panaleaban en las cornisas.
* * *
Aquella madrugada, Agruelio se había levantado como siempre, aimpulso de su presentimiento de gallo que conoce la vecindad del sol. Entró ala iglesia con un portazo. Anduvo preparando el vino para la misa de cinco. Luego fue, taconeando, aencender las candelas. Dejó la vara en un rincón ysubió al campanario para dar el primer toque.
Su mano gris, agarrada del badajo, se puso atirar sobre el pueblo dormido grandes anillos sonoros, que caían ondulando, ondulando; abriéndose, abriéndose..., hasta llegar ala orilla del cielo, donde despuntaban ligeros clarores. Luego, Agruelio bajó chas, chas, chas, de grada en grada; siempre arrastrisco, apoyándose con una mano en la pared del caracol. En la escurana, las candelas pintaban claror con sus brochitas azules. Los murciégalos entraban, borrachos, huyendo del día; escupían yse colgaban, como tasajos, en las vigas; uno que otro rozaba la cara del sacristán, con su cuerpo de gumeyo pasado.
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