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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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☆
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nos acompañen en el trabajito. Los compañeros elegidos responderán cuando sean llamados, si están de acuerdo. Si no, con quedarse callados será sufi ciente.
Y en seguida, leyendo de un pequeño pedazo de papel:
– ¡Agustín Ventura!
Se levantó un mulato espigado ycejijunto. Se le leía la determinación en la mirada, pero de todos modos declaró:
– De acuerdo, compañero.
– ¡Manuel Morales!
Un muchacho pálido, lampiño, no tuvo que moverse, porque había estado de pie todo el tiempo, para decir:
– Aquí también.
– ¡Lupercio Andrade!
De primera intención, no quiso confi ar en sus oídos. Durante una fracción de segundo se sintió fuera de todo aquello. Pero la voz repitió, implacable :
– ¡Lupercio Andrade!
Se incorporó como si alguien tirara de él. Con la boca súbitamente seca ylos pies fríos. El organizador lo interrogó con la mirada. Él tartamudeó:
– Pre… presente.
Hernández, el líder local, habló ahora:
– Esta noche, alas doce, en mi casa.
***
Don Florencio Roldán, el mayordomo, se dio unas palmaditas en el vientre voluminoso ydijo:
– Ajá. Entonces quedaron en eso. ¿Estás bien seguro?
– Sí, señor. Yo estuve allí hasta lo último. Lo único que no sé es porondevan aempezar el fuego.
– No importa. Tengo bastantes hombres para vigilar todas las entradas. Oye…
– Mande, don Flor.
– De esto, ni una palabra anadie. Y mañana pásate por mi ofi cina para entregarte lo prometido.
– Cómo no, don Flor.
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***
Caminaban en la oscuridad, cada uno con una botella de gasolina yuna caja de fósforos. Lupercio Andrade venía sudando frío desde que salieron ysu miedo era cada vez mayor. «¿Por qué serás tan cobarde, Lupercio?», se preguntaba. Y él mismo se respondía: «¡Tú sabes lo que les hacen alos que queman caña cuando los agarran, Andrade!» La botella de gasolina empezaba apesarle como si estuviera hecha de plomo cuando Martín Hernández se detuvo yanunció en voz baja:
– Ahora vamos aentrar en el callejón, compañeros. ¡Mucho cuidado!
***
– ¡Eso se llama suerte, don Flor! ¡En el sitio que escogió pa velar ustémismo!
– ¡Cállate, pendejo! Quiero que se acerquen bien. Pásame la escopeta… ¡yque nadie tire antes que yo!
***
A Lupercio Andrade ya le estaban temblando las rodillas. Seguía recriminándose ytratando de justifi carse mientras su mano apretaba la botella con inconsciente desesperación.
El grupo se internó en el callejón con cautelosa lentitud.
Lupercio ya no podía dominar su miedo. Sencillamente no podía. Un grito le empezó asubir por la garganta. Se esforzó por contenerlo, ycomprendió que no podría. Lo sintió trepar hasta su boca, irresistible. Ya, maldita sea… ¡Ya!
No tuvo tiempo. El estampido, el fogonazo yel impacto de la bala entre sus ojos fueron casi simultáneos.
Después, en seguida, la noche toda se pobló de disparos.
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ROSARIO FERRÉ
EL ABRIGO DE ZORRO AZUL
El día queBernardo se quitó por fi n la chaqueta de botones dorados de la academia militar dejó escapar un suspiro de alivio como quien se entrega alas arañas del sueño. De pequeña Marina le repetía al oído que tenía los ojos tan verdes que le daban ganas de arrancárselos de racimo como si fueran uvas. Existía entre ellos una relación misteriosa similar ala que existe entre la mano izquierda yla derecha, el equinoccio yel solsticio, el sístole yla diástole. Habían nacido con pocas horas de diferencia. Luego nacieron otros hermanos pero ellos, los primogénitos, retuvieron siempre alos ojos de sus padres ese brillo de primera magnitud yde calidad blancoazul que retuvieron Rigel yBetelgeuse, alfa ybeta orionis, alos ojos de Ptolomeo cuando recopilaba su Almagesto.
Al graduarse de la academia donde había pasado tantos años, Bernardo sólo había deseado regresar ala casa de balcones blancos de su niñez. A su regreso había descubierto que la familia se había mudado ala ciudad yhabía encontrado asu padre cambiado. Echaba en falta el olor atierra que lo había rodeado siempre, el sombrero de ala ancha ypajilla de panamá que no se quitaba ni para sentarse ala mesa yque dejaba un delgado surco húmedo que nunca se le desvanecía por completo alrededor de la frente. Luego se enteró que su padre había arrendado la mayor parte de sus tierras ainversionistas extranjeros yse había dedicado aespecular con grandes sumas de dinero que multiplicaba con mucho acierto.
Imposibilitado de regresar alo que había soñado durante cuatro años, al cultivo de la tierra, Bernardo se pasaba los días recorriendo con Marina las fincas que bordeaban el mar. Se había aislado de la familia en un silencio de hielo sucio que su hermana se empeñaba en quebrar. Mi caballo hacía caracoles blandos segando aveces los cascos en el esfumado lento que se escapaba del agua. Yo lo dejaba ir, sombreando el caballo de mi hermano, penetrando al unísono la bruma salitrosa, alejándose cada vez más de la casa. Fue entonces que le dije lo de la avioneta, yo nunca he volado, Bernardo, ten compasión de mí. Tengo diez pesos que no me los regaló nadie,
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me los gané trabajando, más que nada en el mundo quisiera poder volar. Bernardo, ten compasión de mí. El primer hombre que voló fue un emperador chino que se arrojó desde la torre más alta de su reino con dos sombreros inmensos en forma de almeja atados alas muñecas por largos hilos de plata. El segundo fue un mago japonés que construyó una chiringa en forma de pez ydándole la punta del cordel aun niñito desnudo que jugaba por allí se montó sobre ella ysaltó desde la cumbre del Fujiyama. El tercero Ícaro derretido en estalactitas de nieve. Los caballos alargaban pequeñas olas lanudas que se quedaban adheridas alas puntas de sus cascos, desgarraban lentamente la bruma con sus crines arrastrando sus colas de pesadilla blanca por encima de la cara de la luna. Subieron rápidamente la cuesta del morrillo yse detuvieron en lo alto del acantilado. A lo lejos el mar se derrumbaba hacia adentro, devolviendo un barrunto de rocas yespuma por boca de sordo.
Esa tarde logré convencerlo yfuimos al aeropuerto. Entregué mis diez pesos ysubimos ala avioneta. Cuando comenzamos asubir tuve una sensación de varillas de madera que se doblan ypapel de seda estrujado por el viento. Bernardo me miraba desde lejos, desde la distancia de sus anteojeras. Los guantes de gamuza le resbalaban sobre las manos ymovía los pedales distraídamente como quien mueve una máquina de coser abullonando una manga de crema. Entonces comenzó su relato: Al regresar al colegio yenfrentarnos nuevamente al recrudecimiento del clima noté que la risa de mi compañero de cuarto se entretejía de tos como una nasa de pescadores cargada de diminutos peces rojos. Pero ya era demasiado tarde. El mismo día que hice los arreglos para su regreso alquiló un trineo yesa noche me invitó adar una última carrera sobre la superficie congelada del lago. Al salir por la puerta hizo sobre la nieve su acostumbrada verónica de loto negro con la capa de velada de teatro. Yo insistí que se pusiera mi abrigo de zorro azul pero me lo rechazó. El trineo se internó en el lago yla niebla comenzó aborrar nuestra visión. Entrábamos en un hueco inmóvil donde se metía el puño yquedaba cercenado instantáneamente por la muñeca. Oíamos alo lejos el crujido insoportablemente lento del lago que avanzaba congelándose por los bordes. Penetrábamos cada
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vez más en la densidad que se arremolinaba delante nosotros, un bosque agitado de colas de mono albino que se nos enroscaba de las manos. Entonces me dí cuenta de que mi compañero de cuarto iba ciego, no tanto por la niebla, sino porque se la había congelado la mirada. Ya no afuetaba alos caballos. Se había quedado inmóvil, impulsado por el vértigo como un auriga hierático atravesado por una lanza de viento. El trineo tropezó contra un banco de nieve e hicimos un largo tirabuzón blanco. Cuando me doblé sobre él la sonrisa le desbordaba nieve. Me quité mi abrigo de zorro azul ylo envolví en él cuidadosamente.
Marina escuchó horrorizada aquel relato, sin poder siquiera disfrutar al ver asus pies el mundo reducido anacimiento. Su hermano no le había contado que tuviese un compañero de cuarto, su historia sobresalía súbitamente de su silencio como un témpano de hielo. Entonces vi que sonreía, apuntando aalgo en el horizonte. Nos acercábamos anuestra antigua casa, rodeada de cañaverales. La sobrevolamos yadmiramos desde arriba su techo de cuatro aguas perforado de tragaluces, el mirador del comedor elevado sobre una hilera de cristales por donde estábamos acostumbrados desde niños aver entrar ysalir alos fantasmas. El sol chispeaba dentro de los tragaluces como alfi leres de piedras de colores hincados en la copa de un gran sombrero de fi esta. Era la casa más hermosa de todas.
Algunos días después de subir con su hermana para enseñarle el mundo desde la claridad del sol yhacerle su relato de una muerte imaginada Bernardo volvió aalquilar la avioneta yenfilándola hacia un banco de nubes acumuladas desde hacía meses sobre el mar, desapareció para siempre. Ese mismo día por la mañana Marina había recibido por correo un abrigo de zorro azul, de corte masculino ydemasiado grande para ella. Había pensado que era una equivocación.
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PEDRO JUAN SOTO
CAMPEONES
El taco hizo un último vaivén sobre el paño verde, picó al mingo ylo restalló contra la bola quince. Las manos rollizas, cetrinas, permanecieron quietas hasta que la bola hizo «clop» en la tronera yluego alzaron el taco hasta situarlo diagonalmente frente al rostro ácnido yfatuo: el ricito envaselinado estaba ordenadamente caído sobre la frente, la oreja atrapillaba el cigarrillo, la mirada era oblicua yburlona, yla pelusilla del bigote había sido acentuada alápiz.
– ¿Qui’ubo, men? – dijo la voz aguda –. Ése sí fue un tiro de campión, ¿eh?
Se echó areír, entonces.
Su cuerpo chaparro, grasiento, se volvió una mota alegremente tembluzca dentro de los ceñidos mahones yla camiseta sudada.
Contemplaba aGavilán -los ojos, demasiado vivos, no parecían tan vivos ya; la barba, de tres días, pretendía enmarañar el malhumor del rostro yno lo lograba; el cigarrillo, cenizoso, mantenía cerrados los labios, detrás de los cuales nadaban las palabrotas- ydisfrutaba de la hazaña perpetrada.
Le había ganado dos mesas corridas. Cierto que Gavilán había estado seis meses en la cárcel, pero eso no importaba ahora. Lo que importaba era que había perdido dos mesas con él, aquien estas victorias colocaban en una posición privilegiada. Lo ponían sobre los demás, sobre los mejores jugadores del barrio ysobre los que le echaban en cara la inferioridad de sus dieciséis años -su «nenura»- en aquel ambiente. Nadie podría ahora despojarle de su lugar en Harlem. Era el nuevo, el sucesor de Gavilán ylos demás individuos respetables. Era igual… No. Superior, por su juventud: tenía más tiempo yoportunidades para sobrepasar todas las hazañas de ellos.
Tenía ganas de salir ala calle ygritar: «¡Le gané dos mesas corridas aGavilán! ¡Digan ahora! ¡Anden ydigan ahora!» No lo hizo. Tan sólo entizó su taco yse dijo que no valía la pena. Hacía sol afuera, pero era sábado ylos vecinos andarían por el mercado aesta hora de la mañana. No tendría más público que chiquillos mocosos y abuelas
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desinteresadas. Además, cierta humildad era buena característica de campeones.
Recogió la peseta que Gavilán tiraba sobre el paño ycambió una sonrisa ufana con el coime ylos tres espectadores.
– Cobra lo tuyo – dijo al coime, deseando que algún espectador se moviera hacia las otras mesas para regar la noticia, para comentar cómo él, Puruco, aquel chiquillo demasiado gordo, el de la cara barrosa yla voz cómica, había puesto en ridículo al gran Gavilán. Pero, al parecer, estos tres esperaban otra prueba.
Guardó sus quince centavos ydijo aGavilán, que se secaba su demasiado sudor de la cara:
– ¡Vamos pa’la otra?
– Vamoh – dijo Gavilán, cogiendo de la taquera otro taco para entizarlo meticulosamente.
El coime desenganchó el triángulo e hizo la piña de la próxima tanda.
Rompió Puruco, dedicándose en seguida asilbar y a pasearse alrededor de la mesa elásticamente, casi en la punta de las tenis.
Gavilán se acercó al mingo con su pesadez característica ylo centró, pero no picó todavía. Simplemente alzó la cabeza, peludísima, dejando el cuerpo inclinado sobre el taco yel paño, para decir:
– Oye, déjame el pitito.
– Okey, men – dijo Puruco, ybatuteó su taco hasta que oyó el tacazo de Gavilán yvolvieron acorrer ychasquear las bolas. Ninguna se entroneró.
– Ay, bendito – dijo Peruco –. Si lo tengo muerto aehte hombre.
Picó hacia la uno, que se fue ydejó ala dos enfi lada hacia la tronera izquierda. También la dos se fue. Él no podía dejar de sonreír hacia uno yotro rincón del salón. Parecía invitar alas arañas, alas moscas, alos boliteros dispersos entre la concurrencia de las demás mesas, apresenciar esto.
Estudió cuidadosamente la posición de cada bola. Quería ganar esta otra mesa también, aprovechar la reciente lectura del libro de Willie Hoppe ylas prácticas de todos aquellos meses en que había recibido la burla de sus contrincantes. El año pasado no era más que una chata; ahora comenzaba la verdadera vida, la de campeón.
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Derrotado Gavilán, derrotaría aMamerto yal Bimbo… «¡Ábranle paso aPuruco!», dirían los conocedores. Y él impresionaría alos dueños de billares, se haría de buenas conexiones. Sería guardaespaldas de algunos yamigo íntimo de otros. Tendría cigarrillos ycerveza gratis. Y mujeres, no chiquillas estúpidas que andaban siempre con miedo yque no iban más allá de algún apretujón en el cine. De ahí, ala fama: el macho del barrio, el individuo indispensable para cualquier asunto
-la bolita, el tráfi co de narcóticos, la hembra de Riverside Drive de paseo por el barrio, la pelea de esta pandilla con la otra para resolver «cosas de hombres».
Con un pujido, pifi ó la tres ymaldijo. Gavilán estaba detrás de él cuando se dio vuelta.
– ¡Cuidado con echarme fufú! – dijo, encrespándose.
Y Gavilán:
– Ay, deja eso.
– No; no me vengah con eso, men. A cuenta que estah perdiendo.
Gavilán no respondió. Centró al mingo através del humo que le arrugaba las facciones ylo disparó para entronerar dos bolas en bandas contrarias.
– ¿Lo ve? – dijo Puruco, ycruzó los dedos para salvaguardarse.
– ¡Cállate la boca!
Gavilán tiró abanda, tratando de meter la cinco, pero falló. Puruco estudió la posición de su bola yse decidió por la tronera más lejana, pero más segura. Mientras centraba, se dio cuenta de que tendría que descruzar los dedos. Miró aGavilán con suspicacia ycruzó las dos piernas para picar. Falló el tiro.
Cuando alzó la vista, Gavilán sonreía yse chupaba la encía superior para escupir su piorrea. Ya no dudó de que era víctima de un hechizo.
– No relajeh, men. Juega limpio.
Gavilán lo miró extrañado, pisando el cigarrillo distraídamente.
– ¿Qué te pasa ati?
– No – dijo Puruco –; que no sigah con ese bilongo.
– ¡Adió! -rió Gavilán-. Si éhte cree en brujoh.
Llevó el taco atrás de su cintura, amagó una vez yentroneró fácilmente. Volvió aentronerar en la próxima. Y en la otra. Puruco se puso nervioso. O Gavilán estaba recobrando su destreza, o aquel
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bilongo le empujaba el taco. Si no sacaba más ventaja, Gavilán ganaría esta mesa. Entizó su taco, tocó madera tres veces yaguardó turno. Gavilán falló su quinto tiro. Entonces Puruco midió distancia. Picó, metiendo la ocho. Hizo una combinación para entronerar la once con la nueve. La nueve se fue luego. Caramboleó la doce ala tronera yfalló luego la diez. Gavilán también la falló. Por fin logró Puruco meterla, pero para la trece casi rasga el paño. Sumó mentalmente. No le faltaban más que ocho tantos, de manera que podía calmarse.
Pasó el cigarrillo de la oreja alos labios. Cuando lo encendía, de espaldas ala mesa para que el abanico no apagara el fósforo, vio la sonrisa socarrona del coime. Se volvió rápidamente ycogió aGavilánin fraganti: los pies levantados del piso, mientras el cuerpo se ladeaba sobre la banda para hacer fácil el tiro. Antes de que pudiera hablar, Gavilán había entronerado la bola.
– ¡Oye, men!
– ¿Qué pasa? – dijo Gavilán tranquilamente, ojeando el otro tiro.
– ¡No me vengah con eso, chico! Así no me ganah.
Gavilán arqueó una ceja para mirarlo, yaguzó el hocico mordiendo el interior de la boca.
– ¿Qué te duele? – dijo.
– No, que así no – abrió los brazos Puruco, casi dándole al coime con el taco. Tiró el cigarrillo violentamente ydijo alos espectadores-: Uhtedeh lo han vihto, ¿veldá?
– ¿Vihto qué? – dijo, inmutable, Gavilán.
– Na, la puercá esa – chillaba Puruco –. ¿Tú te creh que yo soybobo?
– Adioh, cará – rió Gavilán –. No me pretgunteh amí, porque alo mejol te lo digo.
Puruco dio con el taco sobre una banda de la mesa.
– A mí me tieneh que jugar limpio. No te conformah con hacerme cábala primero, sino que dehpueh te meteh hacer trampa.
– ¿Quién hizo trampa? – dijo Gavilán. Dejó el taco sobre la mesa yse acercó, sonriendo, aPuruco –. ¿Tú diceh que yo soytramposo?
– No – dijo Puruco, cambiando de tono, aniñando la voz, vacilando sobre sus pies –. Pero eh qui así no se debe jugar, men. Si ti han vihto.
Gavilán se viró hacia los otros.
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– ¿Yo he hecho trampa?
Sólo el coime sacudió la cabeza. Los demás no dijeron nada, cambiaron de vista.
– Pero si ehtabah encaramao en la mesa, men – dijo Puruco.
Gavilán le empuñó la camiseta como sin querer, desnudándole la espalda fofa cuando lo atrajo hacia él.
– A mí nadie me llama tramposo.
En todas las otras mesas se había detenido el juego. Los demás observaban desde lejos. No se oía más que el zumbido del abanico yde las moscas, yla gritería de los chiquillos en la calle.
– ¿Tú te creeh qui un pilemielda como tú me va llamar a mí tramposo? – dijo Gavilán, forzando sobre el pecho de Puruco el puño que desgarraba la camiseta –. Te dejo ganar doh mesitah pa que tengas de qué echártelah, yya te creeh rey. Echa p’allá, infelih – dijo entre dientes –. Cuando crehcas noh vemo.
El empujón lanzó aPuruco contra la pared de yeso, donde su espalda se estrelló de plano. El estampido llenó de huecos el silencio. Alguien rió, jijeando. Alguien dijo: «Fanfarrón que es».
– Y lárgate di aquí anteh que te meta tremenda patá – dijo Gavilán.
– Okey, men – tartajeó Puruco, dejando caer el taco.
Salió sin atreverse aalzar la vista, oyendo de nuevo tacazos en las mesas, risitas. En la calle tuvo ganas de llorar, pero se resistió. Eso era de mujercitas. No le dolía el golpe recibido; más le dolía lo otro: aquel «cuando crehcas noh vemo». Él era un hombre ya. Si le golpeaban, si lo mataban, que lo hicieran olvidándose de sus dieciséis años. Era un hombre ya. Podía hacer daño, mucho daño, ytambién podía sobrevivir aél.
Cruzó ala otra acera pateando furiosamente una lata de cerveza, las manos pellizcando, desde dentro de los bolsillos, su cuerpo clavado ala cruz de la adolescencia.
Le había dejado ganar dos mesas, decía Gavilán. Embuste. Sabía que las perdería todas con él, de ahora en adelante, con el nuevo campeón. Por eso la brujería, por eso la trampa, por eso el golpe. Ah, pero aquellos tres individuos regarían la noticia de la caída de Gavilán. Después Mamerto yel Bimbo. Nadie podía detenerle ahora. El barrio, el mundo entero, iba aser suyo.
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