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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. МЕКСИКА
He detenido la mirada en sus dedos pálidos, largos yacariciantes, que
hacen pelotitas con la migaja.
– …les dije que nunca más vinieran apedirme dinero amí, porque
yo no manejo nada. Que yo los enviaría con gusto ala ofi cina de tu
padre yque allí la secretaria los atendería…
…la muñeca delgadísima, de movimientos lánguidos, yla pulsera
con medallones del Cristo del Cubilete, el Año Santo en Roma yla visita
del presidente Kennedy, realzados en cobre yen oro, que chocan entre
sí mientras doña Elena juega con el migajón…
– …bastante hace una con darles su apoyo moral, ¿no te parece? Te
busqué el jueves para ir juntas aver el estreno del Diana. Hasta mandé
al chofer desde temprano ahacer cola, ya ves qué colas hayel día del
estreno
…yel brazo lleno, de piel muytransparente, con las venas trazadas
como un segundo esqueleto, de vidrio, dibujado detrás de la tersura blanca.
– …invité atu prima Sandrita yfui abuscarla con el coche pero
nos entretuvimos con el niño recién nacido. Está precioso. Ella está
muy sentida porque ni siquiera has llamado para felicitarla. Un
telefonazo no te costaría nada, Elenita…
…yel escote negro abierto sobre los senos altos yapretados como
un nuevo animal capturado en un nuevo continente…
– …después de todo, somos de la familia. No puedes negar tu sangre.
Quisiera que tú yVíctor fueran al bautizo. Es el sábado entrante. La
ayudé a escoger los ceniceritos que van a regalarle a los invitados.
Vieras que se nos fue el tiempo platicando ylos boletos se quedaron
sin usar.
Levanté la mirada. Doña Elena me miraba. Bajó en seguida los
párpados ydijo que tomaríamos el café en la sala. Don José se excusó
yse fue ala biblioteca, donde tiene esa rocola eléctrica que toca sus
discos favoritos a cambio de un falso 20 introducido por la ranura.
Nos sentamos atomar el café y alo lejos el jukebox emitió un glu-glu
yempezó a tocar Nosotros
mientras doña Elena encendía el aparato
de televisión, pero dejándolo sin sonido, como lo indicó llevándose un
dedo alos labios. Vimos pasar las imágenes mudas de un programa de
tesoro escondido, en el que un solemne maestro de ceremonias guiaba
alos cinco concursantes – dos jovencitas nerviosas yrisueñas peinadas
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como colmenas, un ama de casa muymodosa ydos hombres morenos,
maduros ymelancólicos– hacia el cheque escondido en el apretado
estudio repleto de jarrones, libros de cartón ycajitas de música.
Elena sonrió, sentada junto a mí en la penumbra de esa sala
de pisos de mármol y alcatraces de plástico. No sé de dónde sacó
ese apodo ni qué tiene que ver conmigo, pero ahora empezó
a hacer juegos de palabras con él mientras me acariciaba la mano:
– Nibelungo. Ni Ve Lungo. Nibble Hon-go. Niebla lunga.
Los personajes grises, rayados, ondulantes buscaban su tesoro ante
nuestra vista yElena, acurrucada, dejó caer los zapatos sobre la alfombra
ybostezó mientras doña Elena me miraba, interrogante, aprovechada
de la oscuridad, con esos ojos negros muyabiertos yrodeados de ojeras
profundas. Cruzó una pierna yse arregló la falda sobre las rodillas.
Desde la biblioteca nos llegaban los murmullos del bolero: «nosotros,
que nos queremos tanto» y, quizás, algún gruñido del sopor digestivo
de don José. Doña Elena dejó de mirarme para fi jar sus grandes ojos
negros en los eucaliptos agitados detrás del ventanal. Seguí su nueva
mirada. Elena bostezaba yronroneaba, recostada sobre mis rodillas. Le
acaricié la nuca. A nuestras espaldas, la barranca que cruza como una
herida salvaje las Lomas de Chapultepec parecía guardar un fondo de
luz secretamente subrayado por la noche móvil que doblaba la espina
de los árboles ydespeinaba sus cabelleras pálidas.
– ¿Recuerdas Veracruz? – dijo, sonriendo, la madre ala hija; pero
doña Elena me miraba amí. Elena asintió con un murmullo, adormilada
sobre mis piernas, yyo contesté:
– Sí. Hemos ido muchas veces juntos.
– ¿Le gusta? – doña Elena alargó la mano yla dejó caer sobre el
regazo.
– Mucho – le dije –. Dicen que es la última ciudad mediterránea.
Me gusta la comida. Me gusta la gente. Me gusta sentarme horas en los
portales ycomer molletes ytomar café.
– Yo soyde allí – dijo la señora; por primera vez noté sus hoyuelos.
– Sí. Ya lo sé.
– Pero hasta he perdido el acento – rio, mostrando las encías –.
Me casé de 18 años. Y en cuanto vive una en México pierde el acento
jarocho. Usted ya me conoció, pues madurita.
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– Todos dicen que usted yElena parecen hermanas.
Los labios eran delgados pero agresivos: – No. Es que ahora
recordaba las noches de tormenta en el golfo. Como que el sol no
quiere perderse, ¿sabe usted?, y se mezcla con la tormenta ytodo
queda bañado por una luz muy verde, muypálida, yuna se sofoca
detrás de los batientes esperando que pase el agua. La lluvia no
refresca en el trópico. Nomás hace calor. Y no sé por qué los criados
tenían que cerrar los batientes cada vez que venía una tormenta. Tan
bonito que hubiera sido dejarla pasar con las ventanas muyabiertas.
Encendí un cigarrillo: – Sí, se levantan olores muyespesos. La tierra
se desprende de sus perfumes de tabaco, de café, de pulpa…
– También las recámaras – doña Elena cerró los ojos.
– ¿Cómo?
– Entonces no había clósets – se pasó la mano por las ligeras arrugas
cercanas a los ojos –. En cada cuarto había un ropero y las criadas
tenían la costumbre de colocar hojas de laurel yorégano entre la ropa.
Además, el sol nunca secaba bien algunos rincones. Olía amoho, ¿cómo
le diré?, amusgo…
– Sí, me imagino. Yo nunca he vivido en el trópico. ¿Lo echa usted
de menos?
Y ahora se frotó las muñecas, una contra otra, ymostró las venas
saltonas de las manos: – A veces. Me cuesta trabajo acordarme. Figúrese,
me casé de 18 años yya me consideraban quedada.
– ¿Y todo esto se lo recordó esa extraña luz que ha permanecido en
el fondo de la barranca?
La mujer se levantó. – Sí. Son los spots que José mandó poner la
semana pasada. Se ven bonitos, ¿no es cierto?
– Creo que Elena se ha dormido.
Le hice cosquillas en la nariz yElena despertó yregresamos en el
MG aCoyoacán.
– Perdona esas latas de los domingos – dijo Elena cuando yo salía
a la obra la mañana siguiente –. Qué remedio. Alguna liga debía
quedarnos con la familia yla vida burguesa, aunque sea por necesidad
de contraste.
– ¿Qué vas ahacer hoy? – le pregunté mientras enrollaba mis planos
ytomaba mi portafolios.
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Elena mordió un higo y se cruzó de brazos yle sacó la lengua
a un Cristo bizco que encontramos una vez en Guanajuato. – Voy
a pintar toda la mañana. Luego voy a comer con Alejandro para
mostrarle mis últimas cosas. En su estudio. Sí, ya lo terminó. Aquí
en el Olivar de los Padres. En la tarde iré a la clase de francés.
Quizá me tome un café yluego te espero en el cine-club. Dan un
western mitológico:High Noon. Mañana quedé en verme con esos
chicos negros. Son de los Black Muslims y estoy temblando por
saber qué piensan en realidad. ¿Te das cuenta que sólo sabemos de
eso por los periódicos? ¿Tú has hablado alguna vez con un negro
norteamericano, nibelungo? Mañana en la tarde no te atrevas
a molestarme. Me voy aencerrar a leerme Nerval de cabo a rabo.
Ni crea Juan que vuelve a apantallarme con el soleil noir de la
mélancolie yllamándose así mismo el viudo yel desconsolado. Ya lo
caché yle voy adar un baño mañana en la noche. Sí, va a«tirar» una
fiesta de disfraces. Tenemos que ir vestidos de murales mexicanos.
Más vale asimilar eso de una vez. Cómprame unos alcatraces, Víctor
nibelunguito, ysi quieres vístete del cruel conquistador Alvarado
que marcaba con hierros candentes alas indias antes de poseerlas. –
Oh Sade, where is the whip? Ah, yel miércoles toca Miles Davies en
Bellas Artes. Es un poco passé, pero de todos modos me alborota el
hormonamen. Compra boletos. Chao, amor.
Me besó la nuca yno pude abrazarla por los rollos de proyectos que
traía entre manos, pero arranqué en el auto con el aroma del higo en
el cuello y la imagen de Elena con mi camisa puesta, desabotonada
yamarrada ala altura del ombligo ysus estrechos pantalones de torero
ylos pies descalzos, disponiéndose a… ¿iba aleer un poema o apintar
un cuadro? Pensé que pronto tendríamos que salir juntos de viaje. Eso
nos acercaba más que nada. Llegué al periférico. No sé por qué, en vez
de cruzar el puente de Altavista hacia el Desierto de los Leones, entré
al anillo yaceleré. Sí, aveces lo hago. Quiero estar solo ycorrer yreírme
cuando alguien me la refresca. Y, quizá, guardar durante media hora la
imagen de Elena al despedirme, su naturalidad, su piel dorada, sus ojos
verdes, sus infi nitos proyectos, ypensar que soy
muyfeliz asu lado, que
nadie puede ser más feliz al lado de una mujer tan vivaz, tan moderna,
que… que me… que me complementa tanto.
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. МЕКСИКА
Paso al lado de una fundidora de vidrio, de una iglesia barroca,
de una montaña rusa, de un bosque de ahuehuetes. ¿Dónde he
escuchado esa palabrita? Complementar. Giro alrededor de la Fuente
de Petróleos ysubo por el Paseo de la Reforma. Todos los automóviles
descienden al centro de la ciudad, que reverbera al fondo detrás de un
velo impalpable ysofocante. Yo asciendo alas Lomas de Chapultepec,
donde aestas horas sólo quedan los criados ylas señoras, donde los
maridos se han ido al trabajo ylos niños ala escuela yseguramente mi
otra Elena, mi complemento, debe esperar en su cama tibia con los ojos
negros yojerosos muy azorados y la carne blanca ymadura y honda
yperfumada como la ropa en los bargueños tropicales.
JUAN JOSÉ ARREOLA
CARTA A UN ZAPATERO QUE COMPUSO MAL UNOS ZAPATOS
Estimable señor:
Como he pagado austed tranquilamente el dinero que me cobró
por reparar mis zapatos, le va aextrañar sin duda la carta que me veo
precisado adirigirle.
En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis
zapatos muycontento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la
economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo
par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo
repetirlas.)
Pero mi entusiasmo se acabó muypronto. Llegado acasa examiné
detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un
tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta
metamorfosis. Soyrazonable. Unos zapatos remontados tienen algo de
extraño, ofrecen una nueva fi sonomía, casi siempre deprimente.
Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente
arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus
materiales ypor su perfecta hechura. Hasta puso muyalto su marca de
fábrica. Me prometió, en suma, un calzado fl amante.
Pues bien: no pude esperar hasta el día siguiente yme descalcé para
comprobar sus promesas. Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo
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austed una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que
suscitaron mis esfuerzos infructuosos.
Mis pies no pudieron entrar en los zapatos. Como los de todas las
personas, mis pies están hechos de una materia blanda ysensible. Me
encontré ante unos zapatos de hierro. No sé cómo ni con qué artes se
las arregló usted para dejar mis zapatos inservibles. Allí están, en un
rincón, guiñándome burlonamente con sus puntas torcidas.
Cuando todos mis esfuerzos fallaron, me puse a considerar
cuidadosamente el trabajo que usted había realizado. Debo advertir
austed que carezco de toda instrucción en materia de calzado. Lo único
que sé es que hayzapatos que me han hecho sufrir, yotros, en cambio,
que recuerdo con ternura: así de suaves yfl exibles eran.
Los que le di a componer eran unos zapatos admirables que me
habían servido fi elmente durante muchos meses. Mis pies se hallaban
en ellos como pez en el agua. Más que zapatos, parecían ser parte de
mi propio cuerpo, una especie de envoltura protectora que daba ami
paso fi rmeza yseguridad. Su piel era en realidad una piel mía, saludable
y resistente. Sólo que daban ya muestras de fatiga. Las suelas sobre
todo: unos amplios yprofundos adelgazamientos me hicieron ver que
los zapatos se iban haciendo extraños ami persona, que se acababan.
Cuando se los llevé austed, iban ya adejar ver los calcetines.
También habría que decir algo acerca de los tacones: piso
defectuosamente, ylos tacones mostraban huellas demasiado claras de
este antiguo vicio que no he podido corregir.
Quise, con espíritu ambicioso, prolongar la vida de mis zapatos.
Esta ambición no me parece censurable: al contrario, es señal de
modestia yentraña una cierta humildad. En vez de tirar mis zapatos,
estuve dispuesto ausarlos durante una segunda época, menos brillante
y lujosa que la primera. Además, esta costumbre que tenemos las
personas modestas de renovar el calzado es, si no me equivoco,
elmodus vivendide las personas como usted.
Debo decir que del examen que practiqué asu trabajo de reparación
he sacado muy feas conclusiones. Por ejemplo, la de que usted no
ama su ofi cio. Si usted, dejando aparte todo resentimiento, viene ami
casa yse pone acontemplar mis zapatos, ha de darme toda la razón.
Mire usted qué costuras: ni un ciego podía haberlas hecho tan mal. La
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piel está cortada con inexplicable descuido: los bordes de las suelas
son irregulares yofrecen peligrosas aristas. Con toda seguridad, usted
carece de hormas en su taller, pues mis zapatos ofrecen un aspecto
indefi nible. Recuerde usted, gastados ytodo, conservaban ciertas líneas
estéticas. Y ahora…
Pero introduzca usted su mano dentro de ellos. Palpará usted una
caverna siniestra. El pie tendrá que transformarse en reptil para entrar. Y
de pronto un tope; algo así como un quicio de cemento poco antes de llegar
ala punta. ¿Es posible? Mis pies, señor zapatero, tienen forma de pies, son
como los suyos, si es que acaso usted tiene extremidades humanas.
Pero basta ya. Le decía que usted no le tiene amor asu ofi cio yes
cierto. Es también muytriste para usted ypeligroso para sus clientes,
que por cierto no tienen dinero para derrochar.
A propósito: no hablo movido por el interés. Soy pobre pero no
soymezquino. Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué
por su obra de destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para
exhortarle aamar su propio trabajo. Le cuento la tragedia de mis zapatos
para infundirle respeto por ese ofi cio que la vida ha puesto en sus manos;
por ese ofi cio que usted aprendió con alegría en un día de juventud…
Perdón; usted es todavía joven. Cuando menos, tiene tiempo para volver
acomenzar, si es que ya olvidó cómo se repara un par de calzado.
Nos hacen falta buenos artesanos, que vuelvan aser los de antes,
que no trabajen solamente para obtener el dinero de los clientes, sino
para poner en práctica las sagradas leyes del trabajo. Esas leyes que han
quedado irremisiblemente burladas en mis zapatos.
Quisiera hablarle del artesano de mi pueblo, que remendó con
dedicación y esmero mis zapatos infantiles. Pero esta carta no debe
catequizar austed con ejemplos.
Sólo quiero decirle una cosa: si usted, en vez de irritarse, siente que
algo nace en su corazón yllega como un reproche hasta sus manos,
venga ami casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda
operación, ytodas las cosas quedarán en su sitio.
Yo le prometo que si mis pies logran entrar en los zapatos, le
escribiré una hermosa carta de gratitud, presentándolo en ella como
hombre cumplido ymodelo de artesanos.
Soysinceramente su servidor.
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MAX AUB
CRÍMENES EJEMPLARES (Fragmento)
Hacía un frío de mil demonios. Me había citado alas siete ycuarto
en la esquina de Venustiano Carranza y San Juan de Letrán. No
soyde esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo
como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico
yque cuando le dicen a uno alas siete y cuarto, lo mismo da que
sean las siete ymedia. Tengo un criterio amplio para todas las cosas.
Siempre he sido un hombre muytolerante: un liberal de la buena
escuela. Pero haycosas que no se pueden aguantar por muyliberal
que uno sea. Que yo sea puntual alas citas no obliga a los demás
sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que
ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella
condenada esquina abierta atodos los vientos. Las siete ymedia, las
ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que
ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es
muysencilla: yo soyun hombre respetuoso de mi palabra, un poco
chapado ala antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa,
la cumplo. Héctor me había citado alas siete ycuarto yno me cabe
en la cabeza el faltar auna cita. Las ocho ycuarto, las ocho yveinte,
las ocho yveinticinco, las ocho ymedia, yHéctor sin venir. Yo estaba
positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me
dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado
mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada.
Pero esas son cosas del destino yles aseguro que a las tres de la
tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara
aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte,
las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve
menos diez: tranquilo, sonriente ysatisfecho. Con su grueso abrigo
gris ysus guantes forrados:
– ¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que
pasaba.
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JUAN RULFO
ES QUE SOMOS MUY POBRES
Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía
Jacinta, yel sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba
abajársenos la tristeza, comenzó allover como nunca. A mi papá eso
le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose
en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua,
sin darnos tiempo ni siquiera aesconder aunque fuera un manojo; lo
único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados
debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba
aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce
años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo
se la había llevado el río.
El río comenzó acrecer hace tres noches, aeso de la madrugada.
Yo estaba muydormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río
al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la
cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba
derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir,
porque reconocí el sonido del río yporque ese sonido se fue haciendo
igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones yparecía
que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río
era más fuerte yse oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón,
el olor apodrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui aasomar, el río ya había perdido sus orillas.
Iba subiendo poco apoco por la calle real, yestaba metiéndose atoda
prisa en la casa de esa mujer que le dicenla Tambora. El chapaleo del
agua se oía al entrar por el corral yal salir en grandes chorros por la
puerta.La Tambora iba yvenía caminando por lo que era ya un pedazo
de río, echando ala calle sus gallinas para que se fueran aesconder
aalgún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber
llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar
de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el
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único que había en el pueblo, ypor eso nomás la gente se da cuenta de
que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha
bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel
amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura
yque pasa ya muypor encima de donde debe estar el puente. Allí nos
estuvimos horas yhoras sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después
nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía
la gente, pues abajo, junto al río, hayun gran ruidazal ysólo se ven
las bocas de muchos que se abren yse cierran y como que quieren
decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca,
donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios
que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado ala
Serpentina la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá
se la regaló para el día de su cumpleaños yque tenía una oreja blanca
yotra colorada ymuybonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría aLa Serpentina pasar el río
este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de adiario.
La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de
haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí
muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral
porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los
ojos cerrados, bien quieta ysuspirando, como se oye suspirar alas vacas
cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le
ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas.
Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se
encontró entreverada yacalambrada entre aquella agua negra ydura
como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó
como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté aun señor que vio cuando la arrastraba el río si no
había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre
dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada
pasó patas arriba muycerquita de donde él, estaba yque allí dio una
voltereta yluego no volvió aver ni los cuernos ni las patas ni ninguna
señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo
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