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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. БОЛИВИЯ, ПЕРУ, ЭКВАДОР
JULIO RAMÓN RIBEYRO
LA INSIGNIA
Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecó n
divisé en un pequeñ o basural un objeto brillante. Con una curiosidad
muy explicable en mi temperamente de coleccionista, me agaché
ydespué s de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude
observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada
por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles.
Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé
ami casa. No puedo precisar cuá nto tiempo estuvo guardada en aquel
traje que usaba poco. Só lo recuerdo que en una oportunidad lo mandé
alavar y, con gran sorpresa mí a, cuando el dependiente me lo devolvió
limpio, me entregó una cajita, dicié ndome: «Esto debe ser suyo, pues lo
he encontrado en su bolsillo».
Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me
conmovió atal extremo que decidí usarla.
Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extrañ os que
me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librerí a
de viejo. Me hallaba repasando añ ejas encuadernaciones cuando el
patró n, que desde hací a rato me observaba desde el á ngulo má s oscuro
de su librerí a, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiñ os
y muecas convencionales, me dijo: «Aquí tenemos libros de Feifer».
Yo lo quedé mirando intrigado porque no habí a preguntado por dicho
autor, el cual, por lo demá s, aunque mis conocimientos de literatura
no son muyamplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido
añ adió : «Feifer estuvo en Pilsen». Como yo no saliera de mi estupor, el
librero terminó con un tono de revelació n, de confi dencia defi nitiva:
«Debe usted saber que lo mataron. Sí , lo mataron de un bastonazo en
la estació n de Praga». Y dicho esto se retiró hacia el á ngulo de donde
habí a surgido y permaneció en el má s profundo silencio. Yo seguí
revisando algunos volú menes maquinalmente pero mi pensamiento se
hallaba preocupado en las palabras enigmá ticas del librero. Despué s de
comprar un libro de mecá nica salí , desconcertado, del negocio.
Durante algú n tiempo estuve razonando sobre el signifi cado de
dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme
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de é l. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera.
Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hobre menudo,
de faz hepá tica y angulosa, me abordó intempestivamente y antes
de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos,
desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina
blanca, só lo tení a una direcció n y una cita que rezaba: SEGUNDA
SESION: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí
a la numeració n indicada. Ya por los alrededores me encontré con
varios sujetos extrañ os que merodeaban yque, por una coincidencia
que me sorprendió , tení an una insignia igual ala mí a. Me introduje
en el cí rculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran
familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señ alada y en una
habitació n grande tomamos asiento. Un señ or de aspecto grave
emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, despué s de saludarnos,
empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué
versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia.
Los recuerdos de niñ ez anduvieron hilvanados con las má s agudas
especulaciones fi losó fi cas, y a unas disgresiones sobre el cultivo
de la remolacha fue aplicado el mismo mé todo expositivo que ala
organizació n del Estado. Recuerdo que fi nalizó pintando unas rayas
rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.
Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron
aretirarse, comentando entusiasmados el buen é xito de la charla. Yo,
por condescendencia, sumé mis elogios alos suyos, mas, en el momento
en que me disponí a acruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con
una interjecció n, yal volverme me hizo una señ a para que me acercara.
– Es usted nuevo, ¿verdad? – me interrogó , un poco desconfi ado.
– Sí – respondí , despué s de vacilar un rato, pues me sorprendió que
hubiera podido identifi carme entre tanta concurrencia –. Tengo poco
tiempo.
– ¿Y quié n lo introdujo?
Me acordé de la librerí a, con gran suerte de mi parte.
– Estaba en la librerí a de la calle Amargura, cuando el...
– ¿Quié n?¿Martí n?
– Sí , Martí n.
– ¡Ah, es un colaborador nuestro!
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– Yo soyun viejo cliente suyo.
– ¿Y de qué hablaron?
– Bueno... de Feifer.
– ¿Qué le dijo?
– Que habí a estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabí a – ¿No lo
sabí a?
– No – repliqué con la mayor tranquilidad.
– ¿Y no sabí a tampoco que lo mataron de un bastonazo en la
estació n de Praga? – Eso tambié n me lo dijo.
– ¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!
– En efecto – confi rmé – Fue una pé rdida irreparable.
Mantuvimos una charla ambigua yocasional, llena de confi dencias
imprevistas y de alusiones superfi ciales, como la que sostienen dos
personas extrañ as que viajan accidentalmente en el mismo asiento
de un ó mnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle
mi operació n de las amí gdalas, é l, con grandes gestos, proclamaba la
belleza de los paisajes nó rdicos. Por fi n, antes de retirarme, me dio un
encargo que no dejó de llamarme la atenció n .
– Trá igame en la pró xima semana – dijo– una lista de todos los
telé fonos que empiecen con 38.
Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí
con la lista.
– ¡Admirable! – exclamó – Trabaja usted con rapidez ejemplar.
Desde aquel dí a cumplí una serie de encargos semejantes, de lo
má s extrañ os. Así , por ejemplo, tuve que conseguir una docena de
papagayos alos que ni má s volví a ver. Mas tarde fui enviado auna
ciudad de provincia a levantar un croquis del edifi cio municipal.
Recuerdo que tambié n me ocupé de arrojar cá scaras de plá tano en la
puerta de algunas residencias escrupulosamente señ aladas, de escribir
un artí culo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de
adiestrar aun meno en gestos parlamentarios, yaun de cumplir ciertas
misiones confi denciales, como llevar cartas que jamá s leí o espiar
amujeres exó ticas que generalmente desaparecí an sin dejar rastro.
De este modo, poco apoco, fui ganando cierta consideració n. Al
cabo de un añ o, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango.
«Ha ascendido usted un grado», me dijo el superior de nuestro cí rculo,
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abrazá ndome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve
alocució n, en la que me referí en té rmios vagos anuestra tarea comú n,
no obstante lo cual, fui aclamado con estré pito.
En mi casa, sin embargo, la situació n era confusa. No comprendí an
mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, ylas
veces que me interrogaron evadí las respuestas poque, en realidad, no
encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron,
incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta
no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo
haberlos intrigado mucho un dí a que me sorprendieron fabricando
una gruesa de bigotes postizos pues habí a recibido dicho encargo de
mi jefe.
Esta beligerancia domé stica no impidió que yo siguiera dedicá ndome,
con una energí a que ni yo mismo podrí a explicarme, alas labores de
nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias,
asesor administrativo, yconforme me iba sumiendo en el seno de la
organizació n aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en
una secta religiosa o en una agrupació n de fabricantes de pañ os.
A los tres añ os me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo má s
intrigante. No tení a yo un cé ntimo; sin embargo, los barcos me
brindaban sus camarotes, en los puertos habí a siempre alguien que me
recibí a y me prodigaba atenciones, yen los hoteles me obsequiaban
sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades,
aprendí lenguas forá neas, pronuncié conferencias, inauguré fi liales
anuestra agrupació n yvi có mo extendí a la insignia de plata por todos
los confi nes del continente. Cuando regresé , despué s de un añ o de
intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando
ingresé ala librerí a de Martí n.
Han pasado diez añ os. Por mis propios mé ritos he sido designado
presidente. Uso una toga orlada de pú rpura con la que aparezco en los
grandes ceremoniales. Los afi liados me tratan de vuecencia. Tengo una
renta de cinco mil dó lares, casas en los balnearios, sirvientes con librea
que me respetan yme temen, yhasta una mujer encantadora que viene
amí por las noches sin que yo le llame. Y apesar de todo esto, ahora,
como el primer dí a ycomo siempre, vivo en la má s absoluta ignorancia,
ysi alguien me preguntara cuá l es el sentido de nuestra organizació n,
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yo no sabrí a qué responderle. A lo má s, me limitarí a apintar rayas rojas
en una pizarra negra, esperando confi ado los resultados que produce
en la mente humana toda explicació n que se funda inexorablemente
en la cá bala.
AUGUSTO GUZMÁN
EL TAPADO
Cuando el correo de Cochabamba se anunció atoque de pututupor
las calles del pueblo, don Benjamín Díaz Vela había acabado de comer
un plato de saisi
yde beber su acostumbrada chicha. La familia pasaba
en el campo temporada veraniega. Y él, que había venido a vender
maíz ymuko, no estaba sino ala espera de ese correo para recoger los
periódicos de la capital, ysu correspondencia.
A pasos lentos bajó desde su casa a la ofi cina de correos, en la
plaza, siguiendo la angosta e inclinada acera de la calle que le obligaba
a apoyarse en el bastón de chonta. Debajo de la galería, esperaban
muchas personas la distribución de cartas.
El redondeado yrubicundo Benjamín era hombre retraído, de pocas
amistades aunque de mucha parentela. Para no entablar conversación
alguna, contestó los saludos de sus paisanos con ademanes cortantes
yse fue derechamente ala ventanilla de ofi cina donde una simpática
empleada, de moño alto yagradable acento, le entregó sin dilación su
paquete de papeles.
– Don Benjamín, tiene Ud. periódicos y una carta del Banco
Hipotecario.
– Muchas gracias, señorita Eloína.
Al emprender la subida de regreso Díaz Vela comenzó asentir cierta
desazón por la carta del Banco. Había solicitado una prórroga de seis
meses para una obligación cuyo plazo vencía en dos semanas más.
Tenía corazonada de negativa. Aunque podía leer en la calle, pues
no pasaba de las cinco de la tarde, prefi rió hacerlo en el patio de su casa.
Sentado en un viejo sillón de forro verde, junto alos alegres limoneros
que perfumaban el recinto, y mientras consentía que sus tordos le
picotearan familiarmente los zapatos por las fajas de resorte, sobre los
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tobillos, encontró que su presentimiento había sido cabal. El banco se
negaba aconceder la prórroga yexigía cortesmente la devolución de los
diez mil bolivianos prestados por tres años con la garantía de la fi nca
de Lomalarga.
El escarabajo travieso de la preocupación comenzó a rascar el
descansado yapacible cerebro del terrateniente Díaz Vela, cuyo hijo
menor había partido a Europa, hacía poco, con objeto de estudiar
medicina en una universidad alemana. Él hallaba en su conciencia que
no había sido puntual en los pagos de amortización fi jados en la escritura
de préstamo, Tampoco pudo serlo en los de intereses. Todo esto por
ayudar aRómulo cuya vida de estudiante provinciano con el título de
«hijo de padres ricos» le costó caro en Cochabamba yahora le costaba
mucho más. Tampoco le demandaba poco gasto sostener el rango de su
mujer yde sus tres hijas mozas, dotadas de belleza, imaginación ybuen
gusto para gastar el dinero con la elegante despreocupación que exigía
el buen tono en la pequeña ciudad. Las rentas feudales eran crecidas,
pero los gastos se sobreponían aellas con gallarda preeminencia que
por fuerza requería del crédito. Para salir de la deuda tendría que
venderle al cura una de sus propiedades, sin duda la mas pequeña, esa
de Veladeros con seis colonos. Era una solución dolorosa. Se trataba
nada menos que de la propiedad heredada asus padres, henchida de
sus recuerdos de infancia.
Díaz Vela acabó de leer en cama, ala discreta luz de una lámpara
de kerosén, los diarios. Pasándose la mano por la rubescente calva,
comprendió que no podría dormir. La prensa no traía nada sensacional.
Continuaban los artículos en torno a la obra y la personalidad del
presidente Montes. Se sentía solo yfatigado. Su hacienda de Veladeros
se le desprendía del corazón, desgarrándose quejumbrosamente, alas
manos del párroco que la ambicionaba desde hacia tiempo. El reloj de
la iglesia dio las ocho.
– ¡Tata Lanchi! – su llamado salió por la puerta de dos hojas,
abierta en una mitad, yfue adespertar en el zaguán al mayordomo de
Lomalarga, yacente sobre un par de cueros de carnero, al lado de los
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pongos
.
– Tatay, patrón – contestó Lanchi acercándose solícito al lecho de
su amo que le ordenó en quichua.
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– Ven acharlarme un poco. No me viene el sueño.
– Bueno, patrón.
El indio se sentó en el suelo, junto ala puerta, adiscreta distancia
del catre de metal amarillo, cuyos barrotes yvarillas brillaban como
el oro. Hablaron de la cosecha yde la siembra, del régimen de lluvias
nunca satisfactorio, de las heladas y del polvillo en el trigo, del
rendimiento del molino, de las entregas de pollos, huevos yquesillos;
del herbaje de ganado mayor y menor; del estricto cumplimiento
de las obligaciones personales. El indio, provecto yexperimentado,
tocaba los temas de interés patronal, pues sabía de sobra que sus
problemas personales ylos de los colonos carecían de importancia.
Su charla se desataba ydiscurría apacible como un arroyo claro por un
cauce sin tropiezos. Pero Díaz Vela no conciliaba el sueño. Se sumía en
largos silencios yoía llover la charla de Lanchi hasta que al agotarse
el tema callaba el comedido relator moviéndole anueva incitación
con preguntas ytanteos sobre esto y lo otro. Al cabo el indio, que
tragaba la saliva amarga de su bolo de coca para no escupir sobre la
alfombra, osó representar ante su amo, medrosamente, cuando este
le repetía el consabido:
– ¿Qué mas hay? Sigue no más contando.
– Ya de todo te he contado pues patrón. Ya no tengo más para
contarte. Tendrás acaso alguna preocupación muy grande para
no dormir. Tal vez fuera bueno que tomes un poco de chichita. Iré
acomprarte si quieres patrón.
– ¡Oh tata Lanchi! – respondió Díaz Vela- bien sabes que yo no tomo
más de uno o dos vasos sobre la comida. Tengo mis razones para no
dormir. El Banco de Cochabamba me cobra diez mil pesos. Para pagarlos
tendré que vender mi fi nquita de Veladeros. Todo esto por mis hijos.
Romulito me cuesta mucha plata. Si ya no recuerdas nada por lo menos
inventa pues algo, Lanchi, para distraerme. No puedo esta noche con la
soledad que me rodea.
– Así es patrón. Una desgracia muy grande – lo compadeció el
mayordomo.
Y seguidamente recordando las exploraciones de unos cateadores
de minas que habían estado semanas antes por Lomalarga, continuó
su charla.
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– Olvidaba comunicarte patrón que hará cosa de un mes estuvieron
por Lomalarga unos buscadores de minas. Subieron ala cumbre más
alta donde existe el socavón que todos conocemos.
– ¿Ese que dejaron los jesuitas?
– Ese mismo patrón. Regresaron diciendo que ahí no hay nada
bueno ysiguieron por el lado de Ayquile.
– Así es. Yo he estudiado eso. No haymás que piedras.
– Más bien en esta casa patrón, en el patio chico de las gallinas, pueda
que haya algo. Dos veces, muyde noche, yo he visto arder yapagarse en
el suelo, sin chispas ni humo, una fogata que me ha llenado de miedo.
La primer avez creí que era cosa de duendes o del Diablo…
Un alacrán que le hubiese picado en la cama no le habría hecho
incorporarse con tanta vivacidad como la tranquila noticia confi dencial
de su humilde servidor.
– ¿En el patio de las gallinas? ¿En qué sitio precisamente? ¿Dos
veces has dicho?
– Al centro, en medio patio, delante del corredor de las gallinas.
Como iba diciendo la primera vez, hace ya muchos años, cuando
era mayordomo mi padre, vine de su acompañante. Dormimos en el
zaguán. Más o menos ala media noche los burros se habían salido del
corral hasta la puerta de calle. Yo los devolví yaseguré, Al salir por el
pasaje miré el corral de gallinas yvi una llamarada que se apagó al
instante. Asombrado yasustado, corrí acontárselo ami padre quien me
ordenó acostarme diciendo que sin duda estaba medio dormido para
tener tales visiones. Y más no se habló del caso.
– ¿Y la segunda vez, Lanchi?
– La segunda vez hará cosa de seis meses. Para entonces yo sabía
que este fuego es señal de plata enterrada.
– No siempre, Lanchi.
– Pero así dicen tatay.
– Dicen pues disparates. ¿Tu has de saber más que yo? Estamos en
que viste por segunda vez las llamas, ¿ahí mismo, Lanchi?
– En el mismo sitio patrón, en medio patio, delante del corral donde
duermen las gallinas. Pero entonces no eran llamas vivas yaltas como
la primera vez, sino llamitas bajas yvacilantes como cuando se apagan
las hogueras de San Juan en el rescoldo. Una cosa muyrápida.
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– Está bien, Lanchi. Yo también he visto en otras partes estos
fuegos. En vez de plata lo que generalmente hayen esos entierros es un
montón de huesos. Eso puede ser. Ahora vete, ya es tarde.
– Así será patrón. Buenas noches. Que duermas bien.
Díaz Vela rebulló su cuerpo ligeramente obeso y no se dignó
contestar al mayordomo. Estaba seguro de que el indio le había dado la
clave de un tesoro oculto, de un tapado. ¡Qué capricho el de los viejos
coloniales! Él, como todos, había buscado los tapados siempre en las
paredes tanteando con un martillo de madera. Pero en esta casa de
sus abuelos el tesoro estaba en el suelo. Despacharía cuanto antes al
mayordomo. Los pongos que habían llegado esa tarde en reemplazo de
los otros serían excelentes jornaleros gratuitos para la excavación que
comenzaría al día siguiente mismo. Plata, oro, piedras preciosas…
El sueño acudía a pasos sordos y blandos hasta cerrarle los ojos
dulcemente. ¡Y después dicen que la ambición yla avaricia no dejan
dormir! Don Benjamín Díaz Vela durmió como un bendito.
La mañana del día siguiente, domingo, hizo desocupar el gallinero
yterminó la realización de las cargas de maíz ymuko. El mayordomo
regresó a la fi nca llevando una carta en que Benjamín decía a su
esposa que se quedaba por unos días, hasta arreglar el despacho de un
giro para Romulito ygestionar la prórroga de plazo con el Banco. En
realidad estaba resuelto adarle una sorpresa fulminante con el tesoro
de Lanchi.
Los pongos armados de picos ylampasiniciaron bajo la vigilancia de su
amo la excavación de un pozo en el centro mismo del patio de las gallinas.
En seis horas de trabajo duro llegaron ados metros de profundidad por
metro ymedio de diámetro. El suelo era duro, compacto de arcilla seca,
piedras redondas y cascajo. No se presentaba señal de tesoro oculto.
Díaz Vela suspendió la faena un tanto descorazonado. La arcilla blanca,
azulosa y bermeja en capas alternadas de variado espesor, mostraba
lucientes las huellas de las herramientas sin descubrir indicio alguno,
directo o indirecto, de que allí hubiesen enterrado por lo menos una lata
de sardinas. Pudiera ser que estuvieran desviados del verdadero sitio
del tapado. Por previsión resolvió no adelantar en la profundidad ni una
pulgada más sino ensanchar el hoyo por una parte hasta el corredor ypor
otra hasta la puerta del patio, lo que signifi caría un diámetro de cinco
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metros. Prácticamente ese proyecto de excavación abarcaba el registro
de todo el subsuelo del patio excluyendo solamente el angosto corredor.
Estaba resuelto aseguir. ¿Acaso otros dueños de casas viejas como él no
habían encontrado tapados? Díaz Vela comió un buen plato de chajchu
ybebió una botella de chicha. Antes de acostarse llamó al par de pongos
yles previno, cauteloso:
– No van ahablar con nadie del trabajo que hacemos. Les costaría
caro. Estoybuscando el cadáver del hijo de la mujer que fue nuera de
uno de mis antepasados.
Y de nuevo la noche abrió sus negros ojos de tinieblas envolviendo
los febriles ensueños de grandeza de Díaz Vela. Acostado sobre su
brillante catre de varillas ybarrotes amarillos, estuvo desvelado en la
sombra con la extraña historia de Lanchi que había venido aplantear
implícitamente la solución de todos sus problemas. El tapado tendría
que ser una fortuna como para pagar al Banco yreconstruir la antigua
casona de sus abuelos. Como para ir de viaje él ysu mujer ysus hijas
en caravana familiar hasta Buenos Aires. Como para embarcarse
rumbo aEuropa al encuentro de Rómulo. Trajes, joyas, holgada cuenta
corriente, prepotencia burguesa. Una vejez no solamente decorosa, sino
envidiable… Y el sueño bueno le libraba de los ensueños inquietantes,
borrando en su cerebro las imágenes de la vanidad humana.
Domingo de trabajo. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes:
jornadas de diez horas con cuatro acullis de coca que él pagaba
generosamente dando acada pongo dos libras por día. Una colina de
tierra, salida de la excavación, cubría un sector del corral de caballos.
El hoyo era un embudo inmenso de cinco metros de profundidad en
cuyo fondo brillaba, como un espejo de cerúleos refl ejos, el agua de un
manantial recóndito.
A eso habían llegado el viernes por la tarde.
– ¡Basta, basta! Aquí lo dejamos todo – gritó desilusionado Díaz
Vela-. Ese indio bruto me va aaclarar la cosa mañana.
Por la noche cayó la lluvia, leve, fi na, menuda, persistente, haciendo
subir el nivel del agua en el embudo, por lo menos medio metro. Al
día siguiente sábado, el encuentro del mayordomo con su patrón
de Lomalarga en la vieja casona de Díaz Vela aclaró la situación en
desenlace poco o nada dramático pero terminante.
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