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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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veredicto que consagra, una vez más, la impunidad de los caraduras.
Por respeto ala justicia, tendré que resignarme. Haré todo lo posible
por creer que ese prólogo me pertenece yhasta quizás, con los años,
podré empezar aquererlo. No será facil, porque es horroroso. Pero uno
se acostumbra.
Ya me había pasado algo parecido con la Enciclopedia Larousse. Allí
fi guro con una fecha de nacimiento, 1920, que me agrega veinte años
de vida. Pedí que corrigieran la errata. En una edición posterior, me
hicieron una rebajita, ypasé anacer en 1924. Mi papá, mi mamá ymis
documentos aseguran que yo nací en 1940, pero es tanto mi respeto por
la Larousse que desde hace algún tiempo estoysintiendo los achaques
de la edad que me atribuye.
JUAN CARLOS ONETTI (PRESENCIA Y OTROS CUENTOS)
EL CERDITO
La señora estaba siempre vestida de negro yarrastraba sonriente
el reumatismo del dormitorio ala sala. Otras habitaciones no había;
pero sí una ventana que daba aun pequeño jardín pardusco. Miró el
reloj que le colgaba del pecho ypensó que faltaba más de una hora
para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, aveces tres que
llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando
el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en
los temporales de invierno.
Aunque los niños empezaran air ala escuela, siempre lograban escapar
de sus casas o de las aulas ala hora de pereza ycalma de la siesta. Todos, los
dos o tres; eran sucios, hambrientos yfísicamente muydistintos. Pero la
anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido;
aveces aJuan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos ysonrisa;
otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna
tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán del nieto.
Pasó sin prisa ala cocina para preparar los tres tazones de café con
leche ylos panqueques que envolvían el dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja
sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada.
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La anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes
ysin aumentar su fuerza. Por fi n, porque había pasado ala sala para
acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido ydivisó las tres siluetas
que habían trepado los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la
dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías,
se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los
comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; pero
aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió
que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los otros dos.
Sobre todo con el movimiento de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas
voces del secreteo yluego el silencio. Alguno caminó furtivo yella no
pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más,
bamboleó el cuerpo yluego quedó quieta en el suelo de la cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo
del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso
aEmilio:
– Dale otro golpe. Por las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol yal llegar al tablón de la zanja cada
uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno asu choza yGuido,
cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó
ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre yextrajo
la alcancía blanca ymanchada para guardar su dinero; una alcancía de
yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.
J.L. BORGES, A. BIOY CASARES
LOS OCIOSOS
La era atómica, la cortina que cae sobre el colonialismo, la pugna de
intereses encontrados, la ponenda comunista, la suba del costo de la vida
yla retractación de medios de pago, el llamado ala concordia del Papa,
el debilitamiento progresivo de nuestro signo monetario, la práctica
del trabajo adesgano, la proliferación de supermercados, la extensión
de cheques sin fondos, la conquista del espacio, el despoblamiento del
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agro y el auge correlativo de las Villas Miserias, componen todo un
panorama inquietante, que da que pensar. Diagnosticar los males es una
cosa; prescribir su terapéutica es otra. Sin aspirar al título de profetas,
nos atrevemos, sin embargo, ainsinuar que la importación de Ociosos
en el país, con vistas asu fabricación en el mismo, contribuirá no poco
adisminuir, amodo de sedante, el nerviosismo hoytan generalizado.
El reino de la máquina es un fenómeno que ya nadie disputa; el Ocioso
comporta un paso más de tan ineluctable proceso.
Cuál fue el primer telégrafo, cuál el primer tractor, cuál la
primera Singer, son preguntas que ponen en un brete al intelectual;
el problema no se plantea respecto a los Ociosos. No hay en el
orbe un iconoclasta que niegue que el primero de todos obró en
Mulhouse y que su indiscutido progenitor fue el ingeniero Walter
Eisengardt (1914–41). Dos personalidades pujaban en ese valioso
teutón: el soñador incorregible que entregó a la estampa las dos
monografías ponderables, hoyolvidadas, en torno a las fi guras de
Molinos ydel pensador de raza amarilla Lao Tse, yel sólido metódico
de realización tenaz yde cerebro práctico que, tras de arquitectar una
porción de máquinas netamente industriales, dio aluz, el 3 de junio de
1939, al primer Ocioso de que haya mentes. Hablamos del modelo que
se conserva en el Museo de Mulhouse: apenas, un metro veinticinco
de longitud, setenta centímetros de alto ycuarenta de ancho, pero
en él casi todos los detalles, desde los recipientes de metal hasta los
conductos.
Según es de uso en toda localidad fronteriza, una de las abuelas
maternas del inventor era de cepa gala ylo más granado del vecindario
la conocía bajo el nombre de Germaine Baculard. El folleto en el
cual nos basamentamos para este trabajo de aliento intuye que esa
elegancia, que es el sello de la obra de Eisengardt, tiene fuente de origen
en aquel riego de sangre cartesiana. No retaceamos nuestro aplauso
aesta amable hipótesis, que por lo demás la prohíja Jean-Christophe
Baculard, continuador y divulgador del maestro. Eisengardt falleció
mediante un accidente de automóvil marca Bugatti; no le fue dado
ver los Ociosos que hoytriunfan en usinas yescritorios. ¡Pluga que los
contemple desde el cielo, disminuidos por la distancia y, por tal causa,
más acordes al prototipo que él mismo rematase!
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Vaya ahora un bosquejo del Ocioso, para aquellos lectores que
todavía no han tenido el escrúpulo de irlo aexaminar aSan Justo, en
la fábrica de Pistones Ubalde. El monumental artefacto cubre el largor
de la terraza que centra el punto de la usina. A ojo de buen cubero
nos recuerda un linotipo desmesurado. Es dos veces más alto que el
capataz; su peso se computa en varias toneladas de arena; el color es
de fi erro pintado de negro; el material, de fi erro.
Una pasarela en escalinata permite que el visitante lo escrute
y toque. Sentirá adentro como un leve latido y, si aplica la oreja,
detectará un lejano susurro. En efecto, hayen su interior un sistema
de conductos por los cuales corre agua en la oscuridad yuno que otro
bolón. Nadie pretenderá, sin embargo, que son las cualidades físicas
del Ocioso las que redundan en la masa humana que lo rodea; es la
conciencia de que en sus entrañas palpita algo silencioso ysecreto,
algo que juega yduerme.
La meta perseguida por las románticas vigilias de Eisengardt ha
sido plenamente lograda; dondequiera que haya un Ocioso, la máquina
descansa yel hombre, retemplado, trabaja.
RUBÉN BAREIRO SAGUIER
OJO POR DIENTE
Todo esto es mentira, una patraña para desprestigiar al juez de paz;
porque si lo trataran de ladrón o de prevaricador o hasta de violador –
abusando de la leyenda difundida por aquella muchachita convocada
en el despacho de su señoría para una deposición…-, pero acusarlo de
esto, ¡yen qué forma! Ahí está, eso es cosa de la maldita oposición,
deslenguada, envidiosa, amargada, incapaz de otra cosa que no sea
difamación, bajeza. Además, ¡el procedimiento empleado! Ya el color de
las gruesas letras con que un buen día amanecieron embadurnadas las
paredes de algunas casas de la calle principal, podían hacer sospechar.
Es cierto que luego los letreros se fueron pareciendo al arco iris del
propio cielo, pero por puro disimulo; además ya se había producido
el contraataque, de manera que nadie sabía más quién ni cómo había
pintado. Ahora ya nadie entiende más nada en el pueblo. Ninguna
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investigación ha podido aclarar el misterio de los pintores nocturnos.
Ni las multiplicadas rondas de los vigilantes; apenas los tabachís daban
la vuelta a la manzana que cuando volvían, ya estaban las terribles
acusaciones, goteando su infamia todavía fresca. Es cosa de brujería,
son los poras, decían los soldaditos, yhabía que amenazarles con duros
castigos, controlarles con la «brigada especial», comandada por el
propio hijo del juez, para vencer el miedo yla resistencia aesas rondas
endemoniadas. Las noches del pueblo se llenaron de «¡altos!», «carajos»,
«recontras» yruidos de los cerrojos de los fusiles; de poras que pintaban
leyendas contra el «juez cuatrero». La acusación cayó como una bomba
en el pueblo. No se trata de poner en duda o dar automáticamente por
bien fundada la imputación. La cosa es que en este pueblo el ganado
vale más que la mujer ycarnear un animal ajeno es peor que matar aun
hermano de padre ymadre. Sí señor, esto viene de lejos y… es largo de
explicar. Peor que liquidar aun pariente cercano; el delito es grave,
gravísimo. Y además, ¡esa publicidad vergonzosa! Porque siempre hubo
cuatrerismo en la región yhasta cuatreros famosos, como aquel Mate
Cocido, que se decía «protector de los pobres», porque ayudaba aunos
cuantos zaparrastrosos que le encubrían, yfue muerto como un perro,
como el perro que mordió al hijo del Intendente, acribillado abalazos
por la «junta de vecinos», fundada para perseguirlo y comandada
por el propio señor comisario. Sí señor, hubo cuatreros por aquí,
a montones; y al fi n de cuentas, el juez es un ser humano… tanto
más que él maneja el registro de transferencia de ganados. Pero esto
es cosa de la oposición, sin ninguna duda, como venganza, en primer
lugar porque eran principalmente animales de los caudillos opositores
los que desaparecían, yen segundo, porque estos infelices son unos
malhablados de mierda, capaces de cualquier cosa. Hayque ver lo que
hicieron cuando el juez dictó un bando atribuyendo la desaparición de
ganados ala presencia de un jaguar en la zona. «juez jaguar» fue lo
único que se les ocurrió agregar alas otras inscripciones. Y sin embargo,
cerca del lugar del delito, se encontraban siempre rastros de un animal
sanguinario como el jaguar, pisadas en la tierra ysobre todo una marca
profunda de garras en el sitio en que se había consumado el hecho.
¿Qué pájaro yqué cuervo, qué alma en pena, qué murciélago escribía
las leyendas nocturnas?, se preguntaban todos en el pueblo. Y así como
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no había tenido ningún efecto el bando, tampoco sirvió para nada la
vaquillona que el mismo juez ofrendó ala Virgen del Rosario, yque valió
algunos sermones en la misa principal de los domingos, en los que el
cura Laya condenaba la maledicencia yprometía los peores tormentos
del infi erno para los que levantaban falso testimonio, el dizque
embustero, el infundio, faltando así alas sagradas prescripciones del
tercer mandamiento de la LeyDivina. «Pecado mortal; alma condenada
al báratro de las tinieblas eternas, el sempiterno fuego del averno»,
gritaba el Padre desde el púlpito sostenido por unos angelotes gordos
que soplaban las cometas del juicio fi nal. Pero las feroces admoniciones
solo asustaban a algunas viejas beatas, que en medio de la sordera
escuchaban fragmentos de las palabras terribles y veían los rayos
lanzados por las manos ylos ojos del sacerdote ylos del espíritu santo
de lata sobre su cabeza leonina.
Entonces vino el contraataque afondo del juez. Como medida previa
hizo apresar atodos los principales jefes opositores. Bien merecido;
pero las inscripciones no solo no cesaron, sino que por el contrario
aumentaron. Cansado de hacer borronear las letrotas, mandó pintar
sistemáticamente con su gente otras al lado de las que le acusaban.
Comenzó con los caudillos adversos más conocidos. «Bartolo Jiménez
cuatrero», «Antonio Portillo cuatrero», «Domingo Asayé cuatrero»,
«Amancio Peralta cuatrero»… Aquello fue una carrera, un torbellino
de pincelazos yletrones, de colores yde nombres. Porque, fi nalmente,
el juez no se detuvo en los nombres de los opositores; como tenía la
lista de los habitantes del pueblo, los fue denunciando atodos, por si
las moscas… Hasta que tuvo que poner más atención en sus leyendas
cuando vino el comisario con un piquete de soldados aaveriguar por
qué había difamado asu suegro ymiembro de la junta local del Partido.
Bueno, la cosa es que en este pueblo no hay demasiada gente
para tanta pintura; pero, como es bien sabido aquí, el juez es letrado
y hombre de recursos. Recomenzó la lista con los marcantes de la
gente: «Lorito cuarto cuatrero», «Antonio karë cuatrero», «Vela de sebo
cuatrero», «Burro lápiz cuatrero»… Pero eso sí, respetó las jerarquías
ycaballerescamente alas mujeres. El comisario, el cura, el intendente,
el presidente del Partido, el maestro, el boticario, el jefe de Impuestos
Internos, el representante de la Corporación de Alcoholes y otros
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notables estaban fuera de toda sospecha, sobre todo teniendo en
cuenta el incidente con el suegro del señor comisario; además, no era el
caso de sembrar la anarquía ysoliviantar ala oposición. Y las mujeres,
naturalmente, por caballerosidad y porque veía mal cómo podrían
andar carneando de noche vacas ajenas, salvo doña María, la viuda del
inglés. Una estanciera rica, más si es mujer-macho como esta, puede
hacer las peores cosas, hasta matar novillos o toros de cría.
Noche a noche, noche tras noche, noche y noche pinta que te
pinta; ángeles o demonios, sombras o lechuzas, poras o cristianos
mañeros escribiendo gruesas letras con la acusación vergonzosa contra
la autoridad. Con el mismo entusiasmo, la gente del juez replicando
dale que dale, retribuyendo pincelazo por pincelazo, cuatrero por
cuatrero. Las fachadas se llenaron de nombres, de marcantes y por
sobre todo, la superior presencia del juez, gran señor de las paredes
del pueblo. Cuando ya no hubo muros en dónde pintar, ni siquiera en
los ranchos de los suburbios, aparecieron inscripciones en las barrigas
de los burros, sobre las costillas de los perros yen los fl ancos de las
vacas, especialmente en los de colores claros, aunque la pintura blanca
solucionaba perfectamente el caso de los pelos oscuros; el problema
se planteó con los overos, los pintados ylos morunos, sobre los que
era difícil distinguir las letras. Esta fase desagradó mucho atodo el
mundo; una ola de protestas indignadas se levantó unánimemente.
Para evitar la destrucción de las bellezas naturales, de esos adornos del
pueblo -una vaca embadurnada es horrible, un perro pintado parece un
pora, un burro manchado es indecente-, el juez hizo colocar grandes
paneles en la plazoleta que está entre la Iglesia y la Municipalidad.
Fue un suspiro de alivio popular yhasta atrajo una decena de turistas,
entre ellos un gringo fotógrafo que se incorporó ala vida del pueblo
con el marcante de Duende de Lata. Pero la cosa es que también esos
cartelones se están llenando…
Yo, Sinforiano Santacruz, juez de paz letrado de este pueblo,
preocupado por el bienestar de la población, acabo de ordenar que
se coloquen nuevos paneles de tela blanca en la plazoleta del puerto.
Cumplido con mi deber de magistrado, me pongo mi piel de jaguar,
tomo mi gran garra de jaguar yme voy arealizar mi acostumbrada gira
campestre…
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AUGUSTO ROA BASTOS
PIRULÍ
– ¡Pirulíí…! – grita la mujer hacia el rancho, sin dejar de meter entre
los dientes del trapiche los trozos de caña dulce que va sacando de una
pila. Al agacharse, el humo del cigarro se mezcla al vapor del rocío.
– ¡Pirulíí…, Pirulíí…! ¡Eyú puée…! – vuelve agritar Eleuteria por el
costado de la boca, urgiendo aalguien que tarda en aparecer. Sus manos
viborean junto alas muelas cilíndricas reponiéndoles su mascada de
hinchados canutos que caen del otro lado en bagazo planchado, casi
seco. El mosto gotea espeso yfragante de los cilindros de madera que
gimen una vez acada vuelta con un gemido cadencioso y soñoliento
de eje de carreta, al girar el malacate del que tira un matunguito
apelechado yrengo.
En la espuma rosada del amanecer que aún tiene coágulos de noche
al borde de la islita boscosa, la mujer yel caballo se mueven como las
fi guras de un sueño que poco a poco van adquiriendo consistencia
yrealidad. El chillido del trapiche sube y baja como un hueso roído
bajo la piel de rumores píos ymugidos que los gallos hilvanan de rojos
cornetazos, uno tras otro, cada vez más remotos. El horizonte invisible
empieza amoler luz como el trapiche de Eleuteria muele la caña de la
«cochesa», en la menuda zafra doméstica.
Las ollas negras se van llenando lentamente. El caldo verde
y espumoso atrae las lechiguanas del monte que zumban ávidas
y mareadas en el olor azucarado. De las ollas o del bagazo van al
lomo del caballejo cuyo cuero sarnoso, comida de uras yyatebús, se
estremece al contacto de las trompetillas aladas. Mosto ykeresa, pus
y miel, humo, luz y vapor, movimientos, recuerdos, sonidos, hacen
mezclados el espeso jarabe de la mañana que araña más que el tabaco
la garganta de Eleuteria, Crisanto Alvarenga viudaré, que le dicen.
– ¡Pirulíí…! ¡Mita’í tepotíí…! – vuelve a llamar roncamente más
feliz que irritada contra el crío dormilón.
– ¡Ya voy, mamaíta…!
El rostro atezado de Eleuteria sonríe en secreto. En la puerta del
rancho aparece por fi n un mita’í fl aco ydesnudo, con las greñas duras
y las facciones aún adormiladas. Bajo la capa de sueño que se está
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resquebrajando, la carita de comadreja de Pirulí es hermosa yterrible.
Por su boca díscola ya empieza amanar la sonrisa como un tajo de sol
sobre un guijarro limpio ycobrizo de arroyo. Bajo la piel oscura ya está
despertando también el diablito naranjero.
– ¡Ajhátama, mamaíta!
Eleuteria no vuelve el rostro. Sabe que su hijo se está acabando de
vestir en la puerta del rancho. Primero se ha enfundado el pantaloncito
lleno de remiendos. Se ata el cinto de cuero trenzado del que cuelga
la jondita de goma con horqueta de guavirá. Luego se viste la blusa,
enorme porque fue del fi nado. Eleuteria le achicó un poco las costuras,
pero se olvidó de las mangas. Pirulí se las arrolla alrededor de los
brazos. Mientras sus dedos trabajan con los pliegues sucios yrotosos,
en los bolsillos cantan las bolitas de vidrio yun poco más sordamente
los bodoques de barro colorado cocidos al sol, acada uno de los cuales
Pirulí encomendará certeramente en el cuero de su jondita la muerte
de un chochí o de un havía korochiré. Sí, che karaíkuéra. Ese ko e’mi
muchachito, ahí donde lo ven u’tedes, cabezudo pero lindo-porä, como
un ta’angá hecho de cera de mbá’í pochy, retrato vivo y chiquito de
mi pobre Crisanto, que en pá manté de’canse. Hayque ver las canas
invernices que le saca. Moscas de ceniza entre el cabello oscuro. Le
quebranta a cada paso hasta los huesos del alma, pero lo quiere, lo
quiere más que asu vida, porque sólo se quiere en este mundo lo que se
paga con dolor de corazón.
– ¡Guá, mamaíta!
Eleuteria, tomada de improviso por el cariñoso empujón del chico,
casi mete la mano en el trapiche.
– Mita’í tepotí! Ya me asutate otra vé, demoño tie’y…
– E’a, mamaíta. ¡Guá!, te dije nomá nikó. Vo’ko te asutá debarte voí.
– Güeno, quedáte aquí, atendé el trapiche. Vi’a traer leña para hacer
el eíra.
– Sí, mamaíta.
Eleuteria toma el machete Barcelona yse interna en el montecito,
brillante el hierro afi lado herido por la luz, oscura ella con el trapo
fl oreado atado a la cabeza, el cuerpo enjuto, aún joven, casto ahora
afuerza por la ausencia de su hombre muerto de una mala puñalada,
aunque no muerto del todo porque está creciendo, viviendo de nuevo
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en este cachorro levantisco que tanto se le parece, que ha heredado
su inclinación irresistible adesafi arlo todo, aburlarse de todo con un
coraje feroz ysonriente.
Pirulí mete en el trapiche una caña tras otra. Ve gotear el mosto
verde. Bebe uno o dos tragos en el hueco de sus manos. Ve caer el
bagazo blanco del otro lado. Ve volar las lechiguanas ahítas con sus
vientrecitos de seda negra, preñados de azúcar, apunto de estallar. El
andar giratorio yrengo del matungo atado al palo del malacate, le da
sueño. Bosteza. Se aburre. Por hacer algo levanta del suelo un macizo
garrote ylo introduce en el trapiche en lugar de la caña. El caballejo
ciego y apelechado encorva el espinazo, estira por encima de sus
fuerzas, pero no puede. El trapiche pesa ahora más que la bordalesa
de miel que suele llevar al pueblo tirando del carrito, pesa más que el
arado, se ha vuelto pesado como el mundo. Los rodillos se atascan en
el garrote. Es imposible levantar un tranco más, la mitad de un medio
tranco siquiera. Pirulí frunce los labios vagamente satisfecho yretira
el garrote de la muela. El caballejo fatigado espera con las verijas
sumidas ypalpitantes por el esfuerzo, derramando una diarrea fl emosa
ysanguinolenta.
– ¡Néike, cabayú tepotí! ¡Vamooo, puee...!
El matunguito no oye, no se mueve. Entonces, Pirulí desenreda del
cinto su jondita yle dispara ye-mborayú-jhape dos bodocazos seguidos
que explotan en el anca de la bestia sumisa. Su espinazo vuelve acurvarse
en el estirón. Reanuda su marcha renga ycansina. El lamento del trapiche
vuelve aoírse. Por afi nar la puntería, ensaya dos nuevos tiros; esta vez
los bodoques estallan en polvo rojizo en las orejas del matungo, cuyos
bordes empiezan asangrar para delicia de los tábanos. El caballo tuerce
la cabeza hacia el chico sentado en cuclillas junto al trapiche.
– ¿Por qué, Pirulí? ¿Por qué? – parecen preguntar sus ojos muertos
yhúmedos.
– ¡Jhooo…, jho’ooo…, vamooo, cabayú! – grita Pirulí por toda
respuesta.
La marcha circular continúa. Continúa el intermitente lamento
del trapiche. Es una carreta que anda fi ja en un punto, pisando caña,
chorreando mosto en las ollas negras bajo el aire maravillosamente
límpido de la mañana.
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