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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. РЕГИОН РИО-ПЛ АТА (АРГЕНТИНА, УРУГВАЙ, ПАРАГВАЙ
veredicto que consagra, una vez más, la impunidad de los caraduras. Por respeto ala justicia, tendré que resignarme. Haré todo lo posible por creer que ese prólogo me pertenece yhasta quizás, con los años, podré empezar aquererlo. No será facil, porque es horroroso. Pero uno se acostumbra.
Ya me había pasado algo parecido con la Enciclopedia Larousse. Allí fi guro con una fecha de nacimiento, 1920, que me agrega veinte años de vida. Pedí que corrigieran la errata. En una edición posterior, me hicieron una rebajita, ypasé anacer en 1924. Mi papá, mi mamá ymis documentos aseguran que yo nací en 1940, pero es tanto mi respeto por la Larousse que desde hace algún tiempo estoysintiendo los achaques de la edad que me atribuye.
JUAN CARLOS ONETTI (PRESENCIA Y OTROS CUENTOS)
EL CERDITO
La señora estaba siempre vestida de negro yarrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio ala sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba aun pequeño jardín pardusco. Miró el reloj que le colgaba del pecho ypensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, aveces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.
Aunque los niños empezaran air ala escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas ala hora de pereza ycalma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos yfísicamente muydistintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; aveces aJuan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos ysonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán del nieto.
Pasó sin prisa ala cocina para preparar los tres tazones de café con leche ylos panqueques que envolvían el dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada.
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La anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes ysin aumentar su fuerza. Por fi n, porque había pasado ala sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido ydivisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos ytraiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; pero aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimiento de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo yluego el silencio. Alguno caminó furtivo yella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo yluego quedó quieta en el suelo de la cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes ymonedas yJuan le propuso aEmilio:
– Dale otro golpe. Por las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol yal llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno asu choza yGuido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre yextrajo la alcancía blanca ymanchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.
J.L. BORGES, A. BIOY CASARES
LOS OCIOSOS
La era atómica, la cortina que cae sobre el colonialismo, la pugna de intereses encontrados, la ponenda comunista, la suba del costo de la vida yla retractación de medios de pago, el llamado ala concordia del Papa, el debilitamiento progresivo de nuestro signo monetario, la práctica del trabajo adesgano, la proliferación de supermercados, la extensión de cheques sin fondos, la conquista del espacio, el despoblamiento del
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agro yel auge correlativo de las Villas Miserias, componen todo un panorama inquietante, que da que pensar. Diagnosticar los males es una cosa; prescribir su terapéutica es otra. Sin aspirar al título de profetas, nos atrevemos, sin embargo, ainsinuar que la importación de Ociosos en el país, con vistas asu fabricación en el mismo, contribuirá no poco adisminuir, amodo de sedante, el nerviosismo hoytan generalizado. El reino de la máquina es un fenómeno que ya nadie disputa; el Ocioso comporta un paso más de tan ineluctable proceso.
Cuál fue el primer telégrafo, cuál el primer tractor, cuál la primera Singer, son preguntas que ponen en un brete al intelectual; el problema no se plantea respecto alos Ociosos. No hayen el orbe un iconoclasta que niegue que el primero de todos obró en Mulhouse yque su indiscutido progenitor fue el ingeniero Walter Eisengardt(1914–41). Dos personalidades pujaban en ese valioso teutón: el soñador incorregible que entregó ala estampa las dos monografías ponderables, hoyolvidadas, en torno alas fi guras de Molinos ydel pensador de raza amarilla Lao Tse, yel sólido metódico de realización tenaz yde cerebro práctico que, tras de arquitectar una porción de máquinas netamente industriales, dio aluz, el 3 de junio de 1939, al primer Ocioso de que haya mentes. Hablamos del modelo que se conserva en el Museo de Mulhouse: apenas, un metro veinticinco de longitud, setenta centímetros de alto ycuarenta de ancho, pero en él casi todos los detalles, desde los recipientes de metal hasta los conductos.
Según es de uso en toda localidad fronteriza, una de las abuelas maternas del inventor era de cepa gala ylo más granado del vecindario la conocía bajo el nombre de Germaine Baculard. El folleto en el cual nos basamentamos para este trabajo de aliento intuye que esa elegancia, que es el sello de la obra de Eisengardt, tiene fuente de origen en aquel riego de sangre cartesiana. No retaceamos nuestro aplauso aesta amable hipótesis, que por lo demás la prohíja Jean-Christophe Baculard, continuador ydivulgador del maestro. Eisengardt falleció mediante un accidente de automóvil marca Bugatti; no le fue dado ver los Ociosos que hoytriunfan en usinas yescritorios. ¡Pluga que los contemple desde el cielo, disminuidos por la distancia y, por tal causa, más acordes al prototipo que él mismo rematase!
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Vaya ahora un bosquejo del Ocioso, para aquellos lectores que todavía no han tenido el escrúpulo de irlo aexaminar aSan Justo, en la fábrica de Pistones Ubalde. El monumental artefacto cubre el largor de la terraza que centra el punto de la usina. A ojo de buen cubero nos recuerda un linotipo desmesurado. Es dos veces más alto que el capataz; su peso se computa en varias toneladas de arena; el color es de fi erro pintado de negro; el material, de fi erro.
Una pasarela en escalinata permite que el visitante lo escrute ytoque. Sentirá adentro como un leve latido y, si aplica la oreja, detectará un lejano susurro. En efecto, hayen su interior un sistema de conductos por los cuales corre agua en la oscuridad yuno que otro bolón. Nadie pretenderá, sin embargo, que son las cualidades físicas del Ocioso las que redundan en la masa humana que lo rodea; es la conciencia de que en sus entrañas palpita algo silencioso ysecreto, algo que juega yduerme.
La meta perseguida por las románticas vigilias de Eisengardt ha sido plenamente lograda; dondequiera que haya un Ocioso, la máquina descansa yel hombre, retemplado, trabaja.
RUBÉN BAREIRO SAGUIER
OJO POR DIENTE
Todo esto es mentira, una patraña para desprestigiar al juez de paz; porque si lo trataran de ladrón o de prevaricador o hasta de violador – abusando de la leyenda difundida por aquella muchachita convocada en el despacho de su señoría para una deposición…-, pero acusarlo de esto, ¡yen qué forma! Ahí está, eso es cosa de la maldita oposición, deslenguada, envidiosa, amargada, incapaz de otra cosa que no sea difamación, bajeza. Además, ¡el procedimiento empleado! Ya el color de las gruesas letras con que un buen día amanecieron embadurnadas las paredes de algunas casas de la calle principal, podían hacer sospechar. Es cierto que luego los letreros se fueron pareciendo al arco iris del propio cielo, pero por puro disimulo; además ya se había producido el contraataque, de manera que nadie sabía más quién ni cómo había pintado. Ahora ya nadie entiende más nada en el pueblo. Ninguna
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investigación ha podido aclarar el misterio de los pintores nocturnos. Ni las multiplicadas rondas de los vigilantes; apenas los tabachís daban la vuelta ala manzana que cuando volvían, ya estaban las terribles acusaciones, goteando su infamia todavía fresca. Es cosa de brujería, son los poras, decían los soldaditos, yhabía que amenazarles con duros castigos, controlarles con la «brigada especial», comandada por el propio hijo del juez, para vencer el miedo yla resistencia aesas rondas endemoniadas. Las noches del pueblo se llenaron de «¡altos!», «carajos», «recontras» yruidos de los cerrojos de los fusiles; de poras que pintaban leyendas contra el «juez cuatrero». La acusación cayó como una bomba en el pueblo. No se trata de poner en duda o dar automáticamente por bien fundada la imputación. La cosa es que en este pueblo el ganado vale más que la mujer ycarnear un animal ajeno es peor que matar aun hermano de padre ymadre. Sí señor, esto viene de lejos y… es largo de explicar. Peor que liquidar aun pariente cercano; el delito es grave, gravísimo. Y además, ¡esa publicidad vergonzosa! Porque siempre hubo cuatrerismo en la región yhasta cuatreros famosos, como aquel Mate Cocido, que se decía «protector de los pobres», porque ayudaba aunos cuantos zaparrastrosos que le encubrían, yfue muerto como un perro, como el perro que mordió al hijo del Intendente, acribillado abalazos por la «junta de vecinos», fundada para perseguirlo y comandada por el propio señor comisario. Sí señor, hubo cuatreros por aquí, amontones; yal fi n de cuentas, el juez es un ser humano… tanto más que él maneja el registro de transferencia de ganados. Pero esto es cosa de la oposición, sin ninguna duda, como venganza, en primer lugar porque eran principalmente animales de los caudillos opositores los que desaparecían, yen segundo, porque estos infelices son unos malhablados de mierda, capaces de cualquier cosa. Hayque ver lo que hicieron cuando el juez dictó un bando atribuyendo la desaparición de ganados ala presencia de un jaguar en la zona. «juez jaguar» fue lo único que se les ocurrió agregar alas otras inscripciones. Y sin embargo, cerca del lugar del delito, se encontraban siempre rastros de un animal sanguinario como el jaguar, pisadas en la tierra ysobre todo una marca profunda de garras en el sitio en que se había consumado el hecho.
¿Qué pájaro yqué cuervo, qué alma en pena, qué murciélago escribía las leyendas nocturnas?, se preguntaban todos en el pueblo. Y así como
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no había tenido ningún efecto el bando, tampoco sirvió para nada la vaquillona que el mismo juez ofrendó ala Virgen del Rosario, yque valió algunos sermones en la misa principal de los domingos, en los que el cura Laya condenaba la maledicencia yprometía los peores tormentos del infi erno para los que levantaban falso testimonio, el dizque embustero, el infundio, faltando así alas sagradas prescripciones del tercer mandamiento de la LeyDivina. «Pecado mortal; alma condenada al báratro de las tinieblas eternas, el sempiterno fuego del averno», gritaba el Padre desde el púlpito sostenido por unos angelotes gordos que soplaban las cometas del juicio fi nal. Pero las feroces admoniciones solo asustaban aalgunas viejas beatas, que en medio de la sordera escuchaban fragmentos de las palabras terribles yveían los rayos lanzados por las manos ylos ojos del sacerdote ylos del espíritu santo de lata sobre su cabeza leonina.
Entonces vino el contraataque afondo del juez. Como medida previa hizo apresar atodos los principales jefes opositores. Bien merecido; pero las inscripciones no solo no cesaron, sino que por el contrario aumentaron. Cansado de hacer borronear las letrotas, mandó pintar sistemáticamente con su gente otras al lado de las que le acusaban. Comenzó con los caudillos adversos más conocidos. «Bartolo Jiménez cuatrero», «Antonio Portillo cuatrero», «Domingo Asayé cuatrero», «Amancio Peralta cuatrero»… Aquello fue una carrera, un torbellino de pincelazos yletrones, de colores yde nombres. Porque, fi nalmente, el juez no se detuvo en los nombres de los opositores; como tenía la lista de los habitantes del pueblo, los fue denunciando atodos, por si las moscas… Hasta que tuvo que poner más atención en sus leyendas cuando vino el comisario con un piquete de soldados aaveriguar por qué había difamado asu suegro ymiembro de la junta local del Partido.
Bueno, la cosa es que en este pueblo no haydemasiada gente para tanta pintura; pero, como es bien sabido aquí, el juez es letrado yhombre de recursos. Recomenzó la lista con los marcantes de la gente: «Lorito cuarto cuatrero», «Antonio karë cuatrero», «Vela de sebo cuatrero», «Burro lápiz cuatrero»… Pero eso sí, respetó las jerarquías ycaballerescamente alas mujeres. El comisario, el cura, el intendente, el presidente del Partido, el maestro, el boticario, el jefe de Impuestos Internos, el representante de la Corporación de Alcoholes y otros
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notables estaban fuera de toda sospecha, sobre todo teniendo en cuenta el incidente con el suegro del señor comisario; además, no era el caso de sembrar la anarquía ysoliviantar ala oposición. Y las mujeres, naturalmente, por caballerosidad yporque veía mal cómo podrían andar carneando de noche vacas ajenas, salvo doña María, la viuda del inglés. Una estanciera rica, más si es mujer-macho como esta, puede hacer las peores cosas, hasta matar novillos o toros de cría.
Noche anoche, noche tras noche, noche ynoche pinta que te pinta; ángeles o demonios, sombras o lechuzas, poras o cristianos mañeros escribiendo gruesas letras con la acusación vergonzosa contra la autoridad. Con el mismo entusiasmo, la gente del juez replicando dale que dale, retribuyendo pincelazo por pincelazo, cuatrero por cuatrero. Las fachadas se llenaron de nombres, de marcantes y por sobre todo, la superior presencia del juez, gran señor de las paredes del pueblo. Cuando ya no hubo muros en dónde pintar, ni siquiera en los ranchos de los suburbios, aparecieron inscripciones en las barrigas de los burros, sobre las costillas de los perros yen los fl ancos de las vacas, especialmente en los de colores claros, aunque la pintura blanca solucionaba perfectamente el caso de los pelos oscuros; el problema se planteó con los overos, los pintados ylos morunos, sobre los que era difícil distinguir las letras. Esta fase desagradó mucho atodo el mundo; una ola de protestas indignadas se levantó unánimemente. Para evitar la destrucción de las bellezas naturales, de esos adornos del pueblo -una vaca embadurnada es horrible, un perro pintado parece un pora, un burro manchado es indecente-, el juez hizo colocar grandes paneles en la plazoleta que está entre la Iglesia yla Municipalidad. Fue un suspiro de alivio popular yhasta atrajo una decena de turistas, entre ellos un gringo fotógrafo que se incorporó ala vida del pueblo con el marcante de Duende de Lata. Pero la cosa es que también esos cartelones se están llenando…
Yo, Sinforiano Santacruz, juez de paz letrado de este pueblo, preocupado por el bienestar de la población, acabo de ordenar que se coloquen nuevos paneles de tela blanca en la plazoleta del puerto. Cumplido con mi deber de magistrado, me pongo mi piel de jaguar, tomo mi gran garra de jaguar yme voy arealizar mi acostumbrada gira campestre…
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AUGUSTO ROA BASTOS
PIRULÍ
– ¡Pirulíí…! – grita la mujer hacia el rancho, sin dejar de meter entre los dientes del trapiche los trozos de caña dulce que va sacando de una pila. Al agacharse, el humo del cigarro se mezcla al vapor del rocío.
– ¡Pirulíí…, Pirulíí…! ¡Eyú puée…! – vuelve agritar Eleuteria por el costado de la boca, urgiendo aalguien que tarda en aparecer. Sus manos viborean junto alas muelas cilíndricas reponiéndoles su mascada de hinchados canutos que caen del otro lado en bagazo planchado, casi seco. El mosto gotea espeso yfragante de los cilindros de madera que gimen una vez acada vuelta con un gemido cadencioso y soñoliento de eje de carreta, al girar el malacate del que tira un matunguito apelechado yrengo.
En la espuma rosada del amanecer que aún tiene coágulos de noche al borde de la islita boscosa, la mujer yel caballo se mueven como las fi guras de un sueño que poco apoco van adquiriendo consistencia yrealidad. El chillido del trapiche sube ybaja como un hueso roído bajo la piel de rumores píos ymugidos que los gallos hilvanan de rojos cornetazos, uno tras otro, cada vez más remotos. El horizonte invisible empieza amoler luz como el trapiche de Eleuteria muele la caña de la «cochesa», en la menuda zafra doméstica.
Las ollas negras se van llenando lentamente. El caldo verde yespumoso atrae las lechiguanas del monte que zumban ávidas ymareadas en el olor azucarado. De las ollas o del bagazo van al lomo del caballejo cuyo cuero sarnoso, comida de uras yyatebús, se estremece al contacto de las trompetillas aladas. Mosto ykeresa, pus ymiel, humo, luz yvapor, movimientos, recuerdos, sonidos, hacen mezclados el espeso jarabe de la mañana que araña más que el tabaco la garganta de Eleuteria, Crisanto Alvarenga viudaré, que le dicen.
– ¡Pirulíí…! ¡Mita’í tepotíí…! – vuelve allamar roncamente más feliz que irritada contra el crío dormilón.
– ¡Ya voy, mamaíta…!
El rostro atezado de Eleuteria sonríe en secreto. En la puerta del rancho aparece por fi n un mita’í fl aco ydesnudo, con las greñas duras ylas facciones aún adormiladas. Bajo la capa de sueño que se está
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resquebrajando, la carita de comadreja de Pirulí es hermosa yterrible. Por su boca díscola ya empieza amanar la sonrisa como un tajo de sol sobre un guijarro limpio ycobrizo de arroyo. Bajo la piel oscura ya está despertando también el diablito naranjero.
– ¡Ajhátama, mamaíta!
Eleuteria no vuelve el rostro. Sabe que su hijo se está acabando de vestir en la puerta del rancho. Primero se ha enfundado el pantaloncito lleno de remiendos. Se ata el cinto de cuero trenzado del que cuelga la jondita de goma con horqueta de guavirá. Luego se viste la blusa, enorme porque fue del fi nado. Eleuteria le achicó un poco las costuras, pero se olvidó de las mangas. Pirulí se las arrolla alrededor de los brazos. Mientras sus dedos trabajan con los pliegues sucios yrotosos, en los bolsillos cantan las bolitas de vidrio yun poco más sordamente los bodoques de barro colorado cocidos al sol, acada uno de los cuales Pirulí encomendará certeramente en el cuero de su jondita la muerte de un chochí o de un havía korochiré. Sí, che karaíkuéra. Ese ko e’mi muchachito, ahí donde lo ven u’tedes, cabezudo pero lindo-porä, como un ta’angá hecho de cera de mbá’í pochy, retrato vivo ychiquito de mi pobre Crisanto, que en pá manté de’canse. Hayque ver las canas invernices que le saca. Moscas de ceniza entre el cabello oscuro. Le quebranta acada paso hasta los huesos del alma, pero lo quiere, lo quiere más que asu vida, porque sólo se quiere en este mundo lo que se paga con dolor de corazón.
– ¡Guá, mamaíta!
Eleuteria, tomada de improviso por el cariñoso empujón del chico, casi mete la mano en el trapiche.
– Mita’í tepotí! Ya me asutate otra vé, demoño tie’y…
– E’a, mamaíta. ¡Guá!, te dije nomá nikó. Vo’ko te asutá debarte voí.
– Güeno, quedáte aquí, atendé el trapiche. Vi’a traer leña para hacer el eíra.
– Sí, mamaíta.
Eleuteria toma el machete Barcelona yse interna en el montecito, brillante el hierro afi lado herido por la luz, oscura ella con el trapo fl oreado atado ala cabeza, el cuerpo enjuto, aún joven, casto ahora afuerza por la ausencia de su hombre muerto de una mala puñalada, aunque no muerto del todo porque está creciendo, viviendo de nuevo
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en este cachorro levantisco que tanto se le parece, que ha heredado su inclinación irresistible adesafi arlo todo, aburlarse de todo con un coraje feroz ysonriente.
Pirulí mete en el trapiche una caña tras otra. Ve gotear el mosto verde. Bebe uno o dos tragos en el hueco de sus manos. Ve caer el bagazo blanco del otro lado. Ve volar las lechiguanas ahítas con sus vientrecitos de seda negra, preñados de azúcar, apunto de estallar. El andar giratorio yrengo del matungo atado al palo del malacate, le da sueño. Bosteza. Se aburre. Por hacer algo levanta del suelo un macizo garrote ylo introduce en el trapiche en lugar de la caña. El caballejo ciego yapelechado encorva el espinazo, estira por encima de sus fuerzas, pero no puede. El trapiche pesa ahora más que la bordalesa de miel que suele llevar al pueblo tirando del carrito, pesa más que el arado, se ha vuelto pesado como el mundo. Los rodillos se atascan en el garrote. Es imposible levantar un tranco más, la mitad de un medio tranco siquiera. Pirulí frunce los labios vagamente satisfecho yretira el garrote de la muela. El caballejo fatigado espera con las verijas sumidas ypalpitantes por el esfuerzo, derramando una diarrea fl emosa ysanguinolenta.
– ¡Néike, cabayú tepotí! ¡Vamooo, puee...!
El matunguito no oye, no se mueve. Entonces, Pirulí desenreda del cinto su jondita yle dispara ye-mborayú-jhape dos bodocazos seguidos que explotan en el anca de la bestia sumisa. Su espinazo vuelve acurvarse en el estirón. Reanuda su marcha renga ycansina. El lamento del trapiche vuelve aoírse. Por afi nar la puntería, ensaya dos nuevos tiros; esta vez los bodoques estallan en polvo rojizo en las orejas del matungo, cuyos bordes empiezan asangrar para delicia de los tábanos. El caballo tuerce la cabeza hacia el chico sentado en cuclillas junto al trapiche.
– ¿Por qué, Pirulí? ¿Por qué? – parecen preguntar sus ojos muertos yhúmedos.
– ¡Jhooo…, jho’ooo…, vamooo, cabayú! – grita Pirulí por toda respuesta.
La marcha circular continúa. Continúa el intermitente lamento del trapiche. Es una carreta que anda fi ja en un punto, pisando caña, chorreando mosto en las ollas negras bajo el aire maravillosamente límpido de la mañana.
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