Добавил:
Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:

Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

.pdf
Скачиваний:
0
Добавлен:
07.09.2026
Размер:
1 Мб
Скачать
☆
ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ЧИЛИ
que digamos. El turista empecinado, después de un agitado vuelo en avioneta o una interminable travesía en bote, puede visitar la cueva donde el escocés sobrevivió comiendo hierbas ypescado.
La lejanía nos da alos chilenos una mentalidad insular yla portentosa belleza de la tierra nos hace engreídos. Nos creemos el centro del mundo - consideramos que Greenwich debiera estar en Santiago- ydamos la espalda aAmérica Latina, siempre comparándonos con Europa. Somos autorreferentes, el resto del universo sólo existe para consumir nuestros vinos yproducir equipos de fútbol alos cuales podamos ganar. Al visitante le aconsejo no poner en duda las maravillas que oiga sobre el país, su vino ysus mujeres, porque al extranjero no se le permite criticar, para eso haymás de quince millones de nativos que lo hacen todo el tiempo. Si Marco Polo hubiera desembarcado en nuestras costas después de treinta años de aventuras por Asia, lo primero que le habrían dicho es que nuestras empanadas son mucho más sabrosas que toda la cocina del Celeste Imperio. (¡Ah! Ésta es otra característica nuestra: opinamos sin fundamento, pero en un tono de tal certeza, que nadie lo pone en duda.) Confieso que también padezco de ese escalofriante chovinismo. La primera vez que visité San Francisco ytuve ante mis ojos los suaves cerros dorados, la majestad de los bosques yel espejo verde de la bahía, mi único comentario fue que se parecía ala costa chilena. Después comprobé que la fruta más dulce, los vinos más delicados yel pescado más fino son importados de Chile, naturalmente. Para ver ami país con el corazón hayque leer aPablo Neruda, el poeta nacional que inmortalizó en sus versos los soberbios paisajes, los aromas yamaneceres, la lluvia tenaz yla pobreza digna, el estoicismo yla hospitalidad. Ése es el país de mis nostalgias, el que invoco en mis soledades, el que aparece como telón de fondo en tantas de mis historias, el que se me aparece en sueños. Hayotras caras de Chile, por supuesto: una materialista yarrogante, cara de tigre, que vive contándose las rayas ypeinándose los bigotes; otra deprimida, cruzada por las brutales cicatrices del pasado; una que se le presenta sonriente aturistas ybanqueros; aquella que espera resignada el próximo cataclismo geológico o político. Chile da para todo.
61
Е. В. ЖУРАВЛЕВА. ПРАКТИКУМ ПО КУЛЬТУРЕ РЕЧЕВОГО ОБЩЕНИЯ: ЛИНГВОКУЛЬТУРОЛОГИЧЕСКИЙ АСПЕКТ
Боливия, Перу, Эквадор
MARIO VARGAS LLOSA
LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR (Fragmento)
En el centro polvoriento de la ciudad, al mediar el jirón Ica, hayuna vieja casa de balcones ycelosías cuyas paredes maculadas por el tiempo ylos incultos transeúntes (manos sentimentales que graban fl echas ycorazones yrasgan nombres de mujer, dedos aviesos que esculpen sexos ypalabrotas) dejan ver todavía, como alo lejos, celajes de la que fuera pintura original, ese color que en la Colonia adornaba mansiones aristocráticas: el azul añil. La construcción, ¿antigua residencia de marqueses?, es hoyuna endeble fábrica reparchada que resiste de milagro, no ya los temblores, incluso los moderados vientos limeños yhasta la discretí sima garú a. Corroí da de arriba abajo por las polillas, anidada de ratas yde musarañ as, ha sido dividida ysubdividida muchas veces, patios ycuartos que la necesidad vuelve colmenas, para albergar má s ymá s inquilinos. Una muchedumbre de condició n modesta vive entre (ypuede perecer aplastada bajo) sus frá giles tabiques yraquí ticos techos. Allí , en la segunda planta, en media docena de habitaciones llenas de ancianidad ycachivaches, tal vez no pulqué rrimas, pero sí moralmente intachables, funciona la Pensió n Colonial.
Sus dueñ os yadministradores son los Bergua, una familia de tres personas que vino aLima desde la empedrada ciudad serrana de las innumerables iglesias, Ayacucho, hace má s de treinta añ os, yque aquí , oh manes de la vida, ha ido declinando en lo fí sico, en lo econó mico, en lo social yhasta en lo psí quico, yque, sin duda, en esta Ciudad de los Reyes entregará su alma ytransmigrará apez, ave o insecto.
Hoy, la Pensió n Colonial vive una atribulada decadencia, y sus clientes son personas humildes e insolventes, en el mejor caso curitas provincianos que vienen ala capital ahacer trá mites arzobispales, yen el peor campesinotas de mejillas amoratadas yojos de vicuñ a que guardan sus monedas en pañ uelos rosados yrezan el rosario en quechua. No haysirvientas en la pensió n, desde luego, ytodo el trabajo de tender las camas, arreglar, hacer la compra, preparar la comida, recae
62
ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. БОЛИВИЯ, ПЕРУ, ЭКВАДОР
sobre la señ ora Margarita Bergua ysu hija, una doncella de cuarenta añ os que responde al perfumado nombre de Rosa. La señ ora Margarita Bergua es (como su nombre en diminutivo parecerí a indicar) una mujer muyrenacuaja, delgadita, con má s arrugas que una pasa, yque curiosamente huele agato (ya que no haygatos en la pensió n). Trabaja sin descanso desde la madrugada hasta el anochecer, ysus evoluciones por la casa, por la vida, son espectaculares, pues, teniendo una pierna veinte centí metros má s corta que la otra, usa un zapato tipo zanco, con plataforma de madera parecida acaja de lustrabotas, que le construyó hace ya muchos añ os un habilidoso retablista ayacuchano, yque al arrastrarse por el suelo de tablas produce conmoció n. Siempre fue ahorrativa, pero, con los añ os, esta virtud degeneró en maní a yahora no cabe duda que le conviene el acre adjetivo de tacañ a. Por ejemplo, no permite que ningú n pensionista se bañ e sino el primer viernes de cada mes yha impuesto la argentina costumbre –tan popular en los hogares del hermano paí s– de no jalar la cadena del excusado sino una vez al dí a (lo hace ella misma, antes de acostarse) alo que la Pensió n Colonial debe, en un ciento por ciento, ese tufi llo constante, espeso ytibio, que, sobre todo al principio, marea alos pensionistas (ella, imaginació n de mujer que guisa respuestas para todo, sostiene que gracias aé l duermen mejor).
La señ orita Rosa tiene (o má s bien tení a, porque despué s de la gran tragedia nocturna hasta eso cambió ) alma ydedos de artista. De niñ a, en Ayacucho, cuando la familia estaba en su apogeo (tres casas. de piedra yunas tierritas con ovejas) comenzó aaprender piano ylo aprendió tan bien que llegó adar un recital en el Teatro de la ciudad al que asistieron el alcalde yel prefecto yen el que sus padres, oyendo los aplausos, lloraron de emoció n. Estimulados por esta gloriosa velada, en la que tambié n zapatearon unas ñ ustas, los Bergua decidieron vender todo lo que tení an ymudarse aLima para que su hija llegara aser concertista. Por eso adquirieron esa casona (que luego fueron vendiendo yalquilando apedazos), por eso compraron un piano, por eso matricularon ala dotada criatura en el Conservatorio Nacional. Pero la gran ciudad lasciva destrozó rá pido las ilusiones provincianas. Pues pronto descubrieron los Bergua algo que no hubieran sospechado jamá s: Lima era un antro de un milló n de pecadores ytodos ellos, sin
63
Е. В. ЖУРАВЛЕВА. ПРАКТИКУМ ПО КУЛЬТУРЕ РЕЧЕВОГО ОБЩЕНИЯ: ЛИНГВОКУЛЬТУРОЛОГИЧЕСКИЙ АСПЕКТ
una miserable excepció n, querí an cometer estupro con la inspirada ayacuchana. Era al menos lo que, ojazos que el susto redondea ymoja, contaba la adolescente de bruñ idas trenzas mañ ana, tarde ynoche: el profesor de solfeo se habí a lanzado sobre ella bufando y pretendido consumar el pecado sobre un colchó n de partituras, el portero del Conservatorio le habí a consultado obscenamente «¿quisieras ser mi meretriz?», dos compañ eros la habí an invitado al bañ o para que los viera hacer pipí , el policí a de la esquina al que preguntó una direcció n confundié ndola con alguien la habí a querido ordeñ ar yen el ó mnibus, el conductor, al cobrarle el pasaje le habí a pellizcado el pezó n... Decididos adefender la integridad de ese himen que, moral serrana de preceptos indoblegables como má rmoles, la joven pianista só lo asu futuro amo yesposo deberí a sacrifi car, los Bergua cancelaron el Conservatorio, contrataron auna señ orita que daba clases adomicilio, vistieron aRosa como monja yle prohibieron salir ala calle salvo acompañ ada por ellos dos. Han pasado veinticinco añ os desde entonces, y, en efecto, el himen sigue entero yen su sitio, pero aestas alturas ya la cosa no tiene mucho mé rito, porque fuera de ese atractivo –tan desdeñ ado, ademá s, por los jó venes modernos– la ex–pianista (desde la tragedia las clases fueron suprimidas yel piano vendido para pagar el hospital ylos mé dicos) carece de otros que ofrecer. Se ha entumecido, torcido, achicado, y, sumergida en esas tú nicas anti–afrodisí acas que acostumbra llevar yen esos capuchones que ocultan su pelo ysu frente, má s parece un bulto andante que una mujer. Ella insiste en que los hombres la tocan, la amedrentan con proposiciones fé tidas yquieren violarla, pero, aestas alturas, hasta sus padres se preguntan si esas quimeras fueron alguna vez verdad.
Pero la fi gura realmente conmovedora ytutelar de la Pensió n Colonial es don Sebastiá n Bergua, anciano de frente ancha, nariz aguileñ a, mirada penetrante yrectitud ybondad en el espí ritu. Hombre chapado ala antigua, si se quiere, ha conservado de sus remotos antepasados, esos hispá nicos conquistadores, los hermanos Bergua, oriundos de las alturas de Cuenca, que llegaron al Perú con Pizarro, no tanto aquella aptitud para el exceso que los llevó adar garrote vil acentenares de incas (cada uno) y apreñ ar un nú mero comparativo de vestales cuzqueñ as, como el espí ritu acendradamente cató lico yla
64
ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. БОЛИВИЯ, ПЕРУ, ЭКВАДОР
audaz convicció n de que los caballeros de rancia estirpe pueden vivir de sus rentas yde la rapiñ a, pero no del sudor.
Desde niñ o, habí a ido amisa adiario, comulgado todos los viernes en homenaje al Señ or de Limpias, de quien era devoto pertinaz, yse habí a dado azotes o llevado cilicio lo menos tres dí as al mes. Su repugnancia al trabajo, quehacer porteñ o yvil, habí a sido siempre tan extrema que incluso se habí a negado acobrar los alquileres de los predios que le permití an vivir, y, ya radicado en Lima, jamá s se habí a molestado en ir al Banco por los intereses de los bonos en que tení a invertido su dinero. Estas obligaciones, prá cticos asuntos que está n al alcance de las faldas, habí an corrido siempre acargo de la diligente Margarita, y, cuando la niñ a creció , de ella yde la ex–pianista.
Hasta antes de la tragedia que aceleró cruelmente la decadencia de los Bergua, maldició n de familia de la que no quedará ni el nombre, la vida de don Sebastiá n en la capital habí a sido la de un escrupuloso gentilhombre cristiano. Solí a levantarse tarde, no por pereza sino para no desayunar con los pensionistas –no despreciaba alos humildes pero creí a en la necesidad de las distancias sociales y, principalmente, raciales–, tomaba una colació n frugal e iba aescuchar la misa. Espí ritu curioso ypermeable ala historia, visitaba siempre iglesias distintas –San Agustí n, San Pedro, San Francisco, Santo Domingo– para, al mismo tiempo que cumplir con Dios, regocijar su sensibilidad contemplando las obras maestras de la fe colonial; esas pé treas reminiscencias del pasado, por lo demá s, trasladaban su espí ritu hacia los tiempos de la Conquista yde la Colonia –cuá nto má s coloreados que el grisá ceo presente– en los que hubiera preferido vivir y ser un temerario capitá n o un pí o destructor de idolatrí as. Imbuido de fantasí as pasadistas, regresaba don Sebastiá n por las calles atareadas del centro – erecto y cauto en su pulcro terno negro, su camisa de cuello ypuñ os postizos donde destellaba el almidó n ysus zapatos fi niseculares con escarpines de charol– hacia la Pensió n Colonial, donde, arrellanado en una mecedora frente al balcó n de celosí as –tan afí n asu espí ritu perricholista– pasaba el resto de la mañ ana leyendo murmuradoramente los perió dicos, avisos incluidos, para saber có mo iba el mundo. Leal asu estirpe, luego del almuerzo –que no tení a má s remedio que compartir con los pensionistas, alos que trataba
65
Е. В. ЖУРАВЛЕВА. ПРАКТИКУМ ПО КУЛЬТУРЕ РЕЧЕВОГО ОБЩЕНИЯ: ЛИНГВОКУЛЬТУРОЛОГИЧЕСКИЙ АСПЕКТ
empero con urbanidad– cumplí a con el españ olí simo rito de la siesta. Luego volví a aenfundarse su terno oscuro, su camisa almidonada, su sombrero gris ycaminaba pausadamente hasta el Club Tambo– Ayacucho, institució n que en unos altos del jiró n Cailloma congregaba amuchos conocidos de su bella tierra andina, jugando dominó , casino, rocambor, chismeando de polí tica y, alguna vez –humano que era–, de temas impropios para señ oritas, veí a caer la tarde ylevantarse la noche. Regresaba entonces, sin prisa, ala Pensió n Colonial, tomaba su sopa ysu puchero asolas en su habitació n, escuchaba algú n programa de radio yse dormí a en paz con su conciencia ycon Dios.
Pero eso era antes. Hoy, don Sebastiá n no pone jamá s los pies en la calle, nunca cambia su atuendo –que es, dí a ynoche, un pijama color ladrillo, una bata azul, unas medias de lana yunas zapatillas de alpaca– y, desde la tragedia, no ha vuelto apronunciar una frase. Ya no va amisa, ya no lee los diarios. Cuando está bien, los ancianos pensionistas (desde que descubrieron que todos los hombres del mundo eran sá tiros, los dueñ os de la Pensió n Colonial só lo aceptaron clientes femeninos o decré pitos, varones de apetencia sexual mermada asimple vista por enfermedades o edad) lo ven ambular como un fantasma por los oscuros yañ osos aposentos, con la mirada perdida, sin afeitar ycon los casposos cabellos revueltos, o lo ven sentado, columpiá ndose suavemente en la mecedora, mudo ypasmado, horas de horas. Ya no desayuna ni almuerza con los hué spedes, pues, sentido del ridí culo que corretea alos aristó cratas hasta el hospicio, don Sebastiá n no puede llevarse el cubierto ala boca yson su esposa e hija quienes le dan de comer. Cuando está mal, los pensionistas ya no lo ven: el noble anciano permanece en cama, su habitació n clausurada con llave. Pero lo oyen; oyen sus rugidos, sus ayes, su quejumbre o sus alaridos que estremecen los vidrios. Los recié n llegados ala Pensió n Colonial se sorprenden, durante estas crisis, que, mientras el descendiente de conquistadores aú lla, doñ a Margarita yla señ orita Rosa continú en barriendo, arreglando, cocinando, sirviendo yconversando como si nada ocurriera. Piensan que son desamoradas, de corazó n glacial, indiferentes al sufrimiento del esposo ypadre. A los impertinentes que, señ alando la puerta cerrada, se atreven apreguntar: «¿don Sebastiá n se siente mal?», la señ ora Margarita les responde con mala voluntad:
66
ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. БОЛИВИЯ, ПЕРУ, ЭКВАДОР
«No tiene nada, se está acordando de un susto, ya le va apasar». Y, en efecto, alos dos o tres dí as, termina la crisis ydon Sebastiá n emerge alos pasillos yaposentos de la Pensió n Bayer, pá lido yfl aco entre las telarañ as ycon una mueca de terror.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
ANTIMEMORIAS.
CÓMO Y POR QUÉ ODIÉ LOS LIBROS PARA NIÑOS
Creo que pocos niños habrán odiado tanto como yo los libros. Eran, además, objeto de mi terror. Cuando se acercaba la Navidad oel día de mi cumpleaños, empezaba avivir el terrible desasosiego que representaba imaginarme aalgún amigo de mis padres llegando avisitarme con una sonrisa en los labios yun libro de Julio Verne, por ejemplo, en las manos. Era mi regalo ytenla que agradecérselo, cosa que siempre hice, por no arruinarle la fi esta alos demás, en lo cual había una gran injusticia, creo yo, porque la fi esta era para mí, para que la gente me dejara feliz con un regalito, yen cambio a mi me dejaban profundamente infeliz y, lo que es peor, con la obligación de deshacerme en agradecimientos para que el aguafi estas de turno pudiera despedirse tan satisfecho ysonriente como llegó. El colmo fue cuando asesinaron al padre de uno de los amigos más queridos que tuve en mi colegio de monjas norteamericanas para niñitos peruanos con cuenta bancaria en el extranjero, por decirlo de alguna manera. La noticia me puso en un estado de sufrimiento tal, que sólo podría atribuírselo aun niño pobre, dentro de la escala de valores en la que iba siendo educado, por lo que se optó por ponerme en cuarentena hasta que terminara de sufrir de esa manera tan espantosa. Me metieron ala cama yme mandaron auna de esas tías que siempre está al alcance de la mano cuando ocurre alguna desgracia, y ala pobre no se le ocurrió nada menos que traerme un libro que un tal D’Amicis, creo, escribió para que los niños lloraran de una vez por todas, también creo.
Regresé al colegio con el corazón hecho pedazos, por lo cual ahora me parece recordar que el libro se llamaba Corazón. Y cuando llegó la primera comunión y, con ella, la primera confesión que la precede, el
67
Е. В. ЖУРАВЛЕВА. ПРАКТИКУМ ПО КУЛЬТУРЕ РЕЧЕВОГО ОБЩЕНИЯ: ЛИНГВОКУЛЬТУРОЛОГИЧЕСКИЙ АСПЕКТ
primer pecado que le solté aun curita norteamericano preparado sólo para confesión de niños (a juzgar por el lío que se le hizo al pobre tener que juzgar divinamente ycon penitencia, además, un pecado de niño tan complejo), fue que, por culpa de un libro, yo me había olvidado de un crimen yde mi huérfano amigo y, apesar de los remordimientos ydel combate interior con el demonio, había terminado llorando como loco por un personaje de esos que no existen, padre, porque los llaman de fi cción.
– ¿Cómo fue el combate con el demonio? – me preguntó el pobre curita totalmente desbordado por mi confesión.
– Fue debajo de la sábana, padre, para que no me viera el demonio.
– ¡Para que no te viera quién!
– El demonio, padre. Es una tía vieja que mi papá llama solterona yque según he oído decir siempre aparece cuando algo malo sucede o está apunto de suceder. Yo me escondí bajo la sábana para que ella no se diera cuenta de que había cambiado el llanto de mi amigo por el del libro.
El padrecito me dio la absolución lo más rápido que pudo, para que no me fuera aarrancar con otro pecado tan raro, ylogré hacer una primera comunión bastante tembleque. Años después me enteré por mi madre que el curita la había convocado inmediatamente después de mi extraña confesión, yque le había dado una opinión bastante norteamericana ysimplista de mi persona, sin duda alguna porque era de Texas ytenía un acento horripilante. Según mi madre, el curita le dijo que yo había nacido muypoco competitivo, que no había en mí el más mínimo asomo de líder nato, yque si no me educaban de una manera menos sensible podía llegar incluso aconvertirme en lo que en la tierra de Washington, Jefferson yJohn Wayne, se llamaba un perdedor nato. Mis padres decidieron cambiarme inmediatamente aun colegio inglés, porque un guía espiritual con ese acento podría arruinar para toda la vida mi formación en inglés.
Con los años se logró que mejorara mi acento, pero mi problema con los libros no se resolvió hasta que llegué al penúltimo año de secundaria, en un internado británico. Un profesor, que siempre tenía razón, porque era el más loco de todos, en el disparatado yanacrónico refrito inglés que era aquel colegio, nos puso en fila
68
ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. БОЛИВИЯ, ПЕРУ, ЭКВАДОР
atodos, un día, ynos empezó adecir qué carrera debíamos seguir ycuál era la vocación de cada uno y, también, quiénes eran los que ahí no tenían vocación alguna yquiénes, apesar de tener vocación, debían abandonar toda tentativa de ingreso auna Universidad, porque ala entrada de la Universidad- de Salamanca, en España, hayun letrero que dice: «Lo que natura no da, Salamancano lo presta». Un buen porcentaje de alumnos entró en esta categoría, por llamarla de alguna manera, pero, sin duda, el que se llevó la mayor sorpresa fui yo, cuando me dijo que iba aser escritor o que, mejor dicho, ya lo era. Le pedí una cita especial, porque seguía considerando que mi odio por los libros era algo muyespecial, yentonces, por fin, afuerza de analizar yanalizar mil recuerdos, logramos dar con la clave del problema.
Según él, lo que me había ocurrido era que, desde niño, apunta de regalarme libros para niños, me hablan interrumpido constantemente mi propia creación literaria de la vida. En efecto, recordé, yasí se lo dije, que de niño yo me pasaba horas yhoras tumbado en una cama, como quien se va aquedar así para siempre, yconstruyendo mis propias historias, muytristes aveces, muyalegres otras, pues en ellas participaban mis amigos más queridos (ytambién mis enemigos acérrimos, por eso de la maldad infantil), yque yo con eso era capaz de llorar yreír solito, de llorar amares yreírme acarcajadas, cosa que preocupaba terriblemente amis padres. «Ahí está otra vez el chico ese haciendo unos ruidos rarísimos sobre la cama», era una frase que amenudo les oí decir. El profesor me dijo que eso era, precisamente, literatura, pura literatura, que no es lo mismo que literatura pura, yque mi odio alos libros se debía aque, de pronto, un objeto real, un libro de cuya realidad yo no necesitaba para nada en ese momento, había venido ainterrumpir mi realidad literaria.
En ese mismo instante, recuerdo, se me aclaró aquel problema que, aterrado, había creído ser un grave pecado cometido justo antes de mi primera comunión. Aquel pecado que tanto espantó al curita norteamericano ysobre el cual dio una explicación que, según mi madre, tomando su té alas cinco y
leyendo aOscar Wilde, sólo podía
compararse con su acento tejano.
69
Е. В. ЖУРАВЛЕВА. ПРАКТИКУМ ПО КУЛЬТУРЕ РЕЧЕВОГО ОБЩЕНИЯ: ЛИНГВОКУЛЬТУРОЛОГИЧЕСКИЙ АСПЕКТ
Claro, aquel libro lo habla tenido que escuchar (los otros, generalmente, los arrojaba ala basura). Y ahora que lo recuerdo ylo entiendo todo, lo había tenido que escuchar mientras yo estaba recreando, en forma personalizado, o sea necesaria, el asesinato del padre de mi excelente amigo de infancia norteamericana. Me encontraba, seguro, muyal comienzo de una historia que iba aimaginar en el lejano Oeste ymuy triste, particularmente dura ytriste puesto que se trataba de ese amigo yese colegio. Y cuando la lectura de mi tía, cogiéndome desprevenido ydesarmado, por lo poco elaborada que estaba aún mi narración, impuso la tristeza del libro sobre la mía, yo viví aquello como una cruel traición aun amigo. Y ese fue el pecado que le llevé al curita tejano.
Desde entonces, desde que dejé de leer libros que otros me daban, empecé agozar yDios sabe cuánto me ayuda hoyla literatura de los demás en la elaboración de mis propias fi cciones. Cuando escribo, en efecto, es cuando más leo... Pero, eso sí, algo quedó de aquel trauma infantil yes ese pánico por los libros que, autores absolutamente desconocidos, me han hecho llegar por correo o me han entregado sin que en mí hubiese brotado ese sentimiento de apertura, curiosidad, ysimpatía total que me guía cuando leo el libro de un escritor que acabo de conocer ycon el cual he simpatizado.
Cuando me mandan un manuscrito o un libro aquemarropa siento, en cambio, la terrible tentación de reaccionar como el Duque de Albufera, cuando Proust le envió un libro yluego lo llamó para ver si lo había recibido. El propio Proust narra con desenfado su conversación con su amigo Luigi:
– Mi querido Luigi, ¿has recibido mi último libro?
– ¿Libro, Marcel? ¿Tú has escrito un libro?
– Claro, Luigi; yademás te lo he enviado.
– ¡Ah!, mi querido Marcel, si me lo has enviado, de más está decirte que sí lo he leído. Lo malo es que no estoymuy seguro de haberlo recibido.
70
Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]