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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ЧИЛИ
que digamos. El turista empecinado, después de un agitado vuelo en
avioneta o una interminable travesía en bote, puede visitar la cueva
donde el escocés sobrevivió comiendo hierbas ypescado.
La lejanía nos da a los chilenos una mentalidad insular y la
portentosa belleza de la tierra nos hace engreídos. Nos creemos
el centro del mundo - consideramos que Greenwich debiera
estar en Santiago- ydamos la espalda a América Latina, siempre
comparándonos con Europa. Somos autorreferentes, el resto del
universo sólo existe para consumir nuestros vinos yproducir equipos
de fútbol alos cuales podamos ganar. Al visitante le aconsejo no
poner en duda las maravillas que oiga sobre el país, su vino ysus
mujeres, porque al extranjero no se le permite criticar, para eso
haymás de quince millones de nativos que lo hacen todo el tiempo.
Si Marco Polo hubiera desembarcado en nuestras costas después
de treinta años de aventuras por Asia, lo primero que le habrían
dicho es que nuestras empanadas son mucho más sabrosas que
toda la cocina del Celeste Imperio. (¡Ah! Ésta es otra característica
nuestra: opinamos sin fundamento, pero en un tono de tal certeza,
que nadie lo pone en duda.) Confieso que también padezco de ese
escalofriante chovinismo. La primera vez que visité San Francisco
ytuve ante mis ojos los suaves cerros dorados, la majestad de los
bosques yel espejo verde de la bahía, mi único comentario fue que
se parecía ala costa chilena. Después comprobé que la fruta más
dulce, los vinos más delicados yel pescado más fino son importados
de Chile, naturalmente. Para ver ami país con el corazón hayque
leer a Pablo Neruda, el poeta nacional que inmortalizó en sus
versos los soberbios paisajes, los aromas yamaneceres, la lluvia
tenaz y la pobreza digna, el estoicismo y la hospitalidad. Ése es
el país de mis nostalgias, el que invoco en mis soledades, el que
aparece como telón de fondo en tantas de mis historias, el que se
me aparece en sueños. Hayotras caras de Chile, por supuesto: una
materialista yarrogante, cara de tigre, que vive contándose las rayas
ypeinándose los bigotes; otra deprimida, cruzada por las brutales
cicatrices del pasado; una que se le presenta sonriente aturistas
y banqueros; aquella que espera resignada el próximo cataclismo
geológico o político. Chile da para todo.
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Боливия, Перу, Эквадор
MARIO VARGAS LLOSA
LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR (Fragmento)
En el centro polvoriento de la ciudad, al mediar el jirón Ica, hayuna
vieja casa de balcones ycelosías cuyas paredes maculadas por el tiempo
y los incultos transeúntes (manos sentimentales que graban fl echas
ycorazones yrasgan nombres de mujer, dedos aviesos que esculpen
sexos ypalabrotas) dejan ver todavía, como alo lejos, celajes de la que
fuera pintura original, ese color que en la Colonia adornaba mansiones
aristocráticas: el azul añil. La construcción, ¿antigua residencia de
marqueses?, es hoy una endeble fábrica reparchada que resiste de
milagro, no ya los temblores, incluso los moderados vientos limeños
yhasta la discretí sima garú a. Corroí da de arriba abajo por las polillas,
anidada de ratas yde musarañ as, ha sido dividida ysubdividida muchas
veces, patios ycuartos que la necesidad vuelve colmenas, para albergar
má s ymá s inquilinos. Una muchedumbre de condició n modesta vive
entre (ypuede perecer aplastada bajo) sus frá giles tabiques yraquí ticos
techos. Allí , en la segunda planta, en media docena de habitaciones
llenas de ancianidad y cachivaches, tal vez no pulqué rrimas, pero sí
moralmente intachables, funciona la Pensió n Colonial.
Sus dueñ os y administradores son los Bergua, una familia de tres
personas que vino aLima desde la empedrada ciudad serrana de las
innumerables iglesias, Ayacucho, hace má s de treinta añ os, yque aquí ,
oh manes de la vida, ha ido declinando en lo fí sico, en lo econó mico, en
lo social yhasta en lo psí quico, yque, sin duda, en esta Ciudad de los
Reyes entregará su alma ytransmigrará apez, ave o insecto.
Hoy, la Pensió n Colonial vive una atribulada decadencia, y sus
clientes son personas humildes e insolventes, en el mejor caso curitas
provincianos que vienen a la capital a hacer trá mites arzobispales,
y en el peor campesinotas de mejillas amoratadas y ojos de vicuñ a
que guardan sus monedas en pañ uelos rosados y rezan el rosario en
quechua. No haysirvientas en la pensió n, desde luego, ytodo el trabajo
de tender las camas, arreglar, hacer la compra, preparar la comida, recae
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sobre la señ ora Margarita Bergua y su hija, una doncella de cuarenta
añ os que responde al perfumado nombre de Rosa. La señ ora Margarita
Bergua es (como su nombre en diminutivo parecerí a indicar) una
mujer muyrenacuaja, delgadita, con má s arrugas que una pasa, yque
curiosamente huele agato (ya que no haygatos en la pensió n). Trabaja
sin descanso desde la madrugada hasta el anochecer, ysus evoluciones
por la casa, por la vida, son espectaculares, pues, teniendo una pierna
veinte centí metros má s corta que la otra, usa un zapato tipo zanco, con
plataforma de madera parecida acaja de lustrabotas, que le construyó
hace ya muchos añ os un habilidoso retablista ayacuchano, y que al
arrastrarse por el suelo de tablas produce conmoció n. Siempre fue
ahorrativa, pero, con los añ os, esta virtud degeneró en maní a yahora
no cabe duda que le conviene el acre adjetivo de tacañ a. Por ejemplo,
no permite que ningú n pensionista se bañ e sino el primer viernes de
cada mes yha impuesto la argentina costumbre –tan popular en los
hogares del hermano paí s– de no jalar la cadena del excusado sino una
vez al dí a (lo hace ella misma, antes de acostarse) alo que la Pensió n
Colonial debe, en un ciento por ciento, ese tufi llo constante, espeso
y tibio, que, sobre todo al principio, marea a los pensionistas (ella,
imaginació n de mujer que guisa respuestas para todo, sostiene que
gracias aé l duermen mejor).
La señ orita Rosa tiene (o má s bien tení a, porque despué s de la
gran tragedia nocturna hasta eso cambió ) alma ydedos de artista. De
niñ a, en Ayacucho, cuando la familia estaba en su apogeo (tres casas.
de piedra yunas tierritas con ovejas) comenzó a aprender piano ylo
aprendió tan bien que llegó adar un recital en el Teatro de la ciudad al
que asistieron el alcalde yel prefecto yen el que sus padres, oyendo los
aplausos, lloraron de emoció n. Estimulados por esta gloriosa velada,
en la que tambié n zapatearon unas ñ ustas, los Bergua decidieron
vender todo lo que tení an ymudarse a Lima para que su hija llegara
a ser concertista. Por eso adquirieron esa casona (que luego fueron
vendiendo yalquilando apedazos), por eso compraron un piano, por
eso matricularon a la dotada criatura en el Conservatorio Nacional.
Pero la gran ciudad lasciva destrozó rá pido las ilusiones provincianas.
Pues pronto descubrieron los Bergua algo que no hubieran sospechado
jamá s: Lima era un antro de un milló n de pecadores ytodos ellos, sin
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una miserable excepció n, querí an cometer estupro con la inspirada
ayacuchana. Era al menos lo que, ojazos que el susto redondea ymoja,
contaba la adolescente de bruñ idas trenzas mañ ana, tarde ynoche: el
profesor de solfeo se habí a lanzado sobre ella bufando y pretendido
consumar el pecado sobre un colchó n de partituras, el portero del
Conservatorio le habí a consultado obscenamente «¿quisieras ser mi
meretriz?», dos compañ eros la habí an invitado al bañ o para que los
viera hacer pipí , el policí a de la esquina al que preguntó una direcció n
confundié ndola con alguien la habí a querido ordeñ ar yen el ó mnibus, el
conductor, al cobrarle el pasaje le habí a pellizcado el pezó n... Decididos
adefender la integridad de ese himen que, moral serrana de preceptos
indoblegables como má rmoles, la joven pianista só lo asu futuro amo
y esposo deberí a sacrifi car, los Bergua cancelaron el Conservatorio,
contrataron auna señ orita que daba clases adomicilio, vistieron aRosa
como monja yle prohibieron salir ala calle salvo acompañ ada por ellos
dos. Han pasado veinticinco añ os desde entonces, y, en efecto, el himen
sigue entero yen su sitio, pero aestas alturas ya la cosa no tiene mucho
mé rito, porque fuera de ese atractivo –tan desdeñ ado, ademá s, por los
jó venes modernos– la ex–pianista (desde la tragedia las clases fueron
suprimidas y el piano vendido para pagar el hospital y los mé dicos)
carece de otros que ofrecer. Se ha entumecido, torcido, achicado, y,
sumergida en esas tú nicas anti–afrodisí acas que acostumbra llevar yen
esos capuchones que ocultan su pelo ysu frente, má s parece un bulto
andante que una mujer. Ella insiste en que los hombres la tocan, la
amedrentan con proposiciones fé tidas yquieren violarla, pero, aestas
alturas, hasta sus padres se preguntan si esas quimeras fueron alguna
vez verdad.
Pero la fi gura realmente conmovedora y tutelar de la Pensió n
Colonial es don Sebastiá n Bergua, anciano de frente ancha, nariz
aguileñ a, mirada penetrante yrectitud ybondad en el espí ritu. Hombre
chapado a la antigua, si se quiere, ha conservado de sus remotos
antepasados, esos hispá nicos conquistadores, los hermanos Bergua,
oriundos de las alturas de Cuenca, que llegaron al Perú con Pizarro,
no tanto aquella aptitud para el exceso que los llevó adar garrote vil
acentenares de incas (cada uno) y apreñ ar un nú mero comparativo
de vestales cuzqueñ as, como el espí ritu acendradamente cató lico yla
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audaz convicció n de que los caballeros de rancia estirpe pueden vivir
de sus rentas yde la rapiñ a, pero no del sudor.
Desde niñ o, habí a ido amisa adiario, comulgado todos los viernes en
homenaje al Señ or de Limpias, de quien era devoto pertinaz, yse habí a
dado azotes o llevado cilicio lo menos tres dí as al mes. Su repugnancia
al trabajo, quehacer porteñ o yvil, habí a sido siempre tan extrema que
incluso se habí a negado a cobrar los alquileres de los predios que le
permití an vivir, y, ya radicado en Lima, jamá s se habí a molestado en ir
al Banco por los intereses de los bonos en que tení a invertido su dinero.
Estas obligaciones, prá cticos asuntos que está n al alcance de las faldas,
habí an corrido siempre acargo de la diligente Margarita, y, cuando la
niñ a creció , de ella yde la ex–pianista.
Hasta antes de la tragedia que aceleró cruelmente la decadencia de
los Bergua, maldició n de familia de la que no quedará ni el nombre,
la vida de don Sebastiá n en la capital habí a sido la de un escrupuloso
gentilhombre cristiano. Solí a levantarse tarde, no por pereza sino para
no desayunar con los pensionistas –no despreciaba a los humildes
pero creí a en la necesidad de las distancias sociales y, principalmente,
raciales–, tomaba una colació n frugal e iba a escuchar la misa.
Espí ritu curioso y permeable a la historia, visitaba siempre iglesias
distintas –San Agustí n, San Pedro, San Francisco, Santo Domingo–
para, al mismo tiempo que cumplir con Dios, regocijar su sensibilidad
contemplando las obras maestras de la fe colonial; esas pé treas
reminiscencias del pasado, por lo demá s, trasladaban su espí ritu hacia
los tiempos de la Conquista yde la Colonia –cuá nto má s coloreados
que el grisá ceo presente– en los que hubiera preferido vivir y ser
un temerario capitá n o un pí o destructor de idolatrí as. Imbuido de
fantasí as pasadistas, regresaba don Sebastiá n por las calles atareadas
del centro – erecto y cauto en su pulcro terno negro, su camisa de
cuello y puñ os postizos donde destellaba el almidó n y sus zapatos
fi niseculares con escarpines de charol– hacia la Pensió n Colonial,
donde, arrellanado en una mecedora frente al balcó n de celosí as –tan
afí n asu espí ritu perricholista– pasaba el resto de la mañ ana leyendo
murmuradoramente los perió dicos, avisos incluidos, para saber có mo
iba el mundo. Leal a su estirpe, luego del almuerzo –que no tení a
má s remedio que compartir con los pensionistas, a los que trataba
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empero con urbanidad– cumplí a con el españ olí simo rito de la siesta.
Luego volví a a enfundarse su terno oscuro, su camisa almidonada,
su sombrero gris y caminaba pausadamente hasta el Club Tambo–
Ayacucho, institució n que en unos altos del jiró n Cailloma congregaba
amuchos conocidos de su bella tierra andina, jugando dominó , casino,
rocambor, chismeando de polí tica y, alguna vez –humano que era–,
de temas impropios para señ oritas, veí a caer la tarde ylevantarse la
noche. Regresaba entonces, sin prisa, ala Pensió n Colonial, tomaba su
sopa ysu puchero asolas en su habitació n, escuchaba algú n programa
de radio yse dormí a en paz con su conciencia ycon Dios.
Pero eso era antes. Hoy, don Sebastiá n no pone jamá s los pies en
la calle, nunca cambia su atuendo –que es, dí a y noche, un pijama
color ladrillo, una bata azul, unas medias de lana y unas zapatillas
de alpaca– y, desde la tragedia, no ha vuelto apronunciar una frase.
Ya no va amisa, ya no lee los diarios. Cuando está bien, los ancianos
pensionistas (desde que descubrieron que todos los hombres del
mundo eran sá tiros, los dueñ os de la Pensió n Colonial só lo aceptaron
clientes femeninos o decré pitos, varones de apetencia sexual mermada
a simple vista por enfermedades o edad) lo ven ambular como un
fantasma por los oscuros yañ osos aposentos, con la mirada perdida,
sin afeitar y con los casposos cabellos revueltos, o lo ven sentado,
columpiá ndose suavemente en la mecedora, mudo ypasmado, horas de
horas. Ya no desayuna ni almuerza con los hué spedes, pues, sentido del
ridí culo que corretea alos aristó cratas hasta el hospicio, don Sebastiá n
no puede llevarse el cubierto ala boca yson su esposa e hija quienes
le dan de comer. Cuando está mal, los pensionistas ya no lo ven: el
noble anciano permanece en cama, su habitació n clausurada con llave.
Pero lo oyen; oyen sus rugidos, sus ayes, su quejumbre o sus alaridos
que estremecen los vidrios. Los recié n llegados ala Pensió n Colonial
se sorprenden, durante estas crisis, que, mientras el descendiente de
conquistadores aú lla, doñ a Margarita y la señ orita Rosa continú en
barriendo, arreglando, cocinando, sirviendo y conversando como si
nada ocurriera. Piensan que son desamoradas, de corazó n glacial,
indiferentes al sufrimiento del esposo ypadre. A los impertinentes que,
señ alando la puerta cerrada, se atreven apreguntar: «¿don Sebastiá n
se siente mal?», la señ ora Margarita les responde con mala voluntad:
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«No tiene nada, se está acordando de un susto, ya le va apasar». Y, en
efecto, alos dos o tres dí as, termina la crisis ydon Sebastiá n emerge
alos pasillos yaposentos de la Pensió n Bayer, pá lido yfl aco entre las
telarañ as ycon una mueca de terror.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
ANTIMEMORIAS.
CÓMO Y POR QUÉ ODIÉ LOS LIBROS PARA NIÑOS
Creo que pocos niños habrán odiado tanto como yo los libros.
Eran, además, objeto de mi terror. Cuando se acercaba la Navidad
o el día de mi cumpleaños, empezaba avivir el terrible desasosiego
que representaba imaginarme aalgún amigo de mis padres llegando
a visitarme con una sonrisa en los labios y un libro de Julio Verne,
por ejemplo, en las manos. Era mi regalo ytenla que agradecérselo,
cosa que siempre hice, por no arruinarle la fi esta alos demás, en lo
cual había una gran injusticia, creo yo, porque la fi esta era para mí,
para que la gente me dejara feliz con un regalito, yen cambio a mi
me dejaban profundamente infeliz y, lo que es peor, con la obligación
de deshacerme en agradecimientos para que el aguafi estas de turno
pudiera despedirse tan satisfecho ysonriente como llegó. El colmo fue
cuando asesinaron al padre de uno de los amigos más queridos que
tuve en mi colegio de monjas norteamericanas para niñitos peruanos
con cuenta bancaria en el extranjero, por decirlo de alguna manera.
La noticia me puso en un estado de sufrimiento tal, que sólo podría
atribuírselo aun niño pobre, dentro de la escala de valores en la que iba
siendo educado, por lo que se optó por ponerme en cuarentena hasta
que terminara de sufrir de esa manera tan espantosa. Me metieron ala
cama yme mandaron auna de esas tías que siempre está al alcance de
la mano cuando ocurre alguna desgracia, y ala pobre no se le ocurrió
nada menos que traerme un libro que un tal D’Amicis, creo, escribió
para que los niños lloraran de una vez por todas, también creo.
Regresé al colegio con el corazón hecho pedazos, por lo cual ahora
me parece recordar que el libro se llamaba Corazón. Y cuando llegó la
primera comunión y, con ella, la primera confesión que la precede, el
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primer pecado que le solté aun curita norteamericano preparado sólo
para confesión de niños (a juzgar por el lío que se le hizo al pobre tener
que juzgar divinamente ycon penitencia, además, un pecado de niño
tan complejo), fue que, por culpa de un libro, yo me había olvidado de
un crimen yde mi huérfano amigo y, apesar de los remordimientos
ydel combate interior con el demonio, había terminado llorando como
loco por un personaje de esos que no existen, padre, porque los llaman
de fi cción.
– ¿Cómo fue el combate con el demonio? – me preguntó el pobre
curita totalmente desbordado por mi confesión.
– Fue debajo de la sábana, padre, para que no me viera el demonio.
– ¡Para que no te viera quién!
– El demonio, padre. Es una tía vieja que mi papá llama solterona
yque según he oído decir siempre aparece cuando algo malo sucede
o está apunto de suceder. Yo me escondí bajo la sábana para que ella
no se diera cuenta de que había cambiado el llanto de mi amigo por
el del libro.
El padrecito me dio la absolución lo más rápido que pudo, para que
no me fuera a arrancar con otro pecado tan raro, y logré hacer una
primera comunión bastante tembleque. Años después me enteré por
mi madre que el curita la había convocado inmediatamente después
de mi extraña confesión, y que le había dado una opinión bastante
norteamericana y simplista de mi persona, sin duda alguna porque
era de Texas ytenía un acento horripilante. Según mi madre, el curita
le dijo que yo había nacido muypoco competitivo, que no había en
mí el más mínimo asomo de líder nato, yque si no me educaban de
una manera menos sensible podía llegar incluso aconvertirme en lo
que en la tierra de Washington, Jefferson yJohn Wayne, se llamaba un
perdedor nato. Mis padres decidieron cambiarme inmediatamente aun
colegio inglés, porque un guía espiritual con ese acento podría arruinar
para toda la vida mi formación en inglés.
Con los años se logró que mejorara mi acento, pero mi problema
con los libros no se resolvió hasta que llegué al penúltimo año de
secundaria, en un internado británico. Un profesor, que siempre
tenía razón, porque era el más loco de todos, en el disparatado
y anacrónico refrito inglés que era aquel colegio, nos puso en fila
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atodos, un día, ynos empezó adecir qué carrera debíamos seguir
ycuál era la vocación de cada uno y, también, quiénes eran los que
ahí no tenían vocación alguna yquiénes, apesar de tener vocación,
debían abandonar toda tentativa de ingreso a una Universidad,
porque a la entrada de la Universidad- de Salamanca, en España,
hay un letrero que dice: «Lo que natura no da, Salamancano lo
presta». Un buen porcentaje de alumnos entró en esta categoría, por
llamarla de alguna manera, pero, sin duda, el que se llevó la mayor
sorpresa fui yo, cuando me dijo que iba aser escritor o que, mejor
dicho, ya lo era. Le pedí una cita especial, porque seguía considerando
que mi odio por los libros era algo muyespecial, yentonces, por fin,
a fuerza de analizar yanalizar mil recuerdos, logramos dar con la
clave del problema.
Según él, lo que me había ocurrido era que, desde niño,
a punta de regalarme libros para niños, me hablan interrumpido
constantemente mi propia creación literaria de la vida. En
efecto, recordé, yasí se lo dije, que de niño yo me pasaba horas
yhoras tumbado en una cama, como quien se va aquedar así para
siempre, yconstruyendo mis propias historias, muytristes aveces,
muy alegres otras, pues en ellas participaban mis amigos más
queridos (ytambién mis enemigos acérrimos, por eso de la maldad
infantil), yque yo con eso era capaz de llorar yreír solito, de llorar
amares yreírme acarcajadas, cosa que preocupaba terriblemente
amis padres. «Ahí está otra vez el chico ese haciendo unos ruidos
rarísimos sobre la cama», era una frase que amenudo les oí decir.
El profesor me dijo que eso era, precisamente, literatura, pura
literatura, que no es lo mismo que literatura pura, yque mi odio
a los libros se debía a que, de pronto, un objeto real, un libro de
cuya realidad yo no necesitaba para nada en ese momento, había
venido ainterrumpir mi realidad literaria.
En ese mismo instante, recuerdo, se me aclaró aquel problema
que, aterrado, había creído ser un grave pecado cometido justo antes
de mi primera comunión. Aquel pecado que tanto espantó al curita
norteamericano y sobre el cual dio una explicación que, según mi
madre, tomando su té alas cinco y
leyendo aOscar Wilde, sólo podía
compararse con su acento tejano.
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Claro, aquel libro lo habla tenido que escuchar (los otros,
generalmente, los arrojaba a la basura). Y ahora que lo recuerdo
ylo entiendo todo, lo había tenido que escuchar mientras yo estaba
recreando, en forma personalizado, o sea necesaria, el asesinato
del padre de mi excelente amigo de infancia norteamericana. Me
encontraba, seguro, muyal comienzo de una historia que iba aimaginar
en el lejano Oeste ymuy triste, particularmente dura ytriste puesto
que se trataba de ese amigo yese colegio. Y cuando la lectura de mi
tía, cogiéndome desprevenido ydesarmado, por lo poco elaborada que
estaba aún mi narración, impuso la tristeza del libro sobre la mía, yo
viví aquello como una cruel traición aun amigo. Y ese fue el pecado que
le llevé al curita tejano.
Desde entonces, desde que dejé de leer libros que otros me daban,
empecé agozar yDios sabe cuánto me ayuda hoyla literatura de los
demás en la elaboración de mis propias fi cciones. Cuando escribo, en
efecto, es cuando más leo... Pero, eso sí, algo quedó de aquel trauma
infantil y es ese pánico por los libros que, autores absolutamente
desconocidos, me han hecho llegar por correo o me han entregado sin
que en mí hubiese brotado ese sentimiento de apertura, curiosidad,
y simpatía total que me guía cuando leo el libro de un escritor que
acabo de conocer ycon el cual he simpatizado.
Cuando me mandan un manuscrito o un libro aquemarropa siento,
en cambio, la terrible tentación de reaccionar como el Duque de
Albufera, cuando Proust le envió un libro yluego lo llamó para ver si lo
había recibido. El propio Proust narra con desenfado su conversación
con su amigo Luigi:
– Mi querido Luigi, ¿has recibido mi último libro?
– ¿Libro, Marcel? ¿Tú has escrito un libro?
– Claro, Luigi; yademás te lo he enviado.
– ¡Ah!, mi querido Marcel, si me lo has enviado, de más está decirte
que sí lo he leído. Lo malo es que no estoymuy seguro de haberlo
recibido.
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